El demonio Sutherland Capítulo 29
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Capítulo 29

T ras cinco largos días de viaje, Keir llegó al extremo noroeste de las tierras de los Sinclair.

Habrían hecho el recorrido en cuatro si no les hubiera atrapado la nevada del día anterior.

Lograron refugiarse en una cueva cercana, pero terminaron calados hasta los huesos y el frío no les abandonó en toda la noche.

Keir estaba deseando regresar a casa, pero debía ocuparse primero de aquello.

Se estaban produciendo robos en las tierras de la frontera con los Mackay, y Lornell Sinclair, uno de los aldeanos de Dunnett, se había presentado a primera hora de la mañana en el castillo para pedir su ayuda.

Había sido descuidado, desde luego. Se había preocupado por las gentes de Wick, pero había descuidado al resto. Enmendaría ese error en cuanto llegara el deshielo.

Llegaron a Dunnett al atardecer. Los aldeanos regresaban a sus casas después de un día de labranza y miraron a aquellos hombres con recelo.

Desde luego que había llegado a sus oídos la noticia de que un nuevo laird gobernaba aquellas tierras, pero no parecían muy amigables con ellos.

Keir no podía reprochárselo, desde luego.

Bajó de su caballo y siguió a Lornell hasta la plaza del pueblo.

Divisó un pequeño castillo a través de los tejados de las casas, pero parecía estar en ruinas.

―Mi casa está por allí, laird ―dijo el hombre―. Debería quedarse en el castillo, pero ha sido descuidado demasiado tiempo y hay muchas cosas que arreglar.

―Me ocuparé de ello en cuanto llegue el deshielo ―asintió.

―Espero que cumpla usted con su palabra, no como los que le precedieron.

―Le aseguro que no me parezco en nada a ellos. Si he sido descuidado ha sido debido a mi desconocimiento, y lamento profundamente haberlo hecho. No se volverá a repetir.

―No se preocupe, laird. Nadie nace sabio. Lo importante es aprender de los errores y no volver a repetirlos, ¿no le parece?

―Desde luego ―sonrió.

Llegaron a una pequeña cabaña situada en las afueras de la aldea, muy cerca del castillo. Cuando entró tras Lornell descubrió que solo tenía una cama, y si él la ocupaba el hombre tendría que dormir en el suelo.

―Te agradezco tu hospitalidad, Lornell, pero creo que podremos apañarnos con el castillo ―dijo.

―No hay absolutamente nada en él, laird. Los aldeanos fuimos tomando lo poco que había según lo íbamos necesitando.

―Tiene un techo que nos resguarde de la nieve y la lluvia, eso es suficiente. Podemos conseguir madera para hacer un fuego y traemos víveres suficientes para estos días. De verdad, no se preocupe y muéstrenos el camino hacia el castillo.

Lornell se encogió de hombros y les guio hacia la puerta del castillo.

Era más grande de lo que había pensado en un primer momento, y por suerte el establo parecía estar intacto.

Al menos los caballos podrían resguardarse del frío.

Respecto al castillo... la situación era muy distinta.

El techo se había derrumbado en varias habitaciones, y el único lugar donde resguardarse de la tormenta era el comedor.

Apartaron las pocas mesas y banquetas que quedaban hacia un lado, encendieron el fuego de la chimenea después de limpiarla un poco y se concentraron alrededor para calentarse un poco.

―Debería ir a hablar con los aldeanos ―le dijo a Tavish.

―Deberías dejarlo para mañana. Estas gentes están agotadas de todo un día de trabajo, lo último que querrán es conocer a su laird.

―He sido un irresponsable, hermano. No me he preocupado de asegurarme que las demás aldeas del condado tengan alimentos para pasar el invierno.

―Las demás aldeas no tenían a George y a William privándoles de comida, Keir. Has visto cuántos jóvenes hay aquí, la situación es diferente que en Wick. Has sido descuidado, sí, pero no es un error que debas lamentar toda la vida.

Comieron un poco de carne seca, queso y pan para la cena y se acostaron a dormir temprano. Al alba Keir ya estaba dirigiéndose hacia la plaza central, donde se sorprendió al ver a todo el pueblo reunido esperando su llegada.

―Supuse que quería presentarse a todos los miembros de la aldea ―dijo Lornell acercándose a él con paso firme.

―Supuso usted bien, Lornell. Me alegra ver que en Dunnett hay tantos jóvenes y niños. No puedo decir lo mismo de Wick.

―Muchos de nosotros huimos de Wick para escapar del yugo de George Sinclair, señor ―dijo uno de los jóvenes―. En otras aldeas del condado la situación es similar. Huimos de nuestro laird, pero somos Sinclair y no nos marcharemos de nuestras tierras.

―Nadie quiere que os marchéis, sino al contrario. Sé que muchos de vosotros habéis sufrido por vuestro anterior laird, pero os aseguro que eso se terminó.

Comenzó a pasearse de un lado a otro de la plaza.

―Estoy pensando convertir el clan Sinclair en uno de los más importantes de Escocia ―continuó―. Quiero abrir un puerto comercial en la ensenada de Wick para exportar nuestros productos por todo el país.

Los murmullos de apreciación no tardaron en escucharse, y Keir se sintió muy satisfecho.

―Cuando llegue la primavera empezaré a moverme por el territorio para ocuparme de todos y cada uno de los pertenecientes al clan, pero si ahora mismo tenéis alguna solicitud que deba ser resuelta de inmediato estoy aquí para escucharos.

Pronto la plaza se volvió un hervidero de personas acercándose a Keir y hablando.

Algunas le pedían cosas, otras solo le pedían que se ocupara de las fronteras.

Reclutó algunos jóvenes para entrar a formar parte del ejército, y prometió enviar algunos hombres a vigilar las fronteras para que los saqueos no se repitieran.

Cerca del mediodía se dirigió a la zona afectada para poder buscar alguna pista que le llevase a los culpables de los saqueos.

Estaba mucho más dañada de lo que esperaba, demasiado como para ser por el efecto de una tormenta o algún animal.

―Mira esto, Tavish ―pidió a su hermano.

Tavish se arrodilló a su lado y observó una serie de marcas irregulares en la madera.

―¿Eso no es la muesca de un hacha? ―preguntó.

―Exactamente. ―Se puso de pie y se sacudió la nieve de las rodillas―. Esto es obra de los Mackay.

―¿Cómo sabes que son los Mackay?

Keir señaló un patrón regular en cada una de las marcas.

―¿Ves estas muescas de aquí? Son una particularidad de las armas Mackay. A Nathair Mackay le encanta jactarse de sus logros y esta es su manera de hacerlo. Le haremos una visita a los Mackay, si salimos ahora estaremos en su castillo al anochecer.

―¿Te has vuelto loco? Ahora mismo son nuestros enemigos, no podemos aparecer en sus tierras sin más.

―Si algo caracteriza a Nathair Mackay es su código del honor. Si sus hombres son culpables de los saqueos los entregará sin vacilar.

―Hablas de él como si le conocieras.

―He coincidido con él alguna que otra vez en la batalla.

―Espero que como aliados...

―Excepto en Clynetradwell, que se puso de parte de George.

―Eso es justo lo que no quería escuchar.

―Trae a media docena de hombres, tenemos que irnos ya.

Keir lideró la marcha a través de las colinas nevadas.

Avanzaban con cautela, con sus ojos atentos a cualquier movimiento para no ser sorprendidos por el enemigo.

A medida que se adentraban más en el territorio Mackay, Keir no pudo evitar sentir una inquietante sensación de estar siendo observado.

De repente, el viento trajo consigo un sonido apenas perceptible: el zumbido de una flecha cortando el aire.

Keir levantó la mano en el aire y sus hombres se detuvieron en seco, formando un círculo defensivo alrededor de él.

La flecha se clavó en un árbol a su derecha, lo suficientemente cerca como para servir de advertencia.

En lo alto de una colina, entre las sombras de los árboles, aparecieron los primeros guerreros Mackay.

―Aquí vienen ―susurró Tavish, que estaba parado a su lado.

―Nos han interceptado antes de lo que pensaba ―respondió Keir―. Eso nos ahorrará días de viaje.

El laird Mackay, montado en su caballo negro, observó a los intrusos con una mezcla de desafío y curiosidad.

Sus hombres empezaron a desenvainar sus espadas, la tensión en el aire era palpable.

Keir se adelantó para situarse frente a Nathair, su espada envainada para no representar una amenaza para él.

―Vaya, vaya... Tenemos aquí ni más ni menos que al Deamhan Dubh ―se jactó Mackay―. ¿Qué te ha traído por mis tierras?

―Estoy aquí para pedir justicia, Nathair. El pillaje está prohibido por su majestad y no puede quedar impune.

―Explícate.

―La valla noroeste de mis tierras ha sido dañada con un hacha. Las gentes de Dunnett están sufriendo el robo de sus cosechas y sus animales desaparecen sin control.

Mackay frunció el ceño, su mirada penetrante fija en él.

―Acusas a mis hombres sin prueba alguna, Sutherland ―respondió―. ¿O debería empezar a llamarte Sinclair?

―Soy ambas cosas, puedes llamarme como quieras.

―Sinclair entonces. A fin de cuentas esa es la sangre que corre por tus venas. ―Se inclinó en su montura y le miró fijamente―. Si de verdad mis hombres son los culpables, ¿dónde están tus testigos? ¿Dónde están las pruebas que los incriminan?

―Las pruebas están en la tierra misma, Mackay. Las marcas que han dañado la madera pertenecen a las armas que portan tus guerreros y he podido ver huellas de caballos dirigiéndose hacia la frontera. No estoy aquí para iniciar una guerra sin razón, Nathair. Estoy aquí para pedir justicia.

El silencio se apoderó del claro nevado mientras los guerreros de ambos clanes intercambiaban miradas de recelo y tensión. Mackay sabía que la reputación del Deamhan Dubh no era infundada. Si estaba allí era porque creía en la justicia que reclamaba.

―Muy bien, Sinclair ―respondió en un gruñido bajo―. Te daré una oportunidad para demostrar tus acusaciones. Si se prueba que mis hombres son inocentes, pagarás caro por este atrevimiento. Pero si tienes razón, los culpables serán entregados a ti. ¿Estamos de acuerdo?

Keir asintió con firmeza.

―Estamos de acuerdo.

Los guerreros de ambos clanes se relajaron apenas, pero la tensión seguía en el aire. Mackay hizo un gesto a uno de sus hombres, que desapareció entre los árboles y pronto regresó con una antorcha encendida.

―Guíame, Sinclair ―pidió―. Veamos las marcas que dices haber encontrado.

Ambos lairds se encaminaron hacia el sitio donde la valla Sinclair había sido dañada.

Al llegar al lugar, Keir señaló las marcas que probaban la implicación de los hombres de Mackay.

Nathair examinó las pruebas detenidamente, su rostro impasible mientras analizaba cada detalle. Finalmente, se irguió y miró a Keir.

―Tus pruebas son convincentes, pero aún necesitamos más ―concedió―. Debo continuar con la investigación para averiguar quién se ha atrevido a desobedecer mis órdenes. Los responsables pagarán por sus crímenes, te doy mi palabra.

Keir asintió, montó en su caballo y con una última mirada de determinación hacia Mackay, se dirigió de vuelta a Dunnett.

Días más tarde, una pequeña comitiva Mackay llegó a Dunnett encabezada por el propio laird Mackay. Se detuvieron en la plaza del pueblo y lanzaron a cuatro soldados encadenados a los pies de Keir.

―Te traigo a los responsables, Sinclair ―dijo Mackay mostrando su desdén hacia los traidores―. La justicia ha prevalecido.

―Son tus hombres, Nathair ―respondió Keir―. ¿Qué castigo debo imponerles?

―Estos hombres ya no pertenecen al clan Mackay ―espetó Nathair mirándolos con desprecio―. Sabían de mis intenciones de firmar una tregua, pero en vez de propiciarla han intentado enemistarnos.

―Si tus intenciones eran firmar una tregua, hablemos en el castillo. En cuanto a estos hombres, creo que los enviaré a Edimburgo, Jaime estará furioso cuando se entere de que han puesto en peligro la paz que tanto desea.

Ambos lairds se dirigieron con sus respectivos comandantes hacia el castillo.

Tras algunas horas de deliberación, firmaron el documento que garantizaría la paz entre ambos clanes en el futuro.

Ninguno de los dos vaciló a la hora de firmarlo.

Una vez hecho, Keir sirvió whisky para poder brindar con Mackay.

―Que esta tregua sea el comienzo de una nueva era para nuestras gentes ―deseó.

―Así será ―asintió Mackay―. Que nuestras tierras florezcan en paz y que ningún hombre vuelva a sufrir por este conflicto.