Capítulo 24
K eir no había pasado tanto miedo en toda su vida.
Ni siquiera cuando escapó de las tierras de los Gunn había estado tan aterrado como cuando vio su propio puñal apuntando el cuello de Ailis.
Había estado a punto de perderla... mucho antes de haberla tenido.
La apartó con suavidad de él y volvió a mirar su cuello para asegurarse de que el desgraciado de Gregor no le había hecho ni un solo rasguño.
―Gracias a Dios que estás bien ―susurró―. Si llega a pasarte algo, yo...
―Habría sido mi culpa por desoír las órdenes de mi padre ―le interrumpió―. No tendrías que sentirte culpable por ello.
―¿En qué demonios estabas pensando, Ailis? ―exclamó zarandeándola― ¿Cómo se te ocurre venir al castillo con Gregor aquí?
―Quería saber qué pasaba con él ―reconoció―. Quería comprobar que pagaba por todas y cada una de sus fechorías.
―¿De veras creías que no iba a hacérselas pagar? ¿Y por qué no me dijiste que había intentado matarte?
―¡Te lo dije!
―¡Me dijiste que había intentado hacerte daño!
―¿Y qué importancia tiene eso ahora?
―¡Tiene toda la importancia del mundo, maldición!
Volvió a abrazarla hasta que casi la deja sin aliento para volver a zarandearla poco después.
―Te daría unos buenos azotes por haber estado poniendo en peligro tu vida constantemente ―insistió―. Has estado yendo al bosque y... ¿Acaso no sabes lo que es el miedo, mujer?
―¡Sé lo que es el miedo! ―exclamó ella― Lo he estado sintiendo día tras día mientras...
Calló de repente al darse cuenta de lo que había estado a punto de confesar.
―¿Mientras qué? ―preguntó Keir arqueando una ceja.
―Olvídalo.
―¿Mientras estaba postrado en cama?
―No es eso lo que iba a decir.
―Yo creo que sí, Ailis. Sé que no te apartaste de mi lado ni un solo momento cuando estuve a punto de morir.
―Tavish es un bocazas.
―Tavish no me ha dicho absolutamente nada.
―¿Fue Nara entonces?
―No hizo falta que nadie me lo contara. A pesar de estar consumido por la fiebre, hubo momentos en los que estuve consciente. Te vi a mi lado noche tras noche, quedándote dormida en el borde de mi cama mientras tomabas mi mano con fuerza. ¿Por qué lo hiciste?
―Lo hice por Nara ―mintió ella―. Ha sufrido demasiado como para perder a su hermano justo cuando acaba de recuperarlo.
―Mientes ―susurró Keir―. Puede que seas experta en escabullirte de los lugares, Ailis Sinclair, pero mientes de pena.
La arrinconó lentamente contra una esquina, atrapándola entre sus anchos brazos apoyados en cada pared.
Acercó su boca a la de la joven lentamente, esperando verse rechazado, pero ella no se apartó.
Los labios femeninos se entreabrieron un poco y Keir aprovechó el momento para besarla.
Hundió su lengua despacio en la boca de Ailis, tanteándola, atento a cada una de sus reacciones.
Ella quedó inerte contra la pared, pero levantó el mentón para seguir recibiendo su beso.
Keir no pudo evitar sonreír en su boca, sujetarla con suavidad de la nuca y profundizar un poco más el beso, hasta arrancarle algún que otro gemido de placer.
Ailis pensó que estaba a punto de convertirse en fuego líquido.
Sus piernas habían perdido toda capacidad de sujetarla, y se mantenía de pie a duras penas gracias al agarre de Keir.
Jamás había sido besada de aquella manera tan dulce, y a la vez tan ardiente.
El beso anterior despertó en su vientre sensaciones maravillosas, pero ese...
ese estaba a punto de volverla completamente loca.
Se atrevió a pasar las manos por el pecho de Keir, tanteando con cuidado el lugar donde había estado clavada la flecha.
La herida aún no había sanado del todo, pero al menos ahora no ponía en peligro la vida de su laird.
Su laird... Recordó que Keir era un guerrero.
No cualquier guerrero, además: el demonio de las Highlands, el hombre que había unido clanes en nombre del rey.
El hombre que podía ser llamado en cualquier momento por su monarca para volver al campo de batalla.
Se apartó con suavidad.
―Creo que tiene una idea equivocada, laird ―susurró―. Usted solo es el hermano de mi amiga, una amiga a la que considero mi hermana. Si le cuidé en su convalecencia fue única y exclusivamente por ella.
Se dirigió hacia la puerta del salón con paso calmado, deteniéndose justo antes de cruzarla.
―Me gustaría pedirle que, en el futuro, se abstenga de volver a besarme ―pidió―. Es la segunda vez que lo hace, y si esto vuelve a repetirse me veré obligada a mantener las distancias con usted.
Keir la dejó marchar, pero no se vio afectado por sus palabras.
Sonrió. Ailis volvía a los formalismos con él.
Lo hacía cada vez que quería marcar las distancias, y él le permitía hacerlo porque sabía que aún no estaba preparada.
Escuchó un carraspeo y se giró para ver acercarse a Fergus, que hasta hacía un momento había estado durmiendo sentado en una esquina.
―Lo siento, muchacho, debo haberme quedado dormido ―se disculpó el anciano.
―¿Cuánto has visto?
―Lo suficiente. Permíteme darte un consejo: olvídate de Ailis Sinclair. Ella nunca será para ti.
―Sé que aún está afectada por la pérdida de su prometido, pero...
―¿Te contó cómo murió?
―Me dijo que murió en Clynetradwell.
―Lo hizo, sí, pero apuesto a que no te dijo lo más importante.
―¿Y qué es?
―Que fuiste tú quien lo mató.
Keir se congeló. ¿Él había matado al prometido de Ailis? No... Imposible.
―¿Cómo sabes que fui yo? ―preguntó.
―William se encargó de decírselo cuando regresó sin él.
―William era un mentiroso y un bastardo.
―¿Puedes asegurarle que no fuiste tú quien lo hizo, muchacho? Fue una batalla atroz donde murieron muchos hombres de ambos bandos. ¿Cómo puedes saber si John fue o no uno de los que murió en tus manos?
Keir se dejó caer en un banco con la mirada perdida.
Fergus tenía razón, no había manera de saberlo.
En aquella batalla había derramado mucha sangre, demasiada.
Los Sinclair no se rendían y él no tuvo más remedio que continuar asesinándolos hasta que George cayó.
Sintió la mano del anciano palmeándole la espalda.
―No te martirices por ello, Keir ―le animó―. Nadie te culpa por lo que pasó en aquella batalla.
―Excepto ella.
―Ailis tampoco te culpa. Si lo hiciera te aseguro que no te habría cuidado durante días cuando enfermaste.
―Pero no crees que pueda llegar a amarme.
―No creo que ella quiera arriesgarse a hacerlo ―rectificó Fergus―. Es mejor que busques a otra mujer a la que quieras convertir en tu esposa. Será más sencillo para todos... te lo aseguro.
Keir observó al anciano marcharse y dejó caer la cabeza sobre la madera de la mesa, dándose un buen golpe.
―¡Oye! ―exclamó Glenn, sentándose a su lado― El asunto de los rebeldes se ha solucionado pero te comportas como si toda tu vida fuera un desastre. ¿Qué ocurre?
―¿Recuerdas Clynetradwell?
―¿Cómo olvidarlo? Fue una lucha sangrienta. Sufrimos demasiadas pérdidas.
―Creo que maté al prometido de Ailis.
―Espera, ¿Ailis estuvo prometida?
―Sí, y su prometido murió en aquella batalla.
―¿Estás seguro de que fuiste tú? Pudimos ser cualquiera de nosotros.
―¿Cómo voy a estar seguro? No suelo fijarme en los que intentan matarme, hermano.
―Entonces...
―William le dijo a Ailis que fui yo ―le interrumpió―, así que puede ser perfectamente cierto.
―Estábamos en guerra con los Sinclair y ambos bandos sufrieron terribles pérdidas, no hay culpables en la batalla. ¿Acaso ella te está culpando?
―No lo sé. Aparentemente no, pero...
―Entonces deja de preocuparte.
―Me gusta ―reconoció―. Me gusta lo suficiente como para haberme planteado casarme con ella.
―Maldita sea, Keir... De todas las mujeres que hay en este clan ¿tuviste que fijarte en ella?
―¿Crees que lo hice a propósito? No se pueden controlar los sentimientos, Glenn. Deberías saberlo a estas alturas.
―¿Y sabes si tú le gustas a ella?
―Quiero pensar que sí, de otra forma no habría pasado tantos días sin separarse de mi cama, ¿no crees?
―O tal vez solo lo hizo porque eres su laird y está agradecida por todo lo que estás haciendo por el clan.
―Se ha estremecido en mis brazos cuando la he besado.
―¿Ya la has besado? ―exclamó Glenn con un silbido― Sí que debe gustarte, sí.
―Cállate ―protestó Keir.
―Ella te gusta, tú le gustas. ¿Dónde está el problema?
―Puede que yo le guste, pero jamás se casará conmigo porque maté a su prometido.
―Lo tienes difícil, hermano.
―¿Qué demonios puedo hacer para que se case conmigo? ¿Debería hablar con su padre sin más?
―Yo no tengo ni idea sobre mujeres, Keir. Deberías preguntarle a Dun, es el único que tiene una esposa.
―¿Qué tiene que preguntarme? ―inquirió el aludido al llegar, sentándose junto a ellos.
―Fergus le ha dicho que fue él quien mató al prometido de Ailis, y ella le gusta ―le contó Glenn.
―¿Ailis sabe que fuiste tú?
―William se lo dijo.
―William es igual de fiable que un cuervo y ella tiene que saberlo.
―¿Y por qué se aleja de mí cuando intento acercarme a ella?
―No intentas acercarte, bribón ―rio Glenn―. Intentas besarla.
―¿Debería disculparme con ella? ―preguntó Keir a Duncan sin hacerle caso a Glenn.
―¿Por cumplir con tu deber para con nuestro rey? ―exclamó Dun― Olvídalo, si ella quiere que te disculpes por ello no merece la pena el esfuerzo.
―¿Entonces qué puedo hacer? ―protestó.
―Si se aleja cuando intentas besarla, no lo hagas.
―Como si fuera tan sencillo ―bufó Keir.
―Tal vez se siente agraviada cuando la besas. Estuvo prometida una vez, pero no sabes el tipo de relación que mantuvo con ese hombre.
―Supongo que tienes razón
―Ailis es lo suficientemente inteligente para saber que no puede culparte por algo que no puede ser demostrado y que ocurrió en el campo de batalla ―continuó el mayor―. En vez de atosigarla con besos puedes pasar tiempo con ella y demostrarle que eres digno de su amor y su confianza.
―¿Ves como es Duncan quien entiende mejor a las mujeres? ―se jactó Glenn.
―Cállate ―protestó Keir―. Yo tuve que ayudarle a conquistar a Moira.
―Pero es él quien lleva varios años casado con ella.
―No sois más que un par de niños ―rio Duncan―. Deberíamos cenar pronto para irnos temprano a la cama, Glenn, partiremos por la mañana.
―¿Ya os marcháis?
―Tengo una esposa y una hija recién nacida esperándome en casa ―asintió Dun―. Además, padre no puede hacerse cargo del clan por más tiempo.
―Pero la última nevada ha sido muy fuerte y...
―¿Acaso no hemos viajado en peores circunstancias cuando ha sido necesario? ―le interrumpió― Estás completamente recuperado y los rebeldes han sido capturados. No somos necesarios aquí, Keir.
―Está bien, maldita sea. Marchaos.
―Eres el demonio de las Highlands, ¿de veras tienes miedo de cortejar a una jovencita?
―Eres el laird de los Sutherland, ¿de veras tienes tantas ganas de probar mi espada?
―Vamos, deja de comportarte como un niño y pide que sirvan la cena. Te prometo que volveremos en primavera, cuando Elisabeth haya crecido un poco y pueda traer a mi familia conmigo.
―Más te vale cumplir tu promesa. Maldición, voy a echaros muchísimo de menos.
―¿También nos echabas de menos cuando estabas sirviendo a nuestro rey? ―bromeó Glenn.
―Entonces no tenía tiempo para pensar en vosotros ―reconoció―. Fueron tiempos difíciles, no quiero ni recordarlos.
―Vamos, tomemos una copa y pensemos en la mejor manera de que este galán pueda conquistar a su enamorada ―bromeó Duncan.
Keir negó con un juramento, pero se levantó y siguió a sus hermanos al que ahora era su despacho.
Su marcha iba a dejarle un enorme vacío, pero bien podía utilizar los últimos momentos juntos para sacar provecho de su hermano mayor y su experiencia con las mujeres...
que se limitaba básicamente a su cuñada.