Capítulo 19 #2
―Has hecho bien, es muy peligroso salir sola de la aldea, mucho más de noche ―asintió Ailis.
―Regrese a casa por si Mervin regresa ―ordenó Keir―. Mis hombres y yo le buscaremos.
―Vamos, me quedaré contigo hasta que regresen ―se ofreció Ailis―. Te prepararé un vaso de leche caliente con melisa para que te calmes.
Keir corrió hacia el castillo. En cuanto expuso la situación, todos los aldeanos se ofrecieron a buscar al niño, que había quedado huérfano cuando apenas era un bebé.
Keir pensó que, dado que se sentía excitado por ir a pescar al día siguiente, lo más seguro era que hubiera ido a la ensenada.
Se dirigió hacia allí seguido de algunos hombres, pero no logró verlo por ninguna parte.
Estaba a punto de darse la vuelta cuando el llanto del pequeño logró escucharse a través del sonido de las olas.
―¡Maldita sea!
Corrió hacia la cueva que había descubierto con Ailis. El pequeño se encontraba sentado en la roca, sujetándose las rodillas mientras lloraba. La marea había subido y era imposible que pudiera salir de allí, pero parecía estar ileso.
―¡Mervin! ―gritó, y el niño le miró con sorpresa― Voy a sacarte de ahí, ¿de acuerdo? No te muevas.
―¡Las olas son muy fuertes, señor!
―No tengas miedo y quédate quieto, estaré ahí en un momento.
Ignorando las advertencias de sus hombres, Keir se adentró en el agua.
Nadó hacia la entrada de la cueva, se agarró a la roca y se impulsó hacia arriba para poder llegar hasta el niño.
Su pierna herida chocó contra las rocas produciéndole una punzada de dolor, pero lo ignoró y subió hasta que estuvo junto al pequeño.
Mervin se abrazó a su cuello en cuanto Keir se agachó a su lado y rompió a llorar de nuevo.
―Ya está... estás a salvo...
―Solo quería coger unas caracolas para mamá ―sollozó Mervin―. Quería darle una sorpresa. Escalé por la roca porque en aquella parte son más grandes, pero el agua empezó a subir y...
―Deja de preocuparte, todo está bien ahora.
―¿Cómo vamos a salir, laird? Ha tenido que venir nadando y yo no sé nadar.
―Te enseñaré a nadar, ¿de acuerdo? Por ahora solo tienes que quedarte en mi espalda y agarrarte a mis hombros. A mis hombros, no a mi cuello, o de lo contrario me ahogarás y ambos moriremos, ¿de acuerdo?
El niño asintió solemne y Keir se puso en cuclillas de espaldas a él para cargarlo en la espalda.
Mervin envolvió sus pequeñas piernas en la cintura de Keir, que se deslizó hasta el agua y comenzó a nadar hasta la orilla.
En cuanto estuvieron cerca, los soldados se apresuraron a ayudarlos, y una hora después de que se encontraran con Rhona su pequeño estaba en casa.
―¡Dios santo, mi hijo! ―lloró la mujer, arrodillándose junto a él para abrazarle― ¿Dónde demonios te habías metido? ¿Por qué has salido de noche? ¡Te voy a...
―Rhona ―la interrumpió Keir―, yo me encargo.
―No quiero molestarle, laird.
―Es mi obligación como señor de estas tierras ocuparme de todos sus habitantes, incluidos los niños. ¿Puedo...
―Por supuesto, laird.
Keir se alejó con Mervin hasta un árbol cercano.
Estaban lo suficientemente cerca como para que Ailis y Rhona pudieran verlos, pero no era posible escucharlos.
Keir sentó al pequeño sobre una enorme roca y empezó a hablar paseándose de un lado a otro con las manos sujetas a la espalda.
Parecía realmente calmado, pero a cada palabra el niño agachaba más y más la cabeza, visiblemente avergonzado.
―¿Crees que le pegará? ―preguntó Rhona sin apartar la mirada de su hijo.
―Se merece unos buenos azotes por lo que ha hecho ―respondió ella.
―Lo sé, pero ha crecido sin un padre que lo guíe y es tan pequeño...
―Parece que no va a hacerlo ―señaló Ailis al verlos acercarse.
―A partir de mañana Mervin vendrá todas las mañanas al castillo para aprender a leer y escribir ―dijo Keir―. Cuando termine sus lecciones podrá ir con Rory a la playa, pero no antes.
―Como ordene, laird ―dijo Rhona.
―¿Nadie se encarga de enseñar a los niños a leer y escribir en la aldea? ―preguntó su laird.
―Antes lo hacía Hamist, pero es demasiado viejo y apenas ve ―respondió Ailis.
―En ese caso, yo mismo me ocuparé. ¿Puedo pedirte un favor, Ailis?
―Por supuesto.
―Mañana, antes de marcharte al bosque, reúne a todos los niños y llévalos al castillo. Es muy importante recolectar comida, pero también mantener a los niños ocupados para que sus padres puedan hacerlo.
―Gracias por todo, laird ―agradeció Rhona―. Estaré siempre en deuda con usted.
―No me des las gracias, es mi deber como vuestro laird.
Keir y Ailis se dirigieron hacia la herrería sin mediar palabra. Ailis no dejaba de mirarle, y al final Keir tuvo que sonreír ante su escrutinio.
―¿Por qué me miras tanto? ―preguntó.
―¿Por qué no le has dado una azotaina? Se la tiene bien merecida.
―El niño solo quería hacer feliz a su madre encontrando algunas caracolas para comer. Estaba asustado y tenía frío cuando lo encontré, creo que ya ha aprendido la lección.
―¿Qué le has dicho entonces?
―Oh, eso... Le he dicho que ahora es el hombre de la casa, que es responsable de su madre y que no puede andar haciendo travesuras y preocupándola. Que los hombres protegemos a las mujeres, no les causamos dolor. Parece que lo ha entendido.
―Vaya... Jamás pensé que el Deamhan Dubh disciplinara a sus hombres con palabras.
―A mis hombres no, Ailis, solo a los niños. A mis hombres los disciplino con trabajo duro... y algún que otro revolcón en el polvo.