Epílogo #2
―Por supuesto que no, estoy encantado y tu madre más que yo. Te ha traído un baúl lleno de ropa de bebé, parte de ella heredada de Beth y otra parte hecha por ella misma.
―La he visto antes y es hermosa. Brody está fabricando la cuna él mismo, espero que la termine antes de que nazca el bebé.
―Me estoy tomando mi tiempo porque quiero que todo sea perfecto. ―Brody se acercó y besó a su esposa en la mejilla―. Lo mejor siempre para mi bebé.
―¿Ves eso, Keir? ―rio Murray― Aprende de este muchacho, te aseguro que te irá muy bien.
―Si me disculpáis ―dijo levantándose―, voy a tomar ejemplo y bailar con mi mujer.
––––––––
M ucho más tarde, cuando todos los invitados se habían marchado, Keir llevó a Ailis por fin a la habitación que compartirían a partir de aquel día. En cuanto cerró la puerta a su espalda la envolvió en sus fuertes brazos y la besó.
―Al fin solos ―susurró―. La celebración se me ha hecho eterna.
―A mí también ―reconoció ella―. Estaba deseando que todos se marcharan para estar a solas contigo.
Keir pegó su boca a la de Ailis, que entreabrió los labios para dejarle paso a su lengua.
La deseaba tanto que estaba a punto de volverse loco.
Tantos meses controlándose habían sido un infierno para él, y ahora que por fin podía hacerle el amor...
quería que todo fuera perfecto. Acarició la mejilla de su esposa a la vez que profundizaba el beso.
Las manos de Ailis se enredaron en su pelo, como a él tanto le gustaba.
Él rodeó su cintura y la apretó contra su cuerpo, sintiendo sus pequeños pechos redondeados contra su pecho.
―Te deseo tanto, mo ghràdh ... ―dijo con voz ronca― He soñado tantas veces con esta noche que...
Ailis se puso de puntillas y volvió a besarle.
Sintió el duro bulto de su erección en la unión de sus piernas y jadeó cuando Keir se movió, friccionando alguna parte de aquella zona que la hizo estremecer.
Sintió los dedos de su esposo clavarse en la piel de su cadera mientras se mecía adelante y atrás, rozando aquel sensible punto una y otra vez hasta dejarla mareada y jadeante.
Cuando rompió el beso, el sinvergüenza tuvo la desfachatez de sonreír, pero Ailis no pudo reprocharle nada pues la levantó en brazos para llevarla junto a la cama.
La desnudó lentamente, con los ojos velados por el deseo y una pasión salvaje dibujada en su mirada.
Aquellas esmeraldas la hacían arder, su piel estaba tan caliente que todo su cuerpo temblaba.
Pronto se encontró únicamente en camisola.
Se sentía vulnerable, pero una sola mirada al rostro de Keir bastó para darse cuenta de que no tenía que hacerlo.
Su mirada apreciativa le demostraba que para él, Ailis era la mujer más deseable sobre la faz de la tierra.
Deshizo lentamente los lazos de la camisola y la dejó caer al suelo, dejándola completamente desnuda frente a él.
―Dios mío, Ailis... Eres perfecta ―susurró.
La tumbó en la cama, se quitó su propia camisa y se tumbó a su lado, con el plaid como única vestimenta.
Pasó la mano callosa por su brazo, arriba y abajo, sorprendiéndola cuando su camino cambió y rodeó uno de sus pechos.
Lo apretó un poco en la palma de su mano, acarició el pezón con la yema del índice y sonrió cuando de la boca de Ailis escapó un gemido.
Continuó acariciando el pequeño brote un poco más, y cuando se lo metió en la boca su esposa arqueó las caderas con una mezcla de sorpresa y deseo.
La ancló a la cama con su enorme cuerpo y atormentó su carne con pequeños mordiscos, constantes lamidas y alguna que otra succión.
Ailis sintió que su estómago se calentaba, que el centro de su feminidad se tensaba y un calor inexplicable subía por su estómago.
Keir bajó la mano por el vientre de Ailis hasta llegar al nido de rizos dorados que escondía su sexo.
Pasó la palma sobre él, distraídamente, y cuando su esposa se relajó introdujo un dedo entre su carne para encontrar su clítoris, que estaba hinchado debido al deseo.
Necesitaba enterrarse en ella, hacerle sentir las mieles de la pasión, pero su esposa necesitaba un poco más de preparación.
Con una pierna la obligó a mantener las piernas abiertas y hundió lentamente un dedo en su interior.
Era tan estrecha que su miembro corcoveó bajo su kilt.
Ailis comenzó a gemir moviendo las caderas sin control, agarrando su cabello con fuerza y arqueando la espalda cada vez que estaba a punto de llegar a la culminación.
Pero Keir retrasó ese momento, deteniéndose cuando la veía al límite, besándola intentando calmarla.
―Keir, por favor...
Sonrió porque era plenamente consciente de que su esposa no sabía por qué le rogaba.
Se colocó entre sus piernas abiertas y pasó la lengua por su sexo, sorprendiéndola y haciéndola saltar.
La mantuvo sujeta mientras la lamía, deleitándose con el sabor almizclado de su carne, borracho de su olor.
Las piernas de Ailis se tensaron a su alrededor cuando llegó al primer orgasmo, pero él siguió lamiéndola hasta que amainó la tormenta.
Cuando se incorporó volvió a besarla en los labios, dándole a probar su propio sabor.
No podía esperar más, estaba a punto de estallar y necesitaba con urgencia estar dentro de ella.
Se puso de pie y, sin apartar su mirada de Ailis, se quitó el cinturón y el tartán.
Los ojos de su esposa se agrandaron al ver el tamaño de su miembro, pero la distrajo con sus besos mientras se colocaba sobre ella.
―Puede que te haga daño, pero pronto pasará ―susurró―. Solo será esta vez, te lo prometo.
Ailis asintió, abrió las piernas y se sujetó a sus brazos esperando un dolor que nunca llegó.
Se sintió muy llena, excesivamente estirada, pero no hubo nada más.
Cuando Keir estuvo completamente dentro de ella se detuvo, mirándola a los ojos en busca de algún rastro de dolor, pero en vez de encontrarlo solo vio una enorme sonrisa en los labios de Ailis.
―Ahora te pertenezco ―susurró su esposa.
―Ahora nos pertenecemos ―la corrigió.
Volvió a besarla moviendo las caderas lentamente.
Ante el primer roce de su piel Ailis echó la cabeza hacia atrás con un gemido, dándole vía libre para desplegar su pasión.
Aumentó el ritmo de sus embestidas, cada vez más y más deprisa, más y más profundo, hasta que sintió las paredes de Ailis convulsionarse a su alrededor.
Aquel delicioso movimiento fue el detonante de su propia culminación, y cayó rendido junto a ella intentando recuperar la respiración.
―No me extraña que Nara se haya quedado embarazada tan pronto ―le sorprendió diciendo―. Si para ella es tan bueno como para mí...
Keir solo pudo reír, reír a carcajadas por la ocurrencia de su esposa. La atrajo hacia su pecho, la besó en la coronilla y cerró los ojos con un suspiro.
―Te amo ―susurró acariciando su mejilla―. Eres el amor de mi vida, Ailis Sinclair, y no sabes cuánto me alegro de que Jaime me obligara a ocuparme de nuestro clan.
―Yo también te amo. No puedo imaginar mi vida sin ti. Gracias por ser mi todo, por cuidarme y amarme. Prometo estar a tu lado siempre, en cada paso del camino.
Con esas palabras, ambos cerraron los ojos, dejándose llevar por el sueño, sabiendo que su amor era eterno y que siempre encontrarían refugio en los brazos del otro.
[1] Variedad de cuarzo ahumado, originaria de las montañas Cairngorm en Escocia, caracterizada por sus tonos grises ahumados, ocasionalmente con un toque de azul.
[2] Pequeña.
[3] Moneda de plata utilizada en Escocia durante el siglo XVI, equivalente a 0’77€.
[4] Hija.
[5] Dicho que refleja la hipocresía de criticar a alguien por un defecto que uno mismo tiene.
[6] Fiesta que se celebra el 31 de octubre en Escocia. Marca el final de la temporada de cosechas y el comienzo del invierno.
[7] Daga tradicional escocesa de hoja larga, utilizada por los guerreros como arma y símbolo de estatus dentro de sus clanes.
[8] Mi amor.