El demonio Sutherland Capítulo 23
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Capítulo 23

A l día siguiente comenzó a nevar copiosamente, así que se resguardó del frío con los suyos e intentó dejar de pensar en su laird.

No lo consiguió. Keir Sinclair ocupaba su mente día y noche, y no podía hacer nada para remediarlo.

Se preguntaba cómo se encontraría, qué estaría haciendo, si se habría abrigado lo suficiente para no tener frío.

Se encontraba a menudo mirando por la ventana con la esperanza de que en cualquier momento su laird pasara por el camino y ella pudiera ver cómo estaba, pero aquello nunca ocurrió.

Una semana entera después, la nevada amainó.

Su padre y su hermano tardaron todo un día en quitar la nieve que se había acumulado en la puerta, y para cuando Ailis pudo salir de la cabaña los soldados ya se habían ocupado de convertir los caminos en zonas transitables.

Respiró profundamente y cerró los ojos con una sonrisa.

Sentaba muy bien volver a respirar aire fresco.

Un revuelo en la entrada de la aldea llamó su atención.

Algunos soldados Sutherland, junto con muchos soldados que ahora eran Sinclair, traían a Gregor y sus secuaces encadenados.

Su aspecto era deplorable. El frío y la nieve habían hecho estragos en ellos, y los que habían sido en algún momento de sus despreciables vidas fuertes guerreros eran ahora un amasijo de piel y huesos.

Pero eso no impidió que la mirada asesina de Gregor se fijara en ella. Se estremeció.

―Parece que al fin los han atrapado ―suspiró su padre―. Gracias a Dios, nos han creado demasiados problemas.

―Ojalá se pudran en el calabozo ―deseó Ailis―. Nuestro laird debería darles un castigo ejemplar.

―Pagarán con su vida, hermana ―susurró Brody―. Han causado demasiados daños a este clan como para que Keir les muestre benevolencia.

―Debería ir al castillo. Debería...

―Tú no vas a ir a ninguna parte, jovencita ―la regañó su padre―. ¿Debo recordarte que Gregor te la tiene jurada? ¿Qué pasa si se escapa, dime? Entra en casa ahora mismo.

―Pero padre...

―¡He dicho que entres en casa! No saldrás hasta que me asegure de que ese desgraciado no supondrá un peligro para ti, ¿estamos?

Ailis miró a su padre con reproche, pero obedeció.

Al menos lo hizo hasta que Hasson y Brody se dirigieron al castillo para ver qué ocurría con los rebeldes, como todos los hombres de la aldea.

Cuando los hubo perdido de vista y se aseguró de que su madre no la vigilaba, saltó por la ventana del cuarto y corrió hacia la cocina del castillo para colarse por la vía de escape.

El griterío de los aldeanos era ensordecedor.

Cuando llegó al salón, vio a Keir sentado en un sillón sobre la tarima mirando a Gregor fijamente mientras toda la aldea gritaba a su alrededor.

Levantó una mano y todo el mundo guardó silencio en el acto, haciendo sonreír a Ailis.

Keir se había ganado a su clan en tan poco tiempo que parecía increíble.

―Uno por uno ―pidió el laird―. No puedo escucharos si habláis todos a la vez.

―Quemaron mi granero y mataron los pocos animales que logré criar ―dijo uno.

―A mí me quemaron la casa porque tenía los alimentos en el sótano ―continuó otro―. No quedaron ni los cimientos.

―Intentó matar a mi hija con sus propias manos ―gritó de pronto su padre, sorprendiéndola―. Exijo una compensación.

Keir fijó la mirada en Hasson, se puso de pie y se acercó a él con paso decidido.

―¿Dices que intentó matar a Ailis? ―preguntó.

―Así es, laird ―asintió Hasson―. Mi hija nunca me lo contó, pero Fergus lo vio todo cuando intentaba ahogarla en el viejo granero abandonado. Por suerte Allaidh intervino a tiempo y todo quedó en un susto.

―Le daré a ese chucho tuyo un hueso del tamaño de mi brazo en cuanto termine con ellos ―dijo Keir a Balgair.

―Sé que adoras a mi perro, laird Sinclair. No puedes negarlo ―respondió su amigo con una enorme sonrisa.

―Estás en lo cierto, lo adoro por haber salvado a mi mujer.

Ailis dio un respingo al escuchar las palabras de Keir. Debía haber escuchado mal. Había dicho “por salvar a una mujer”, no “por salvar a mi mujer”. Estar tanto tiempo encerrada le estaba afectando al oído.

―Esa perra merece morir ―escupió Gregor―. De no ser por ella ese sillón ahora sería mío.

Keir le miró y dejó escapar una carcajada. Rio y rio hasta que tuvo que sujetarse el estómago para aguantar el dolor.

―Ese sillón nunca, jamás, te pertenecerá ―respondió.

Se acercó al preso y se levantó la manga de su camisa para dejar su antebrazo al descubierto.

―Por estas venas corre la sangre de los condes de Caithness aunque se me revuelva el estómago por ello ―continuó―. ¿Puedes tú decir lo mismo, Gregor Gunn?

Gregor se sobresaltó. El aire se llenó de jadeos de sorpresa y susurros, poniendo más nervioso al preso.

―¡Soy un Sinclair! ―gritó.

―Eres un Gunn, Gregor. Tu padre era Calan Gunn y se mudó a este clan cuando era apenas un muchacho. Al parecer a mi padre le cayó en gracia y le prometió que le convertiría en un gran guerrero. Tú ya habías nacido por ese entonces... en tierras de los Gunn.

―¡Mientes! ¡Mi padre era un Sinclair!

―Tu padre siempre fue un extranjero en estas tierras ―corroboró Hamist―. Nuestro laird encontró los diarios de su madre, en los que contó con lujo de detalles todo lo que ocurrió en este castillo antes de su muerte.

―A mi madre nunca le gustó tu padre porque pertenecía al clan que intentó masacrar al suyo ―continuó Keir―. Eres la viva imagen de tu padre, al parecer. Eres la misma escoria que era él.

Gregor se revolvió intentando soltarse de los soldados que lo apresaban, pero fue inútil. Esta vez no iba a poder escapar.

―Dime, hermano, ¿qué castigo crees que se merece este desgraciado? ―preguntó a Duncan― Intentó utilizar a nuestra hermana para conseguir sentarse en mi silla, intentó asesinar a Ailis y calcinó las reservas de alimentos de todo el clan, aunque para ello tuviera que quemar las casas de los aldeanos.

―No olvides que desde la muerte de William hasta nuestra llegada mantuvo a la aldea bajo su yugo negándoles la posibilidad de conseguir alimentos ―añadió Balgair―. Cualquier provisión que lograban obtener les era arrebatada y si los descubría escondiendo provisiones los castigaba sin piedad.

―Por todos esos delitos merecen la muerte, sin duda ―respondió Duncan―. Deberían ser ahorcados en la plaza del pueblo para que todo el clan vea que los agravios que han sufrido son vengados por su laird.

―Sí... me parece un castigo justo... para el resto ―asintió Keir―. Pero Gregor ha intentado matar a mi mujer, así que exijo una compensación.

Se acercó lentamente a Gregor y tiró de él para arrastrarlo hasta la plataforma donde había colocado el sillón.

―Este es el lugar que tanto anhelabas, ¿no es así? ―susurró Keir―. Has pasado mucho tiempo sentado en la silla que mi padre ocupó y yo destruí, fantaseando con que te pertenecía.

Ailis intentó asomarse un poco más para ver mejor, pero chocó accidentalmente contra un jarrón que se rompió en mil pedazos, atrayendo la atención de todos.

Gregor aprovechó el descuido de Keir para arrebatarle su puñal, escabullirse hasta donde estaba Ailis y sujetarla por la espalda con el arma amenazando su cuello.

―Si me dejas ir no le pasará nada ―advirtió―. Me iré de las tierras de los Sinclair y no volverás a verme jamás.

―No lo has entendido, Gregor ―respondió Keir sonriendo, aunque la mirada que le dedicó hizo que la sangre de Ailis se helara―.

¿De veras crees que puedes escapar del Deamhan Dubh ?

Me he ganado ese apodo a pulso, guerreros mejores que tú han muerto en mis manos sin que me suponga ningún esfuerzo hacerlo.

―¡Juro que la mataré! ¡Le cortaré el cuello y no podrás salvarla! Mueve un músculo y...

Ailis ni siquiera vio a Keir moverse. Solo sintió un tirón en el brazo por el que Gregor la sujetaba cuando el hombre cayó sin vida a su espalda.

En su frente había clavado un puñal similar al que había estado amenazando su cuello.

Se volvió hacia Keir sorprendida, pero el guerrero ya estaba a su lado y la envolvió entre sus brazos.

Estaba temblando, temblaba tanto que apenas podía sujetarla.

―¿Estás bien? ―preguntó examinando su cuello― ¿Te ha hecho daño?

―Estoy bien. ¿Cómo...

―He sido yo ―confesó Rowan―. ¿De veras este estúpido creía que podría escapar de los cinco hermanos Sutherland?

―Ryan, lleva a los rebeldes a las celdas y asegúrate de que no tienen posibilidad de escapar ―ordenó Keir―. Serán ejecutados al alba.

―Sí, señor.

―Lo siento mucho, laird ―exclamó Hasson acercándose a ellos―. Le advertí que no se acercara al castillo, pero es demasiado cabezota para mi bien. Me ocuparé de...

―Está bien, Hasson ―le interrumpió su laird―. Por suerte no ha habido nada que lamentar, no vaya a castigarla.

―¡Pero laird...! ―Hasson se calló ante la mirada de Keir―. Como desee, laird.

―Gracias. Y ahora todo el mundo debería volver a sus quehaceres, deberíamos aprovechar los días buenos antes de que llegue la próxima nevada.

Los aldeanos fueron saliendo del salón, incluido Hasson. Pronto Ailis se dio cuenta de que se había quedado a solas con Keir... y que aún permanecía entre sus brazos.