El demonio Sutherland Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Extendió la mano hacia ella para tomar la fruta y se acercó hasta que estuvo a menos de un metro del animal. A primera vista vio una fea herida abierta sobre la pata trasera izquierda. Maldijo su suerte, no creía que el lobo fuera capaz de sobrevivir.

―Ailis, trae un poco de nieve limpia para que pueda limpiar la herida ―ordenó―. Tengo que ver mejor cuál es el daño.

Ailis corrió hacia la zona de las barcas de pesca, donde encontró con alivio un pequeño cubo de madera que podía usar para la nieve.

Se dirigió hacia el bosque y tomó la nieve más limpia que vio, en la base de un árbol.

Corrió de nuevo a la playa para entregársela a Keir.

Sabía que el tiempo era crucial, la vida del animal dependía de él.

―Aquí está ―dijo deteniéndose junto a la roca en la que había estado sentada.

―Acercate lentamente, muy poco a poco. Detente de inmediato si gruñe o enseña sus dientes.

―De acuerdo.

Ailis obedeció hasta quedar a pocos pasos de la cabeza del animal. Se arrodilló junto a él y dejó el cubo junto a Keir. Observó a su laird poner un poco de nieve sobre la herida, arrastrando con suavidad la suciedad. El lobo ni siquiera se inmutó, debía estar muy dolorido y cansado.

―Te pondrás bien, lobito ―susurró Ailis―. Pronto podrás volver con tu manada.

Keir negó con la cabeza, sonriendo. Aquel enorme animal podía llamarse de cualquier forma, excepto “lobito”. Una vez hubo limpiado la herida, comprobó que, como había imaginado, el animal no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir.

―Maldita sea, voy a tener que sacrificarlo ―se lamentó.

―¿No puedes hacer nada por él?

―La herida es demasiado profunda y no deja de sangrar. Me temo que...

―¡No! ―exclamó ella, sorprendiéndole― ¡No puedes matarlo!

―Dejarlo vivir sería más cruel que matarlo. Solo quiero acabar con su sufrimiento.

―Podemos llevarlo a la aldea. Tal vez Roderick...

―Es un animal salvaje, Ailis ―la interrumpió Keir―. Podría atacarnos si se siente amenazado.

―Está sufriendo, Keir. Sabe que le estamos ayudando, ¿verdad?

Ailis sorprendió a Keir acercando la mano al pelaje del animal. Los ojos de obsidiana del lobo la observaron atentamente, pero no hizo ningún intento de atacarla. Al contrario, ladeó la cabeza cuando la palma de su mano acarició con suavidad el sedoso pelaje negro del animal.

―Si no lo veo no lo creo ―exclamó Keir.

―Podemos usar una tabla para llevarlo a la aldea ―sugirió Ailis―. En donde están las barcas he visto algunos maderos de gran tamaño.

―No es buena idea, maldición.

―¡Entonces traigamos aquí a Roderick!

―Escúchame, Ailis. ―La sujetó con fuerza de los brazos, obligándola a mirarle―. Este animal seguramente ha sido abandonado por su manada debido a esa herida mortal. Aunque le salvemos la vida, aunque Roderick le cosa y sobreviva, no tendrá ningún lugar al que volver.

―Pero...

―Un lobo solo no será capaz de sobrevivir, mo ghràdh ​ [8] ―dijo con voz calmada―. Lo mejor que podemos hacer por él es terminar con su sufrimiento.

―Pero no puedo, no...

―Yo lo haré ―la interrumpió―. Regresa a la aldea, no tienes por qué ver esto.

―¿También lo enterrarás?

―Por supuesto que lo haré.

―Iré entonces a buscar algunas flores. Todos merecen tener flores en su funeral.

―¿Su funeral?

―Debe tener un funeral. También es una criatura de Dios.

Keir no discutió. Ailis estaba llorando a mares sin apenas darse cuenta, y si la muchacha quería celebrarle un funeral al lobo él no se opondría.

Esperó a que Ailis se perdiera de vista y se volvió hacia el animal agonizante.

Apretó los dientes, desenvainó su espada y con un tajo limpio lo degolló, intentando hacerle el menor daño posible.

Cuando terminó, se quitó la capa y lo envolvió con ella para que Ailis no pudiera verlo.

Lo llevó hacia el bosque y lo enterró bajo un árbol, en un lugar donde los osos no pudieran encontrarlo.

Poco después se encontró con Ailis de nuevo en la playa.

La mujer tenía el rostro enrojecido e hinchado de tanto llorar, y traía en sus manos algunas ramas de acebo.

―No he podido encontrar flores ―sollozó―. He pensado que dado que estamos en invierno puede servir esto.

―Servirá. Vamos, te llevaré a donde lo he enterrado.

Rodeó los hombros de Ailis con el brazo y se encaminó hacia el bosque.

La ceremonia que Ailis celebró para el lobo fue corta, y Keir la aguantó con estoicidad.

Habría reído si hacerlo no hubiera enfurecido a la mujer de pie a su lado.

Era la primera vez en su vida que se encontraba en aquella situación tan ridícula, si sus hermanos se enterasen estarían riendo durante horas.

Al fin Ailis dio por terminada la ceremonia y ambos regresaron a la aldea.

Dejó a la mujer en la puerta de su casa y regresó al castillo con gesto cansado.

―¡Dios santo! ¿Qué demonios te ha pasado?

Tavish bajaba las escaleras corriendo, y Keir miró sus ropas, que estaban cubiertas de sangre.

―No es mía, no te preocupes ―respondió.

―¿Entonces de quién es?

―Acabo de asistir al funeral de un maldito perro ―protestó.

Tavish le miró con una ceja arqueada.

―¿Te has vuelto loco o el frío te ha congelado el cerebro?