El demonio Sutherland Capítulo 20
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Capítulo 20

L a noche de Samhain llegó y, con ella, la primera nevada del año.

Por suerte, habían conseguido recolectar comida suficiente para pasar un invierno medianamente aceptable.

Además, hacía unos días habían llegado varios carros de comida, enseres y algunos animales de parte de los Sutherland, entre los que se encontraban ropa de abrigo de todos los tamaños, mantas, trigo, avena, maíz, gallinas y pollos, una pareja de cerdos y otra de vacas.

Por otra parte, las reparaciones de la aldea habían terminado sin mayores incidentes y todo el mundo estaba listo para el frío invierno.

Ailis se puso su capa nueva de armiño (Nara se la había regalado de parte de los Sutherland en agradecimiento por todo lo que había hecho por ella) y se dirigió como cada mañana al castillo.

Desde que Keir había empezado a enseñar a los niños de la aldea ella se había ofrecido a echar también una mano, y se dedicaba a mostrar a las niñas algunas tareas básicas como coser un botón o pelar algunas verduras.

Aquel día tenía preparada una sorpresa: las enseñaría a sacar agua de la nieve fresca.

Sabía perfectamente que aquella actividad terminaría en una guerra de bolas de nieve, y estaba deseando que aquello ocurriera.

En cuanto llegó al castillo Sinclair, Nara se acercó a ella para abrazarla y la tomó del brazo para llevarla a la sala que el laird había habilitado para sus clases.

―Hoy daremos la clase al aire libre ―explicó deteniéndola―, y estoy segura de que te encantará unirte a nosotras.

―¿Qué haréis?

―Voy a enseñar a las niñas a sacar agua de la nieve recién caída. Pronto sus padres no las dejarán salir de casa y quiero que tengan un último día de diversión.

―Me parece una idea estupenda, iré con vosotras.

―¿A dónde vais?

Ailis se volvió hacia Tavish Sutherland con una sonrisa.

Con el paso del tiempo había descubierto que era un hombre encantador, atento y responsable.

Su laird confiaba plenamente en él, y aunque al principio Ailis había pensado que lo hacía porque eran familia, con el tiempo descubrió que Tavish se había ganado esa confianza por sus actos, y no por los lazos familiares.

―Ailis va a llevar a las niñas afuera para que puedan jugar con la nieve después de su clase de hoy ―explicó Nara―. ¿Nos acompañas?

―Me dirijo al campo de entrenamiento en este momento, pero me uniré a vosotras en cuanto termine.

―¿Cómo van los entrenamientos de los nuevos soldados? ―preguntó su hermana.

―Los Sinclair son inexpertos, pero tienen ganas de aprender y son perseverantes. Están teniendo buenos resultados antes de lo que Keir y yo esperábamos, lo que es una satisfacción para todos. Debo marcharme, los soldados me esperan.

El hombre revolvió el cabello de su hermana con cariño.

―Pórtate bien y no le des problemas a Ailis, ¿de acuerdo? ―advirtió.

―¡Siempre soy buena! ―se quejó Nara.

Tavish sonrió y se alejó hacia la puerta. Nara volvió a engancharse del brazo de su amiga y caminaron hasta el patio de atrás, donde estaban los abrevaderos. Las niñas ya se encontraban allí, resguardadas de la nieve bajo el techado que servía para cubrir los utensilios de lavar la ropa.

La clase terminó antes de lo que Ailis hubiera querido.

Una bola de nieve voló de alguna parte y se estampó de llenó en su espalda.

Cuando se volvió descubrió con sorpresa que no era otro que su laird, que se carcajeaba a pocos metros de ella, el artífice del ataque.

Los niños que debían estar aprendiendo con él se encontraban a su espalda, riendo como pequeños diablillos endemoniados.

―Lo siento ―dijo el laird entre jadeos―. La bola de nieve iba dirigida a...

No le dio tiempo a decir ni una palabra más. Ailis preparó rápidamente una bola de nieve que no tuvo ningún reparo en lanzarle, causando sorpresa en todos los niños presentes.

―Yo también lo siento, laird ―respondió con una sonrisa malévola―. Se me escapó.

―¿Se te escapó? ―Keir arqueó una ceja agachándose lentamente para hacerse con otra bola de nieve― ¿En serio?

―¿Has terminado con tus clases, hermano? ―preguntó Nara, intentando distraer a Keir.

―Hace rato ―respondió sin apartar la mirada de Ailis―. Tavish me dijo que ibais a jugar con la nieve y pensé en unirme a la diversión. ¡Ya!

Al grito de su laird, los niños comenzaron a tirar bolas de nieve hacia las niñas.

Pronto el patio se convirtió en un revuelo de bolas de nieve, risas y diversión.

Tavish se unió a la pelea poco después y terminó sepultado por una montaña de nieve cuando Keir le ordenó a los pequeños atacarle en pelotón.

Fue un auténtico caos, Ailis terminó completamente empapada y vio por el rabillo del ojo que el cabello de Nara se había soltado de su peinado.

Jadeaba, pero no podía borrar la sonrisa de sus labios. Tenía la mirada fija en Keir, que la acechaba con una enorme bola de nieve en la mano. Daban vueltas alrededor uno del otro cuando, de repente, su laird dio un salto y cubrió a Tavish con su cuerpo, recibiendo una flecha en el hombro.

Ante el grito de guerra de Tavish, un centenar de soldados aparecieron de la nada.

Agruparon a todos los niños y las mujeres y los apresuraron a entrar al castillo, pero Ailis se retorció para intentar llegar hasta Keir.

Su corazón se había detenido cuando vio la punta de la flecha atravesar su hombro derecho.

―¡Suéltame, maldición! ―protestó― ¡Tengo que ver la herida!

―¡Estate quieta, mujer! ―Era Ryan, uno de los soldados―. ¡Debo ponerte a salvo para poder ocuparme de él!

―¡Ve a buscar a quien ha hecho esto! ¡Va a escapar, maldita sea!

―Ya hay hombres en su busca, ¿acaso crees que nos entrenamos ayer?

Aunque reticente, Ailis se dejó llevar hasta la mansión. Poco después Tavish apareció con Keir colgado del hombro. Parecía estar dolorido, pero se dejó caer en una silla y no consintió subir a su habitación.

―¡Deberías esperar al médico, maldito cabezota! ―protestaba Tavish.

―He dicho que no es necesario. Parte el astil para que pueda sacarla.

―¿Para causarte un daño mayor? Olvídalo, no pienso hacer nada hasta que llegue Roderick.

―¿Le has mandado llamar?

―¡Pues claro que lo he mandado llamar! ¿Acaso crees que estás en el campo de batalla? Si te sacas la flecha así te...

No le dio tiempo de terminar la frase. Keir ya había roto el astil de la flecha y se dirigía hacia la pared para dejar caer todo su peso sobre ella y sacar el resto.

Ailis tuvo que sujetarse a la silla para no desmayarse.

Solo de pensar en el inmenso dolor que debía haber sentido... No quería ni imaginarlo.

―He recibido heridas peores que esta ―explicó Keir al ver su rostro blanquecino―. No es para tanto.

―Déjame al menos que limpie la herida mientras llega Roderick ―se ofreció Ailis.

Keir asintió y permitió que dos de sus soldados le subieran a la habitación. Se sentó en el borde de la cama a la espera de la llegada de Ailis, que lo hizo poco después con una pequeña bolsa en la mano.

―Suelo tener algunas medicinas aquí por si algún niño se hace daño ―explicó―. Creo que servirá por el momento. ¿Puedes quitarte la camisa?

Keir lo intentó, pero el movimiento le produjo tanto dolor que siseó con los dientes apretados.

Ailis le sorprendió acercándose a él y desprendiéndose de la prenda por él.

Estaban cerca, demasiado cerca para su paz mental.

Con el paso del tiempo había empezado a desearla, y aquella cercanía le provocó unas irrefrenables ganas de besarla.

Pero aquellas ganas quedaron en el olvido cuando la joven presionó un trozo de venda sobre la herida.

―Aún está sangrando ―explicó ante el exabrupto del hombre―. Debo parar la hemorragia. Nara, ¿puedes traer un balde con agua y jabón? Quiero lavar la herida para evitar infecciones.

―Claro que sí.

Ni siquiera se había percatado de que su hermana se encontraba con ellos en la habitación.

Levantó la mirada y se perdió en la plata líquida de los ojos de la muchacha, que estaba concentrada en su tarea.

Sus labios, jugosos como peras maduras, estaban entreabiertos por la concentración, y la punta rosada de su lengua sobresalía ligeramente entre ellos.

Dios... quería besarla. Quería sujetarla de la nuca, hundir la lengua en su boca y tumbarla en aquella cama para hacerle el amor hasta que se quedaran sin fuerzas. ¿Qué demonios le pasaba?

―Esto va a doler ―advirtió Ailis―. Lo lamento.

Limpió ambas heridas, la de entrada y la de salida, con agua con jabón, arrastrando cualquier rastro de suciedad que pudiera haber con un trozo de tela limpia.

Keir no dejó escapar un solo sonido, pero sus músculos estaban tensos y tenía los dientes apretados.

Ailis se mordió el labio, lamentando hacerle daño.

Pero era necesario limpiar bien la herida antes de que Roderick la cosiera, porque iba a necesitar puntos.

Una vez hubo limpiado la herida y la piel de alrededor, presionó nuevamente un trozo de trapo limpio contra el orificio de salida, que era el que más sangraba.

―Nara, cubre la herida de atrás ―ordenó―. Debes hacer un poco de presión, ¿de acuerdo? Necesitamos detener el sangrado.

―Estoy bien ―protestó Keir―. Estoy perfectamente, pero si seguís apretándome así voy a terminar desmayándome de dolor.

―Eres el Deamhan Dubh ―bromeó Ailis fijando su mirada en la de él―. ¿Vas a decirme que una simple herida de flecha puede tumbarte?

―No va a tumbarme la herida, mujer.

―¿Entonces qué?

Keir la sorprendió sujetándola de la nuca y acercando la boca a su oído, tan cerca que podía sentir su respiración en el cuello. Ailis se estremeció.

―Van a matarme las ganas que tengo de besarte, muchacha ―susurró Keir―. Te aseguro que si mi hermana no estuviera aquí lo habría hecho hace rato.

Ailis le miró con los ojos como platos y se apartó abruptamente de él, pero recordó la herida y regresó a su lado, aunque asegurándose de alejarse todo lo que pudiera.

Su corazón latía desbocado, sentía la sangre bullir en sus venas y sus labios hormiguearon al imaginar aquel beso.

El calor subió por su cuerpo y sus mejillas se sonrojaron ante aquella visión.

Por suerte Roderick llegó en aquel momento acompañado de Neris y pudo escapar de aquella habitación. Nara la seguía mirándola con curiosidad, y Ailis aligeró el paso para marcharse del castillo, pero su amiga tiró de su brazo y la metió en su propia habitación.

―Nara, debo irme ―protestó.

―No hasta que me digas qué te ha dicho mi hermano hace un rato.

―No me ha dicho nada.

―¿Acaso crees que soy tonta? Te ha dicho algo al oído para que yo no lo escuche.

―Solo estaba bromeando, no le hagas caso.

Ailis se acercó a la jarra de agua fresca que su amiga tenía sobre la mesa de café y se sirvió un vaso.

―Le gustas ―soltó Nara, haciendo que Ailis se atragantara con el agua.

―¿Qué has dicho?

―He dicho que le gustas a Keir.

―Tonterías.

―No son tonterías. Le he atrapado muchas veces mirándote a escondidas, cuando sabe que no te das cuenta. Sonríe como un tonto cuando lo hace, y Tavish dice que no lo ha visto nunca así, ni siquiera con Mai.

―¿Quién es Mai?

―La mujer con la que Keir quería casarse, pero ella le rechazó cuando le confesó que el rey le había nombrado laird de los Sinclair.

―Qué mujer más tonta...

―¡A ti también te gusta! ―exclamó su amiga riendo.

―¡Claro que no!

―¡Claro que sí, Ailis! ¡Te has puesto roja!

―Eso es porque aquí hace mucho calor. ¿Acaso no sabes que hay que administrar bien la madera?

―La chimenea está en ascuas, así que no me cambies de tema. Has dicho que Mai es tonta por rechazar a Keir.

―Por supuesto que lo es. Si Keir pensaba casarse con ella es porque se amaban. Si el hombre que amas te pide matrimonio le dices que sí, tengas o no que mudarte a otro clan con él.

―¿Tú lo harías?

―Me habría mudado al Infierno con John, Nara. Tu hermano me agrada, y no voy a negar que es un hombre increíblemente apuesto, pero mi corazón todavía sufre por John.

―Lo siento, no quería ser insensible. Es solo que me hubiera encantado ser tu hermana.

Ailis abrazó a su amiga con cariño. No le había contado toda la verdad.

Aún seguía amando a John, pero Keir la hacía sentir cosas que nunca pensó en volver a sentir por un hombre.

Cuando le confesó que quería besarla, Ailis realmente deseó que lo hubiera hecho.

Pero no debía olvidar que él era el conde de Caithness y ella solo era la hija del herrero.