Capítulo 30 #2
―¡No pienso dejarte sola con él! ―exclamó el guerrero adivinando las intenciones de Ailis.
―¡Es solo un niño, por amor de Dios! Y estoy en el castillo, con solo gritar tendré aquí a un centenar de guerreros. Vamos, marchaos.
Cuando los dos hombres se hubieron marchado, Ailis acercó un sillón al fuego e hizo al niño sentarse en él. En cuanto el calor calentó sus huesos helados dejó escapar un suspiro entrecortado. Keir entró poco después y se detuvo en seco al verla apoyada contra el escritorio.
―¿Ailis? ―exclamó― ¿Ocurre algo?
―¿Recuerdas aquella tarde en la playa, cuando te dije que me sentía observada?
―Lo recuerdo, sí.
Ailis se acercó al sillón y lo giró lo suficiente como para que el niño fuera visto desde la posición de Keir.
―Era él ―susurró.
Keir cruzó una significativa mirada con Ailis y se acercó al sillón. Se puso de rodillas frente al niño, intentando no asustarle.
―Hola, muchacho ―susurró―. ¿Puedes decirme tu nombre?
―Sloan, señor ―respondió el niño con un hilo de voz.
―Ese es tu clan, ¿no es cierto? Pero quiero saber tu nombre.
―Ellos me llamaban Sloan.
―¿Ellos?
―Los hombres que me raptaron.
Ailis vio cómo Keir apretaba los dientes e intentaba controlar su furia. Le admiró por ser capaz de hacerlo.
―¿Sabes quiénes eran? ―El niño negó y sus ojos se llenaron de lágrimas―. No te preocupes, todo está bien.
Acercó la mano con cuidado a su cabeza, y como ambos esperaban, el niño se estremeció. Ante el contacto suave de la mano de Keir se mostró sorprendido y levantó el rostro hacia la caricia como haría un perro abandonado.
―¿Cómo has llegado hasta aquí? ―preguntó Keir― ¿Ellos te trajeron?
―Me escapé ―dijo el niño con orgullo―. Me escapé y he estado huyendo desde entonces, pero creo que me he perdido. ¿Podría llevarme a mi casa?
―Estás muy lejos de Dumfries, muchacho. Demasiado lejos para llevarte allí en pleno invierno.
Los ojos de Sloan se llenaron de lágrimas y comenzó a llorar sin control. Keir se apresuró a abrazarlo, el niño apretó el puño en su camisa y lloró hasta que no le quedaron lágrimas.
―Te llevaré a casa cuando llegue la primavera, te doy mi palabra ―dijo Keir―. Mientras tanto te quedarás aquí, no tienes que seguir pasando hambre y frío.
―Sé hacer muchas cosas, señor ―exclamó el niño poniéndose de rodillas en el sillón―. Puedo limpiar el suelo, dar de comer a los caballos, lavar la ropa...
―No tienes que hacer nada para quedarte ―le interrumpió Keir―. Solo tienes que portarte bien.
―¡Le juro que me portaré bien! ¡Me portaré mejor que bien! Ni siquiera se dará cuenta de que estoy aquí.
Keir sonrió y pasó la mano por su cabello, sucio y grasiento.
―Creo que primero deberías darte un buen baño para sacar toda esa mugre de tu piel ―sugirió―. Después iremos a cenar y mandaré preparar una habitación cómoda para ti.
―Puedo dormir en el suelo, no necesito...
―Sé que puedes dormir en el suelo, pero lo harás en una cama ―le interrumpió Keir―. Ningún niño merece vivir en las condiciones que hayas vivido, y te juro que me encargaré de buscar a tus captores por cielo y tierra hasta dar con ellos y hacerles pagar por lo que te han hecho.
El laird salió al pasillo para hablar con Callum, que se llevó al niño para asearlo. Una vez a solas, suspiró y abrazó con fuerza a Ailis, que se dejó consolar intentando contener el llanto.
―Espero de veras que estuviera cerca de aquí cuando escapó ―dijo Keir―. Si ha venido desde las Lowlands... No, es imposible que se haya mantenido vivo.
―¿Quién crees que ha podido raptarlo?
―Pudo ser cualquiera. Tal vez es el hijo del laird Sloan y alguno de sus enemigos se lo llevó, o simplemente tuvo la mala suerte de cruzarse en el camino de unos delincuentes.
―Está en los huesos, pero no parece tener graves daños.
―Le he dicho a Callum que le pida a Roderick que le examine. No sabremos más hasta que hable con él. Me recuerda tanto a mí que...
―Él también ha tenido la suerte de encontrar a una buena persona ―respondió Ailis acariciando su mejilla.
Keir atrapó la mano de Ailis con la suya y bajó lentamente el rostro con la intención de besarla. Lo habría hecho de no ser porque Brody irrumpió en el despacho seguido de Tavish justo cuando sus labios estuvieron a punto de tocarse, y Ailis se separó de él como si se hubiera quemado. Maldición.
―Debemos hablar, laird ―dijo el joven.
―¿No puede esperar a mañana?
―Es importante.
―Debería irme ―dijo Ailis dirigiéndose a la puerta, pero su hermano la detuvo.
―Puedes quedarte. ―Las palabras de Brody sonaron a ruego, y ella asintió y se sentó en uno de los sillones.
―Bien, muchacho ―suspiró Keir―. Tú dirás.
―Creo que primero deberíamos tomar una copa ―sugirió Tavish acercándose al armario―. ¿Un whisky, Ailis? El laird Mackay nos ha abastecido de licor hasta la próxima primavera.
―Un hidromiel será suficiente para mí, Tavish. No creo poder soportar una bebida tan fuerte.
Tavish sirvió las bebidas y las repartió entre los presentes. Se sentó junto a Ailis con las piernas cruzadas y entrechocó su copa con la de ella, sonriendo abiertamente.
―La vamos a necesitar ―susurró.
―¿Lo sabes? ―preguntó ella con una ceja arqueada.
―Brody acaba de contármelo.
―¿Y te parece bien?
―Es Keir quien debe decidir, no yo. Pero si por mí fuera, mientras mi hermana sea feliz...
―¿Se puede saber qué estáis murmurando vosotros dos? ―protestó Keir.
―Estábamos hablando del niño, hermano ―respondió Tavish―. Vamos, Brody, es tu turno.
―¿Y bien? ―insistió su laird con una ceja arqueada.
―Me gustaría pedir permiso para casarme con Nara.
Tavish rompió a reír cuando el whisky salió despedido por la nariz de su hermano, que le miró con fastidio. Se limpió la barba con el dorso de la mano, soltó la copa sobre el escritorio y se cruzó de brazos.
―Explícate ―ordenó.
―Amo a su hermana, señor ―confesó Brody―. La amo desde mucho antes de que usted llegara.
―¿Estás enamorado de Nara? ―exclamó Keir con sorpresa― Pensé que solo la veías como a una hermana.
―Y era así... al principio. Pero con el paso del tiempo mis sentimientos cambiaron, señor. Espero que me dé permiso para casarme con ella. Entiendo que solo soy un aspirante a herrero y que tal vez usted habría pensado en alguien mejor para ella...
Keir le detuvo levantando la mano.
―No me importa si eres herrero o artesano, pescador o soldado ―dijo―. Lo que me importa es que ames a mi hermana y la protejas de todo mal. ¿Serás capaz de hacerlo, muchacho?
Por respuesta, Brody se quitó la camisa mostrando las cicatrices de su espalda. Ailis jadeó al verlas, aunque sabía por su padre de su existencia no las había visto nunca.
―Por Dios santo... ―exclamó Tavish a su lado.
―Recibí estas marcas por cada una de las veces que me interpuse entre Nara y su padre o William ―confesó―. Cada vez que ellos intentaba ofrecérsela a sus amigos la ayudaba a huir de este castillo, y cuando ese desgraciado descubrió su escondite en casa de Teasagh me escondía con ella en el bosque.
―No tenía ni idea, Brod... ―susurró Ailis.
―Tú no tenías que saberlo ―respondió―. No quería preocuparte innecesariamente.
―Siento todo esto, Broderick ―lamentó Keir―. Siento que hayas tenido que sufrir también por culpa de ese miserable.
―Volvería a sufrir cada uno de estos latigazos si con ello pudiera mantener a Nara a salvo de todo mal, laird. Merecería la pena solo por ver en sus labios una sonrisa.
―¿Ella te corresponde?
―Lo hace ―respondió Ailis por él―. Nara también está enamorada de él, Keir.
―En ese caso no hay nada más que decir ―dijo el laird con una sonrisa―. Podréis casaros en primavera.
―A primeros de diciembre el padre Lachlan visitará el clan para oficiar las misas de Yule, me gustaría casarme con Nara entonces ―sugirió Brody.
―¡Pero solo quedan tres semanas! ―exclamó Ailis.
Brody la miró con una sonrisa y se encogió de hombros.
―No puedo esperar a convertirla en mi esposa ―confesó.
Keir sonrió y asintió. Sabía perfectamente cómo se sentía. Si estuviera en su lugar, él tampoco esperaría para convertir en su esposa a Ailis.
―Bajemos a cenar ―sugirió―. Tenemos muchos motivos para celebrar esta noche.
Ailis asintió. Sí, había mucho que celebrar aquella noche.
Le habría gustado tener su turno para hablar con Keir, pero debía estar muy cansado y ya había tenido demasiadas cosas de las que ocuparse a tan solo una hora de su llegada.
Podía esperar al día siguiente. El amor que sentía por aquel hombre no iba a desaparecer de la noche a la mañana.