CAPÍTULO SEIS #3
—Todo el mundo pide ayuda, Adrian. Eso es lo que son los electores.
Gente que quiere cosas. —Se detuvo a unos pasos de él—.
Y ahora quieres eliminar un factor del modelo juvenil, y Renata Cole le está diciendo a la cúpula del Senado que te has echado atrás, y el equipo de Harmon Gray llama a mi despacho para preguntar si me has dicho algo al respecto.
A mí. ¿Te das cuenta de lo que se siente?
Que alguien llame a mi despacho para preguntarme por ti.
—¿Qué les has dicho?
—Les he dicho que apenas te conozco. Les he dicho que hemos coincidido en dos comités de conferencia y que eres un hombre decente que lee demasiado. —Julian bajó la voz—. Lo cual es cierto. Y ahí está el problema.
—¿Por qué es ese el problema?
—Porque no es que apenas te conozca. —Julian dio otro paso.
Ahora estaba cerca. Adrian le olía la colonia, algo con cedro, y por debajo el día entero: café y papel y el calor seco de los viejos radiadores del edificio Corwin—.
Catorce meses. Doce veces. Doce veces en esta salita horrible.
Y sé cómo respiras cuando intentas no hacer ruido.
Sé que mantienes los ojos abiertos. Sé que dices «Dios» una vez, cada vez, muy bajito, justo al final, y no creo que te des cuenta de que lo haces.
—Julian alzó la mano y la apoyó, sin peso, en la pechera de la camisa de Adrian, encima del esternón, sobre la pequeña cruz de plata que colgaba de una fina cadena—.
Y sé que, si alguien se enterara, acabaría con los dos. Y yo lo he aceptado. ¿Y tú?
Adrian bajó la mirada hacia la mano que tenía sobre el pecho.
—Lo he aceptado —dijo.
—No. Lo has encerrado en una habitación.
—Los dedos de Julian se movieron un poco, palpando la forma de la cruz a través del algodón—.
Y crees que, mientras la habitación esté sellada, no cuenta.
Mientras la pared siga blanca. Pero cuenta, Adrian.
Cuenta cada vez. Y estás empezando a ponerte sentimental, y los hombres sentimentales son descuidados, y por culpa de los descuidados muere gente.
—No va a morir nadie.
—El director legislativo de Ostrowski ha sido suspendido de empleo mientras la CSB revisa su estatus cívico.
Tiene dos hijos. Su banda pasó de DESPEJADO a LIMITADO en nueve días.
Su mujer ha solicitado el divorcio. La empresa del lobista lo despidió.
—Lo dijo con voz plana, como una lista—.
Así es como se ve. Nadie te dispara. Simplemente dejas de poder abrir puertas.
Permanecieron allí, en el silencio blanco. El dispositivo de deliberación brillaba suavemente sobre la mesa. En la pared, el temporizador había empezado la cuenta atrás. 03:57:12. 03:57:11.
—Entonces, ¿por qué estás aquí? —dijo Adrian.
Julian se rió, un sonido breve sin nada de gracia.
—Porque soy un idiota —dijo—. Porque estoy casado con una mujer a la que aprecio mucho y no deseo, y trabajo en un edificio donde cada pasillo es una cámara, y cada pocas semanas puedo bajar a un sótano que huele a vestuario y estar en una habitación con un hombre que sabe exactamente lo que soy y no aparta la mirada.
—Apartó la mano del pecho de Adrian—. Porque es el único lugar de esta ciudad donde nadie me predice.
Adrian lo miró. El fino cabello oscuro, la corbata floja, el rostro que adoraban las cámaras del Comité Judicial, ahora cansado, y asustado, y muy humano.
Pensó, con una claridad que lo sorprendió, que no amaba a Julian Shore. Nunca lo había amado. Lo que sentía en aquella habitación no era amor, sino algo más parecido al alivio: lo que siente por el aire un hombre al que mantienen sumergido. No importaba de quién fuera ese aire.
Se preguntó si Julian lo sabía. Sospechaba que sí. Sospechaba que Julian sentía lo mismo.
Alzó la mano derecha, le tomó la cara a Julian y la sostuvo sin decir nada, y al cabo de un momento Julian cerró los ojos.
* * *
Más tarde, mucho más tarde, cuando el temporizador de la pared marcaba 02:41:08 y Julian había vuelto por el túnel hacia el edificio Corwin con la chaqueta al brazo y la corbata en el bolsillo, Adrian seguía sentado a solas ante la larga mesa de laminado de la sala B-114, con la camisa por fuera del pantalón y las palmas extendidas sobre la superficie fría.
La sala seguía sellada. La pared seguía blanca. En teoría, habría podido quedarse allí dos horas y cuarenta y un minutos más, en el único lugar de la capital federal donde nada de lo que hiciera se convertiría en un número.
Descubrió que no quería. Descubrió que el silencio blanco, que siempre le había parecido nieve, ahora le parecía otra cosa. Como una sala de espera. Como el interior de una respiración contenida.
«Cuenta, Adrian. Cuenta cada vez.»
Pensó en su padre, en el santuario a oscuras, dieciocho horas después del funeral, con las manos cubriéndole la cara.
Pensó en un consejero de Cedar Springs, un hombre de voz suave llamado el hermano Eli, que les decía a un corro de muchachos asustados sentados en sillas plegables: «La puerta no es el problema, muchachos.
Todo hombre tiene una puerta. El problema llega cuando empiezas a creer que hay alguien al otro lado. »
Él nunca lo había creído. Eso era precisamente lo que lo había salvado siempre. No había nadie al otro lado de la puerta. Solo había habitaciones, y paredes blancas, y alivio, y luego el largo camino de vuelta escaleras arriba.
Se puso en pie. Se metió la camisa por dentro. Se tocó la cruz a través del algodón, una vez, por un hábito más antiguo que él.
Entonces apoyó la credencial contra el dispositivo de deliberación, y el anillo blanco se atenuó, y en la pared la franja pasó de blanca a azul y luego a nada, y la sala volvió.
Sintió cómo volvía. La atención en las paredes. El zumbido bajo el zumbido.
Allí de pie, se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Soltó el aire.
El pasillo de fuera estaba vacío. Las luces se encendían delante de él en largos segmentos blancos y se apagaban a su espalda.
* * *
El martes por la mañana, Gabriel Mercer ya estaba en su escritorio cuando Adrian llegó a las siete y media, lo cual no era inusual.
Lo inusual fue que Gabriel levantó la vista de la tableta y lo miró —una sola mirada serena de aquellos ojos gris verdosos—, y luego volvió a bajarla y no dijo nada en absoluto.
Adrian se detuvo junto al escritorio.
—¿Pasa algo?
—No, señor. —Gabriel no levantó la vista—. La Asesoría Legislativa ha devuelto la enmienda. Ya tiene el formato correcto. Está sobre su mesa. Martin ya la ha visto.
—Sé que Martin la ha visto.
—Ya me lo imaginaba. —Gabriel deslizó algo en la pantalla con el pulgar izquierdo—. El despacho de Pruitt llamó a las siete. La gente del presidente quiere saber si va a presentarla en el debate en comisión o si la reservará para el pleno. Les he dicho que lo preguntaría.
—¿Qué crees que debería hacer?
Entonces Gabriel sí levantó la vista. Había algo en su rostro que Adrian no lograba descifrar.
No era exactamente sospecha ni exactamente enfado.
Más tarde pensaría que era la expresión de un hombre al que le han mostrado una esquina de un mapa y que intenta, con todas sus fuerzas, no imaginarse el resto.
—Creo que debería hacer lo que fuera a hacer de todas formas —dijo Gabriel—. Señor.
—Gabriel.
—Lo siento. —Gabriel dejó la tableta. Su voz se suavizó, muy ligeramente—. No he dormido. Preséntela en el debate en comisión. Si la reserva para el pleno, Pruitt la enterrará en la Comisión de Reglamento y nadie sabrá nunca que lo intentó. Si la presenta el jueves, quedará en acta. Aunque fracase.
—¿Va a fracasar?
—Cuento nueve votos. Necesita doce. Lowe es una incógnita. Delacroix, otra incógnita. Si Brask arrastra con él a todos los miembros de Commonwealth, quizá diez. Quizá once. —Gabriel se encogió de hombros—. Va a estar reñido. Pero lo habrá hecho. Y la gente recordará que lo hizo.
—¿Quién lo recordará?
Gabriel le sostuvo la mirada.
—Carla Wynn.
Adrian se quedó un momento muy quieto junto al escritorio.
Luego asintió una vez, entró en su despacho y cerró la puerta.
Se sentó tras la mesa, bajo la lámpara de araña de latón, y encontró allí la enmienda: dos páginas con un formato impecable y, encima, una nota adhesiva amarilla escrita con la inclinada letra zurda de Gabriel.
Tú decides. Hagas lo que hagas, ha sido una buena idea. —G.
Leyó la nota varias veces. Después la dobló por la mitad y se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, donde la encontraría tres semanas más tarde y no sabría, durante un largo instante, por qué la había conservado.