El demonio Sutherland Capítulo 30
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Capítulo 30

A ilis se encontraba en las almenas del castillo mirando hacia el horizonte.

Hacía ya dos semanas que Keir se había marchado y aún no había señales de él por ninguna parte.

Estaba realmente preocupada. ¿Habría sido atacado por algún otro clan o todo era culpa de la nieve?

Observó a Brody y a Nara, que jugaban en la nieve del patio besándose de tanto en tanto.

Nara no parecía estar en absoluto preocupada por sus hermanos, ¿acaso por culpa del amor los había olvidado? Suspiró.

―Si sigues aquí suspirando así te llevará el viento antes de que él regrese.

Ailis se volvió al escuchar la voz familiar de Ryan, que se acercó a ella con una sonrisa.

―Hace demasiado tiempo que se marcharon. ¿Por qué aún no han regresado? ―susurró.

―Entiendo tu preocupación, muchacha, pero Dunnett está a varios días a caballo y un conflicto con otro clan no es algo que se pueda resolver en dos días.

―Me preocupa que los Mackay puedan atacarlos. Ha llevado muy pocos soldados y...

―Necesitas tener paciencia y fe en sus habilidades ―la interrumpió―. Keir es uno de los mejores guerreros de las Highlands, ¿recuerdas? Además, el laird Mackay y él son viejos conocidos.

―¿Son amigos? ―preguntó ella esperanzada.

―No, pero han luchado juntos en más de una ocasión. Tranquilízate, Nathair Mackay es un hombre de honor. Si sus hombres son culpables de los robos los hará pagar por ellos.

Ailis suspiró mirando al horizonte.

―Es difícil esperar sin noticias ―reconoció.

Ryan asintió apoyando una mano en su hombro.

―Lo sé, muchacha, pero debes confiar en que está haciendo todo lo posible por regresar lo antes posible.

Las risas de Nara llegaron hasta las almenas. Ryan se asomó para ver de dónde procedían, y al ver que se trataba de la feliz pareja sonrió.

―Si su hermana no está preocupada por él, ¿por qué lo estás tú? ―preguntó mirándola con curiosidad.

―Ni siquiera yo lo sé ―suspiró.

―Yo creo que sí lo sabes, muchacha. Que no quieras reconocerlo es otra historia.

El guerrero se marchó silbando hacia el castillo.

Tenía razón, desde luego. No quería reconocer que Keir se había convertido en el dueño de su corazón desde hacía tiempo, que anhelaba su compañía.

Todos le apodaban el demonio de las Highlands, pero para los Sinclair no era más que un ángel caído del cielo que les había sacado de la miseria y les había mostrado que un laird es respetado por sus nobles acciones, no debido al miedo.

Ailis había amado con locura a John, pero lo que Keir la hacía sentir era mucho más puro e intenso que aquel infantil sentimiento de antaño.

Tal vez se debiera a que la pérdida de su prometido la había hecho crecer de golpe, a que ahora veía las cosas desde una perspectiva distinta.

El caso era que casi sin darse cuenta su corazón había decidido latir con fuerza solamente por Keir, y que ella no podía, ni quería, cambiar eso.

Había decidido hablar con él sobre sus sentimientos en cuanto volviera.

Había planeado llevarle de regreso al lago helado y confesarle que le amaba sentados junto al fuego, pero los días pasaban y no había rastro de Keir por ninguna parte.

¡Ni siquiera se había preocupado de enviar a alguien para informar de que estaba a salvo!

Pero primero debía contarle lo de sus hermanos.

Su confesión podía esperar, antes debía interceder por Brody.

¿Y si Keir había planeado casar a su hermana con un Sutherland?

¿Y si se oponía a su relación y la enviaba a Dornoch para evitar que se escaparan juntos?

El horizonte comenzó a cubrirse con los tonos anaranjados del atardecer y decidió regresar a casa. Al salir del castillo encontró a Nara y a Brody sentados en un banco bastante acaramelados, y se acercó a ellos para despedirse de su amiga.

―Es tarde, deberíamos regresar a casa ―dijo.

―Tienes razón ―concordó su hermano levantándose―. Mañana debo ocuparme de la forja por nuestro padre, que viajará a Burn Broch aprovechando que ha dejado de nevar.

―¿No será peligroso? ―preguntó Nara―. Aún hay mucha nieve en los caminos.

―No te preocupes, mo ghràdh ―susurró Brody acariciando suavemente la nariz de su amada―. Mi padre ha viajado muchas veces a ese lugar, y esta vez lo hará acompañado por algunos soldados.

―Dile que tenga cuidado ―susurró.

―Se lo diré.

Ailis elevó los ojos al cielo, saludó a Nara con la mano y se encaminó hacia la aldea. Brody llegó corriendo a su lado poco después, con una enorme sonrisa en la cara.

―Eres consciente de que aún no tenéis la aprobación de Keir, ¿verdad? ―le recordó.

―¿Crees que no me aceptará?

―Tal vez ha pensado casarla con un Sutherland.

―No digas eso ni de broma, Ailis ―protestó Brody.

―Cabe la posibilidad.

―Nara me dijo que Keir le dio permiso para decidir sobre su matrimonio.

―Solo digo que no des nada por sentado, hermano. No quiero que termines con el corazón roto.

―¿Y tú piensas responder alguna vez a los sentimientos de nuestro laird? ―Ailis le miró con sorpresa―. No creas que no me he dado cuenta de la manera en que te mira, hermana.

―Eso no es asunto tuyo.

―Desde luego que lo es, soy tu hermano mayor y es mi deber protegerte.

―¿Y cómo sabes que no los he aceptado ya?

―Keir no ha ido a hablar con nuestro padre, hermana. Lo habría hecho si le hubieras confesado que le amas.

―No le amo ―protestó ella mirando hacia otro lado.

―Desde luego que le amas. Te pasas el día desfalleciendo en las almenas a la espera de su regreso.

―Puedo estar esperando a Tavish.

―Ambos sabemos que no es a ese Sutherland al que deseas ver llegar a la aldea.

De repente, sonido de los cascos de los caballos retumbaron en la tranquilidad de la tarde.

Ailis se detuvo en seco y se volvió con el corazón latiendo con fuerza para ver una silueta ya familiar para ella acercándose por el horizonte.

Su respiración se entrecortó y Brody vio con satisfacción la esperanza reflejarse en su mirada.

Keir detuvo su caballo frente a ellos y desmontó con el cansancio reflejado en el rostro.

Sus ojos se llenaron de ternura al encontrarse con los de Ailis.

Una lágrima solitaria cayó por la mejilla de la joven, que la borró rápidamente con la mano.

―Ahora dime que no era a él a quien esperabas ―susurró su hermano en su oído.

Ella le miró con fastidio, pero le ignoró para acercarse lentamente a Keir. El guerrero acarició suavemente su mejilla con el dorso de la mano y sonrió.

―Estoy en casa ―susurró.

―Bienvenido, laird ―saludó Brody al ver que su hermana no era capaz de decir ni una palabra―. Espero que haya podido solucionar el problema de los robos.

―No solo hemos resuelto el problema, muchacho. Hemos firmado la paz con los Mackay.

―Esa es una gran noticia.

―Lo celebraremos en el castillo, avisad a vuestros padres.

―Esto... Antes de la celebración hay algo de lo que me gustaría hablar con usted, laird ―dijo Brody sorprendiendo a Ailis.

―¿Es importante?

―Mucho.

―Muy bien, déjame lavarme un poco y te veré en mi despacho.

―Gracias, señor.

Keir echó una última mirada a Ailis y se dirigió hacia el castillo.

―¿Avisas tú a nuestros padres? ―preguntó Brody caminando tras los soldados― Te veré en el castillo.

Ella asintió y se dio la vuelta para continuar hasta su casa. Su madre estaba cortando algunas verduras para empezar a preparar la cena, y su padre aún seguía en la forja.

―El laird ha regresado ―dijo tomando una zanahoria de la mesa para comérsela―. Quiere que nos reunamos en el castillo para la cena, así que guarda las verduras para mañana.

―Ha salido todo bien, entonces.

―Ha firmado la paz con los Mackay y quiere celebrarlo.

―¿Dónde está tu hermano?

―En el castillo, va a hablar con él sobre Nara.

―Dios quiera que nuestro laird dé su consentimiento.

―Espero que les permita casarse ―suspiró―. Aunque dudo mucho que se oponga.

Un fuerte golpeteo en la puerta las sobresaltó. Ailis abrió y Ryan irrumpió en la choza arrastrando consigo a un muchacho que no debía tener más de trece años.

―¿Qué es esto, Ryan? ―preguntó ella.

―¿Recuerdas que hace unos días me dijiste que te habías sentido observada? Resulta que este gañán te ha estado siguiendo entre los árboles. ¿Le conoces? He intentado hacerle hablar pero no ha soltado ni una sola palabra.

―No pertenece al clan.

Ailis se puso en cuclillas frente al muchacho, que debido a los empujones de Ryan había terminado cayendo al suelo. Estaba muy sucio y delgado, como si no hubiera comido en días, pero sus ojos azules destacaban entre toda la suciedad que cubría su cara.

―¿Puedes decirme tu nombre? ―preguntó con suavidad.

El joven se mordió el labio inferior y desvió la mirada sin decir ni una sola palabra.

―¿Por qué espiabas a la mujer, granuja? ―preguntó Ryan zarandeándole― ¡Responde!

―No conseguirás nada tratándole así ―espetó Ailis.

―¡No coopera por las buenas!

―¿Tienes hambre? ―preguntó ella al niño ignorando al guerrero― Apuesto a que te gustaría comer un delicioso pedazo de venado asado.

Sonrió con satisfacción cuando el rostro del niño se transformó al pensar en la comida.

―Puedo llevarte a un lugar donde podrás comerlo, pero primero tendrás que decirme tu nombre.

―Sloan ―susurró el joven con voz ronca.

―¿Sloan? ―exclamó Ryan― ¿Y cómo, en nombre de Dios, has logrado llegar hasta aquí tú solo?

El niño se encogió ante la voz atronadora de Ryan, y Ailis le chistó, mirándole con reproche.

―Te llevaré a ver a nuestro laird ―explicó―. Él te ayudará a llegar a tu hogar, ¿de acuerdo?

El niño asintió y aceptó la mano que Ailis le ofrecía.

Se dirigió al castillo caminando despacio, pues se dio cuenta de que el joven ni siquiera tenía zapatos.

Solo de pensar en las dificultades que había tenido que sufrir sus ojos se anegaron en lágrimas.

Irrumpió en el despacho de Keir, en el que por suerte solo encontró a su hermano.

―Tu petición tendrá que esperar, Brod ―advirtió―. Esto es mucho más importante.

―¿Quién es?

―Ryan te lo explicará.