El demonio Sutherland Capítulo 27
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Capítulo 27

A ilis fue incapaz de respirar con normalidad hasta que se alejó de aquel lugar mágico.

Había estado cerca, demasiado cerca de sucumbir a lo que Keir la hacía sentir.

Pero tenía demasiado miedo para hacerlo.

Porque la muerte de John le había roto el corazón, pero si tuviera que enfrentar la muerte de Keir estaba completamente segura de que ella moriría con él.

Sintió un estremecimiento al sentir que alguien la observaba, aunque no le dio mayor importancia al pensar que se trataba de Keir.

Seguramente la había seguido desde el claro para asegurarse de que llegaba sana y salva a la aldea.

Caminó hacia el castillo para reunirse con sus padres para la cena.

La mayor parte del clan ya estaba allí, y se apresuró a refugiarse en los brazos abiertos de su madre.

―¿Se puede saber dónde estabas? ―la regañó― Tu hermano te ha estado buscando por todas partes.

―Lo siento, he perdido la noción del tiempo.

―Estás completamente helada, Ailis. Dime que no has estado fuera con este frío.

―Fui a dar un paseo con nuestro laird ―confesó.

―¿Y dónde está él? ―preguntó su padre― No le he visto llegar contigo.

―Tenía que ocuparse de algo, estará aquí pronto. ¿Habéis visto a Nara?

―Estaba con el comandante hace un rato ―respondió Brody desde su espalda―. Siempre está colgada de su brazo, maldición.

―Es su hermano ―dijo ella intentando aguantarse la risa―. ¿Acaso estás celoso?

―¡Claro que no! ¿A qué viene esa tontería, Ailis?

―Sé perfectamente que estás loco por ella, Brod.

―No estoy... ―Se detuvo para suspirar e intentar calmarse―. Nara y yo solo somos amigos.

―Pero te gustaría ser algo más que eso.

―¿La estáis viendo? ―protestó a sus padres― ¿Podéis pedirle que pare, por favor?

―Ailis... ―advirtió su madre, aunque sonreía.

―¿Qué tiene de malo que admita que le gusta? Es mi mejor amiga y estaría muy feliz si se casara con ella.

―Deja de molestar a tu hermano ―la regañó su padre, aunque sin demasiada fuerza.

―Está bien, voy a hablar con ellos.

Se alejó hasta donde se encontraba su amiga.

Tavish le sonrió y le guiñó un ojo, pero aquel coqueteo innato en él no tenía ningún efecto en ella.

Sabía que era así con todas las mujeres del clan, y jamás había mostrado un interés mayor en ella que en el resto.

Su hermano, en cambio... Negó elevando los ojos al cielo y se sentó junto a Nara, que estaba contándole a su hermano su nueva afición recién adquirida.

―Estaba contándole a Tavish lo bien que nos ha salido el perfume ―dijo para incluirla en la conversación―. ¿Por qué has tardado tanto?

―Lo lamento, se me ha ido el santo al cielo ―se disculpó.

―Ha sido culpa mía ―añadió Keir acercándose a ellos―. Yo la retrasé.

Ailis dio un pequeño respingo que no pasó desapercibido para nadie, ni siquiera para su amiga, que sonrió arqueando una ceja.

―¿Y dónde estabais? ―preguntó Tavish.

―Estaba enseñándole el lago helado que encontré esta mañana ―respondió Keir―. Al parecer, Ailis no es muy buena patinando y hemos terminado en la nieve.

La miró de arriba abajo con intensidad y se dio cuenta de que no se había cambiado la ropa. Se maldijo por haberse precipitado, realmente parecía haberla asustado.

―Deberías haberte cambiado de ropa, tu falda está empapada ―comentó, sentándose junto a Tavish.

―No lo he notado ―respondió ella en un susurro.

―Acércate al fuego ―sugirió su amiga―. Así se secará antes de que terminemos la cena.

―Debería ir a sentarme con mi familia...

―No seas tonta, tu madre te lo permite siempre.

Pronto sirvieron la comida y Ailis se dedicó a cenar sin prestar mucha atención a la conversación que se mantenía en la mesa. El ruido de la sala empezaba a ser ensordecedor, sentía que la cabeza iba a explotarle en cualquier momento y lo que más quería era alejarse de allí.

Se movió incómoda en su asiento y dejó el tenedor junto al plato para levantarse.

―¿Estás bien? ―preguntó Nara al ver su incomodidad.

―Me duele la cabeza con tanto ruido. Voy a marcharme a casa.

Nara se levantó inmediatamente, dijo algo en el oído de Keir, que asintió, y la tomó de la mano para sacarla del salón. La llevó a su propia habitación, donde la hizo tumbarse en la cama y se sentó junto a ella para poner un paño frío sobre su frente.

―Quiero irme a casa, Nara ―protestó.

―No te moverás de aquí hasta que me asegure de que estás bien.

―Me duele la cabeza, no tengo fiebre ―rio.

―Ya lo sé, pero el frío te calmará. He visto a Tavish hacer esto cuando bebe demasiado y se levanta con dolor de cabeza.

―Pues espero que también funcione en un dolor de cabeza común. Yo no he bebido ni una sola gota de hidromiel.

Su amiga se tumbó junto a ella con las manos bajo la mejilla y la miró con atención.

―¿Qué pasa? ―preguntó.

―Cuéntame qué te ocurre.

―No me ocurre nada, Nara.

―Ya lo creo que sí. Desde que has llegado estás cabizbaja y no has dicho ni una sola palabra durante la cena. ¿Has peleado con Brod?

La mención de su hermano la salvó de tener que contarle la verdad.

Se sentó de golpe, pero una profunda punzada de dolor en la sien la hizo gemir y volver a tumbarse.

Nara chistó, volvió a meter el trapo en la jofaina de agua fría y lo colocó de nuevo sobre su frente.

Ailis arrugó el gesto, se quitó el trapo de la cara dejándolo caer al suelo y encaró a su amiga, aunque sin levantarse esta vez.

―Creo que le gustas a mi hermano ―confesó.

Como esperaba, Nara agachó la mirada completamente sonrojada, y una leve sonrisa se dibujó en los labios juveniles. Definitivamente a ella también le gustaba Broderick.

―Eso no es cierto ―atinó a decir Nara.

―Por supuesto que es cierto. Le gustas, y creo que él también te gusta a ti.

―Brod me ve solo como una hermana pequeña, nada más. Me protege, se preocupa por mí, pero no me ama.

―Está celoso de Tavish ―confesó con una sonrisa.

―¿De mi hermano? ―exclamó asombrada su amiga― ¿Por qué?

―Porque pasas más tiempo con Tavish que con él.

―Tal vez sea porque desde que regresamos de Dornoch él ha pasado más tiempo en la forja que conmigo ―bufó Nara cruzándose de brazos―.

Sé que está aprendiendo el oficio, pero hay más cosas aparte de trabajar.

Hay días que continúa en la fragua aunque tu padre haya regresado a casa y ni siquiera se digna a venir a ver cómo estoy.

―¿Y por qué no se lo dices? Tal vez lo haga porque cree que prefieres pasar tiempo con tus hermanos.

―Claro que quiero pasar tiempo con mis hermanos, pero echo mucho de menos estar con él.

Se incorporó hasta sentarse con la espalda apoyada en el respaldo de la cama y recogió sus piernas rodeándolas con los brazos.

―Le dije a mi hermano que no me casaría nunca porque creí que Brody me veía solo como una hermana pequeña ―confesó―, pero con él... con él sí que me casaría.

―¿Le dijiste que no te casarías? ¿Por qué?

―Porque no quiero arriesgarme a volver a vivir con un hombre que me trate como hicieron mi George y William.

―¿Y qué te dijo Keir?

―Que respetaba mi decisión. Solo me pidió que estuviera abierta al amor y que no pensara que todos los hombres son como ellos. Cualquier otro me habría obligado a casarme, pero Keir no.

―Tienes miedo de terminar como tu madre ―susurró Ailis, apretando la mano de su amiga con cariño.

―Lo tengo, pero no con Brod. Él me hace sentir a salvo, sé que siempre podré confiar en él.

―¡Por supuesto que sí! Y si intentara hacerte algo feo, yo lo azotaría.

―Apuesto a que sí. Pero dejemos de hablar de mí, has cambiado de tema para no contarme qué te ocurre.

―Creo que soy una tonta, Nara. Keir ha venido a mi casa para llevarme a dar un paseo.

Ha encontrado un lugar precioso escondido entre los árboles y ha preparado un fuego y una manta para que yo no pase frío.

Hemos hablado, hemos patinado en el lago helado y me he reído como nunca lo había hecho.

Por un momento he sido completamente feliz... y lo he arruinado todo.

―¿Qué has hecho?

―Creo que lo he rechazado.

―¡Pero si te gusta!

―¡Ya lo sé! Pero estaba muy nerviosa, sentía la sangre resonar en mis oídos y cuando me ha confesado que quería besarme he huido de él.

―Te has asustado.

―Me he asustado de lo que me ha hecho sentir al estrecharme entre sus brazos. ¿Por qué soy tan estúpida?

―Porque aún no has superado la muerte de John.

―Ya te dije que...

―He dicho su muerte, no el amor que sentías por él ―la interrumpió Nara―. Temes que Keir termine como él, pero mi hermano es el mejor guerrero de las Highlands. No tienes nada que temer.

―¿De veras que no? Desde que le conozco le ha herido un jabalí y le han clavado una flecha envenenada que estuvo a punto de matarle. A este paso, temo que no llegue vivo a la primavera.

―Reconozco que ha tenido bastante mala suerte ―rio Nara.

―No ha sido mala suerte, Nara. Tu hermano es demasiado impulsivo. Tengo miedo de enamorarme completamente de él y que alguien venga a comunicarme su muerte. Moriría con él, Nara... no podría soportarlo.

―Entonces díselo. Dile que no soportas que sea tan imprudente, que si no cambia no le darás una oportunidad.

―¿Crees que funcionará?

―Si le interesas lo suficiente, creo que cambiará.

Ailis asintió y volvió a tumbarse en la cama. Su amiga tenía razón, en vez de huir de Keir solo tenía que contarle cómo se sentía. Tal vez él la comprendiera y dejara de ponerse en peligro... De veras deseaba que así fuera.