El derecho a ser impredecible CAPÍTULO CUATRO #2
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CAPÍTULO CUATRO #2

—Sé que la directora legislativa del senador Ostrowski usó la credencial del senador para abrir una sesión sellada en una sala segura del edificio Corwin y se pasó tres horas allí dentro con un lobista de la asociación farmacéutica. Y que no iba de productos farmacéuticos.

—Un poco sí iba de productos farmacéuticos.

—¿Estaba casada?

—Él. Era un hombre, y estaba casado. Y el lobista también.

—Dana negó con la cabeza—. Creían que nadie se daría cuenta.

Se olvidaron del registro de sesiones. El PDS no graba nada de lo que pasa dentro de la sala, pero sí registra que la sala estuvo sellada, con qué credencial y durante cuánto tiempo.

Tres horas y once minutos, un sábado por la tarde, con la credencial de un senador que estaba en Varenne, en el bautizo de su nieta. La Comisión de Ética sí se dio cuenta.

—Y ahora todo el mundo tiene que firmar nuevas directrices.

—Ahora todo el mundo tiene que firmar nuevas directrices.

Nada de compartir credenciales. Nada de sesiones selladas sin un código de propósito registrado.

Regla de dos personas para las activaciones de fin de semana.

—Dana dio un sorbo a su agua con gas—. Y estamos haciendo una auditoría completa de todas las balizas.

De todas las salas certificadas. O sea, dos semanas con mi gente gateando por techos y sótanos para poner unos discos grises diminutos en modo de mantenimiento.

—Modo de mantenimiento —dijo Eleanor—. ¿Y eso qué es?

Lo preguntó como quien no quiere la cosa. Lo preguntaba todo así. Era una habilidad que le había enseñado su padre cuando tenía nueve años, en una cena muy parecida a aquella: nunca muestres interés por nada que te interese y la gente te lo contará todo.

—Verificación de mantenimiento. Es un diagnóstico.

—Dana hizo girar el vaso sobre la barra—.

Pones la baliza en un modo en el que actúa como si estuviera sellando la sala, muestra la franja blanca y todo lo demás, pero en realidad no suspende la captación.

La Red sigue recogiendo datos, que van a una cola de revisión en mi despacho en lugar de al flujo general, y comparamos las dos cosas para asegurarnos de que el sellado funciona como debe.

Si la baliza está sana, lo que vemos en la cola debería coincidir con una sala normal sin sellar.

Si no, ya sabemos que algo le pasa al hardware.

—Así que la sala cree que está sellada y no lo está.

—Unos veinte minutos. Es lo que dura un diagnóstico.

Luego la volvemos a cambiar. —Dana se encogió de hombros—.

No es nada grave. La mitad de las veces las balizas se quedan en mantenimiento un día o dos entre pruebas, y quienes usan las salas ni se enteran.

La franja tiene exactamente el mismo aspecto.

De eso se trata. No quieres que los ocupantes se comporten de otra manera porque sepan que los están poniendo a prueba.

—Parece el tipo de cosa que la gente querría saber.

—La gente no quiere saber nada del PDS —dijo Dana—. Quiere que funcione. Nada más. Quiere poner la credencial en el lector, ver cómo la pared se vuelve blanca y sentirse a salvo.

Lo dijo sin especial amargura.

—Es como la iglesia.

Eleanor se rio. Al otro lado de la sala, las luces se atenuaron un poco, sonó una campanilla suave y el maestro de ceremonias, un presentador retirado de MNN con una célebre voz de barítono, se acercó al atril.

—Me toca —dijo ella.

—Que te rompas una pierna.

—Preferiría romperle una a otro —dijo Eleanor.

Y Dana soltó una carcajada, un ladrido breve y sorprendido, la risa de una chica de veinte años en una residencia de la Universidad Cristiana de Calvert a las dos de la madrugada, y por un momento las dos volvieron a ser jóvenes.

* * *

Pronunció su discurso a las siete y cuarenta.

Duró ocho minutos y había escrito ella misma cada palabra, igual que en otro tiempo había escrito discursos para el gobernador Brandvold y para un joven fiscal llamado Adrian Vale que, al principio, no era de fiar para terminar una frase con una palabra contundente.

Habló de los niños. Habló de un niño de Duvall al que una familia de Port Ellery había adoptado a los nueve años, después de seis en el sistema de acogida.

Habló de una niña de Northmark cuya evaluación de trayectoria, dos años atrás, la había señalado como persona en riesgo de autolesión, y a la que habían inscrito en un programa comunitario de Familias Primero, y que ese verano había escrito a la fundación para contar que iba a empezar la universidad.

—Hay quien dice que la Red es fría —dijo ante el silencio de seiscientas personas—.

Que reduce a nuestros hijos a cifras. Entiendo ese miedo.

Soy madre. Tengo una hija de dieciséis años que cree que todo lo que hago es una conspiración contra ella, y un hijo de doce que quiere ser ingeniero ferroviario, y quemaría esta ciudad hasta los cimientos antes de dejar que alguien los reduzca a una cifra.

Un rumor de risas recorrió la sala.

—Pero les diré lo que creo. Creo que una cifra puede ser una advertencia.

Y que una advertencia puede ser un regalo.

Porque detrás de cada niño de este país que se ha perdido hubo un momento, en algún lugar, en que alguien pudo haberlo visto venir.

Un profesor que se fijó. Un vecino que se extrañó.

Un padre demasiado cansado para mirar. La Red no sustituye a esas personas.

Las ayuda a mirar. Y Familias Primero está aquí para asegurarse de que, cuando llegue la advertencia, lo que venga después no sea una jaula, sino un hogar.

Los aplausos fueron largos y cálidos. Se apartó del podio e inclinó la cabeza.

En la mesa presidencial vio al senador Gray aplaudiendo con las viejas manos manchadas por encima de la cabeza y, a su lado, a Roland Pierce, presidente del Comité Nacional de la Restauración, que aplaudía más despacio y la miraba con una expresión que reconoció porque ella misma la había puesto muchas veces, al fondo de las salas.

Era la expresión de un hombre echando cuentas.

Localizó el rostro de Adrian entre la multitud. Estaba de pie, aplaudiéndola y sonriéndole. Era la sonrisa de verdad.

Detrás de él, Gabriel Mercer no aplaudía. Miraba su tableta y escribía algo con el pulgar izquierdo.

* * *

Renata Cole la abordó junto a la mesa de los postres a las nueve y media.

—Ha sido precioso —dijo la subdirectora de la Oficina de Anticipación Cívica—. Lo de que la advertencia es un regalo. Me gustaría utilizarlo.

—Adelante.

—Te citaría.

—Por favor, no lo hagas —dijo Eleanor, y Renata sonrió.

Tenía cuarenta y nueve años, era menuda y muy erguida, con el cabello prematuramente blanco, cortado casi al rape, y unos ojos gris pálido que nunca parecían parpadear con la frecuencia debida.

Vestía como una monja con un buen sastre.

Había sido matemática en la Universidad de Lisle antes del puente, y después del puente se había convertido en otra cosa, algo más duro y más luminoso: una mujer con una sola idea y la paciencia necesaria para construir una institución en torno a ella.

Eleanor la admiraba enormemente sin que acabara de gustarle, que era lo que le ocurría con casi toda la gente que merecía la pena conocer.

—Estarás en la sesión de enmiendas la semana que viene —dijo Renata.

—No me la perdería.

—Tu marido ha estado haciendo preguntas interesantes.

—Renata cogió un pequeño cuadrado de tarta de chocolate de la mesa y lo miró sin comérselo—.

Su oficina ha solicitado el expediente completo de la investigación sobre el factor de estrés económico de los hogares de la Ley del 43.

El estudio original de Halden. Los anexos.

—¿Ah, sí?

—Lo solicitó su asesor principal. El señor Mercer. —Renata dejó la tarta en la mesa, intacta—. No me quejo. Es una petición legítima del presidente de la comisión. Solo tengo curiosidad.

—Adrian es curioso por naturaleza. Por eso es bueno.

—Por supuesto. —Renata la miró—. Solo diría, como amiga, que el factor está en el modelo porque es predictivo.

Si la comisión lo elimina por ley, el modelo no se vuelve más justo.

Se vuelve menos preciso. Y menos precisión significa más niños que no vemos.

Tú lo entiendes. Se te notaba en el discurso.

Lo entiendes mejor que la mayoría de los que están en esta sala.

—Sí, lo entiendo.

—Entonces quizá podrías ayudarle a entenderlo. —La voz de Renata era muy suave—. Antes del jueves.

Eleanor sonrió. Era una sonrisa perfecta, la que había utilizado con la esposa del gobernador, con tres generaciones de donantes y con un detective de la policía de Hartwell, una vez, a las cuatro de la madrugada, cuando había necesitado que extraviara un informe.

—Se lo comentaré —dijo.

—Gracias, Eleanor. —Renata le rozó el codo, apenas, con dos dedos, y desapareció entre la multitud.

Eleanor se quedó un rato junto a la mesa de los postres.

No comió nada. Miró al otro lado del salón, a través de la multitud cambiante, hacia el lugar junto a la pared sur donde Adrian seguía de pie con los dos ejecutivos de Halden vestidos de gris y se reía de algo que había dicho uno de ellos.

Gabriel Mercer se mantenía a su lado, sin reírse, pendiente del rostro del segundo ejecutivo.

Lo había solicitado su asesor principal. El señor Mercer.

No era raro que un jefe de gabinete o un asesor principal pidiera expedientes de investigación. Lo raro era que Adrian pidiera expedientes de investigación —y menos aún sobre su propia ley— sin decirle nada.