Capítulo 17
K eir se levantó al amanecer para ir a echar una hojeada a la ensenada por su cuenta.
Sabía que era peligroso ir solo, pero necesitaba un momento de paz en aquellos tiempos tan ajetreados.
Desde que recibiera la carta de Jaime no había tenido ni un solo respiro.
Todo había sido demasiado precipitado, su vida había sufrido demasiados cambios en muy poco tiempo.
Y aunque reconocía que uno de esos cambios era bueno (debía reconocer que le encantaba tener una hermana pequeña) el resto de ellos eran, cuanto menos, agotadores.
Había pasado gran parte de la noche pensando en la manera de sacar a su clan de la pobreza.
No todo se reducía a pasar el invierno, tenía que pensar también en el futuro.
Era consciente de que los clanes fronterizos eran aliados de George, lo que los convertía automáticamente en sus enemigos.
El rey se enfurecería por ello, pero Keir estaba completamente seguro de que le declararían la guerra en cuanto descubrieran que un Sutherland se había hecho con el clan.
Llegó a la ensenada cuando el sol apenas asomaba en el horizonte.
El agua del mar estaba teñida de un tono rosado, y las olas dibujaban pequeñas estelas blancas que ondeaban hacia la orilla.
Descubrió una pequeña escalera tallada en la roca del acantilado que bajaba hasta la playa.
Era una pequeña playa de arena rubia y aguas transparentes en las que podían verse nadar infinidad de peces.
A ambos lados, en las rocas, sería fácil poder recolectar pequeños crustáceos y, con suerte, algunos pulpos.
Caminó hacia la derecha, donde un arco de piedra daba a otra playa, esta mucho más pequeña.
Se sorprendió al escuchar un chapoteo, y tropezó con un montón de ropa de mujer que había sido abandonado junto a las rocas.
Oteó el mar y vio a lo lejos a una sirena con el cabello suelto que nadaba sin preocuparse por ser descubierta.
Carraspeó para informarle de su presencia, y la mujer se dio la vuelta y se hundió rápidamente hasta la barbilla para no ser vista. Ailis.
―¿Puede darse la vuelta? ―pidió la mujer.
Keir asintió, se alejó unos pasos del montón de ropa y se giró hacia las rocas, como si le parecieran la cosa más interesante del mundo.
Escuchó el crujido de la tela y no pudo evitar imaginar el cuerpo mojado de la joven, cubierto solo por una fina camisola empapada que dejaba muy poco a la imaginación.
Carraspeó y cambió el peso de un pie a otro para disimular la erección que se había formado debajo del tartán.
―Ya puede volverse.
Keir tragó saliva ante la visión que tenía ante sí.
Aunque ya estaba completamente vestida, Ailis le pareció toda una tentación hecha mujer.
Con el pelo mojado y suelto sobre sus hombros, los ojos grises aún más nítidos debido al agua del mar y el rostro salpicado de pecas estaba realmente preciosa.
Increíblemente preciosa. En todo el tiempo que habían pasado juntos no se había fijado en aquellas graciosas pecas que salpicaban su nariz.
Realmente jamás se había fijado en ella. ¿Por qué demonios lo hacía entonces?
―No sabía que iba a venir tan temprano, laird ―dijo Ailis―. Lo siento.
―Soy yo quien lo siente. De haber sabido que estarías aquí no habría interrumpido tu momento de intimidad.
―Cuando la ensenada fue abierta por los Maitland descubrí que me encanta darme un baño al amanecer. Me llena de energía para todo el día. Debería probarlo, laird. No se arrepentirá.
―¿Sugieres que nos bañemos juntos, muchacha? ―bromeó él.
―¡Por supuesto que no!
Keir la miró y descubrió que se había puesto completamente roja. Rio sin poder evitarlo hasta que le dolieron las costillas.
―Solo estoy bromeando, jamás me bañaría con una mujer que no fuera mi esposa ―la tranquilizó.
―No estoy acostumbrada a que bromeen conmigo, laird.
―Lo lamento. ¿Quieres acompañarme hasta el otro extremo de la playa? Quiero inspeccionarla bien para poder hacer planes para el futuro.
―Quiero enseñarle algo. Venga.
Ailis echó a correr hacia la otra punta de la playa y le sorprendió arremangándose la falda y adentrándose en el agua hasta las rodillas.
―¡Vamos, venga por aquí! ―le animó.
Keir la siguió y vio una pequeña cueva excavada en la roca. Ailis apoyó las manos en un saliente, dio un salto y apoyó sus rodillas sobre la roca, colocándose en la entrada de la cueva. Keir la siguió, aunque con mucha menos dificultad.
―La descubrí una mañana mientras nadaba ―explicó Ailis―. Dentro hay cosas maravillosas.
Keir la siguió hasta el interior de la cueva.
Las paredes de la entrada estaban erosionadas por el agua salada, mostrando texturas rugosas y colores variados de la roca.
La luz del sol se filtraba desde el exterior, iluminando parcialmente el interior de la cueva y creando reflejos en las formaciones de calcita cercanas a la entrada.
Ailis tanteó el suelo hasta encontrar una antorcha que encendió con un trozo de yesca que llevaba en el bolsillo de su ropa.
La cueva se iluminó descubriendo un suelo irregular con algunos charcos de agua, con infinidad de formaciones de calcita formando un bello paisaje de columnas y pilares.
Al fondo, un agujero en el techo de la cueva iluminaba un pequeño lago formado posiblemente por las mareas.
―Increíble ―susurró Keir mirando alrededor―. Esta puede ser la salvación de los Sinclair, muchacha.
―No entiendo.
―Observa esas formaciones en las paredes ―dijo Keir―. Es calcita. Con ella se hace la cal para levantar casas y fortificaciones. También sirve para templar el vidrio y para mezclar pigmentos. Los agricultores la usan para que la tierra dé mejor fruto.
Se volvió hacia ella.
―Esta mina es un tesoro, Ailis. Has encontrado el tesoro de los Sinclair.
―Y nadie antes se ha percatado de su existencia ―bufó Ailis.
―George y William estaban demasiado ocupados para preocuparse en buscar formas de enriquecer al clan. Por suerte, yo no lo estoy. Vamos, salgamos de aquí antes de que suba la marea.
Keir ayudó a Ailis a bajar el escalón de piedra tomándola por la cintura.
Ailis apoyó las manos sobre los hombros de su laird, y se dio cuenta de que sus rostros quedaron a escasos centímetros uno del otro.
Sus alientos se mezclaron, pero Keir volvió rápidamente la cara y la dejó con cuidado en la orilla.
Caminaron hacia la aldea hablando de las muchas posibilidades que les brindaba aquel magnífico descubrimiento. Se encontraron con Tavish en el acantilado, y Ailis se despidió de ellos alejándose hasta la aldea. Keir la siguió con la mirada hasta que se perdió entre los árboles.
―¿Me estás escuchando?
Se volvió hacia su hermano y se dio cuenta de que no había oído una palabra de lo que había dicho. Tavish sonrió, desviando la mirada hacia donde se había perdido la joven.
―¿Te gusta? ―preguntó.
―No digas bobadas.
―No has escuchado ni una sola palabra de lo que te he dicho ―insistió Tavish cruzándose de brazos.
―Solo me aseguro de que llegue a salvo a la aldea.
―Lo que tú digas...
―¿Vas a decirme de una vez qué es lo que quieres?
―Ah, eso... Te decía que he enviado a Ryan y a Callum con el hermano de la muchacha y diez soldados más a cazar algunos animales para pasar el invierno.
Cuarenta hombres se encargan de la seguridad de la aldea, diez nos acompañan a Rory y a mí a conseguir pescado, y el resto se han quedado ayudando a reparar los daños de la aldea.
―Estupendo. He hecho un gran descubrimiento hace un rato. En realidad, la muchacha lo hizo. Hay una cueva de calcita no muy lejos de aquí. Si construimos un embarcadero podremos utilizarla para comerciar con otros clanes y olvidarnos de los Mackay, los Gunn y los Oliphant.
―¿No vas a intentar aliarte con ellos?
―Por el momento no. Ahora mismo somos demasiado vulnerables y aprovecharán la más mínima oportunidad para atacarnos. Es mejor esperar.
―El invierno está demasiado cerca para empezar a construir el embarcadero ahora.
―Esperaremos hasta la primavera. Por ahora nos centraremos en conseguir alimentos para pasar el invierno y arreglar las cabañas de los aldeanos. ¿Has visto el estado de todas ellas?
―Lo he visto, sí.
―Voy a ir a hablar con el herrero. Necesitamos herramientas para poder conseguir madera. Saldré yo mismo con algunos hombres para no retrasar la recogida de alimentos.
―Iré contigo.
―Te necesito aquí, Tavish.
―Los aldeanos se han ofrecido voluntariamente a ayudar. Estarán aquí en breve con redes para empezar con la pesca, Rory puede encargarse de supervisarlos.
―En ese caso, puedes venir conmigo.
Se encaminaron hacia la casa del herrero, que resultó ser el padre de los jóvenes que viajaron hacia Dornoch. En cuanto los vio llegar, se arrodilló para recitar un juramento similar al de su hijo, pero Keir le hizo levantarse rápidamente.
―No es necesario eso ahora mismo...
―Hasson, laird.
―Es un placer conocerte, Hasson. Estoy aquí para preguntarte si sería posible conseguir algunas herramientas para obtener madera. Quiero reparar las cabañas que estén dañadas antes de la primera nevada.
―Va a ser difícil poder arreglarlas todas, laird. El invierno se acerca demasiado deprisa y son muchas las que están dañadas, pero tengo algunas herramientas que pueden serle de utilidad. Acompáñeme.
Siguieron a Hasson hasta un pequeño cobertizo situado junto a la fragua. Era pequeño, pero lo bastante amplio para almacenar herramientas de todo tipo: azadas, hachas, rastrillos, palas, martillos, sierras, hoces y cualquier tipo de herramienta que pudiera llegar a necesitar.
―Tienes aquí una increíble colección, Hasson ―le felicitó su laird.
―He trabajado sin descanso desde la llegada de los Maitland, laird.
―¿Y de dónde has sacado el hierro? ―preguntó Tavish con curiosidad.
―Hay un pequeño yacimiento en Burn Broch, a seis horas a caballo de aquí.
―¿Esas tierras pertenecen a Caithness? ―preguntó Tavish.
―Desde luego, señor. Jamás me atrevería a adentrarme en terreno enemigo por mi cuenta.
―Quiero que me lleves a ese lugar, Hasson ―dijo Keir―. Puede sernos de utilidad en un futuro.
―Por supuesto. Si quiere mañana mismo...
―Primero debemos ocuparnos de asuntos más importantes ―le interrumpió su laird―. ¿Tienes reservas de hierro suficientes para pasar el invierno?
―Creo que sí, laird. Algunos Maitland me ayudaron antes del asunto de Gregor.
―Es mejor que no nos arriesguemos. Mañana partirás con diez hombres hacia Burn Broch. Consigue el hierro que consideres necesario y regresa a casa.
―Como ordene, laird.
―Por ahora nos llevaremos las herramientas que necesitaremos para conseguir madera. Tras el invierno sería bueno construir casas más robustas, pero por el momento tendremos que aguantar con lo que tenemos.
Ailis entró en la herrería como una exhalación, topándose de bruces con el pecho musculoso de su laird.
Keir se quedó sin respiración debido al golpe, pero logró sujetarla a tiempo de evitar que terminara de bruces contra el suelo.
Sus ojos grises se elevaron y una sonrisa se dibujó en los labios de la joven.
Sintió un vuelco en el estómago y su miembro se endureció.
Maldita fuera su libido. Soltó a la mujer abruptamente, se dio la vuelta y se dirigió al castillo sin decir ni una palabra.
No podía desearla. No era el momento, ni mucho menos el lugar.