Capítulo 22 #2
Keir no pudo más que sonreír. Glenn podía ser divertido, bromista y un millón de cosas más, pero su faceta de hermano mayor responsable era la mejor de todas. Asintió.
―Estamos ―susurró―. Y ahora déjame descansar, me duele mucho la cabeza.
Cuando despertó ya había amanecido, y por suerte quien se encontraba a su lado no era Glenn, ni tampoco otro de sus hermanos.
Ailis estaba preparando algunos trapos limpios sobre la mesita de noche y tenía una palangana llena de nieve preparada a su lado.
Maldición, había vuelto a tener la fiebre muy alta.
La joven se volvió hacia él cuando le oyó maldecir en silencio.
―Buenos días ―deseó―. Parece que la fiebre ha bajado por el momento.
―Buenos días. ¿Ha sido muy alta?
―Al menos esta vez no hemos tenido que meterte en la bañera helada. ¿Te sientes bien? ¿Necesitas algo?
―Tengo hambre. ¿Crees que podré comer algo más contundente que un tazón de caldo?
―Puedo prepararte un tazón de porridge, ¿qué te parece?
―Mucho mejor que la sopa. ¿Has dormido?
―Toda la noche, tus hermanos se han estado turnando para que yo pueda dormir. Acabo de mandar a dormir a Rowan.
―Bien. Acércate, por favor.
Ailis obedeció. Keir tomó su mano y se la llevó a la mejilla caliente. El tacto de la joven era refrescante, su piel estaba fresca y calmó el ardor de la suya.
―Gracias por cuidar de mí, Ailis ―agradeció―. Pero ahora que mis hermanos están aquí puedes volver a tu casa.
―¿Me estás echando?
―Claro que no. Te aseguro que me es mucho más grata tu presencia que la de esos cuatro incordios, pero entiendo que quieras volver con tu familia.
―Me quedaré hasta que Roderick encuentre una cura. Iré por esas gachas de avena, y si te portas bien las regaré con un poco de miel.
―Eres mi heroína.
Ailis sonrió y salió de la habitación cerrando la puerta con suavidad. Se mordió el labio y sonrió. Parecía que Keir estaba recuperándose poco a poco, tal vez su cuerpo estaba luchando contra el veneno y estaba logrando vencerlo.
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C inco interminables días más tarde, Roderick dio con la cura.
En cuanto puso el ungüento pestilente (hecho de ruda, ajenjo, mirra y rábano negro) sobre la herida de su laird, la carne de alrededor comenzó a tomar un color rosado.
Los Sutherland comenzaron a dar saltos de alegría y a arrastrarla con ellos, haciendo que Ailis sonriera también.
Pero cuando pudo escabullirse y esconderse en la habitación más cercana, se dejó caer al suelo con un suspiro y rompió en llanto.
¿Por qué? Ni siquiera ella lo sabía. Solo sabía que había sentido un alivio tan inmenso cuando Roderick dijo que el remedio había funcionado que no pudo escuchar ni una sola palabra más de lo que se decía a su alrededor.
Sus oídos habían empezado a zumbar y había tenido que salir de aquella habitación para no hacer el ridículo.
Se miró las manos temblorosas y las apretó en puños para recuperar la calma.
―¿Estás bien?
Se giró a ver a Nara arrodillada a su lado. Dios santo, ni siquiera la había escuchado entrar en la habitación. Asintió y continuó apretando los dedos para que su amiga no notara su temblor.
―Keir está bien, Ailis ―susurró Nara abrazándola―. Se ha salvado.
Ella volvió a asentir porque tenía un enorme nudo en la garganta y si intentaba decir una sola palabra terminaría rompiendo a llorar. Era ridículo, Nara parecía mucho más calmada que ella.
―Lo siento ―se disculpó―. Yo...
―No tienes que disculparte, sé que te gusta mi hermano y que estabas muy preocupada por él.
―No me gusta tu hermano ―mintió.
―Vamos, Ailis... toda la aldea se ha dado cuenta. ¿De veras vas a decirme que no te has separado de su lado ni un solo momento solo por mí?
―¿Por quién si no? Eres mi mejor amiga y me preocupaba que lo pasaras mal.
―Te preocupabas por mí pero no te movías de su lado ―insistió Nara arqueando una ceja.
―¿Y tú qué haces aquí? Deberías estar con tus hermanos, pronto regresarán a Dornoch y no volverás a verlos en un largo tiempo.
―Mis hermanos no se han apartado de mi lado ni un momento. Si no era Glenn, era Dun quien estaba conmigo. Son un regalo caído del cielo, pero prefiero estar ahora contigo.
―No me gusta tu hermano ―insistió.
―Lo que tú digas...
―En serio, Nara. Es un gran laird y reconozco que nos hemos hecho buenos amigos, pero no hay nada más. ¿Tengo que recordarte que él está enamorado de otra mujer?
Recordó las palabras que había escuchado decir a Keir noches atrás en la cocina, cuando hablaba con Glenn.
Aún seguía enamorado de la mujer Sutherland y ella no estaba dispuesta a sufrir de nuevo por amor, así que los sentimientos que pudiera albergar por su laird quedarían relegados a un lugar oculto en su corazón.
―A él también le gustas ―respondió Nara―. Puede que siga enamorado de ella, pero tú le gustas también.
―Que le guste estar conmigo no significa que sienta algo por mí. Le gusto como amiga, pero nada más.
―¿Es que sigues enamorada de John? ―preguntó Nara con suavidad― Lo siento, no sabía...
―John siempre tendrá un lugar muy especial en mi corazón, pero ya he superado su pérdida ―la interrumpió ella―. Me prometí que no volvería a fijarme en un soldado porque no quiero volver a sufrir, es todo.
―Mi hermano no es un soldado cualquiera. Es el Deamhan Dubh , el soldado más temido de las Highlands.
―Y tiene demasiados enemigos, también. Aunque me gustara, que no lo hace, estaríamos mejor como amigos, créeme.
―De acuerdo, no insistiré más. Es solo que me agradaba mucho la idea de que te convirtieras en mi hermana de verdad.
―Tú y yo siempre seremos amigas, Nara. Siempre estaré a tu lado, pase lo que pase.
―No puedes prometerme eso. Algún día te casarás, y puede que lo hagas con alguien de otro clan. Tendrás que marcharte con él y romperás tu promesa.
―Aunque viva en otra parte seguiré siendo tu amiga, y si me necesitas solo tendrás que escribirme. Vendré inmediatamente, lo prometo.
Nara la abrazó y no se separó de ella hasta que llegó la hora de regresar a la herrería. Había pasado demasiado tiempo alejada de casa, era hora de volver a su vida normal.