Capítulo 26
C uatro días más tarde , Keir se encontraba en el bosque con sus hombres en busca de alguna pieza que pudieran llevar a la aldea para la cena.
La carne empezaba a escasear, y debido a las heladas también había menos peces.
Keir temía tener que empezar a sacrificar al poco ganado que tenían para poder aguantar todo el invierno.
Divisó un ciervo en la espesura. Levantó su arco, puso el ojo en el objetivo...
y la flecha acertó entre los ojos del animal.
Habría gritado de alegría si no hubiera visto a otro ciervo a su derecha.
Le hizo señas a Tavish para que disparase...
y ganaron otro animal. Para el atardecer se habían hecho con seis ciervos, cinco jabalíes, cuatro perdices, tres conejos y dos liebres.
Los vítores de sus hombres no se hicieron esperar, y no era para menos.
Con tantos animales los Sinclair podrían olvidarse de la carne seca durante al menos una semana.
―Deberíamos regresar ―aconsejó Keir mirando el cielo, que había empezado a llenarse de nubarrones oscuros―. Se acerca una tormenta.
Tavish asintió, montó en su caballo y se dirigieron hacia la aldea. Una vez allí, Keir le entregó su caballo a uno de los soldados.
―Llevad los animales a las cocinas y llamad a todos los Sinclair ―ordenó―. Repartid equitativamente la carne exceptuando dos ciervos, que asaremos en el castillo para la cena.
―De acuerdo, laird ―asintió el guerrero.
―Todos están invitados, hace tiempo que no tenemos una celebración y vendrá bien para subir el ánimo de los aldeanos.
Se dirigió al castillo con la intención de lavarse e ir a ver a Ailis antes de la cena, pero la encontró en el salón principal riendo con Nara mientras las dos muchachas cocinaban algo en la chimenea.
―¿Estáis de vuelta? ―exclamó Nara al verle― ¿Habéis tenido buena caza?
―Suficientemente buena como para no tener que pensar en la carne seca durante una semana. ¿Qué hacéis?
Se acercó hacia la chimenea, de la que salía un aroma fresco y ligeramente dulce, con un pequeño toque ahumado.
―Estamos preparando un perfume ―respondió Ailis―, Neris nos ha dado la receta. Hemos mezclado grasa de ciervo con brezo, lavanda, romero, tomillo y corteza de abedul. Debe hervir a fuego lento durante una hora para que las hierbas y flores liberen sus aromas y se mezclen bien con la grasa.
―Cuando se enfríe quedará un perfume en crema ―continuó Nara―. Ahora mismo todas las jóvenes de la aldea están haciendo sus propias recetas.
―¿Haréis uno para mí también?
―¿Quieres oler a lavanda? ―rio su hermana.
―Creo que sería mejor un olor un poquito más masculino...
―Podemos probar mezclando agujas de pino, romero, enebro y musgo de roble ―sugirió Ailis―. Esos olores quedarían bien en ti.
Keir la miró sonriendo de medio lado. Están realmente tentado a provocarla, pero había aprendido que con Ailis era mejor ir despacio. Su sonrisa se ensanchó cuando la joven apartó la mirada con las mejillas sonrojadas.
―Debería subir a lavarme ―dijo levantándose―. Esta noche tendremos una pequeña celebración en el castillo por la caza de hoy, espero verte por aquí más tarde, Ailis.
―Aquí estaré.
―Seguid con vuestros experimentos, os veré a la hora de la cena.
Las dos mujeres vieron al guerrero alejarse hacia los pasillos, y Ailis suspiró mientras removía el mejunje de la olla.
La cercanía de su laird siempre conseguía ponerla nerviosa, y aquella mirada...
siempre que la miraba de aquella manera le provocaba un vuelco en el estómago.
¿Qué le pasaba? Había estado enamorada de John hasta el punto de comprometerse con él, pero jamás había sentido nada parecido. ¿Era acaso aquello la pasión?
―Huele de maravilla ―exclamó Nara sacándola de sus pensamientos.
―Creo que ya está, apartemos la olla del fuego.
Pusieron con cuidado la enorme olla sobre la mesa de madera, colaron el líquido y lo vertieron en los pequeños recipientes de barro que Neris les había dado.
Cuando terminaron, permanecieron observando los perfumes hasta que empezaron a solidificar, como la mujer del médico les había indicado.
Ambas amigas se miraron con una enorme sonrisa y comenzaron a dar saltos de alegría.
―Han salido muchos frascos de perfume ―dijo Ailis―. ¿Qué te parece si nos quedamos dos cada una y el resto los repartimos a las mujeres de la aldea?
―Es una excelente idea. Deberíamos pedirle a Neris algunos frascos más para hacer el perfume para mis hermanos.
Ailis asintió y siguió a su amiga hasta la casa del médico, a quien llevaron un pequeño perfume casero. Neris sonrió, desató la cuerda que sujetaba la tapa de cuero a su lugar y se lo llevó a la nariz.
―Os ha salido perfecto ―dijo―. Eppie y Caris han debido hacer algo mal, olía un poquito a rancio.
―Podemos darle del nuestro, tenemos muchos más ―dijo Nara mostrando los que llevaban para repartir.
―Sería un buen gesto por vuestra parte ―respondió la mujer acariciando la mejilla de la joven.
―Necesitamos más recipientes, Neris ―pidió Nara―. Queremos hacer otro perfume para mis hermanos.
―Os enseñaré mañana a fabricarlos vosotras mismas. Solo necesitáis un poco de barro.
―¿Vendrás a la cena del castillo? ―preguntó Ailis― Al parecer los soldados han tenido un buen día de caza y nuestro laird quiere celebrarlo.
―Roderick ha ido a recoger nuestra parte de la carne, iremos en cuanto regrese.
Las dos amigas salieron de la casa del doctor y se dirigieron de vuelta al castillo, pero Ailis se detuvo en la bifurcación que llevaba a su propia casa.
―Debería asearme un poco antes de volver al castillo ―explicó―. ¿Puedes volver sola?
―Puedo acompañarla. ―La voz de Brody les llegó desde el camino―. Me dirijo al castillo para recoger nuestra dotación de carne.
―Cuida bien de ella ―advirtió su hermana.
―Siempre lo hago.
Los observó alejarse por el camino charlando. La sonrisa sincera que Nara le dedicaba a su hermano la llenaba de esperanzas. Siempre había querido que Nara se convirtiera en parte de su familia. Y aunque su hermano lo negara, llevaba un tiempo enamorado de ella.
Se dirigió a su casa y antes de entrar tomó un cubo de agua del pozo.
Lo puso a calentar al fuego mientras sacaba del armario uno de sus vestidos más nuevos.
Se lavó el cuerpo con agua fresca y dejó el agua caliente para lavarse el cabello.
Lo cepilló delante de la chimenea hasta que estuvo seco y sedoso y lo recogió en una trenza que dejó caer sobre su hombro.
Unos golpes en la puerta la sorprendieron, pero más la sorprendió ver a Keir de pie en la entrada.
―Me preguntaba si te gustaría dar un paseo conmigo antes de la cena ―dijo el guerrero―. He descubierto un sitio en el bosque que te encantará.
―¿Llegaremos a tiempo?
―De sobra, no está muy lejos.
Ella asintió, tomó su capa de lana y le siguió hasta el bosque.
Recorrieron el camino en silencio hasta que llegaron a un claro en el que encontraron un pequeño lago helado.
El sol invernal de la tarde se reflejaba en la superficie helada creando destellos anaranjados de luz y sombras.
El lago estaba bordeado por algunos helechos y arbustos cubiertos de escarcha.
Había un pequeño fuego encendido junto al lago, en donde un par de troncos caídos podrían servir como asiento para ellos.
El paisaje era increíblemente hermoso y etéreo.
―Lo descubrí esta mañana cuando estábamos cazando ―explicó el laird―. Pensé que te gustaría.
―Es hermoso... Jamás supe que había un lago tan cerca de la aldea.
―Eso es porque no sabías dónde buscar...
Keir se dirigió al fuego y se sentó en uno de los troncos.
Ailis le sorprendió sentándose a su lado, y el guerrero le ofreció una bota que tenía escondida bajo una gruesa manta de lana, que colocó sobre las piernas de la joven.
Ailis dio un sorbo al hidromiel, que dejó un cálido y dulce regusto en su paladar.
―¿Os ha salido el perfume? ―preguntó Keir, haciéndola sonreír.
―Ya lo creo que sí. Huele de maravilla y hemos conseguido mucha cantidad, por lo que hemos decidido repartirlo en la aldea.
―Sería un buen producto con el que comercializar en el futuro. Podríais ganar mucho dinero.
―¿Nosotras?
―¿Por qué no? Hay muchas mujeres en Escocia que estarían dispuestas a pagar por un perfume de calidad. En la corte, por ejemplo.
―Solo somos mujeres, nadie nos haría caso.
―Yo me ocuparía de ello por vosotras, Ailis. Quiero convertir nuestro clan en uno de los más prósperos del país, y eso incluye a nuestras mujeres. Son muchos los clanes que se dedican a vender prendas de lana, pero no conozco ninguno que fabrique perfumes.
―¿Crees que funcionaría?
―Apuesto a que lo hará, sobre todo si ponemos un precio accesible para todos.
―Estás haciendo mucho por un clan al que hasta hace unos meses odiabas con todas tus fuerzas.
―Intento enmendar el mal que he podido hacer por culpa de mi desconocimiento.
―¿A qué te refieres?
―Fergus me ha dicho que fui yo quien mató a tu prometido.
No le pasó desapercibido el respingo que dio Ailis a su lado. Apretó los puños con fuerza y continuó.
―No puedo saber si realmente maté a John. En el campo de batalla es mi vida o la de ellos, y créeme, siempre elegiré la mía y la de mis hombres.
―¿Crees que te culpo de su muerte? ―preguntó ella sorprendida, a lo que Keir asintió― Al único que culpé de la muerte de John fue a George Sinclair por obligarle a convertirse en guerrero.
―¿No quería serlo?
―Jamás lo quiso. John adoraba enseñar, quería ser profesor, dedicar su vida a los más pequeños. Incluso pensó en construir una pequeña escuela para ellos, pero George obligó a todos los hombres adultos a alistarse al ejército.
―¿Incluido tu hermano?
―Incluido él, de ahí que haya sido tan bueno protegiendo a Nara durante todos estos años.
―¿Tu hermano también estuvo en Clynetradwell?
―Sí, pero tuvo mejor suerte que John. Encontró una madriguera abandonada y se escondió en ella hasta que la batalla terminó. Gregor y sus soldados lo tacharon de cobarde por ello, pero te aseguro que me alegro de que hiciera lo imposible por salvar su vida.
―Yo creo que fue muy valiente ―la sorprendió diciendo Keir.
―¿De veras lo crees?
―Sabía que se expondría a la ira de George al regresar a Wick, y aun así decidió salvar su vida en vez de seguir sus órdenes. Ese es un acto de valentía, te lo aseguro. He sufrido en mi propia carne los castigos de ese desgraciado y muchas veces deseé haber muerto.
―Yo también he visto esos castigos. Nara a veces regresaba a casa de Teasagh tan golpeada que... No quiero recordarlo.
―Brody fue también muy inteligente. No a cualquiera se le habría ocurrido esconderse en una madriguera abandonada. Estoy verdaderamente impresionado.
―Es un hombre muy inteligente ―sonrió Ailis―. Pudo librarse de muchas trifulcas con los clanes adyacentes gracias a su ingenio. Pero las veces que no podía librarse de las órdenes de George estaba tan asustada que...
Keir tomó la mano de Ailis entre las suyas y la apretó con suavidad. Ella le miró con una sonrisa, y tuvo que aguantarse las ganas de besarla. No era el momento. Aún no.
―Ya no tendrás que volver a preocuparte por él ―susurró―. Me consta que disfruta mucho el trabajo en la forja y voy a dejarle trabajar con tu padre. Nos vendrá bien en el futuro contar con dos herreros.
―¿Por qué siempre eres tan bueno con mi familia? Sé que te preocupas por todos los Sinclair de manera equitativa, pero siempre tratas un poco mejor a mi familia.
―Es mi forma de agradeceros lo que habéis hecho por Nara durante todos estos años ―confesó Keir―. Habéis protegido a mi hermana de la depravación de George y William y habéis sido unos grandes amigos para ella. Es lo mínimo que puedo hacer.
―¿Seguro que solo es por eso?
―¿Por qué iba a ser si no?
Ailis evitó responder bebiendo un sorbo de hidromiel. Keir lo dejó pasar, se levantó y tiró de ella hacia el lago. Cuando el guerrero puso un pie sobre el hielo, Ailis intentó tirar de él hacia fuera del lago, pero Keir solo rio y la arrastró con él hacia el hielo.
―Vamos, es seguro ―la animó―. ¿Sabes patinar?
―Nunca lo he hecho.
―Te enseñaré.
La superficie era lo suficientemente resbaladiza como para que pudieran patinar.
Keir ayudó a Ailis a mantener el equilibrio mientras se deslizaban por el lago, y pronto la mujer estaba riendo a carcajadas con el rostro lleno de felicidad.
Quería besarla. Dios... quería envolverla en sus brazos y besarla hasta que tuviera los labios rojos e hinchados.
Quería mucho más que eso, de hecho. Pero por el momento tendría que conformarse con el placer de verla reír.
Maldición, qué guapa era. Sus ojos grises reflejaban la luz anaranjada del atardecer y en sus mejillas se dibujaron dos hoyuelos que le daban un aspecto juvenil.
Se vio sonriendo a su vez sin darse cuenta, y estaba tan concentrado en ella que no vio el montículo de nieve con el que tropezó... cayendo de culo en mitad del hielo.
―¿Te has hecho daño? ―preguntó Ailis acercándose para ayudarle a levantarse.
Keir aceptó la mano que Ailis le ofrecía, pero en vez de incorporarse tiró de ella hasta que la tuvo sentada en el regazo. Ailis enrojeció hasta las orejas e intentó levantarse, pero él se lo impidió rodeándola con sus brazos.
―Suéltame ―pidió.
―Quiero besarte ―confesó con voz ronca― y te juro por Dios que estoy haciendo uso de todo mi autocontrol para no hacerlo.
―Déjame ir, Keir, por favor...
―¿Tienes miedo de mí, Ailis?
―No tengo miedo de ti. Es solo que...
―Dime, mo ghràdh . ¿Por qué te alejas de mí cuando ambos sabemos que existen sentimientos entre nosotros?
En ver de responder, Ailis se zafó y salió a correr hacia la aldea.
Keir suspiró. Había metido la pata hasta el fondo.
Había sido impaciente y todo el esfuerzo de los días anteriores se había desaprovechado.
Se levantó del suelo, se sacudió el plaid y se dirigió al castillo.
Esperaba que Ailis fuera incapaz de cumplir su promesa de alejarse de él, de lo contrario iba a ser increíblemente difícil convertirla en su esposa.