Capítulo 16
E n cuanto cruzaron el puente de Wick, Ailis se despidió de Nara y de su hermano y corrió hacia su hogar. Había echado tanto de menos a su familia en aquellos pocos días que no veía la hora de poder regresar. Abrió la puerta de par en par, pero no pudo encontrar a nadie.
―¿Dónde están todos? ―preguntó Brody a su espalda.
Ailis se giró, se encogió de hombros y salió de la choza para buscar a sus padres por la aldea.
Todo había sido destrozado: cada granero, cada lugar donde habían conseguido almacenar comida desde que llegaran los Maitland, había sido quemado.
Maldijo a Gregor y a sus hombres una y otra vez mientras se mezclaba con la gente para echar una mano.
Estaba agotada cuando uno de los soldados Sutherland se acercó a ella para decirle que su laird había organizado la cena en el patio del castillo para toda la aldea.
Fue a casa para lavarse un poco, estaba cubierta de hollín, y al fin pudo encontrarse con sus padres.
Dallis la abrazó con fuerza en cuanto la vio cruzar el umbral y Ailis se derrumbó.
―Ya está, tesoro ―susurró su madre para calmarla―. Lo has hecho muy bien.
―Todo está destrozado, ¿Cómo...
―No te preocupes por eso, el nuevo laird se encargará.
Era cierto... Keir Sutherland había llegado para quedarse, y estaba segura de que se encargaría bien de su clan. Apenas había cruzado unas palabras con él durante todo el viaje, pero había notado el cariño que mostraba por Nara y el respeto que le brindaban sus soldados. Respeto, no miedo.
Muchos soldados Sinclair habían desertado por miedo, por temor a lo que Gregor pudiera hacer con ellos por negarse a reconocerlo como nuevo laird de Caithness, pero los soldados de Keir Sinclair le mostraban respeto y confianza.
Incluso los había visto bromear con él algunas veces en su camino de regreso a Wick.
Parecía ser un buen líder, y los buenos líderes gobiernan bien a su gente.
Se lavó un poco con el agua del pozo, se cambió de vestido y se dirigió junto a su familia hacia el castillo.
En el patio habían improvisado dos hogueras en las que se asaban dos ciervos enteros, y habían colocado un centenar de sillas alrededor de ellas para que todos los aldeanos pudieran comer cómodamente.
Apenas había sitio para todos. Los ancianos ocuparon los primeros lugares, y los más jóvenes se dispersaron por los escalones de entrada del castillo.
Aunque no tenían cerveza para beber, la comida le supo realmente a gloria.
Había probado manjares deliciosos en el hogar de los Sutherland, pero nada podía compararse a la comida compartida con la gente que amaba.
Nara se acercó a ella con una jarra de agua y sirvió un poco más en su taza vacía. Se sentó junto a ella y apoyó la cabeza sobre su hombro con un suspiro.
―¿Cansada? ―preguntó.
―Ni te lo imaginas. He estado ayudando a Neris y a Roderick a curar las heridas de los aldeanos. Son superficiales, pero demasiadas. No siento los dedos de tanto cortar vendas.
―Yo he estado ayudando en los graneros. Créeme, lo tuyo no ha sido nada comparado con eso.
―¿Por qué Gregor odia tanto a nuestro clan? ¿Por qué tiene que hacerles tanto daño?
―Gregor solo quiere poder, Nara. Nos castiga para intentar someternos a él, pero no lo conseguirá.
―Desde luego que no, ahora tenemos a mi hermano.
―Parece que confías mucho en él.
―Es tan distinto de William... Son como la noche y el día. Es fácil terminar confiando en él. ¿Acaso tú no confías en Keir?
―No es que no confíe en él, Nara... Es solo que necesito ver por mí misma que va a hacer las cosas de forma diferente. Hemos vivido tan mal que no puedo darle mi confianza a cualquiera.
―Te entiendo. Es lo mismo que le pasa al resto de aldeanos. Observa a Fergus y a Hamist ―dijo, señalando a dos ancianos sentados en un rincón―. Le miran con recelo, como si esperasen que en cualquier momento nos mande a asesinar a todos.
―Son ancianos, Nara ―rio Ailis―. Es normal que desconfíen de todo el mundo.
―Espero que con el tiempo todo el clan termine confiando en mí.
La voz profunda y ronca de Keir envió un escalofrío por la columna de Ailis. Se estremeció y levantó la mirada para verse reflejada en sus iris del color del musgo, que la miraban fijamente.
―Debe ganarse nuestra confianza, laird ―respondió ella―. Hemos sufrido demasiado en manos de sus predecesores como para entregársela sin más.
―Créeme, muchacha, trabajaré duro para lograr que confíes en mí.
Aquella frase, acompañada de aquella mirada, calentaron el estómago de la muchacha.
Asintió y fijó su mirada en el agua del vaso que sostenía en las manos, no quería seguir viéndose en aquellos ojos misteriosos.
En vez de marcharse, Keir se sentó junto a ella y le entregó un trozo de jugosa carne de ciervo, que Ailis agradeció con un leve gesto de cabeza.
―Nara, Tavish te estaba buscando hace un momento ―dijo a su hermana.
―¿Dónde está?
―Allí, junto a Ryan y los demás. ―Señaló hacia la hoguera, donde cuatro hombres se encargaban de repartir la comida.
Nara se levantó de un salto y corrió hacia ellos, dejando a Ailis a solas con su laird. Apretó el vaso nerviosa, y se entretuvo observando a su amiga, que hablaba tímidamente con uno de los soldados.
―Puedes estar tranquila, Tavish cuidará a mi hermana como podría hacerlo yo mismo ―dijo Keir al ver la preocupación en el rostro de Ailis.
―No estoy preocupada. Hay mucha gente aquí que puede protegerla.
―Es cierto. Sé que todos os habéis encargado de salvar a Nara de las garras de George y William. Gracias.
―Cuando era más joven vi muchas veces a Nara correr hacia la casa de Teasagh para esconderse en la alacena. La escuchaba llorar en la oscuridad, aterrorizada porque George o William pudieran llegar a encontrarla.
Se abrazó las rodillas recordando aquellos turbios momentos.
―Un día le pedí a Teasagh que me permitiera entrar en la alacena con ella ―continuó―.
Me advirtió que era peligroso, que si me encontraban pagaría también las consecuencias, pero insistí y al final accedió.
Nara estaba hecha un ovillo detrás de unas tinajas, meciéndose sola mientras lloraba.
Me senté a su lado, la abracé con fuerza y comencé a cantarle una nana que mi madre solía cantarnos a Brody y a mí cuando éramos pequeños.
―Y lograste calmarla.
―Las primeras veces no sirvió de nada ―reconoció―. Pero con el tiempo Nara empezó a confiar en mí y al final terminábamos hablando de mil cosas hasta que Teasagh nos avisaba de que era seguro salir del escondite. Empecé también a colarme en el castillo para curar sus heridas cuando regresaba.
―¿Eran muy graves?
―Supongo que no has visto su espalda.
Ailis vio el escalofrío que recorrió al guerrero y sintió lástima por él.
Debía ser horrible enterarse de que tienes una hermana cuando ella ya tiene diecisiete años, pero mucho peor debía ser descubrir que tiene la espalda totalmente destrozada.
Puso instintivamente su mano sobre el brazo de Keir, pero la apartó inmediatamente al darse cuenta de lo que había hecho.
―No es culpa suya, laird ―le tranquilizó―. No sabía que Nara existía, era imposible que pudiera hacer nada.
―Siempre estaré en deuda contigo por hacer por mi hermana lo que yo no pude. Tú misma eras tan solo una niña, y sin embargo...
―Creo que en Wick nadie ha sido realmente un niño alguna vez, laird. George nos enviaba a la ensenada apenas éramos capaces de cargar un cubo lleno de peces, y nunca nos permitió ser realmente libres.
―¿Os permitía pescar en la ensenada?
―Pescábamos para él y sus aliados, y no importaba si sabíamos o no nadar. Muchos han muerto ahogados, y si alguna vez hemos comido pescado ha sido porque lo hemos robado.
―Eso va a cambiar a partir de ahora. Por lo pronto tenemos que centrarnos en almacenar todo el alimento posible antes de que llegue la primera helada. Tenemos muy poco tiempo, y la comida que enviará mi hermano no será suficiente para alimentarnos a todos.
―Brody puede llevar a los soldados a las zonas de caza ―sugirió Ailis―. Las mujeres y yo podemos ocuparnos de recolectar frutos en el bosque.
―Iréis con algunos soldados, es peligroso que lo hagáis solas.
―Archie y Malcolm pueden llevaros a la ensenada ―continuó señalando a dos jóvenes que comían sentados en un tronco caído junto a un árbol―. Ellos son muy buenos pescando.
―Gracias por todo, muchacha, estás siendo de mucha ayuda.
―Espero que toda esa ayuda no sea en vano, laird.
―No lo será, te doy mi palabra.
Keir se levantó y se alejó hacia donde se encontraban sus hermanos.
Ailis no pudo apartar la mirada de él en ningún momento.
El demonio negro le llamaban. No podía estar más de acuerdo con aquel apodo.
Se movía silencioso como un fantasma, la atraía como el pecado.
Cada vez que aquellos ojos verdes la miraban Ailis sentía tal estremecimiento que empezaba a dudar si era por miedo o por algo más.
Sacudió la cabeza. No debía pensar tonterías.
Aquel hombre era su laird, no debía olvidarlo.
––––––––
T easagh había estado observando a Ailis durante toda la conversación con su laird.
La conocía lo suficiente como para saber que aquel hombre había removido en ella sentimientos que había decidido enterrar cuando John fue asesinado.
Se acercó a ella y se sentó con dificultad en los escalones, gimiendo cuando su anciano trasero se topó con la fría piedra del suelo.
―Estoy mayor para esto ―protestó.
―¿Y por qué te sientas aquí? Estabas muy bien en la silla.
―Porque quiero, niña. ¿Tengo que darte explicaciones de todo?
―Claro que no Teasagh ―respondió Ailis abrazándose al brazo de la mujer.
―¿Qué hablabas con el Sutherland?
―¿Con nuestro laird?
―¿Has hablado acaso con alguien más?
―Hablábamos sobre los planes para recolectar comida para el invierno. Le sugería quién podía acompañar a sus soldados en cada tarea.
―Es un hombre muy apuesto.
―¿Tú crees? Yo no me he fijado.
―Mentirosa... Tendrías que estar ciega para no ver la belleza del demonio negro.
―No estoy interesada en esas cosas, ya lo sabes. Para mí el único hombre fue John.
―John está muerto, pero tú aún sigues viva y te queda toda la vida por delante. Deberías volver a pensar en casarte.
―Teasagh, ahora mismo creo que hay cosas muchísimo más importantes en las que pensar que mi futuro, ¿no te parece?
―Mira a Nara, ella está intentándolo.
―El hombre con el que habla es Tavish Sutherland, el hermano adoptivo de nuestro laird. Los Sutherland la han acogido como parte de su familia, así que solo habla con su hermano.
―Maldita mocosa, engañarme así...
―¿A qué viene ese empeño en encontrarnos un esposo?
―Mira a tu alrededor. Apenas tenemos niños en este clan, Ailis. Los jóvenes han estado huyendo y con ellos la longevidad de nuestra gente.
―Ahora todo cambiará. Han venido muchos soldados con nuestro laird, apuesto que esta primavera se celebrará más de una boda en la iglesia abandonada.
―Eso espero, esta aldea ha sufrido tanto que bien merece un evento alegre, ¿no te parece?
―Podemos celebrar una fiesta cuando hayamos recogido alimentos para el invierno. Sería una buena idea para dar la bienvenida a nuestro nuevo laird, para demostrarle que le vamos a ofrecer nuestra confianza. ¿Te parece ese un evento lo suficientemente alegre, Teasagh?
―Podría servir, niña. Podría servir.