CAPÍTULO TRES
BUENOS CIUDADANOS
Gabriel viajaba en segunda. Tenía un vale de la oficina de viajes de la Asamblea para subir a primera clase que nunca había usado, porque una vez había visto a un delegado de la Restauración de Pell al que fotografiaron bajando de un vagón de primera en Bramford y que nueve meses después perdió las primarias frente a un hombre que hacía campaña con una chaqueta de trabajo.
Gabriel no pensaba presentarse a ningún cargo.
Pero había aprendido que los instintos que entrenabas para otros acababan siendo los tuyos, quisieras o no.
El tren salió de la ciudad por los largos túneles grises de debajo del Calder y asomó a la luz del día en los suburbios orientales, donde las casas eran grandes y pálidas y quedaban retiradas de la calle, sobre céspedes que segaba otro.
Después vino el viejo anillo de barrios interiores, casas más pequeñas y más juntas; luego los almacenes y los centros de datos del corredor de la autopista, manzana tras manzana de edificios sin ventanas que zumbaban.
Después el terreno se abrió en campos y colinas bajas, y los árboles de junto a las vías ya estaban cambiando de color, una semana antes que en Hartwell; los zumaques se volvían rojos en las cunetas.
Tenía asiento de ventanilla. Al otro lado del pasillo, una familia desayunaba bocadillos sacados de una bolsa de papel: un padre con una sudadera de los Bramford Steelers, una madre haciendo algo en el móvil y dos niños pequeños peleándose en silencio por una tableta.
Dos filas más adelante, un joven dormía con la boca abierta, con un uniforme de reparto puesto, el naranja y gris de Vantage Logistics, y una placa en el pecho que decía KOFI.
Gabriel sacó su tableta y leyó, por tercera vez, el informe de conferencia de la Ley de Intervención Temprana Juvenil de 2043.
El párrafo sobre el estrés económico del hogar lo había añadido el equipo del senador Harmon Gray, de Ostrander, la última noche de la conferencia.
La justificación, en una nota a pie de página de tres líneas, citaba un estudio de la OCA según el cual «la inestabilidad económica familiar es un factor estadísticamente significativo para predecir una escalada de la conducta adolescente».
El estudio en sí no estaba adjunto. Gabriel lo había encontrado el jueves por la noche en el archivo de investigación de la OCA: un documento de cuarenta páginas de 2042 cuyo autor principal era un contratista de Halden Systems. La correlación era real.
También era, según el propio apéndice del estudio, más débil que la correlación entre la escalada de la conducta adolescente y vivir a menos de ochocientos metros de una autopista, algo que nadie había propuesto meter en una ley.
El viernes se lo había redactado todo a Adrian en un memorando de dos páginas marcado como DISCRETO.
Esperaba que el memorando desapareciera en el cajón donde Adrian guardaba las cosas en las que no quería pensar, como sucedía con casi todos los memorandos.
En lugar de eso, Adrian lo había llamado a su despacho interior a las seis y media del viernes por la tarde y lo había leído delante de él, despacio, con las gafas puestas, y cuando terminó se quitó las gafas y dijo:
—El equipo de Gray. ¿Quién del equipo de Gray?
—Paul Rennick. Ahora está en el Consejo de Seguros.
—Cómo no.
Adrian había girado el bolígrafo un cuarto de vuelta.
—¿Se puede quitar? El factor del estrés. En la revisión de Continuidad. Como enmienda técnica.
Gabriel lo había mirado un momento.
—Se puede. Pero te costará.
—¿Qué me costará?
—Gray. Gray se jubila, pero sigue teniendo a la delegación de Ostrander.
El Consejo de Seguros, un poco. Y la OCA lo odiará, porque, si sacas un factor del modelo por ley, Commonwealth pedirá el siguiente, y el siguiente, y Renata Cole dirá que estás dejando que los políticos escriban algoritmos.
—Hizo una pausa—. Y Anchor dirá que te has ablandado.
—¿Y lo he hecho?
—No lo sé —había respondido Gabriel con sinceridad—. ¿Lo has hecho?
Adrian lo había mirado entonces como lo había mirado el lunes, demasiado tiempo, firme, como midíéndolo.
—He conocido a la madre de un chico —dijo al final—. Eso es todo.
Gabriel vio pasar los campos y pensó en aquello.
Llevaba cuatro años trabajando para Adrian Vale y lo había visto hacer muchísimas cosas que cabría calificar de amables.
Visitaba hospitales y se acordaba de los nombres de las enfermeras.
Escribía notas de agradecimiento a mano.
Una vez había pasado cuarenta minutos al teléfono con una viuda de Ostrander que quería hablarle del servicio de su marido en el conflicto de Solana, y no había mirado el reloj ni una sola vez.
Pero todas esas cosas eran, además, buena política.
Gabriel nunca había conseguido distinguir, en Adrian, dónde acababa el hombre y empezaba la representación, y había llegado a creer que Adrian tampoco lo sabía.
Aquello era distinto. Era una bondad que costaba algo. Gabriel no sabía qué pensar de ello.
Guardó la tableta, apoyó la cabeza en la ventanilla y durmió hasta Bramford.
* * *
La Estación Union de Bramford se había construido en 1912 para una ciudad de seiscientos mil habitantes, cuando la fábrica de automóviles Kessler-Doane empleaba a diecinueve mil hombres y el río olía a hierro.
Tenía un techo abovedado con un cielo pintado lleno de estrellas doradas y un gran reloj de números romanos que se había parado en 2039 y que ahora, según una placa, estaba «conservado en su estado histórico».
La ciudad tenía ahora trescientos diez mil habitantes.
La mitad de la estación se había convertido en un centro de Vantage Logistics, y la vieja sala de taquillas estaba llena de robots de reparto naranjas y grises que se cargaban en filas, como perros dormidos.
Tess lo esperaba bajo el reloj parado.
—Pareces un lobista —dijo.
—Llevo un jerséy.
—Es un jerséy de lobista. Es de cachemira. Lo huelo desde aquí.
—Es un regalo.
—De un lobista.
—De mamá —dijo Gabriel—, de hace tres Navidades.
Tess se rió y lo abrazó con fuerza, como lo abrazaba desde que tenía cuatro años, con los codos por delante, como si intentara ganar algo.
Su hermana tenía veintisiete años, era quince centímetros más baja que él y tenía el pelo oscuro y rizado de su madre, que llevaba recogido con un nudo de esparadrapo quirúrgico porque venía directa de un turno de doce horas y se le había olvidado otra vez comprar gomas del pelo.
Aún llevaba el uniforme sanitario debajo de una chaqueta vaquera.
Tenía la cara de su padre, la mandíbula alargada y la barbilla terca, y la misma forma que él de mirar las cosas como si le debieran dinero.
—¿Vienes del trabajo? —preguntó él.
—Vengo del trabajo. Y vuelvo esta noche. Alguien ha faltado.
Le cogió la bolsa antes de que él pudiera impedirlo.
—No me mires así. Esta tarde duermo en casa de mamá.
—Se supone que este fin de semana libras.
—Se supone que soy muchas cosas —dijo Tess—. Venga. Papá está haciendo las costillas.
* * *
Conducía un Brennan compacto de once años, con el parabrisas agrietado y un salpicadero que, cada vez que arrancaba, le recordaba que tenía una revisión pendiente y que su perfil de riesgo al volante había sido «actualizado».
Ella no le hacía caso. Salieron del centro, pasaron junto a los grandes almacenes cerrados de Commerce Street, la nueva farmacia robótica de Vantage y la antigua Biblioteca Pública de Bramford, que seguía abierta y seguía siendo preciosa, con sus leones de mármol ataviados con bufandas de punto que alguien les ponía cada otoño.
Cruzaron el río Mill por el puente de Fourth Street y, abajo, el agua marrón se deslizaba al pie del costado largo y muerto de la fábrica Kessler-Doane, una milla de ventanas rotas y ladrillo rojo herrumbre, con el nombre de la empresa todavía pintado en el depósito de agua, en letras de doce metros de altura.
Gabriel lo miró. Siempre lo hacía.
—Van a convertir una parte en un centro de datos —dijo Tess—. La ha comprado Halden. Salió en el periódico.
—¿Cuántos puestos de trabajo?
—Cuarenta y uno. Treinta son de seguridad.
East Bramford se había construido para la fábrica.
Las calles llevaban nombres de árboles —Larch, Alder, Linden y Ash— y todas las casas de aquellas calles eran cajas de madera de dos plantas, con porche, un jardincito y una valla metálica.
En los años cincuenta y sesenta, los hombres que vivían en ellas iban por la mañana a trabajar a Kessler-Doane, volvían por la noche y se sentaban en los porches con una cerveza a discutir sobre los Steelers.
La mayoría de aquellos hombres ya no estaba.
Algunas casas se habían quedado vacías, con las ventanas tapiadas con un contrachapado que el ayuntamiento había pintado de un alegre azul municipal.
Pero la mayoría no. Un sábado de finales de septiembre, unos niños montaban en bicicleta por la calle, un hombre cortaba el césped y una anciana estaba sentada en su porche, en una silla de jardín, con una tableta en el regazo y una banderita de la Restauración clavada en una maceta a su lado.
La casa de los Mercer, en el 214 de Larch Street, era blanca con molduras verdes.
Tenía un tejado nuevo que Gabriel había pagado dos años antes sin decírselo a nadie; su padre se había enterado de todas formas y no habían vuelto a hablar del asunto.
El jardín estaba cuidado. En el porche había dos mecedoras y una nevera portátil.
Frank Mercer estaba en el césped, junto a un ahumador hecho con un bidón de doscientos litros, con un delantal que decía EL ASADOR MÁS O MENOS BUENO DEL MUNDO, y cuando el compacto se paró delante alzó unas pinzas a modo de saludo.
—Ahí está —dijo Frank—. El Gobierno federal.
—Hola, papá.
—Estás muy delgado. ¿En Hartwell no te dan de comer?
—En Hartwell me dan de comer. Lo que pasa es que no me lo como.