El demonio Sutherland Epílogo
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Epílogo

A ilis permanecía sentada pacientemente en la cama mientras su cuñada se movía por la habitación a pesar de su embarazo.

Estaba nerviosa, muy nerviosa. Después de tantos meses de espera al fin había llegado el día en el que se convertiría en la esposa de Keir.

El castillo estaba lleno de vida y actividad desde las primeras luces del alba.

Sutherland y Sinclair se movían de un lado a otro ultimando los detalles para la gran celebración.

Las amplias salas y los pasillos resonaban con risas, charlas y el bullicio de los preparativos.

En el gran salón, largas mesas de roble estaban cubiertas con manteles de lino blanco y decoradas con ramos de acebo y brezo.

La luz de las velas parpadeaba, reflejándose en las copas de metal pulido y en los platos de cerámica decorada.

Los deliciosos manjares para la cena estaban en pleno proceso de preparación en las cocinas del castillo.

Se podía oler el aroma de corderos asados, estofados de venado y pasteles de pescado, acompañados de pan recién horneado y verduras de temporada.

Las mesas laterales ya mostraban una selección de tartas y pudines, mientras grandes barriles de cerveza y sidra especiada se alineaban a lo largo de una pared, listos para ser servidos.

En el patio, los invitados empezaban a congregarse, vestidos con sus mejores galas y tartanes de fiesta, intercambiando saludos y felicitaciones. Los músicos afinaban sus instrumentos, preparándose para tocar melodías alegres que animarían la celebración.

Todo estaba listo, pero ella estaba más lista aún.

Aquellos meses desde que le confesara sus sentimientos a Keir habían sido los más mágicos de su vida.

Su futuro esposo no solo le transmitía calma y tranquilidad, sino que también llenaba sus días de risas y felicidad.

Por ello se había enamorado más y más cada día de aquel guerrero, con sus defectos y virtudes, por supuesto, que había llegado a su vida por sorpresa y sin esperarlo.

Porque si el día que John Maitland llegó a Wick con sus hombres le hubieran dicho que terminaría casándose con su nuevo laird ella no lo habría creído.

―Estás preciosa ―suspiró Nara sentándose en el borde de la cama―. Gracias a Dios se me han pasado las náuseas, podré disfrutar de la celebración.

―Come con moderación, Nara ―advirtió Dallis―. Te aseguro que no querrás tener una indigestión.

―Solo quiero comer un poco de ese cordero que huele tan bien ―lloriqueó―. He estado hace un rato en el castillo y se me ha hecho la boca agua al olerlo.

―Yo no creo que sea capaz de probar bocado ―reconoció Ailis.

―¿Y eso por qué? ―preguntó su amiga.

―Estoy demasiado nerviosa.

―¿Es por lo que pasará esta noche?

―¡Claro que no! ―Se acercó a ella para hablarle en susurros―. No voy precisamente a ciegas a mi noche de bodas.

Nara la miró con los ojos como platos y una sonrisa en los labios.

―¿Mi hermano y tú...

―Digamos que me ha ido mostrando algunas pinceladas de lo que va a pasar. No tengo miedo ni estoy nerviosa por eso. Es solo que...

Fijó su mirada en la ventana. El día había amanecido soleado y a esas alturas el sol se encontraba alto en el cielo.

―He esperado tanto por este día que no me creo que vaya a pasar ya ―continuó―. Estoy nerviosa por ver a Keir en el altar, por llegar hasta él y decir mis votos. Es el día de mi boda, pero estoy deseando que termine la celebración para estar a solas con mi marido.

―Todas las novias se sienten así, hija ―sonrió Dallis, entrando en la habitación―.

Cuando me casé con tu padre estaba tan nerviosa que incluso olvidé mis votos matrimoniales.

Me quedé en silencio frente al altar, mirando a tu padre con pánico, pero él solo sonrió y me besó para darme ánimos.

No dije los votos que había pensado para aquel día, cambié aquellas palabras por las que salieron en ese momento de mi corazón.

―Apuesto a que fue una boda preciosa ―suspiró Nara.

―Desde luego que lo fue. Igual que fue la tuya y será la de Ailis.

Hasson golpeó la puerta con los nudillos y asomó la cabeza para asegurarse de que estaban listas.

―Debemos irnos, es la hora ―susurró.

Ailis caminó del brazo de su padre hasta la capilla. Su madre y Nara se adelantaron para ocupar su lugar, y Keir la esperaba frente al altar luciendo con orgullo el plaid de los Sinclair. Cuando llegó hasta él, Hasson puso la mano de su hija en la de su laird y sonrió.

―Te entrego a mi hija, laird Sinclair ―dijo―. Confío en que la amarás y la protegerás como se merece.

―Lo juro por mi honor.

Hasson asintió y se alejó hasta su lugar en los bancos de la iglesia. Fue entonces el turno de Teasagh, que envolvió las manos unidas con una bonita y suave cuerda.

―Esta cuerda está hecha por las mujeres del clan como símbolo de vuestra unión ―dijo―. La seda simboliza la delicadeza y la belleza del amor. La lana representa la calidez y la conexión con vuestras raíces. El lino, la fuerza y la pureza de vuestro vínculo.

Dio una última vuelta a sus manos unidas y ató la cuerda con un lazo.

―El cuero representa la longevidad y la flexibilidad en vuestra relación ―continuó―. La vid, que simboliza el crecimiento juntos. Y por último el cáñamo, que simboliza la resistencia y durabilidad de vuestro matrimonio.

―Gracias, Teasagh ―susurró Ailis con los ojos llenos de lágrimas.

―Bien, comencemos ―dijo el padre Lachlan―. Laird, diga sus frases con voz firme y clara.

―Ailis, desde el momento en que te vi supe que estabas destinada a ser parte de mi vida ―confesó Keir con voz ronca―.

Has sido mi fortaleza en los momentos de duda y mi alegría en los días oscuros.

Prometo amarte con todo mi corazón, protegerte con todas mis fuerzas y apoyarte en cada paso de nuestro camino juntos.

Te prometo ser tu compañero fiel, escucharte con comprensión y estar a tu lado en cada risa y en cada lágrima.

Ante nuestros amigos, nuestra familia y bajo el cielo de las Highlands, te doy mi palabra de ser tu aliado, tu refugio y tu amor eterno.

Juntos enfrentaremos cualquier desafío que la vida nos presente y celebraremos cada triunfo con gratitud y alegría.

―Keir, tú has sido mi luz en los momentos más oscuros y mi alegría en los días más brillantes ―respondió Ailis con un nudo en la garganta―.

Desde que te conocí he encontrado en ti un compañero, un amigo y un amor verdadero.

Prometo amarte con una devoción eterna, estar a tu lado en cada desafío y celebrar contigo cada triunfo.

Prometo ser tu apoyo incondicional, ofrecerte mi comprensión y mi cariño sin reservas.

Ante todos los que nos rodean, te doy mi corazón y mi alma, y prometo ser tu refugio y tu inspiración, hoy y siempre.

Juntos construiremos un hogar lleno de amor, respeto y felicidad, y nunca olvidaré lo bendecida que soy por tenerte en mi vida.

―Así, la unión está hecha ―sentenció el párroco.

Keir sonrió, limpió las lágrimas que Ailis no se había dado cuenta que corrían por sus mejillas y unió sus labios a los de su esposa. Dios... había esperado tanto por aquel momento que no creía que fuera cierto...

Los vítores de sus hermanos le hicieron separarse de Ailis.

De pronto se vio envuelto en un abrazo grupal que le hizo reír entre lágrimas, porque sí, los grandes guerreros también lloran.

Apenas fue consciente de la fiesta que se celebró después.

Se obligó a no beber demasiado licor, quería estar bien lúcido para su tan esperada noche de bodas.

Porque había ansiado aquel momento de tal manera que se negaba a arruinarlo por un brindis o dos.

Durante toda la fiesta no pudo apartar los ojos de su esposa.

La vio bailar con sus hermanos, con Brody, incluso con algunos de los soldados con los que había terminado entablando amistad.

Nara se acercó a él y le abrazó por el cuello, besándole en la mejilla.

Desde que se había casado con Brody aquel tipo de muestras de cariño se había hecho habitual, y Keir estaba verdaderamente encantado con ellas.

Cubrió las manos de su hermana con una de las suyas y le sonrió.

―¿Contento? ―preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

―Lo estaré más cuando todos os vayáis a casa.

―¿Es esa forma de tratar a tu hermana? ―rio.

―Te adoro, pero ahora mismo solo quiero pasar tiempo a solas con mi esposa.

―Está nerviosa.

―Lo sé.

―Debes ser cuidadoso con ella.

―Nara, ¿crees de veras que no tengo experiencia?

―No es algo que quiera saber, la verdad. Pero ella es mi mejor amiga, más que eso, mi hermana, y no quiero que su noche de bodas sea desastrosa.

―¿Intentas ofender a tu hermano?

―Claro que no, perdona.

―Deberías irte temprano, mi sobrino estará haciéndote sentir incómoda.

―Tu sobrina está bastante tranquila esta noche, pero no me marcharé muy tarde.

―Va a ser un niño.

―Será una niña preciosa.

―Seguid así y serán gemelos. ―Tavish se dejó caer junto a su hermano y se sirvió una jarra de cerveza.

―No me importaría ―reconoció Nara.

Tavish la miró con los ojos como platos, de dijo con señas que estaba loca y volvió a marcharse para bailar con una de las jóvenes del pueblo. Keir vio a su padre acercarse a él. Le palmeó la espalda y se sentó a su lado.

―A ese mentecato le hace falta una esposa ―protestó.

―¿A cuál de ellos?

―Tavish.

―Tavish no tiene ninguna intención de seguir mis pasos, padre. Déjale disfrutar de su soltería mientras pueda, el día que conozca a su esposa no podrá escapar.

―¿Como tú? ―rio Murray.

―Como yo. En cuanto la vi debería haber sabido que era la mujer de mi vida.

―El amor a primera vista no existe, hijo. El amor hay que cultivarlo poco a poco, cocerlo a fuego lento y conservarlo con dedicación. Espero que no tardes mucho en darme nietos. Aprende de tu hermana, ella sí que se ha dado prisa.

―¿Te estás quejando, padre? ―bromeó Nara.