Capítulo 15
K eir frenó a su caballo cuando vio que una nube de humo se elevaba desde la aldea. Miró a Ryan, uno de sus soldados, que apretó las riendas de su caballo con más fuerza.
―Démonos prisa ―ordenó.
Ryan asintió, levantó una mano y todos los guerreros Sutherland cerraron filas alrededor de Keir.
Cuando entraron en la aldea se encontraron con un panorama desolador.
Varias casas habían sido consumidas por las llamas, dejando tras de sí solo cenizas y escombros.
Los aldeanos, algunos con heridas visibles, deambulaban por las calles, deteniéndose momentáneamente para observar al recién llegado con una mezcla de curiosidad y esperanza.
A pesar de la devastación, los Sinclair trabajaban codo con codo para reparar los daños causados por los rebeldes.
Entre todas las personas allí reunidas, una mujer entrada en años se dirigió hacia los soldados y se quedó mirándolos con los brazos en jarras.
―¿Quién de vosotros es nuestro nuevo laird? ―preguntó― ¿Y dónde está mi Nara?
Keir desmontó y se acercó a ella.
―Nara está a salvo no muy lejos de aquí, custodiada por mis hombres y mi hermano ―respondió.
―Keir Sinclair... Reconocería esos ojos en cualquier parte. Parece que la vida te ha tratado bien después de todo...
―Y usted es...
―Teasagh Sinclair. Seguramente habrás oído hablar de mí.
―Así es, y estaré en deuda con usted toda la vida por lo mucho que ha hecho por mi hermana.
―No necesito que estés en deuda conmigo, muchacho. Necesito que seas mejor laird que tus predecesores, y algo me dice que así será.
―Le doy mi palabra.
―Por ahora, haz que tus hombres desmonten y nos echen una mano, hay mucho que reparar y los aldeanos están muy cansados.
Keir le dio instrucciones a Ryan para que fuera a buscar a Tavish y a los demás y le hizo señas al resto de guerreros, que rápidamente desmontaron y se mezclaron con los aldeanos para ayudar. Teasagh se encaminó hacia el castillo seguida de Keir, que caminaba a su lado con las manos a la espalda.
―¿Los rebeldes? ―preguntó el guerrero, aun sabiendo la respuesta.
―Gregor y sus secuaces entraron en la aldea de madrugada y quemaron todas las provisiones que habíamos logrado acumular para pasar el invierno ―asintió la anciana―.
Hemos logrado controlar el fuego, pero no hemos podido salvar gran cosa.
A este paso la mayor parte de la aldea morirá de hambre y de frío.
―Mi hermano enviará provisiones en breve, no debe preocuparse por eso. Con eso y con lo que logremos recolectar hasta que caiga la primera nevada podremos sobrevivir.
―Espero que este año se retrase un poco, todos los años cae la noche de Samhain [6] .
―Incluso así tendremos tiempo de sobra.
―¿Cuántos de los hombres que has traído se quedarán contigo? Has venido con todo un ejército, muchacho.
―Todos ellos se quedarán. Se han ofrecido voluntariamente para mudarse, y los necesitamos si todos los soldados han huido con Gregor Sinclair.
―¿Todos ellos quieren mezclarse con los Sinclair? ―exclamó ella sorprendida― A pesar del odio...
―Yo soy un Sinclair y ellos son mis hombres.
―Tú más que nadie has odiado siempre a este clan.
―Por los motivos equivocados. Siempre culpé a todo el clan de lo que George y William me hicieron. Mi intención es compensaros por todo el daño que haya podido causaros con mi odio.
―No todos los soldados han huido, pero sí la mayoría. Quedarán menos de treinta guerreros entre los aldeanos, pero están mal entrenados y poco acostumbrados a la lucha.
―Si están dispuestos a ser leales al clan, les entrenaré como he entrenado a mis hombres. Hay mucho que hacer, pero me ocuparé de todo, no se preocupe.
―Hemos llegado. ―Keir no se había dado cuenta de que Teasagh se había dirigido hacia el castillo Sinclair―. Imagino que te traerá muy malos recuerdos, pero este es ahora tu hogar.
Keir permaneció mirando la fachada grisácea y fría del castillo sin moverse ni un ápice.
―Tras la huida de Gregor nos hemos ocupado de adecentar el lugar, no es tan terrible como lo recuerdas ―le animó, colocando una mano en el centro de su espalda y empujándole suavemente para hacerlo dar el primer paso.
Keir suspiró, miró a la anciana y entró en el castillo.
Las lámparas estaban encendidas y la suciedad que recordaba de antaño solo quedaba en su memoria.
Todo el castillo estaba pulcramente adecentado, con pocos muebles pero bien cuidados.
Todas las estancias olían a limpio, y cuando entró en el gran comedor se detuvo en seco al ver la enorme silla en la que siempre había estado sentado George.
Sin dudarlo ni un minuto, desenfundó su claymore mientras se dirigía hacia ella y la hizo añicos estocada a estocada, hasta que no quedó más que una montaña de astillas a sus pies.
Jadeaba debido al esfuerzo, estaba completamente cubierto de sudor, pero jamás había sentido tanta satisfacción por algo hasta aquel momento.
Sintió la pequeña mano de Teasagh palmearle el brazo con cariño, sacándole de aquel estado.
―Ha pagado por todos sus pecados, muchacho ―susurró la anciana―. Por todos y cada uno de ellos.
―Escuché que murió en la masacre de Clynetradwell ―respondió Keir.
―¿Ese cobarde? ―bufó Teasagh― Murió en su propia habitación ahogado por su propio vómito. William no quiso que se supiera y llevó el cadáver a la batalla para hacer creer a todo el mundo que su padre había muerto con honor.
―¿Cómo sabes eso?
―Porque fui yo quien le encontré. Por ese entonces me ocupaba de las tareas del castillo para asegurarme de que Nara se encontraba bien. George no bajó a comer y William me ordenó ir a buscarle.
―Y después de eso te llevaste a mi hermana contigo.
―No pude hacerlo inmediatamente, aunque me hubiera gustado poder hacerlo aquella misma tarde.
Al principio William la cuidaba con mucho celo pensando que podría firmar una gran alianza casándola con alguno de sus aliados, pero todos los que apoyaban la tiranía de George le dieron de lado.
Aproveché que viajó a visitar a uno de esos aliados para rogar por una alianza para sacar a tu hermana de aquí.
―Me gustaría pedirle un favor. Puede negarse si lo desea, no estoy obligándola a nada.
―Soy demasiado mayor para verme obligada a hacer algo que no quiera, muchacho. ¿De qué se trata?
―Quisiera que se mudara con nosotros al castillo. Para Nara será doloroso vivir aquí y creo que con su compañía le será mucho más sencillo habituarse.
―Ya no tengo edad para andar mudándome, muchacho. Mi hogar tiene demasiados buenos recuerdos como para dejarlos atrás. Vendré a diario para asegurarme de que vivir aquí no sea doloroso para ella, pero seguiré viviendo en mi choza.
―Como quiera.
Un revuelo en el exterior le advirtió de la llegada de sus hermanos.
Acompañó a Teasagh hasta la entrada, en donde Nara y ella se fundieron en un caluroso abrazo lleno de cariño.
Ojeó a todos los recién llegados, pero no vio a los jóvenes Sinclair.
Seguramente habrían vuelto ya a su casa, sus padres debían estar muy preocupados.
―Mi pequeño tesoro, ¿te encuentras bien? ―preguntó la anciana acariciando la mejilla de Nara.
―Estoy perfectamente, Teasagh ―respondió Nara abrazándola―. Tanto el rey como los Sutherland me han tratado muy bien.
―No sabes cómo me alegro de tenerte de vuelta. La preocupación me estaba matando.
―¿Qué ha pasado? ―preguntó Tavish por encima de la cabeza de ambas mujeres.
―Los rebeldes han quemado todas las reservas de comida que poseían ―explicó Keir―. Tendremos que empezar de nuevo.
―Malditos desgraciados... En cuanto los encuentre...
―Creo que antes de buscar a los rebeldes deberías ocuparte de echar una mano para arreglar lo que han destrozado ―le regañó Teasagh―. Hay mucho por hacer, y cuantas más manos ayuden antes terminaremos.
Tavish levantó una ceja, pero no dijo nada y bajó las escaleras para ayudar a los aldeanos.
El primer día de los Sutherland en Wick fue agotador.
Ya era noche cerrada cuando Keir decidió que era demasiado tarde para seguir arreglando el granero del castillo, que había quedado completamente destrozado.
Pidió a todos que se reunieran en el patio y asó dos ciervos que algunos de sus hombres habían logrado cazar aquella misma tarde.
Carecían de cerveza, pero bebieron agua fresca del pozo y acompañaron la carne con algunas conservas de verduras que las mujeres de la aldea habían logrado salvar.
Los Maitland heridos se unieron también a ellos. Balgair llegó a duras penas y se dejó caer en una silla en cuanto estuvo junto a Keir.
―Me alegro de verte, viejo amigo ―saludó Keir, estrechándole la mano.
―Ya me gustaría a mí que fuera en mejores circunstancias, pero cometimos un error y hemos pagado las consecuencias.
―Deberías haber traído más hombres contigo.
―John insistió, pero me negué porque pensaba que unos pocos soldados Sinclair no eran oponentes para nosotros. Te aseguro que jamás volveré a subestimar a un enemigo, maldición.
―¿Cómo está tu herida?
―Curándose despacio. El médico cuenta con pocos recursos después de tener que tratarnos a todos, y no le permití volver al bosque por miedo a que los rebeldes le tendiesen una emboscada.
―Hiciste bien, Callum ha encontrado huellas frescas a pocas millas de aquí. ¿Dónde te has estado quedando?
―En el castillo, aunque desde que me hirieron Neris se ha negado a que me mueva de su casa.
―Y Neris es...
―La esposa del médico, te presentaré a todo el mundo más tarde.
―Mañana haremos las presentaciones oficiales, esta gente ha estado trabajando todo el día y debe estar agotada.
―Todo el día y gran parte de la noche ―asintió Balgair―. De no ser por Allaidh nos habríamos dado cuenta del fuego cuando fuera demasiado tarde.
―¿Has traído a ese perro pulgoso contigo? ―rio Keir.
―¿Quieres dejar de llamar a mi perro así? ―bufó su amigo, que sonreía― Casi nunca tiene pulgas.
―¿Dónde se ha metido?
―Seguramente estará bajo Neris ―explicó Balgair mirando alrededor―. En efecto, allí está.
Keir siguió el dedo de su amigo y encontró al gran perro tumbado bajo las piernas de una mujer de mediana edad que hablaba animadamente con Teasagh.
Se llevó los dedos a los labios y dejó escapar un silbido que cortó el aire de la noche.
El can levantó la cabeza y las orejas de golpe, se puso de pie y corrió hacia donde se encontraba Keir llorando y moviéndose lleno de alegría.
Él se agachó y comenzó a acariciarlo riendo y diciéndole cosas sin sentido.
Aunque le llamara perro pulgoso, realmente le gustaba el animal.
En sus misiones para el rey había coincidido muchas veces con Balgair y Allaidh , y debía reconocer que el perro alegraba aquellos días.
―¡Allaidh!
Keir levantó la mirada y vio a Nara de pie a pocos pasos de ellos.
Se había cambiado de ropa y se había puesto uno de los vestidos que Moira le había regalado estando en Dornoch.
Estaba preciosa. Su sonrisa iluminaba la noche más que las fogatas en las que se asaba la carne.
El perro salió corriendo hacia ella y saltó, poniendo sus patas delanteras en los hombros de la muchacha, que rio apartando la cara para que no le lamiera la boca.
―Parece que le gusta tu hermana ―rio Balgair―. No se separaba de ella cuando llegamos aquí.
―A mí también me gusta tener una hermana ―reconoció Keir―. Si hubiera sabido antes que existía...
―No te martirices con eso, amigo. No sirve de nada.
―Lo único que puedo hacer ahora es estar a su lado y compensarla por todo el tiempo que no lo estuve.
―No tienes que compensarme ―le sorprendió diciendo Nara―. Solo tienes que ser mi familia a partir de ahora.
Keir tragó saliva para deshacerse del nudo que sintió en la garganta y asintió. Él ahora era su familia, y se encargaría de no volver a fallarle nunca.