Capítulo 28
A ilis se dirigió al castillo bien temprano a la mañana siguiente.
Keir se merecía una explicación a sus reacciones, o de lo contrario empezaría a pensar que ella no estaba interesada.
Por desgracia, se había marchado a las tierras de la frontera con los Mackay para solucionar un problema, y nadie sabía cuándo regresaría.
Le dolió que no se hubiera molestado en despedirse de ella, aunque después de lo ocurrido la tarde anterior no podía reprochárselo.
Con un suspiro, se entretuvo aquella tarde en aprender a moldear la arcilla para hacer los frascos de los perfumes que Nara y ella habían estado creando.
Los días fueron pasando. Terminaron de hacer los perfumes para los hombres y Ailis guardó uno especialmente para Keir.
Nara había insistido en que fuera ella quien se lo entregara, con la condición que Nara se lo diera a Brody también.
Ailis lo guardó con cuidado en el cajón de la mesita de noche donde guardaba sus tesoros más preciados, y acompañó a Nara para que le diera el suyo a su hermano.
En cuanto entraron en la herrería, Brody miró a Nara de reojo.
―Ahora estoy ocupado, Nara ―dijo―. Vuelve más tarde.
―¿Acaso se va a acabar el mundo si paras un momento en lo que sea que estás haciendo? ―bufó Ailis arrebatándole el martillo de las manos―. Ve a hablar con ella. Ahora.
Aunque reticente, Broderick se limpió las manos en el delantal y siguió a Nara hasta el camino de entrada.
La muchacha se veía nerviosa, y enrojeció cuando extendió las manos y le entregó el pequeño recipiente de barro cubierto con un pequeño trozo de cuero.
Brody la miró con una ceja arqueada sin entender absolutamente nada.
―¿Qué es esto? ―preguntó.
―Es para ti. Lo hemos fabricado Ailis y yo, es un perfume.
―¿De veras lo has hecho tú?
Nara asintió con una enorme sonrisa y Brody destapó el frasco. Acercó la nariz a la crema que contenía y pudo notar un olor suave, a madera y hierba mojada. Sonrió. Aquel olor le hacía sentir en casa.
―Huele muy bien, pero me paso todo el día en la forja ―dijo intentando devolvérselo―. ¿Cuándo podría usarlo?
―Tal vez cuando salgas a pasear conmigo. ―Nara empujó las manos de Brody de vuelta hacia él y tomó las suyas en la espalda.
―Siempre estás con Tavish, pensaba que ya no querías pasar tiempo conmigo.
―¡Paso tiempo con mi hermano porque tú siempre me rechazas! ―gritó la mujer― ¡Estás tan ocupado en la forja que ya no tienes tiempo para mí!
―Eso no es cierto, yo...
―¡Claro que es cierto! Hace un momento me has dicho que estabas ocupado y que volviera en otro momento.
―¡Porque de verdad estoy ocupado! ¿De veras crees que no quiero pasar tiempo contigo? ¿Que prefiero estar cubierto de sudor y mugre en vez de paseando con la mujer que amo?
Se detuvo en seco al darse cuenta de lo que acababa de confesar. Maldición, había ido demasiado lejos.
―¿Me amas? ―preguntó Nara en un susurro.
―Lo siento, yo...
―Respóndeme, Broderick Sinclair ―le interrumpió―. ¿Tú me amas?
―Si no te amara no me habría dejado arrastrar por mi hermana durante todos estos años para protegerte. He bajado a los infiernos unas cuantas veces por ti, Nara. Te aseguro que no lo habría hecho de no amarte.
―¿Qué quieres decir con que has bajado a los infiernos?
―¿Crees que William no me atrapó más de una vez cuando te ponía a salvo? ¿Que no intentó llevarte de vuelta al castillo cuando te mudaste a vivir con Teasagh?
―Pero yo creí...
―Creíste lo que yo quise que creyeras. No podía soportar seguir viéndote sufrir en el castillo y me interpuse en su camino tantas veces que...
―Y te hizo pagar cada una de esas veces ―susurró Nara acercándose a él para acariciarle la mejilla―. ¿Por qué no me lo dijiste?
―Porque sabía que te sentirías culpable por mí y volverías al castillo. Eras feliz por primera vez en tu vida. ¿Cómo iba a arrebatarte eso?
Nara se puso de puntillas y unió sus labios a los de Brody.
Fue un beso leve, inexperto y apenas perceptible, pero a él le supo a gloria del cielo.
Aprisionó a Nara entre sus brazos, la pegó a él y profundizó el beso, recorriendo sus labios con la lengua, mordisqueándolos con suavidad y saboreándolos a conciencia.
Podía ser un sueño y terminarse al despertar.
Podía ser una fantasía producida por las hadas del bosque, o una ilusión creada por la fiebre.
Cuando rompió el beso Nara estaba sonrojada, tenía los labios hinchados y su barbilla estaba magullada por la fricción de su barba, pero le pareció la mujer más bonita sobre la faz de la tierra. Acarició la nariz femenina con la suya y sonrió apoyando su frente en la de ella.
―Eso no es un sueño, ¿verdad? ―susurró.
―Si lo es, no me quiero despertar.
―Ahora no puedes retractarte, Nara. Si lo haces...
―No voy a retractarme ―le interrumpió―. Te amo, Broderick Sinclair. Te amo tanto que te he odiado por ignorarme durante todo este tiempo.
―Reconozco que sí estaba un poquito celoso de Tavish ―confesó él riendo―. Me decía una y otra vez que era tu hermano, pero...
Ella le silenció con un nuevo beso, que se tornó mucho más profundo esta vez. Para cuando se separaron ambos estaban jadeantes, acalorados y acelerados.
―En cuanto Keir regrese voy a pedirle que me permita casarme contigo ―dijo Brody con voz ronca―. Te prometo que te haré feliz hasta el día de mi muerte.
―Ya me haces feliz, hombre tonto ―rio Nara―. Me haces muy, muy feliz.
Ailis se limpió una lágrima rebelde de la mejilla. Había sido testigo de su confesión y se sentía muy feliz por ellos dos. Sintió la mano de su padre en el hombro y le sonrió.
―Al fin se ha decidido ―susurró el herrero.
―¿Tú lo sabías, padre?
―Igual que sé de tus sentimientos por nuestro laird, hija.
―¿Cómo...
―Os he visto nacer y crecer, Ailis. Lo sé absolutamente todo de vosotros aunque a veces me haga el despistado. Sé lo mucho que tu hermano ha sufrido por Nara, y también sé que Keir te hace sentir mariposas en el estómago.
―¿Fue grave? ―preguntó haciendo alusión a los castigos que había tenido que sufrir su hermano.
―Yo mismo curé sus heridas en la fragua para que tu madre y tú no lo descubrierais. Tiene muchas cicatrices, pero es un hombre fuerte.
―Igual que Keir. Tiene tantas cicatrices en el cuerpo que...
Se detuvo al darse cuenta de lo que sus palabras implicaban. Sintió la mano de su padre apretar el agarre en su hombro y torció el gesto.
―¿Cómo sabes eso? ―preguntó.
―Estuve cuidándole cuando recibió aquella flecha envenenada, padre. Tuve que vestirle muchas veces, así que vi sus cicatrices.
―¿Acaso no tiene un hermano que se ocupara de vestirlo?
―Tavish estaba demasiado ocupado persiguiendo a los rebeldes, ¿recuerdas?
―Ailis...
―No ha pasado nunca nada, padre, te doy mi palabra.
Aquello pareció tranquilizar al herrero, que se dio la vuelta para continuar con su trabajo. Ailis se acercó a su hermano y su amiga para darles la enhorabuena, y aquella noche durmió un poco más contenta.
Pero echaba de menos a Keir.
Le echaba terriblemente de menos.
Incapaz de pegar ojo, se puso su capa de lana y se dirigió hacia la playa.
El mar estaba en completa calma, parecía un espejo en el que se reflejaban un millar de estrellas y una perfecta y brillante luna llena.
Suspiró deseando que Keir estuviera allí con ella.
Volvió a sentir un escalofrío. Tenía la sensación de que alguien la observaba y se puso de pie rápidamente para mirar alrededor, pero allí no había absolutamente nadie.
Como el sentimiento no desaparecía decidió volver a su casa. Se encontró a Ryan, uno de los soldados de confianza de Keir, vigilando los caminos. El guerrero le dedicó una sonrisa y se detuvo a hablar con ella.
―¿Qué haces levantada a estas horas? ―preguntó― Deberías estar descansando.
―No podía dormir y he ido un momento a la playa.
Miró inconscientemente a su espalda y se estremeció.
―¿Ha ocurrido algo, Ailis? ―preguntó Ryan al ver su nerviosismo.
―No lo sé... He sentido que alguien me observaba, pero no había nadie alrededor. Ha sido extraño.
El guerrero sacó rápidamente la espada de su vaina y puso la mano en la espalda de Ailis.
―Vamos, te acompañaré a casa e iré a echar un vistazo ―dijo.
―Los rebeldes han sido atrapados.
―No son los únicos enemigos de nuestro clan, Ailis. Todos los clanes colindantes están intentando aliarse con nosotros y no descartamos que intenten hacer algo.
―Keir no me ha dicho nada ―protestó.
―No es algo que sea necesario contar a una mujer. Te habría preocupado sin necesidad.
Cuando llegaron al a puerta de su choza, Ryan la apresuró a entrar y atrancar la puerta.
Le vio por la ventana hacer señas a algunos hombres, que desenvainaron sus armas también y se dirigieron hacia la ensenada.
Se estremeció. Ni siquiera se había parado a pensar en la posibilidad de que otro clan quisiera atacarles.
Dio por hecho que con el Deamhan Dubh como laird y los Sutherland como aliados nadie se atrevería a hacerles daño.
Qué equivocada había estado. Avivó el fuego de la chimenea, porque de pronto sintió el frío en los huesos.
Se metió en la cama sin quitarse la capa y rezó al cielo para que a Keir no le ocurriera nada malo.