CAPÍTULO UNO #2
Adrian alzó la vista entonces. Tenía los ojos muy azules, de un azul frío de invierno que la campaña había intentado poner una vez en una valla publicitaria y luego había descartado porque parecía demasiado un anuncio de vodka.
—¿De dónde has sacado esa cifra?
—De los resúmenes de distrito de la OCA. No son públicos, pero tu comisión los recibe. Página cuarenta y uno del dosier de agosto.
—Leí el dosier de agosto.
—Leíste de la página uno a la doce —dijo Gabriel—, y luego tuviste una votación.
Martin soltó algo parecido a una risa. Adrian no soltó nada. Miró a Gabriel un instante más de lo necesario, y Gabriel le sostuvo la mirada, porque en nueve años en Assembly Rise había aprendido que lo peor que podía hacer un asesor era apartar la vista primero.
—Entonces, ¿qué quiere Delacroix en realidad? —dijo Adrian.
—Quiere volver a casa y contarle a la gente que la ha protegido —dijo Gabriel—.
Da bastante igual de qué. Dale una cláusula de exclusión voluntaria.
Participación voluntaria para los mayores de sesenta y cinco.
No nos cuesta nada. Nadie mayor de sesenta y cinco renuncia a un descuento en el seguro médico.
Él podrá decir que defendió la privacidad de la abuela, y los actuarios se quedan con la abuela de todas formas.
—Eso es cínico —dijo Martin con aprobación.
—Es aritmética.
Adrian cogió un bolígrafo y lo hizo girar una vez entre los dedos. Lo hacía cuando pensaba: el mismo cuarto de vuelta, una y otra vez, nunca una rotación completa.
—Redáctalo —dijo—. Envíaselo a la gente de Pruitt antes que a la de Delacroix. No quiero que el presidente de la Cámara se entere por boca de un hombre que lo necesita.
—Ya está redactado.
—Cómo no.
Había algo en su manera de decirlo que Gabriel no acabó de descifrar. Aprobación, probablemente. O la leve irritación de un hombre a quien no le gustaba que se le adelantaran.
Martin descruzó los brazos.
—Hay otra cosa. La OCA quiere que citemos a Renata Cole para la sesión de enmiendas.
—¿A la subdirectora? —dijo Gabriel—. ¿No a Achterberg?
—Achterberg no testifica sobre nada que pueda salir por televisión —dijo Martin—. Le gusta ser un nombre en un edificio. A Cole le gusta salir en televisión. Ella defenderá la sección de los dispositivos ponibles. Y lo hará bien. Puede que llore un poco, por el puente.
—Ella no llora —dijo Adrian en voz baja—. No ha llorado delante de una comisión en toda su vida.
Martin arqueó una ceja.
—¿Tanto la conoces?
—La conozco lo suficiente.
Adrian dejó el bolígrafo.
—Su hermano iba en el puente Calder. Carril en dirección este. No encontraron casi nada de él. No necesita llorar. Todos en esa sala lo saben.
La ventana que había detrás de Martin daba al patio interior del edificio Ralston, donde un viejo olmo había sobrevivido de algún modo a un siglo de reformas.
Sus hojas apenas empezaban a amarillear en los bordes.
Gabriel las miró mientras nadie decía nada y pensó en el puente, porque en Meridian todo el mundo pensaba en el puente cuando alguien pronunciaba esa palabra.
Tenía veinte años. Aquel verano hacía el turno de noche en el centro de distribución de Vantage, en Bramford, cargando palés junto a su padre, y la noticia llegó por los altavoces del almacén a las tres de la madrugada y se pararon todas las carretillas elevadoras de la nave.
Doscientas catorce personas. El atentado del puente Calder. Once años después, aún había gente que decía antes del puente y después del puente igual que sus abuelos habían dicho antes de la guerra.
—Cítala —dijo Adrian—. El jueves nueve. No. El jueves diez. ¿El diez cae en jueves?
—El diez cae en jueves —dijo Gabriel.
—Cítala para el diez. La pondremos a última hora. Dile a Brooke que quiero la sala preparada para las cámaras.
Martin asintió y salió. La puerta se cerró a su espalda con el sonido suave y caro del roble viejo.
Gabriel se quedó sentado. Adrian ya se había vuelto a poner las gafas y se había girado hacia la pantalla. Por un momento pareció haber olvidado que había alguien allí. Entonces, sin levantar la vista, dijo:
—Has hecho un buen trabajo con el Courier.
—Gracias.
—No me gustó ir andando. Los zapatos me aprietan.
—Parecías un hombre que camina.
—Soy un hombre que camina. En Haddon Falls voy andando a todas partes. —Adrian desplazó algo en la pantalla—. En Hartwell soy un hombre al que llevan en coche, todo el mundo lo sabe, y no me gusta fingir.
—Todo el mundo finge —dijo Gabriel—. Para eso está la ciudad.
Adrian sí levantó la vista al oír aquello. Se quitó las gafas otra vez, despacio, las plegó y las dejó sobre el escritorio con la lentitud calculada de quien deja un arma sobre la mesa.
—¿Eso es lo que crees?
No era una pregunta que Gabriel esperara. Barajó varias respuestas y se decidió por la verdadera, algo que no hacía a menudo en aquel despacho.
—Creo que quienes entienden las reglas pueden quedarse —dijo—. Y quienes no las entienden vuelven a casa. Crecí en una casa donde nadie entendía las reglas. Preferiría no volver a casa.
Lo dijo con ligereza. Había ensayado decirlo con ligereza. Adrian lo observó mientras lo decía.
—Bramford —dijo Adrian.
—East Bramford.
—Tu padre trabajaba en Vantage.
Gabriel sintió que algo se le tensaba en el pecho. Lo había mencionado una sola vez, tres años atrás, en una cena del equipo, después de dos copas de vino.
—Sí, trabajaba.
—¿Y ahora?
—Ahora las máquinas trabajan en Vantage, y mi padre trabaja veinte horas a la semana en una ferretería de Kessler Avenue y le dice a la gente dónde están los tacos para pladur.
Adrian guardó silencio un momento. Gabriel esperó aquello que los hombres como Adrian siempre decían en ese punto de la conversación: lo de los programas de reciclaje profesional, la dignidad del trabajo y el Fondo de Renovación del Corazón del País.
Adrian no lo dijo. Miró un instante la cicatriz que le partía la ceja derecha a Gabriel, como quien consulta un reloj, y volvió a la pantalla.
—Los quince minutos de tu agenda —dijo Adrian—. Fui yo. Los puse ahí.
—Lo vi.
—Quería pedirte que te ocuparas personalmente de la sesión de enmiendas. No Brooke. No Ellis. Tú. Se va a alargar, y quiero a alguien en la sala que ya sepa lo que va a decir cada uno antes de que lo diga.
—Estaré allí.
—Puede que se pase de medianoche.
—Suele pasar.
—Bien. —Adrian no sonrió, pero algo en su rostro se relajó—. Eso es todo.
No fueron quince minutos. Fueron más bien cuatro. Gabriel se levantó y fue hacia la puerta y, cuando puso la mano en el pomo de latón, oyó que Adrian decía, con otra voz, más baja, como para sí mismo:
—Condado de Westbrook. Ochenta por ciento.
Gabriel se volvió. Adrian miraba hacia la ventana, hacia el olmo.
—Ochenta y uno —dijo Gabriel—, si cuentas LIMITED y superiores.
Adrian asintió una vez. Gabriel salió.
* * *
Brooke Sandoval llegó a las diez menos diez con una caja de pasteles de Delphine’s, en Calder Street, y uno de esos vestidos azul marino que parecen puestos sin pensar y que probablemente le había llevado una semana encontrar.
Brooke tenía treinta y cuatro años y llevaba dos como directora de comunicación; había querido el puesto de Gabriel antes de querer el suyo, y Gabriel nunca había sabido si seguía queriéndolo.
Era una creyente convencida, lo cual, por experiencia de Gabriel, hacía que la gente resultara o muy peligrosa o muy fácil de manejar, dependiendo de en qué creyera.
Brooke creía en Adrian Vale, en la Restauración, en las iglesias de la Fellowship de su infancia en el sur de Duvall y en la posibilidad de que una chica cuya madre había limpiado habitaciones de motel junto a la autopista llegara algún día a dirigir una campaña presidencial.
Llevaba pasteles todos los lunes porque su madre le había enseñado que la gente se acuerda de quién le da de comer.
—He visto el Courier —dijo mientras dejaba la caja sobre la mesa de reuniones—. Y he visto que avisaste tú al fotógrafo. La próxima vez, avísame. Si se hubiera tropezado en las escaleras, la que tendría que dar explicaciones sería yo.
—No se tropezó.
—Podría haberlo hecho.
—Entonces lo habrías explicado de maravilla —dijo Gabriel, y cogió un rollito de canela. Brooke puso los ojos en blanco y cogió otro.
La reunión de equipo repasó la semana entera.
Brooke había colocado a Adrian en The Brickman Hour el martes por la noche y en el programa matinal de MNN el miércoles, lo que significaba dos trajes distintos y dos versiones distintas de la misma respuesta.
Martin leyó en voz alta la lista de FENCE, los once miembros del comité que estaban indecisos o fingían estarlo, y asignó cada nombre a alguien.
Ellis se quedó con dos novatos de Duvall que llevaban botas de vaquero y habían salido elegidos prometiendo «hacer que Hartwell escuchara».
Brooke se ocupó de un miembro del Partido de Meridian Libre por Kessaly que odiaba la Red en sus discursos y tenía acciones de Halden Systems en privado.
Gabriel se quedó con Delacroix y con una moderada discreta del Acuerdo Commonwealth llamada Patricia Lowe, que había votado a favor de todas las ampliaciones de la Red desde 2036 y se había disculpado por ello cada vez.
—Lowe es cosa tuya porque eres el único que le cae bien —dijo Martin.
—Le caigo bien porque nunca la obligo a decirlo en voz alta.
—Lo que haga falta.
Al final, Martin dio un golpecito en la pizarra con el rotulador.
—Una cosa más. Seguridad ha hecho circular las nuevas directrices del PDS. Las normas de la Zona Blanca. Todo el que tenga acceso al anexo tiene que firmarlas antes del viernes.
Ellis frunció el ceño.
—No tengo acceso al anexo.
—Entonces no tienes que firmarlo —dijo Martin—. Mercer sí. Brooke también. Yo también. El presidente también. No la pierdas, no compartas tu acreditación, no le sujetes la puerta a nadie. Están endureciendo las medidas después de aquel asunto con el personal del senador Ostrowski.
—¿Qué asunto? —preguntó Ellis.
Brooke, Martin y Gabriel se miraron los tres.