Capítulo 18
A la mañana siguiente , Ailis se dirigió al bosque para recoger frutos silvestres con algunas jóvenes de la aldea, incluida Nara.
Las acompañaban media docena de hombres, a los que la joven no dudó en poner a trabajar.
Mientras las jóvenes recogían moras, arándanos, grosellas o escaramujos, Nara se encargó de recolectar setas y ella se dedicó a las plantas medicinales: ortiga, para aliviar el dolor de las articulaciones, manzanilla y menta, para la digestión, consuelda, para tratar heridas, y cola de caballo, para detener el sangrado.
Estaba tan concentrada en sus tareas que no vio a Keir hasta que estuvo junto a ellas. El laird se acercó a su hermana y colocó un mechón de pelo que se había soltado de su trenza detrás de su oreja.
―¿A dónde vas? ―preguntó Nara.
―Voy con los soldados a conseguir madera para reparar algunas casas. ¿Eres capaz de diferenciar las setas? ―preguntó Keir sorprendido.
―Ailis me enseñó ―asintió Nara, orgullosa de sí misma―. Las setas venenosas suelen tener colores brillantes, láminas blancas, un anillo en el tallo y un bulbo en el pie.
―¿De veras?
―También se pueden diferenciar por el olor, las setas venenosas tienen un olor desagradable. Y su tacto suele ser viscoso, no suave como el de estas. Toca.
Keir pasó el dedo sobre una seta de las que le ofrecía su hermana y asintió.
―Es muy útil saber ese tipo de cosas, deberías enseñárselo a los soldados por si volvemos al campo de batalla ―pidió.
―No sería capaz de hacerlo ―reconoció Nara sonrojándose―. Creo que deberías pedírselo a Ailis, ella es mucho mejor en esto que yo.
―Por supuesto que puedes hacerlo ―replicó Ailis desde su lugar junto a las zarzas―. De hecho, tendrás que hacerlo, yo estoy muy ocupada con mis propias tareas.
―De acuerdo... Lo intentaré.
Keir sonrió, acarició la mejilla de su hermana con cariño y se despidió de ella para alejarse hacia una zona más poblada de árboles.
Ailis podía verle desde donde se encontraba, e inconscientemente se vio observándole mientras recolectaba las plantas.
Escuchó el suspiro de Elspeth, una de las jóvenes que recogían frutos, y sonrió.
―¿Cansada? ―preguntó Ailis.
―No suspira por eso ―rio Cait, otra de las muchachas―. A Elspeth le gusta uno de los soldados del laird.
―Nunca hubiera imaginado que los Sutherland fueran tan apuestos ―reconoció Elspeth―. Sobre todo Rory Sutherland. Se me acelera tanto el corazón cuando lo veo que temo morir en cualquier momento.
―Eres una exagerada ―rio Nara―. Rory no es tan apuesto. Mis hermanos lo son mucho más. ¿Verdad, Ailis?
La aludida se atragantó con el agua que estaba bebiendo de una bota de cuero, echándose todo el líquido sobre el vestido.
―Creo que hay cosas más importantes en las que pensar, ¿no os parece? ―protestó.
―¿Cómo hacerlo con semejantes vistas? ―suspiró Cat.
Ailis siguió la mirada de la joven y sintió su pulso acelerarse.
Los soldados que acompañaban al laird se habían quitado la camisa por el calor y el esfuerzo de talar los árboles...
incluido él. Podía ver el sudor correr por el cuello de Keir y bajar hasta su estómago cincelado.
Se dio la vuelta, y Ailis se espantó al descubrir la cantidad de cicatrices que marcaban su ancha espalda. ¿Quién demonios le había hecho aquello?
―Dios santo... ―susurró.
―Algunas se las hizo mi padre ―explicó Nara, entendiendo perfectamente su exabrupto―. Otras se las hicieron los Gunn.
―¿Cuántos años tenía? ―preguntó Elspeth en un hilo de voz.
―Menos de diez.
Un silencio sepulcral se instaló entre las mujeres, que continuaron cada una con su tarea sin volver a abrir la boca. Poco después llegó Tavish Sutherland, que había estado pescando.
―¿Ya has vuelto? ―preguntó Nara, mirándole con una sonrisa.
―Tu hermano es el mejor pescador de las Highlands, pequeña ―se jactó el soldado―. He logrado pescar más de una docena de peces.
―¿Y cuántos han pescado los demás?
―Cerca de un centenar entre todos ―confesó Tavish haciéndolas reír―. ¡Oye! No he pescado en mi vida, debo tener algún mérito, ¿no?
―Creo que por ahora deberías seguir siendo soldado ―rio Nara―. Si nuestra alimentación dependiese de ti, estaríamos acabados.
Viendo que Nara estaba a buen recaudo con su hermano, Ailis se alejó para encontrar musgo fresco.
Sería útil para reparar los tejados, y podía llevarse la carretilla para cargar una buena cantidad hasta el poblado.
Las voces de los demás se empezaron a escuchar lejanas, pero Ailis continuó caminando hasta las rocas.
Estuvo un buen rato trabajando, hasta que consideró que no podría llevar más peso.
Se puso de pie para sacudirse el vestido y escuchó detrás de sí un gruñido profundo.
Se quedó congelada en el sitio.
No quería girarse, por Dios que no quería hacerlo, pero debía averiguar qué animal era el que estaba detrás de ella. Se dio la vuelta despacio, muy despacio, y vio a varios metros de ella un enorme jabalí de color oscuro mirándola fijamente.
―Vamos, cerdito... márchate de aquí ―canturreó, aunque estaba muerta de miedo―. Cerdito... aléjate...
Su sangre se congeló cuando vio al animal correr hacia ella. No podía moverse, era incapaz de hacerlo, pero de pronto se vio lanzada por los aires como si fuera un saco de grano. Quienquiera que la había levantado corría hacia los árboles y la elevó hasta que pudo rozar una rama con los dedos.
―¡Vamos, sube! ―Era la voz de Keir―. ¡Maldita sea, date prisa!
Ailis reaccionó y escaló por el árbol hasta sentarse en la rama. Keir escaló tras ella, pero el jabalí consiguió alcanzarle en la pantorrilla antes de que pudiera subir a la rama también.
―¡Estás herido! ―exclamó Ailis al ver la sangre correr por su pierna.
―No es grave, le pediré a Roderick que la cosa cuando volvamos.
―¿Y cómo vamos a volver? Ese monstruo no parece tener intención de rendirse.
El jabalí continuaba embistiendo al árbol, que se zarandeaba con cada golpe.
―Sujétate bien, mujer ―ordenó Keir―. Mis hombres llegarán en breve. ¿Y qué demonios hacías aquí sola? Os dije un millar de veces que no os separaseis de los soldados.
―Quería conseguir musgo para reparar los tejados ―respondió señalando la carretilla abandonada―. No me he dado cuenta de que me había alejado tanto.
―Procura llevarte siempre a uno de los hombres contigo, aunque creas que no vas a alejarte. Me has dado un susto de muerte, maldita sea.
―¿Yo? ―exclamó sorprendida.
―Pensé que Gregor te había atrapado ―reconoció Keir―. Me contaste que había intentado hacerte daño y...
―Lo siento, ni siquiera pensé en Gregor al alejarme. ¿Te duele mucho?
―Sobreviviré.
―Déjame al menos que vende la herida.
Rasgó un trozo del bajo de su camisola para envolver con él la pantorrilla de su laird.
Para lograrlo, el hombre tuvo que subir la pierna sobre su regazo, lo que incomodó a ambos.
Sacó de su morral algunas plantas de cola de caballo y las puso sobre la herida abierta para detener el sangrado.
Keir tenía razón, la herida no era demasiado profunda y se curaría fácilmente, dudaba que necesitara ser cosida.
Esperaron pacientemente la llegada de los soldados, pero el tiempo pasaba y nadie aparecía.
―A este paso nos encontrarán antes los rebeldes que mis hombres, maldición ―protestó el laird.
―No me he alejado tanto.
―Nosotros ya íbamos de vuelta cuando me he dado cuenta de que no estabas.
―Lo siento.
―Deja de disculparte, fue suficiente con la primera vez.
―¿Este animal no va a cansarse nunca? ―protestó mirando al jabalí, que se había tumbado justo debajo de ellos.
―Parece que le has gustado, muchacha ―bromeó Keir.
―Peor para él, cuando lleguen los soldados lo matarán y nos servirá para estofado.
―Lo tendrá bien merecido por intentar zamparse mi pierna, maldición. Tendré una cicatriz más en mi colección.
―Tuvo que ser duro ―susurró Ailis recordando su espalda.
―¿El qué?
―He visto tu espalda antes. Tienes tantas marcas que...
―Apenas lo recuerdo. Cuando Murray Sutherland me adoptó decidí olvidarme de todo aquello para poder empezar una nueva vida.
―Me alegro.
―También es un nuevo comienzo para los Sinclair, Ailis. Me encargaré de hacer de este clan uno de los más importantes del país, te doy mi palabra.
―Solo queremos la paz, laird. Queremos tener un laird justo que proteja a su gente por encima de todo, que se asegure de que no pasemos hambre ni frío, nada más.
Una flecha cruzó el aire y se clavó entre los ojos del jabalí. Poco después los soldados irrumpieron en el pequeño claro encabezados por Tavish, que se detuvo en seco al ver a su hermano sentado en la rama del árbol.
―¿Se puede saber dónde demonios estabais? ―protestó Keir.
―¿Y se puede saber qué demonios haces tú ahí subido? ―respondió Tavish con una ceja arqueada.
―Estoy herido, cabeza de chorlito. Ayúdanos a bajar.
Los soldados bajaron a Ailis sin dificultad, que se detuvo lo más lejos posible del jabalí observando cómo bajaban a su laird.
Por desgracia, el kilt de Keir quedó enganchado en la rama y terminó hecho jirones, dejando a la vista más de lo que a nadie le gustaría enseñar.
Ailis se dio la vuelta rápidamente, pero las carcajadas interminables de Tavish y sus hombres la hicieron reír también.
―¿De qué os reís? ―protestó Keir con humor en la voz― Habéis visto mis vergüenzas más veces de las que puedo llegar a contar.
―Olvidas que hay una mujer delante, hermano ―respondió Tavish entre jadeos―. Creo que la pobre no puede estar más mortificada.
―Lo siento, muchacha ―se disculpó Keir―. No pensé que al árbol le hubieran gustado tanto nuestros colores.
―Es normal que le gusten, laird ―continuó ella la broma―. Son los mejores colores de las Highlands.
―Suerte que ha sido mi kilt y no tu falda ―rio su laird―. De lo contrario habría tenido que arrancarle los ojos a mis soldados.
―¿También a mí? ―preguntó Tavish riendo.
―Incluso a ti.
―¿Y qué hay de usted, laird? ¿Se habría arrancado también los ojos?
Keir se mordió la lengua para no contestar.
No se habría arrancado los ojos, no. Le habría arrancado la ropa.
Porque aquella mujer cada vez le gustaba más y no podía hacer nada para evitarlo.
Debería sentirse mal, apenas hacía una semana que Mai le había abandonado, pero Ailis Sinclair era, sencillamente...
excitante. Se envolvió el cuerpo con el plaid que uno de los soldados le ofreció y encabezó la marcha hacia la aldea.
―Vamos, mujer ―pidió―. No voy a perderte de vista de nuevo. Quién sabe lo que me vea obligado a hacer la próxima vez que te pierdas...
―El jabalí tuvo la culpa, no yo ―respondió ella mirándole con picardía―. No es culpa mía que nuestros colores sean tan atrayentes, laird.
La carcajada de Tavish le hizo sonreír a él también. Ailis Sinclair era toda una aventura que él estaba más que dispuesto a descubrir. Pero aún había demasiadas cosas por hacer y muy poco tiempo hasta la primera nevada...