Capítulo 19
A quella noche también comieron en el patio del castillo.
Esta vez fue el jabalí que los atacó el que fue asado.
Cuando Ailis llegó, vio a su laird apoyado contra el tronco de un árbol charlando animadamente con dos de sus hombres.
A primera vista parecía estar bien, pero el blanco de la venda que cubría su pierna derecha destacaba en la oscuridad de aquella noche sin luna.
Casi sin darse cuenta estaba dirigiéndose hacia él, que fijó su mirada intensa en Ailis cuando se percató de su cercanía.
Sus hombres sonrieron, palmearon la espalda de su laird como si fueran viejos amigos de correrías y se alejaron para mezclarse con la gente del pueblo.
―¿Cómo está tu pierna? ―dijo Ailis cuando estuvo cerca de él.
―¿Estás preocupada por mí, mujer? ―respondió Keir arqueando una ceja.
―¡Por supuesto que no! Es solo que te heriste por tratar de salvarme, me siento culpable, nada más.
―Se ha infectado. Roderick piensa que tendrá que cortármela.
―¡No es posible! ―exclamó ella acercándose e intentando sujetarle la pierna, pero él se lo impidió― Puse cola de caballo sobre la herida como él me enseñó y...
―Estaba bromeando, Ailis ―la interrumpió Keir―. Solo estaba burlándome.
Ailis se incorporó, enderezó la espalda y le miró con fastidio. Realmente había creído que la herida se había infectado. ¡Su laird era un hombre horrible!
―Si ya ha terminado de burlarse de mí, laird, me marcho ―espetó dándose la vuelta.
―Vaya... volvemos a los formalismos.
―¿Perdón?
―Empezaste a tutearme cuando estábamos sobre aquella rama, ¿y ahora te retractas?
―Yo no le tuteé en ningún momento, laird. Yo...
―Me tuteaste ―insistió Keir dando un paso hacia ella―. Y acabas de tutearme cuando me has preguntado por mi herida. ¿Va a resultar que eres tú quien necesita las atenciones de Roderick porque estás perdiendo la memoria?
―Si lo hice, lo siento mucho. No era mi intención hacerlo.
―Oh, pero me gustó que lo hicieras. Todos en el pueblo andan con pies de plomo a mi alrededor, ha sido refrescante que tú no lo hagas, aunque solo haya sido por unos breves momentos.
―Sus hombres no caminan con pies de plomo a su alrededor, laird. Y tampoco sus hermanos.
―Ellos no cuentan. Mis hermanos son mi familia, y mis soldados me conocen desde que llegué a Dornoch siendo niño, nos hemos criado juntos.
―Tal vez debería tener un poco de paciencia. Dicen que es una virtud, pero al parecer usted carece de ella.
―Tienes razón, muchacha. Debería tener paciencia y esperar que confiéis en mí, pero vosotros ni siquiera lo intentáis.
―¡Eso no es cierto! Nos estamos esforzando mucho por aceptar a los Sutherland, aun después de que hemos sido enemigos durante años.
―La enemistad no tenía nada que ver con el clan.
―Sin embargo, fuimos los únicos que pagamos las consecuencias.
Keir se mordió el labio para no responder, porque Ailis tenía toda la razón. Siempre, en cualquier enfrentamiento bélico, los que pierden no son los gobernantes, sino la gente corriente que depende de ellos.
―Tienes razón, y lo lamento ―la sorprendió diciendo―. Lamento que muchos de los tuyos hayan perdido la vida en una guerra que no tenía nada que ver con vosotros.
―Mi prometido fue uno de ellos ―susurró Ailis, sentándose a su lado―. Murió en la batalla de Clynetradwell defendiendo unos ideales que no compartía.
―¿Puedo saber su nombre? Tal vez...
―No merece la pena hurgar en el pasado, laird ―le interrumpió―. Los únicos culpables de su muerte han fallecido, es lo único que importa.
―¿Has comido? ―preguntó Keir, cambiando de tema al ver que la muerte de su prometido era dolorosa para ella.
―Aún no.
―Vamos, te serviré un poco de carne. Teasagh ha preparado una sopa de setas que está deliciosa, te serviré también un poco.
―Usted es el laird, ¿y va a servirme comida?
―Ahora mismo no soy el laird, Ailis. Solo soy un hombre intentando hacer sentir mejor a una mujer.
Ailis lo miró y se vio reflejada en aquellos ojos cristalinos.
La luz del fuego bailaba en sus iris y hacían que se vieran dorados, pero ella sabía que realmente eran tan verdes como los campos de brezo.
Su corazón se aceleró ante las palabras de Keir, pero carraspeó y continuó caminando hacia donde estaban los soldados que se encargaban de repartir la comida.
―Agradezco el ofrecimiento, laird ―dijo―, pero con que me sirvan sus soldados me bastará. Debería relacionarse con otros Sinclair, tiene muchas lealtades que ganarse.
Keir asintió, sonrió abiertamente y se dio la vuelta para acercarse, como ella había aconsejado, a algunos de los ancianos del clan.
Se sentó con ellos, charló e incluso les ofreció comida, pero en ningún momento desvió su atención de ella.
Se sentía tan nerviosa por su escrutinio que, en vez de alejarse de él, terminó sentada muy cerca, tanto que podía escuchar la conversación que mantenía con Fergus y Hamist.
―¿Has pensado en casarte, muchacho? ―dijo Fergus― Un laird necesita una esposa a su lado.
―Y un heredero, Fergus ―asintió Hamist―, alguien tiene que ocuparse del clan cuando nuestro laird muera.
―¿Acaso no ves lo joven que es, viejo cascarrabias? Aún falta mucho para que el muchacho muera.
―Aún no he pensado en casarme ―les interrumpió Keir con risa en la voz―, primero debo ocuparme de preparar el clan para el invierno.
―Por supuesto, muchacho, eso es lo más importante ―concordó Fergus―. Tu padre jamás se preocupó ni un ápice por su gente, me alegra que seas diferente a él.
―El único padre que he conocido en mi vida ha sido Murray Sutherland, señor ―respondió Keir―. George Sinclair solo fue el hombre que me engendró.
―Me disculpo por no haber podido haber hecho nada por ti en aquel entonces, muchacho ―añadió Fergus―. Deberíamos haberte protegido, pero teníamos demasiado miedo para intentarlo.
―Es un peso que siempre llevaremos en el corazón, laird ―asintió Hamist.
―Si lo que sufrí a manos de mi padre sirvió para que protegieran a mi hermana tan bien, me doy por satisfecho.
―Nara es la persona más dulce de toda Escocia ―concordó Fergus―. Es cariñosa y amable, y todo se lo debemos a Teasagh y a Norris, que en paz descanse.
―Debes buscarle un buen marido, muchacho ―aconsejó Hamist―, uno que la trate como merece durante el resto de su vida.
―Ella no quiere casarse y no voy a obligarla a hacerlo.
―¿Quiere tomar los hábitos? ―preguntó Hamist con curiosidad.
―Quiere permanecer soltera, eso es todo.
―¿Dónde se ha visto semejante calamidad? ―exclamó Fergus llevándose las manos a la cabeza― ¿Una mujer sin marido?
―Entiendo su punto de vista ―respondió Keir encogiéndose de hombros―. Pero confío en que, con el tiempo, terminará por cambiar de opinión.
―¿La casarás con alguno de tus soldados?
―La casaré con quien quiera que ella elija como pareja de vida. No me interpondré en sus deseos a menos que el elegido sea un criminal, por supuesto.
―Como podéis ver, tengo el mejor hermano que una mujer puede desear ―añadió Nara, acercándose y entregándole una bota de agua a Keir, que aceptó con una sonrisa―. Dijisteis que su majestad me casaría con alguien de la corte, pero en vez de eso me reveló que tenía un hermano.
―Pensábamos que el Deamhan Dubh no querría saber nada de ti, muchacha ―reconoció Fergus.
―¿Por qué haría tal cosa? ―se ofendió Keir.
―Por sus venas corre sangre Sinclair y siempre has dicho que acabarías con todos nosotros ―respondió Hamist.
―No sabía que tenía una hermana, maldición. Nadie me lo dijo.
―Porque nadie fuera de estas tierras lo sabía ―dijo Fergus.
Nara se enzarzó en una discusión con los dos ancianos, excluyendo completamente a su hermano. Keir sonrió, se levantó y se acercó a donde se encontraba Ailis, sentándose en la roca en la que ella estaba sentada.
―Tú eres mucho más interesante que esos dos ―dijo ante la pregunta no formulada de ella.
―Hay más gente a la que debe ganarse, laird.
―No me moveré de aquí hasta que no vuelvas a tutearme.
―¿Si lo hago me dejará en paz?
―Tal vez.
―Bien, ya te estoy tuteando. Puedes marcharte.
―¿A qué se debe toda esa hostilidad hacia mí? Hace un rato no eras así.
―Estoy cansada y quiero irme a dormir, eso es todo.
Decía la verdad... a medias. Se sentía cansada y quería irse a la cama, pero el haber hablado de John le había traído muy malos recuerdos. ¿Cómo iba a hablar de buena gana con la persona que lo mató?
―Vamos.
Keir se levantó y la tomó de la muñeca. En su camino hacia la entrada del castillo interceptó a su hermano y le dijo algo al oído que ella no pudo oír.
Acto seguido, la llevó hasta la aldea, soltando su mano cuando entraron al poblado.
Caminaron sin mediar palabra. Keir parecía recordar cuál era su casa, porque caminaba en la dirección correcta sin que ella le guiara.
―¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!
Aquel grito desesperado de mujer cortó el silencio de la noche.
Rhona, una de las viudas de la aldea, se acercaba hacia ellos corriendo desesperada.
Se clavó de rodillas a los pies de Keir y sujetó su kilt entre los dedos llorando desconsolada.
Keir, en vez de molestarse y golpearla como habrían hecho sus predecesores, la levantó del suelo con suavidad y la sujetó hasta poder sentarla en el banco de entrada de la casa de Teasagh.
―Respire... ―pidió― Vamos, cálmese y cuénteme qué ocurre.
―Mi hijo... mi pequeño... ¡Ha desaparecido!
―¿Mervin ha desaparecido? ―exclamó Ailis.
―Cuando terminamos de cenar, le llevé a la cabaña para que descansara.
Uno de los soldados le prometió que le llevaría a pescar mañana por la mañana y estaba tan excitado por la noticia que no era capaz de conciliar el sueño.
Fui a apagar el fuego de la cocina para no malgastar madera, y cuando regresé a la habitación ¡había desaparecido!
―Tranquilícese, lo encontraremos ―la calmó Keir―. ¿Dónde lo ha buscado?
―He buscado en cada rincón de la aldea, pero no me he atrevido a ir a la ensenada o el bosque por miedo a encontrarme con los desertores.