El demonio Sutherland Capítulo 25
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Capítulo 25

E l día siguiente amaneció despejado, así que Ailis decidió dar un paseo aquella tarde por la playa, cuando terminó con sus tareas diarias.

Se puso la capa, llamó a Allaidh con un silbido y se encaminó hacia la ensenada.

Saludó a los hombres que se encontraban en la primera playa intentando pescar, compartió algunas frases con las mujeres que se habían reunido junto a las rocas para tejer redes de pesca y se adentró por el arco de piedra para encontrar mayor intimidad en la segunda playa.

No lo consiguió. Keir estaba sentado en un plaid extendido en la arena, manipulando algún artilugio entre las manos.

Tras un momento de duda, Ailis se acercó a él.

―Hola ―susurró, deteniéndose a su lado.

―¿También buscabas tranquilidad? ―sonrió él.

―Sí, pero veo que me has adelantado.

Ailis hizo el intento de darse la vuelta, pero Keir la sujetó del bajo del vestido con suavidad.

―Vamos, quédate ―pidió―. Prometo no decir ni una palabra.

Una parte de ella quería marcharse. Quería hacerlo porque la cercanía de Keir la ponía nerviosa, despertaba mariposas en su estómago y su corazón se aceleraba como loco cuando esos ojos verdes la miraban fijamente.

Pero por otra parte le gustaba pasar tiempo en su compañía.

Le gustaba escuchar sus historias, bromear con él, conocerle mejor.

Porque Keir era un hombre al que merecía la pena conocer.

Había resultado ser un gran laird para su gente.

Era un hombre lleno de valor y coraje, pero también justo y leal.

Se había esforzado tanto por mejorar las condiciones de los Sinclair que el clan ya le admiraba y respetaba por ello.

Le había visto con su familia, a la que amaba tanto que se interpuso entre uno de sus hermanos y una flecha envenenada a pesar de no compartir la misma sangre.

Era un hombre ejemplar... y Ailis era muy consciente de ello.

Terminó sentándose a su lado, observando con curiosidad lo que tenía entre las manos: era una pequeña figura de madera que empezaba a parecer un caballo. Un caballo increíblemente realista, con tantos detalles que cualquiera pensaría que había sido fabricado por un artesano.

―Estoy haciéndole un caballo de madera a Mervin ―explicó sin necesidad de que ella preguntara―. Quiero hacerle un regalo por el buen comportamiento que está teniendo últimamente y creo que esto le gustará.

―Estoy segura de que sí, le encantan los caballos.

―Se ha autonombrado cuidador oficial de Black ―rio el guerrero―. Mi caballo de guerra se comporta como un corderito cuando ese mocoso está cerca. Ayer le encontré sentado en la grupa como si se tratara de un cachorro. Casi me muero del susto de pensar que pudiera tirarlo al suelo y pisotearlo.

―Los animales son muy inteligentes ―asintió Ailis―. Allaidh pasa más tiempo con los niños de la aldea que protegiendo a su dueño.

El perro corrió hacia ella, saltó sobre sus hombros y terminó tumbándola sobre la manta. Ella rio, acarició su largo pelaje y volvió a sentarse cuando el animal echó a correr hacia la orilla, donde había estado luchando contra un cangrejo insignificante.

―Al final atrapará su narizota con las pinzas y terminará chillando ―rio Keir―. Ese maldito chucho nunca aprenderá.

―Siempre le estás llamando chucho. ¿Tan poco te gusta?

―Adoro a ese animal. Me ha salvado la vida innumerables veces en la batalla, si pudiera le construiría un altar.

―En teoría puedes hacerlo ―sonrió Ailis.

―Apuesto a que Allaidh no tardaría en levantar su pata sobre él.

Estuvieron un rato sin hablar, Keir concentrado en la talla del caballo y ella disfrutando de la suave brisa del mar.

Hacía frío, mucho frío, pero la capa de lana abrigaba lo suficiente como para no tener que marcharse aún.

Hundió el rostro en la prenda y cerró los ojos.

Le encantaba sentir aquella paz. Cuando George y William gobernaban el clan, los Sinclair vivían con miedo, escondidos en sus casas para no despertar la ira de su señor.

Obligaban a los jóvenes a convertirse en guerreros que terminaban muriendo por defenderles a ellos, por lo que los nacimientos en el condado de Caithness habían descendido considerablemente.

Los niños de la aldea eran apenas diez. Habrían sido algunos más si las condiciones en las que vivían los Sinclair no hubieran sido tan deplorables. Pensar en todos esos pequeños cuerpos enterrados en el camposanto la estremeció.

―¿Tienes frío? ―preguntó Keir, cubriéndola rápidamente con la manta.

―Estoy bien. Son solo malos recuerdos.

―Entiendo.

Keir no la presionó para hablar, lo que ella agradeció, pero de repente quiso compartir todo aquello con él, quiso que supiera la clase de horrores que habían tenido que soportar antes de su llegada. Necesitaba desahogarse.

―He recordado la infinidad de niños que hemos tenido que enterrar en el camposanto porque no han podido soportar las precarias condiciones en las que vivíamos antes ―explicó.

―Tuvo que ser muy duro.

―Ni te lo imaginas. No solo el dolor de perder a uno más de los nuestros siendo tan pequeño, sino el estado en el que se encontraban sus padres después. He visto a muchas mujeres intentar quitarse la vida porque sus hijos habían muerto. Mujeres que conozco, a las que quiero y respeto.

―Sabes que eso ya no volverá a ocurrir, ¿verdad? No permitiré que más de los nuestros fallezcan, sean niños o adultos.

―Ya hablas del clan como si fueras uno más ―sonrió ella.

―Soy un Sutherland, pero también soy un Sinclair.

Reconozco que antes de la muerte de William odié a este clan y a sus gentes, pero fue porque ellos me hicieron odiarlo.

No fue hasta que conocí a Nara que me di cuenta de que la gente de Caithness es tan inocente como ella o yo, que solo eran víctimas de las atrocidades de un líder incompetente.

―¿Qué sentiste al saber que tenías una hermana?

―¿Sinceramente? Al principio no me lo creí. Pensé que era una estratagema de Jaime para obligarme a liderar el clan que sabía que detestaba con toda mi alma. Pero en cuanto la vi supe que todo era cierto... y sentí vértigo.

―¿Por qué? No es como si Nara fuera una niña pequeña. Ya tiene diecisiete años, es toda una mujer.

―Tenía miedo ―reconoció―. Miedo de no ser el hermano que ella esperaba, miedo de no ser capaz de estar a la altura.

Y me dirás que tengo cuatro hermanos más, que ya sabía de qué iba eso de tener hermanos, pero con ellos yo soy el menor, el que se mete en problemas para que ellos los solucionen.

Con Nara tengo que ser yo el responsable.

―Creí que Tavish era menor que tú.

―Tavish es mayor que yo cuatro meses, aunque a veces hasta yo mismo lo dudo.

―Tuviste mucha suerte cuando Murray Sutherland te encontró.

―Creo que Dios escuchó mis plegarias y me puso en el camino de la persona adecuada. Al principio no confiaba en ellos. Después de todo lo que viví con los Gunn tenía miedo de que me ofrecieran consuelo.

―¿Los Gunn te engañaron?

―George me entregó a él como esclavo, supo en todo momento lo que harían conmigo. Yo creí que me enviaba a sus tierras para entrenarme como guerrero, y al principio me hicieron creer que así sería.

―Pero no fue así.

―Claro que no. Me pusieron a limpiar las cuadras, a cepillar y dar de comer a los caballos y cosas así. Cuando me quejé y pregunté cuándo iba a empezar a entrenar me dieron la primera paliza. Estuve tres días sin poder moverme.

―Dios santo...

―A partir de entonces se hizo costumbre golpearme, aunque yo no tuviera la culpa de nada.

La última vez, cuando escapé, terminé con la nariz rota, tres costillas fracturadas y un corte en el costado que casi estuvo a punto de matarme.

Cuando los hombres de Murray me encontraron pasé cerca de un mes en la cama.

―Por eso no quieres aliarte con ellos.

―Sé que Jaime quiere la paz entre los clanes, pero no puedo firmar una tregua con ese desgraciado. Si algún día lo tengo delante terminaré por ensartarle con mi espada por todo lo que me hizo.

―¿Y qué vas a hacer?

―Evitar encontrarme con Darach Gunn el mayor tiempo posible.

Keir sonrió, haciéndola sonreír a ella también.

Conforme la noche avanzaba, el aire se hizo más frío.

Hacía rato que Allaidh había regresado a la aldea, y los pescadores también se habían marchado.

Keir sintió un escalofrío y, pensando que Ailis podría estar helada, se levantó y le ofreció volver dando un paseo hasta su casa.

De repente, Ailis se detuvo, escuchando atentamente.

Un gemido débil y prolongado rompió el silencio invernal.

―¿Qué es eso? ―preguntó en un susurro.

―Voy a ver, quédate aquí.

La joven desoyó las órdenes de su laird y le siguió de cerca.

Al oeste, resguardado entre unas rocas, se encontraba un lobo herido.

Había un rastro de sangre que iba desde el acantilado hasta el escondite, seguramente el animal había terminado cayendo por él.

A Keir se le heló la sangre al ver que Ailis corría hacia el animal, y salió tras ella, sujetándola justo a tiempo.

―¿Acaso estás loca, mujer? ―protestó― Es un lobo, un animal salvaje, no un perro pulgoso como Allaidh.

―¡Pero tenemos que ayudarlo! ¿No ves que está herido?

―Y lo ayudaremos, pero debes mantenerte alejada hasta que me asegure de que no supone ningún peligro para ti, ¿de acuerdo?

Ailis asintió y se sentó en una roca a pocos metros del animal herido. Observó a Keir acercarse muy lentamente, deteniéndose cuando el animal gruñía o mostraba sus letales dientes.

―No voy a hacerte daño, bonito... ―susurró Keir― Solo quiero ayudarte.

El animal pareció entender aquellas palabras, porque gimió y comenzó a mover la cola lentamente. Keir se atrevió a dar un par de pasos más y volvió a detenerse.

―Dime que traes encima algún tipo de comida ―dijo a Ailis.

―Solo tengo una manzana ―respondió sacándola de debajo de su capa―. No creo que sea comida para un lobo.

―Aunque son carnívoros también comen de vez en cuando frutas y bayas, así que puede servir.