El demonio Sutherland Capítulo 22
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Capítulo 22

A ilis se despertó siendo ya noche cerrada.

Se lavó la cara en la jofaina, se cambió de vestido (Nara había insistido en traer algunos de su casa cuando se negó a abandonar a su laird a su suerte) y salió de la habitación para ver cómo estaba Keir y mandar a Tavish a la cama.

Tuvo que pasarse la mano por los ojos cuando vio a Glenn Sutherland caminar por el pasillo en dirección a la escalera.

―Buenas noches, muchacha ―la saludó―. ¿Has dormido bien?

―¿De veras eres Glenn Sutherland? ―insistió.

―¿No sabías que veníamos de camino?

―Nadie me dijo nada.

―Tavish nos escribió cuando hirieron a Keir y vinimos lo antes posible. Vamos a hacerle ver a esos desgraciados que quien se mete con uno de los hermanos Sutherland se está metiendo con todos. ¿Has comido?

―Antes de irme a dormir.

―Sigue durmiendo entonces, Ahora Dun se está ocupando de Keir.

―Tavish me ha mandado a dormir mucho antes de la cena, no podría volver a dormirme aunque quisiera.

―En ese caso hazme compañía. Voy a ver si encuentro algo para comer, estoy famélico.

―¿Será suficiente un poco de pan y un trozo de queso?

―Si es acompañado de una jarra de cerveza...

―Deberás conformarte con hidromiel. Aún no hemos podido conseguir cerveza.

―No es lo mismo, pero servirá. Vamos.

Glenn precedió a Ailis hasta la cocina. Insistió en que la mujer se sentara en uno de los taburetes que había bajo la mesa y entró en la alacena para buscar él mismo algo para comer.

―¿Qué demonios es esto? ―preguntó.

―Seguramente te refieres a la ruta de escape de Nara ―respondió, pensando que había encontrado la puerta secreta.

―¿Por esa pequeña rendija escapaba mi hermana de ese malnacido?

―No es tan pequeña. Yo soy más grande que Nara y escapaba por ahí cuando venía a verla a escondidas. George no quería que nadie supiera de su existencia y no la dejaba salir por miedo a que sus enemigos la descubriesen.

―Y tú te colabas en el castillo para hacerle compañía.

―Cuando conocí a Nara estaba escondida en el sótano de Teasagh, llorando.

Me encerré con ella y la calmé hasta que se quedó dormida, y desde entonces siempre que tenía que hacerlo yo la acompañaba.

Pero odiaba pensar que estaba indefensa al regresar al castillo, así que busqué la manera de colarme en él para estar con ella.

―¿Cómo supiste de la existencia de la puerta secreta?

―No me colé por ahí, lo hice con el carro de la madera. Recorrí todo el castillo buscándola, pero no había ni rastro de ella. Iba a regresar a casa cuando escuché su voz cantando la nana que yo le había enseñado subir por las escaleras de los calabozos.

―¿La tenía encarcelada?

―Sí. Hacía tanto frío que lo sentí hasta en los huesos. Estaba helada y asustada, pero también decidida a encontrar a la niña del castillo. Cuando llegué a su celda, Nara me miró con sus enormes ojos verdes y sonrió como si estar encerrada en una celda fuera la cosa más normal del mundo.

―Maldito desgraciado...

Ailis vio al guerrero apretar los puños sobre la madera de la mesa y quiso tranquilizarlo.

―Ella no pasaba frío ―explicó―. A todas luces la celda parecía otra habitación cualquiera del castillo, y la cama contaba con gruesas mantas.

Recuerdo que en el centro de la celda había un cubo lleno de brasas que la hacía mucho más cálida.

Más tarde descubrí que fueron Teasagh y su esposo los encargados de transformar la celda en un lugar agradable para ella.

―Me gustaría que me los presentaras mañana para poder darles las gracias por todo lo que han hecho por ella.

―Neris falleció hace unos años, pero te presentaré a Teasagh cuando venga al castillo. Todos los días se encarga de preparar un caldo para Keir.

Estaban tan enfrascados en la conversación que no se dieron cuenta de la figura que se mantenía de pie a duras penas en el dintel de la puerta. Glenn se sobresaltó y echó rápidamente mano a su dirk ​ [7] , pero maldijo soltándolo cuando se dio cuenta de que no era otro que Keir.

―¿Se puede saber qué demonios haces levantado de la cama? ―le regañó.

―Llevo demasiado tiempo postrado como un inútil, Glenn. Solo quería tomar un poco de agua y la jarra de mi habitación está vacía.

Ailis se levantó inmediatamente para servirle un vaso de la jarra, pero Keir puso la mano sobre su hombro y volvió a sentarla.

―Puedo hacerlo yo mismo, sigue con tu charla ―dijo.

―Déjame ver si tienes fiebre.

Ailis levantó la mano para ponerla en la frente de su laird, pero él la apartó de un golpe, sorprendiéndoles tanto a ella como a Glenn. Ailis se levantó de la mesa y, deseándole buenas noches a ambos, se marchó a la habitación de Nara, pues era demasiado tarde para volver sola a casa.

―¿No te parece que has sido demasiado brusco con ella? ―espetó Glenn.

―¿Y no te parece que tú estabas siendo demasiado amable?

Glenn le miró con los ojos como platos, y sonrió de oreja a oreja al comprender lo que ocurría. ¡Su hermano estaba celoso!

―Es una mujer muy hermosa ―le picó―. Puede que termine por animarme como Dun y la convierta en mi esposa.

―Adelante... Hazlo... Aunque dudo mucho que ella quiera marcharse de aquí.

Keir no podía engañarlo. Podía ver perfectamente la vena de su cuello hincharse hasta casi estallar, y apretaba los dientes aunque intentara aparentar estar tranquilo. La mujer le gustaba... aunque aún no estaba dispuesto a admitirlo delante de él.

―¿Por ti? ―preguntó.

―Por su familia, idiota. Está muy unida a sus padres y a su hermano, por no decir que Nara y ella son como hermanas.

―Me ha contado algo hace un rato.

―¿Qué te ha contado?

―Cómo conoció a Nara. ¿Sabías que ese desgraciado la tenía encerrada en una celda? Si no estuviera muerto te juro que lo mataría con mis propias manos.

―No lo sabía, Nara no me lo dijo ―susurró Keir.

―Al parecer una mujer de la aldea se encargó de adecentarla para que pareciera una habitación de verdad. Incluso le pusieron un cubo con brasas para calentarla.

―Pero aun así ha debido pasarlo realmente mal ―terminó por él su hermano.

―Cada vez entiendo menos la personalidad de esa niña. ¿Cómo puede sonreír después de todo lo que ha tenido que sufrir?

―No lo sé, pero te juro que de ahora en adelante me encargaré de que no vuelva a dejar de hacerlo. Este será un duro invierno, pero cuando llegue la primavera todo cambiará.

―¿Cómo van las cosas?

―Hemos conseguido almacenar suficiente alimento para pasar el invierno, pero a duras penas. Las mercancías que enviasteis han sido nuestra salvación, te lo aseguro. Alistar, uno de los granjeros, cuida a las dos vacas con tanto celo que nadie se atreve a acercarse a ellas.

―Cuando llegue la primavera podrás comprar más ganado en Inverness. Por cierto, ¿cómo están las arcas del clan?

―Completamente vacías. He hablado con Dun para que me envíe todo el dinero que hay en mi caja fuerte en Dornoch cuando llegue el deshielo.

Por suerte no gasté mucho de lo que gané trabajando para el rey.

Con eso podremos aguantar hasta que logre convertir esta aldea en un puerto pesquero medianamente decente.

―La pesca no siempre es buena, hermano.

―Esta es una región rica en recursos ―sonrió―. Ailis me mostró una cueva de calcita que podemos explotar, y su padre extrae hierro de una mina a pocos días de aquí. He ido con él y es enorme, podremos sacar también provecho de ella.

―Veo que has pensado en todo...

―Soy un Sutherland, ¿qué esperabas?

―No menos que eso, desde luego. ―Glenn se levantó y se acercó a la silla de su hermano―. Vamos, te ayudaré a meterte en la cama, parece que vuelves a tener fiebre.

―No me siento mal.

―Tal vez, pero tu cara se ha puesto roja como un tomate.

Keir se dejó ayudar por su hermano. Duncan se había quedado dormido en el sillón junto a su cama, por lo que había podido aprovechar para escapar de sus cuidados.

Adoraba a sus hermanos, pero cuando se trataba de cuidarse los unos a los otros podían llegar a ser agotadores.

Glenn le ayudó a meterse en la cama y vertió en una cuchara las gotas de jarabe de quinina que Roderick le había preparado para bajar la fiebre.

Keir las tomó de mala gana, porque el sabor era espantoso, y se tragó después un gran vaso de agua.

Glenn mandó a Duncan a dormir y se sentó en su lugar para vigilarle mientras descansaba.

―Te gusta la chica, ¿verdad? ―dijo al cabo de un rato.

―¿No decías que te gustaba? ―preguntó Keir con una ceja arqueada.

―Lo he dicho para fastidiarte. Quería que confesaras que te gusta, pero eres más terco que una mula.

―No sé si lo que siento por ella es deseo o algo más ―confesó―. Calienta mi sangre como nunca antes había logrado hacerlo Mai, pero ¿amor? No lo creo, aún no he superado el rechazo de Mai.

―Mai está casada ―confesó Glenn―. A las pocas semanas de tu marcha su padre la casó con un Munro y vive ahora en sus tierras.

―Así que era yo el verdadero problema... ―Rio sin ganas―. Parece que no la conocía realmente, ¿no te parece?

―Por eso deberías olvidarte de ella y pensar en ti. Ailis parece tenerte afecto, hermano. Tavish me contó que no se ha separado de tu lado ni un solo momento desde que recibiste esa flecha por él. A todo esto... ¿en qué demonios estabas pensando?

―No pensé ―reconoció―. Vi la flecha cruzar el aire en su dirección y te juro por Dios que no pensé.

―Padre nos entrenó a todos por igual ―insistió Glenn―. Eres el mejor con la espada, eso te lo concedo, pero sabes que Tavish es ágil como una gacela. Habría esquivado la flecha sin esfuerzo y tú no te verías ahora en el estado en el que te encuentras.

―Deja de regañarme, me duele la cabeza.

―Y te juro por Dios que te dolerá el trasero cuando te recuperes, porque te voy a hacer aterrizar en el suelo tantas veces que no se te volverá a ocurrir interponerte entre una flecha y uno de nosotros.

―Te aseguro que lo haría mil veces si hiciera falta. Sois mis hermanos, ¿cómo pretendes que no intente protegeros?

―Eres el pequeño pero te comportas como si fueras el mayor de todos nosotros ―protestó Glenn―. Es nuestro deber protegerte a ti, no al contrario. ¿Estamos?