Capítulo 21
K eir tuvo fiebre durante la noche. Y también durante los tres días siguientes.
La herida había comenzado a tomar un color violáceo y Roderick decretó que la flecha estaba envenenada.
Seguramente Gregor y sus hombres habían embadurnado el astil de la flecha con algún tipo de veneno y su laird correría peligro hasta que el médico no averiguara el antídoto.
Ailis no se separó de su lado en ningún momento.
Cuando Nara se presentó en la puerta de su casa bien entrada la madrugada, llorando desesperada, no dudó un solo minuto en ayudarla.
Y desde aquel día había permanecido día y noche en el castillo, encargándose de cuidar a Keir mientras Tavish y sus hombres peinaban los terrenos colindantes para intentar dar con los desertores.
Tocó la frente de Keir y comprobó con preocupación que había vuelto la fiebre.
Cambió el agua de la jofaina por agua fresca y mojó el paño una vez más en ella para pasarlo por el pecho y los brazos de su laird.
Había repetido aquel proceso tantas veces que había perdido la cuenta.
A esas alturas, Ailis conocía de memoria cada lunar y cada cicatriz del pecho de Keir.
Debería haberse sentido avergonzada la primera vez que le vio sin camisa, pero la verdad es que estaba tan ocupada preocupándose por su herida que ni siquiera pensó en ello.
Levantó con cuidado el cuerpo inerte de la cama para cambiarle a una posición más cómoda.
Colocó algunas almohadas para poder mantenerle de lado y que no apoyara todo el peso de su cuerpo en la herida de la espalda, que había empezado a sangrar de nuevo.
Apartó la venda que Roderick había colocado la noche anterior y suspiró de alivio al comprobar que la sangre estaba limpia, que no contenía infección.
―Gracias a Dios ―suspiró―. Aguanta, ¿me oyes? No se te ocurra morirte ahora.
Para sorpresa de Ailis, Keir entreabrió los ojos y fijó su mirada vidriosa por la fiebre en ella. Abrió la boca para decir algo, pero el esfuerzo fue demasiado y terminó suspirando.
―Tranquilo, Roderick está buscando un antídoto para el veneno ―le dijo―. Pronto lo encontrará y te recuperarás.
―¿Veneno? ―preguntó Keir en apenas un susurro.
―La flecha estaba envenenada. Iré a traerte un poco de caldo. Las mujeres de la aldea se han estado turnando para ocuparse de que puedas alimentarte bien y han preparado caldo para todo un mes.
Ailis intentó levantarse, pero Keir la sujetó por la muñeca. Ella volvió a sentarse a su lado y tomó con suavidad aquella mano, apartándola de su brazo para cubrirla con la sábana.
―¿Por qué estás aquí? ―preguntó su laird.
―Tavish está buscando a quien te hizo esto.
―Ya sé dónde está mi hermano. ¿Por qué estás aquí, Ailis?
―Intento ayudar.
―Sé que no te has apartado de mi lado en todo este tiempo. ¿Por qué lo has hecho?
―Nara estaba muy preocupada y...
No pudo terminar la frase. Keir tiró de ella y la besó.
Fue un beso fugaz, apena un roce de labios que se prolongó demasiado tiempo para el corazón de Ailis.
Los labios calientes de Keir acariciaron los suyos con suavidad, la barba le hizo cosquillas en las mejillas, y el pulgar del guerrero acarició en círculos una zona muy sensible del cuello de la mujer.
Sintió su cuerpo arder, un cosquilleo desconocido hasta entonces subió desde su centro hasta todas las partes de su cuerpo, haciéndola gemir.
Se acercó inconscientemente al soldado tumbado en la cama, pero apretó la herida y le hizo gemir, despertando abruptamente de aquella ensoñación.
Se apartó de un salto de él y se dirigió a la puerta con la excusa de traerle un tazón de caldo caliente.
Cuando cerró la puerta a su espalda, se llevó los dedos a los labios y descubrió que los tenía hinchados.
Jamás la habían besado así. John nunca se había atrevido a besarla en otro lugar que no fuera la mano, quería esperar hasta el matrimonio para tener mayor intimidad.
A ella no le importaba, pues a fin de cuentas no sabía lo que se perdía.
Pero el beso de Keir Sinclair no podía compararse con nada.
Había sido suave, dulce, pero devastador.
Había despertado en su estómago algún tipo de sentimiento que era incapaz de explicar, pero que la hacía desear regresar a la habitación y continuar con lo que fuera que su laird estaba haciendo.
Sacudió la cabeza y se dirigió a las cocinas, donde Teasagh se encargaba de preparar la cena para los soldados. La miró con una sonrisa, y arqueó una ceja al darse cuenta de su estado.
―¿Te encuentras bien? ―preguntó.
―Solo estoy cansada ―mintió Ailis.
―¿Ha despertado nuestro laird?
―Muy brevemente, y he aprovechado para bajar por un poco de caldo, tal vez pueda tomárselo poco a poco.
―Te lo serviré en un momento. ¿Seguro que estás bien? Pareces acalorada. ―Puso la mano sobre su frente y negó―. No, no tienes fiebre.
―Ya te he dicho que estoy bien, Teasagh. Madre vino ayer mismo para asegurarse de que estoy comiendo bien. Una preocupación innecesaria, porque todos me obligáis a hacerlo.
―Ya que te has empecinado en ser la única en cuidar de él, bien podemos nosotras cuidar de ti ―protestó la anciana.
―No me he empecinado en nada, pero tú no tienes edad de estar cuidando enfermos, sino de que te cuiden a ti.
―Vamos, súbele esto a nuestro laird y haz que coma un poco ―dijo la mujer cambiando de tema―. Cuando se duerma baja a comer, no le ocurrirá nada por quedarse solo un rato.
―¿Hay noticias de los soldados?
―Nada aún ―suspiró―. Parece que se los ha tragado la tierra.
―Debe haber una explicación, no pueden haber desaparecido así porque así.
―Es lo que pienso yo.
La voz de Tavish llegó desde la puerta de la cocina. El guerrero se dejó caer en una silla con gesto cansado y tomó una rodaja de pan de una de las cestas que Teasagh preparaba para el almuerzo.
―Hemos buscado en cada rincón del bosque y de las montañas colindantes, pero no hay ni rastro de ellos ―explicó―. Deben tener un escondite, pero no hemos sido capaces de encontrarlo aún. ¿Cómo está mi hermano?
―Ha despertado hace un momento, voy a subirle la sopa a ver si logra tomarla por sí solo.
―Déjame a mí ―se ofreció el guerrero levantándose―. Deberías descansar un poco, tienes mal aspecto.
―Te lo he dicho ―protestó Teasagh.
―Estoy bien, pero te haré caso ―accedió ella―. Dormiré un poco en la habitación de Nara, avísame cuando vuelvas a marcharte.
―No vamos a salir más por hoy. La nevada ha empeorado y sería una pérdida de tiempo y de esfuerzo hacerlo. Deberías comer y regresar a casa, Ailis. Le diré a uno de los soldados que te acompañe.
―No me iré. Tú también tienes que descansar, Tavish. Has estado buscando sin descanso a Gregor y vas a terminar por caer enfermo también.
―Si mi hermano despierta y descubre que has enfermado por cuidarle me matará.
―Eres su hermano favorito ―rio ella―. Jamás haría tal cosa.
Tomó el plato de comida que Teasagh le ofreció y se dirigió a la habitación de Nara.
Dio buena cuenta del venado y las verduras, estaba famélica, y cuando terminó de comer se tumbó en la cama a descansar un poco.
Ni siquiera se dio cuenta de que Nara entraba en la habitación para llevarse el plato.
Apenas su cabeza tocó la almohada se quedó profundamente dormida.
––––––––
K eir abrió los ojos y encontró a Tavish sentado a su lado. Parecía recién llegado de patrullar, porque aún llevaba puesta la armadura, y tenía en la mano un tazón que acercaba a sus labios. Intentó incorporarse, pero el latigazo de dolor que sintió en el hombro le hizo desistir.
―Estate quieto, maldición ―protestó su hermano―. Vas a hacerte daño.
―¿Dónde está Ailis?
―La he mandado a dormir un poco, debe estar agotada después de curarte durante días.
―¿Por qué se lo has permitido?
―Porque no hay Dios que la haga volver a su casa. Es más cabezota que tú, que ya es decir.
Keir dio un sorbo a la sopa y se tumbó en la cama cerrando los ojos.
De repente le vino a la mente una imagen de él besándola, sujetándola por la nuca y pegando sus labios a los de la joven.
Su sabor era dulce, una mezcla de mermelada de arándanos y mantequilla recién hecha.
Se llevó los dedos a los labios y miró a su hermano con asombro.
―¿Qué te ocurre? ―preguntó Tavish― ¿Te sientes mal? Espera que te acerque un cubo.
―Yo... Creo que la he besado.
―No puede ser. Estabas inconsciente hasta hace un rato.
―Acabo de ver en mi mente cómo la besaba, Tavish. Y sé qué sabor tienen sus labios.
―Dios santo, Keir. ¿Tanto la deseas que fantaseas con ella? Acabo de verla en la cocina y no parece sorprendida ni conmocionada. Estaba muy cansada, eso sí, y aunque a regañadientes ha accedido a irse a la cama.
Keir suspiró y apuró el caldo del tazón para poder tumbarse de nuevo. El esfuerzo le había dejado agotado y sentía un dolor punzante en la herida, pero al menos parecía no tener fiebre. De momento.
―¿Roderick ha encontrado la cura? ―preguntó.
―Aún no. Ha probado varios antídotos, pero la herida sigue igual y tu fiebre no baja.
―No siento fiebre ahora mismo.
―Eso es porque has estado tomando infusiones de enebro y tomillo para bajarla. Hace dos noches casi me matas del susto, maldición. Tuvimos que meterte en agua helada porque nada conseguía hacer bajar tu temperatura.
―Te juro que mataré a ese desgraciado con mis propias manos. Se arrepentirá de haber intentado matar a mi hermano.
―¡Deberías haber dejado que la flecha siguiera su curso, cabezota! La había visto e iba a apartarme, ¡pero siempre tienes que hacerte el héroe!
―No voy a morir postrado en una cama, hermano ―rio Keir al notar la preocupación en la voz de Tavish―. Moriré en el campo de batalla o cuando sea un anciano.
―Morirás en mis manos la próxima vez que se te ocurra hacerme de escudo humano. Es más, creo que morirás en manos de Duncan en cuanto llegue.
―¿Has avisado a Dun? ―exclamó incorporándose de golpe.
―¡Por supuesto que le he avisado!
―¡Maldita sea, Tavish! ¡Estoy demasiado débil como para escuchar uno de sus sermones!
―Parece que no lo estás para gritar como un degenerado.
Keir se tapó los ojos con la mano y se dejó caer en la cama con un gemido cuando vio a su hermano mayor apoyado en el quicio de la puerta. Maldijo a Tavish por haberle avisado.
―Veo que no te alegras de verme ―protestó Duncan acercándose a la cama―. Lástima, vas a tenerme por aquí durante un tiempo.
―Regresa a casa, Dun ―pidió―. Estaré bien muy pronto.
―Es la primera vez que te veo postrado en una cama desde que llegaste a Dornoch. ¿De veras quieres que me crea esa patraña?
―Dime al menos que has venido solo.
―¿Bromeas? ―respondió Glenn desde la puerta, que llegó acompañado de Rory― Hemos venido todos.
―¿Padre y madre también? ―preguntó Tavish.
―Padre se ha quedado al cuidado de nuestro clan y madre se ha quedado con él ―explicó Duncan―. Mi esposa me habría acompañado, pero nuestra hija es demasiado pequeña para viajar en invierno.
―Solo es una herida de flecha ―insistió Keir.
―Envenenada ―recalcó Rowan―. Mataremos a quien sea que te ha hecho esto con nuestras propias manos.
Keir apretó los dientes y asintió. Sentía un nudo en la garganta que le impedía articular palabra.
Aquellos eran sus hermanos, su familia. Darían la vida por él, igual que él daría la suya por todos y cada uno de ellos.
Cerró los ojos y sonrió, quedándose dormido con el familiar sonido de sus voces llenando sus oídos.