El demonio Sutherland Capítulo 31 #2
95%

Capítulo 31 #2

―Te he echado de menos ―la sorprendió diciendo el guerrero―. Hemos estado muy cerca, pero te he echado terriblemente de menos.

―Yo también ―susurró ella―, pero siempre estabas rodeado de gente.

No se dio cuenta de la mirada sorprendida que Keir le lanzó, ni tampoco de que el hombre se movía sigilosamente hasta quedar tras su espalda. Vio sus manos apoyarse en la piedra a ambos lados de ella y se sobresaltó, pero no se dio la vuelta.

―También me ha dicho Ryan que esperabas cada día mi regreso ―susurró Keir con voz ronca―. ¿Es cierto?

―Tardaste demasiado en volver.

―¿Querías que volviera, Ailis?

―Claro que sí. Tenía miedo de que te pasara algo malo.

―¿Por qué?

―Porque no sé qué haría si te perdiera ―admitió, su voz apenas un susurro―. No quería que te pasara nada. No podía soportar la idea de perderte.

―Entonces, ¿por qué huiste de mí aquel día?

Ailis bajó la mirada, luchando por encontrar las palabras adecuadas.

―Tenía miedo ―confesó―. Miedo de perderte como perdí a John. No sé si podría soportar el dolor de perder a otro hombre que amo.

Keir dio un paso adelante, acercándose a ella, y levantó su barbilla con un dedo.

―Ailis... ―Suspiró―. No puedo prometerte que nunca me ocurrirá nada, pero sí puedo prometerte que siempre lucharé por volver a tu lado.

―Cada día que has estado lejos he sentido como si una parte de mí estuviera vacía ―susurró―. Pero tenía tanto miedo de admitirlo...

Keir levantó una mano, acariciando su mejilla con ternura. Ailis cerró los ojos y disfrutó del toque áspero de sus dedos.

―No podemos vivir nuestras vidas con miedo. Si algo he aprendido es que cada momento es precioso. No quiero perderte por culpa de algo tan efímero como el miedo. Te amo demasiado.

Ella sintió las lágrimas brotar, pero esta vez no las reprimió.

―Keir, yo también te amo. No quiero seguir huyendo de mis sentimientos, solo prométeme que siempre volverás a mí.

―Siempre volveré a ti, mo ghràdh . Siempre.

Keir la apretó entre sus brazos y unió sus labios a los de la joven.

El sabor dulce y picante de la sidra la inundó, y subió las manos por el pecho del guerrero hasta enredar los dedos en su cabello.

Los fuertes brazos de Keir la aprisionaron con más fuerza cuando la lengua del hombre invadió su boca.

La cálida y suave caricia la dejó mareada, tanto que sus piernas perdieron la capacidad de sostenerla.

Se sentía deliciosamente mareada. La había besado ya dos veces, pero ninguno de esos besos podía compararse a ese.

Su cuerpo entró en combustión, su piel ardía y Ailis necesitaba que Keir calmara aquella maravillosa sensación.

Los labios del hombre abandonaron sus labios para bajar por su cuello hasta su clavícula.

Mordisqueó la sensible carne hasta que Ailis dejó escapar un gemido que le arrancó una sonrisa de satisfacción.

Volvió a sus labios, que besó, mordisqueó y lamió hasta que se hincharon, y cuando Ailis pensó que perdería la cabeza Keir se apartó.

―Si seguimos así no voy a poder parar.

Su voz se escuchaba ronca, sus pupilas se habían dilatado y la vena de su cuello latía profusamente.

―¿Por qué ibas a parar? ―preguntó ella inocentemente― Me gustan mucho tus besos.

Keir se mordió el labio y gimió. Dios santo, ¿acaso no sabía lo que quería hacer con ella? Seguro que no. Era tan inocente que... Maldijo en silencio y la tomó en sus brazos para volver a besarla.

―¿Crees que tu padre me permitirá casarme contigo mañana? ―preguntó sin apartar su boca de la de Ailis.

―¿Te has vuelto loco? ―rio ella.

―Cariño, te aseguro que vamos a tener que casarnos lo antes posible.

―¿A qué viene tanta prisa?

Keir la soltó y la besó justo debajo del lóbulo de su oreja.

―Porque tengo toda la intención de llevarte a mi habitación en este mismo instante para hacerte el amor ―ronroneó.

Ailis jadeó, pero no se apartó cuando Keir volvió a besarla.

Al contrario, rodeó sus hombros con los brazos para mantenerle más cerca, tanto como fuera posible.

Keir la alzó en el aire, la instó a rodearle la cintura con las piernas y la llevó hasta la habitación sin detenerse.

Rogaba a Dios porque a nadie se le hubiera ocurrido subir a dormir temprano, porque si Duncan o alguno de sus hermanos lo atrapaba iba a tener serios problemas.

―Yo que tú la soltaría antes de que te vea alguien más, hermanito.

La voz de Tavish le detuvo en seco. Maldijo para sus adentros por haber sido cazado con las manos en la masa. En la mujer, más bien. Soltó despacio a Ailis en el suelo y se colocó delante de ella para protegerla de la vista de su hermano.

―No es necesario que la escondas, sé que es Ailis ―dijo acercándose a ellos―. No me malinterpretes, me alegro mucho por vosotros. Es más... Ya era hora, maldición.

―¿Gracias? ―respondió Keir.

―El caso es que eres el laird de los Sinclair y tienes que actuar en consecuencia. Un laird no hace estas cosas, hermano... Si Duncan se entera te arrancará la piel a tiras.

―¿Qué tal si no se lo dices?

―No voy a decírselo, pero tampoco puedo dejar que continúes tu camino. Si se entera de que te lo he permitido también me despellejará a mí, y valoro mucho mi piel, en serio.

Keir asintió con un suspiro, se volvió hacia Ailis y la besó fugazmente en los labios.

―Regresa a la fiesta con él, mo ghràdh ―susurró―. Iré a hablar con tu padre.

Ailis le miró con resignación, pero asintió.

―¿Puedes pedirle a Hasson que suba a mi despacho, hermano? ―pidió a Tavish― Necesito unos momentos para tranquilizarme.

Tavish asintió con una gran sonrisa en los labios que Keir quiso borrar de un puñetazo.

Se dirigió a su despacho, sirvió dos vasos de whisky y se bebió uno de ellos de un trago.

Maldición, estaba tan excitado que si su futuro suegro miraba hacia abajo vería la montaña formada en su kilt.

Abrió la ventana para ver si el aire frío de la noche lograba calmar el ardor, y al ver que no funcionaba se sentó frente al escritorio para esconder su vergüenza bajo la madera.

Varios minutos más tarde, Hasson entró en la habitación acompañado de Tavish.

―¿Tú que haces aquí? ―le preguntó a su hermano.

―Apoyo moral, hermano ―respondió con una sonrisa de satisfacción.

―Lárgate.

―¿Prefieres que vaya a ver a Duncan y le cuente...

―Está bien, maldita sea, puedes quedarte.

Hasson, que no entendía absolutamente nada, miraba a uno y otro con cara de asombro.

―Buenas noches, Hasson ―saludó Keir―. Gracias por venir tan tarde.

―Buenas tardes, laird. ¿De qué quería hablar conmigo?

Keir se removió inquieto en la silla, arrancándole a Tavish una sonrisa.

―Quería hablar contigo sobre Ailis... y sobre mí ―confesó.

Hasson sonrió y se acomodó mejor en la silla.

―Le escucho ―dijo.

―Estoy profundamente enamorado de Ailis ―confesó―. Ella es todo lo que siempre he deseado y quiero pedirte permiso para casarme con ella.

―Veo que mi hija al fin se ha animado a confesar sus sentimientos...

―Lo ha hecho, sí.

―Estar enamorado es lo más increíble que puede ocurrirle a una persona, pero el matrimonio no se trata solo de eso. ¿Qué planea hacer para asegurar su felicidad y bienestar?

―Prometo protegerla y amarla con todo mi ser, haré todo lo posible para asegurar su felicidad. Conozco ahora sus miedos e inquietudes y haré todo lo que esté mi mano para infundirle tranquilidad.

―Siempre he valorado su honestidad y valentía, laird. Pero el matrimonio es un compromiso que se debe mantener día tras día hasta el día de nuestra muerte. Habrá días llenos de felicidad, pero también habrá discusiones y malos momentos. ¿Está preparado para eso?

―Estoy más que preparado para ello. Aunque mi familia de sangre siempre fue un desastre, tuve la suerte de ser criado por un matrimonio lleno de amor. Quiero un matrimonio como el que tuvieron ellos, y sé que con Ailis puedo tenerlo.

―Me alegra escuchar eso, laird. He visto cómo se preocupa por mi hija y sé que sus intenciones son genuinas. No tengo ninguna duda de que será un buen esposo para ella.

―Te doy mi palabra de que no te defraudaré.

―Entonces tiene mi bendición. Vaya a hablar con ella, estará esperando ansiosa.

Keir asintió y salió corriendo del despacho para encontrarse con Ailis.

Sabía que se encontraría en la ensenada, sentada en las rocas mirando el cielo estrellado.

En cuanto le escuchó acercarse volvió su mirada hacia él y le sonrió.

Keir se detuvo y abrió los brazos, en los que Ailis se refugió de inmediato.

Suspiró inspirando el aroma de su cabello.

―Me ha dado su bendición ―susurró―. El padre Lachlan se ha marchado, pero regresará la próxima primavera. Podremos casarnos entonces.

―Es mucho tiempo ―protestó ella.

―Lo sé.

―¿Qué te ha dicho?

―Que está feliz de que por fin te hayas confesado y que confía en que seremos felices juntos.

―¡No ha dicho tal cosa! ―exclamó ella mirándole con incredulidad.

―Te aseguro que lo ha hecho. Me parece increíble que le confesaras a tu padre tus sentimientos por mí antes que a mí mismo.

―No tuve que hacerlo. Él lo descubrió.

―Ahora sé a quién has salido tan inteligente.

Se inclinó hacia ella y la besó. El sabor salado de la brisa marina se mezcló con aquel beso dulce y lleno de promesas de futuro.

El demonio de las Highlands había encontrado a su ángel guardián, la mujer que lo acompañaría en la larga travesía de la vida.

Llegó al clan Sinclair sintiendo que había sido enviado al Infierno, pero realmente había encontrado en ellos una familia más.