CAPÍTULO CUATRO
FAMILIAS PRIMERO
Eleanor Vale tenía una regla para las galas, y la regla era que nunca se comía antes de los discursos, porque era durante los discursos cuando podían fotografiarte, y nadie había ganado nunca nada con la boca llena de pastel de cangrejo.
Estaba junto a las puertas del este del Gran Salón de Baile del Hotel Sterling a las siete y cuarto del primer miércoles de octubre, con un vaso de agua con gas en la mano derecha y nada en la izquierda, y contaba a los invitados.
Seiscientos cuarenta invitados. Sesenta y cuatro mesas.
Dos mil quinientos marcos el cubierto, una cifra baja para Hartwell y alta para una organización benéfica infantil: un equilibrio que le había llevado cuatro meses calibrar.
La Cena de Otoño Meridian de Familias Primero iba por su noveno año.
El año anterior había recaudado once coma dos millones de marcos para servicios de adopción, apoyo a familias de acogida y los programas comunitarios de la Ley de Intervención Temprana Juvenil.
Este año esperaba trece. Lo esperaba porque había llamado personalmente a cada uno de los veintidós donantes del nivel más alto, porque el presidente Ardell había accedido a grabar un mensaje en vídeo y porque la sala estaba llena de gente que necesitaba dejarse ver en una sala como aquella.
Sabía quién se sentaba en cada mesa. Sabía quién había pedido sentarse en tal sitio y a quién se lo habían negado.
Sabía que la mujer del presidente de la Cámara llevaba el mismo vestido que se había puesto para la recepción del Día de los Fundadores y que no querría que la fotografiaran junto a nadie que lo recordase.
Sabía que dos de los ejecutivos de Halden Systems de la mesa 9 no se hablaban porque uno de ellos había perdido frente al protegido del otro la renovación de un contrato en Varenne.
Sabía que el senador de Commonwealth de la mesa 31, un hombre nervioso llamado Loughlin que se presentaba a la reelección en un estado afín a la Restauración, se había pagado él mismo la entrada y agradecería muchísimo que alguien importante se acercara a estrecharle la mano donde pudieran verlo las cámaras.
Enviaría a Adrian. Más tarde. Después de los hombres de Halden.
El salón de baile del Sterling era de esas salas que solo existen en las capitales.
Pan de oro en el techo, alfombra de un rojo oscuro, lámparas de araña fabricadas en Varenne en 1903 que habían sobrevivido a dos guerras y a una remodelación de una administración de Commonwealth empeñada en sustituirlas por paneles LED.
Su padre había plantado cara a aquella remodelación.
Harold Whitcomb había formado parte de la junta del Sterling durante treinta años.
Creía que un país eran sus salas, los lugares donde las personas con poder se reúnen y deciden cosas, y que, si afeabas las salas, las decisiones también saldrían feas.
Se había equivocado en muchas cosas, pero no en aquella.
Llevaba tres años muerto. En actos como aquel, Eleanor todavía se descubría buscando su cabeza blanca entre la multitud.
—Estás haciendo eso —dijo Cass Delaney, que apareció junto a su hombro envuelta en una columna de seda plateada.
—¿Qué cosa?
—Lo de contar. Mueves los labios.
—No los muevo.
—Sí que los mueves. Muy ligeramente. Como una monja.
—Cass cogió una copa de champán de una bandeja que pasaba y se bebió la mitad.
Era la presentadora matutina de Anchor News, una antigua Miss Duvall con una licenciatura en Derecho y una risa capaz de cruzar un estadio, y había sido amiga de Eleanor durante quince años y rival suya durante casi el mismo tiempo.
Se habían conocido cuando Eleanor dirigía la comunicación del gobernador Brandvold y Cass era una reportera de veintiséis años que le había preguntado al gobernador, en directo por televisión, si alguna vez había pagado un aborto.
Y lo había hecho. Eleanor se había encargado del asunto.
Cass nunca le había perdonado lo bien que lo resolvió.
—Gray está aquí —dijo Cass.
—Sé que Gray está aquí.
—Va diciendo que va a dar su respaldo.
—Lleva diciéndolo desde junio.
—Va diciendo que te va a respaldar a ti.
Eleanor no giró la cabeza. Dio un sorbo a su agua con gas y miró al otro lado de la sala, hacia la mesa de honor, donde el senador Harmon Gray de Ostrander, de setenta y nueve años y a punto de terminar su cuarto y último mandato, estaba sentado con su mujer, el andador discretamente plegado detrás de la silla, y se reía de algo que decía el presidente de la Cámara.
—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó Eleanor.
—Gray me lo ha dicho. En el desayuno de Crestwood. Dijo, cito textualmente: «Adrian es un buen hombre, pero Eleanor es la que sabe contar».
—Es lo que un hombre muy mayor entiende por cumplido.
—Es lo que un hombre muy mayor entiende por respaldo —dijo Cass—. Pierce está interesado. Me lo ha dicho su responsable de agenda. El Comité está haciendo números.
Roland Pierce era el presidente del Comité Nacional de la Restauración.
Hacía números con todo. Eleanor sabía que una vez había hecho números para decidir si enviaba una tarjeta de pésame a la viuda de un donante, y había decidido que no, porque los hijos del donante estaban inscritos como votantes de Commonwealth.
—Están haciendo números con Adrian —dijo Eleanor.
—Están haciendo números con el escaño. Adrian es uno de los números.
Tú eres otro. —Cass terminó su champán—.
Piénsalo. Él consigue el escaño del Senado, es uno de sesenta y dos, espera quince años a presidir una comisión y, cuando por fin le dejan hacer algo, tiene sesenta y uno.
O se queda en la Cámara, consigue el puesto de Pruitt en cuatro años, quizá cinco, se presenta a gobernador en el 50, gana y en el 56 está en una candidatura.
Y tú ocupas ahora el escaño de Gray. Llegas conociendo ya a todo el mundo.
Presides algo en seis años. Y en el 56 hay dos Vale que cuentan en lugar de uno.
—Has pensado mucho en esto.
—Pienso mucho en todo. Solo que lo digo más deprisa que tú. —Cass le tocó el brazo con suavidad—. Tu marido está aquí.
Y así era. Eleanor lo vio entrar por las puertas del norte con Martin Kessler a un lado y Gabriel Mercer al otro, y vio cómo la sala se volvía hacia él igual que gira un campo de girasoles, despacio, sin que pareciera moverse en absoluto.
Llevaba el traje azul oscuro. Bien. Ella le había dejado preparado el gris y él había elegido el azul, lo que significaba que había mirado la lista de invitados y había visto que dos de los ejecutivos de Halden irían de gris.
Se detuvo justo al traspasar las puertas y dejó que la primera oleada llegara hasta él.
Estrechó manos. Se inclinó para escuchar a una mujer bajita con perlas.
Se rió: la risa de verdad, la que usaba con la gente que le caía bien de verdad, y un instante después la otra risa, la que usaba con todos los demás, tan parecida a la primera que solo Eleanor y quizá el padre de él habrían sabido distinguirlas.
Martin se desvió hacia la mesa del presidente de la Cámara.
Gabriel se quedó un paso por detrás del hombro izquierdo de Adrian, con una tableta apretada contra el pecho, y de vez en cuando le decía algo al oído.
Nombres, supuso Eleanor. A Gabriel se le daban bien los nombres.
Se le daban bien muchas cosas. Se había fijado en él tres años antes, en el retiro de la delegación de Ostrander: estaba al fondo de una sala de reuniones mientras un lobista de los productores de maíz intentaba presionar a Adrian para que se pronunciara sobre los créditos al etanol.
Gabriel había esperado a que el lobista hiciera una pausa para respirar y entonces había dicho, con mucha educación:
—Perdone, pero ¿no es el estudio del año pasado de su propia asociación el que dice que los créditos no ayudan a las explotaciones familiares?
Y el lobista se había callado y se había puesto morado, y Adrian había sonreído, muy ligeramente, y había cambiado de tema.
Después había preguntado por él. De clase trabajadora, de Pell, becado, con un máster de la Universidad de Hartwell y una deuda considerable.
Soltero. Nadie sabía gran cosa de su vida privada, lo que en Assembly Rise solía significar una de dos cosas.
No bebía mucho en las recepciones. No parecía querer nada para sí mismo salvo ser útil, que, según la experiencia de Eleanor, era lo más peligroso que podía desear una persona, porque era un pozo sin fondo.
Había decidido entonces que era un activo. Seguía pensándolo.
* * *
Encontró a Dana Whitlock en el bar junto a la pared sur, bebiendo agua con gas y lima y observando la sala como observaba todas: como una mujer que cuenta las salidas.
—Pareces cansada —dijo Eleanor.
—Estoy cansada. Tengo a seiscientas personas en una sala con tres secretarios del Gabinete y una puerta que el inspector de bomberos considera demasiado estrecha.
Dana era la jefa de Seguridad de la Asamblea.
Llevaba cinco años en el puesto y había compartido habitación con Eleanor durante cuatro en la Universidad Cristiana de Calvert, y en algunos aspectos no había cambiado nada desde entonces: el mismo pelo corto y oscuro, el mismo reloj sencillo, la misma costumbre de apoyar el peso en el pie de atrás, como si en cualquier momento tuviera que moverse.
Había sido capitana de la policía de Hartwell y luego supervisora del CSB antes de que la Asamblea la contratara, y tenía la cara de alguien que había oído todas las mentiras del idioma y ya no se ofendía por ninguna.
—Lo has hecho bien. La sala está bien.
—La sala está muy bien.
—Está llena de gente que vendería a su madre por un puesto en un comité.
—Eso es precisamente lo que la hace buena.
Eleanor aceptó el agua con gas que le ofrecía el camarero y le sonrió; él le devolvió la sonrisa, y ella se acercó medio paso a Dana para poder hablar sin girar la cabeza.
—¿Qué tal lo de Ostrowski?
Dana suspiró.
—¿Cuánto sabes?