El demonio Sutherland Capítulo 14
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Capítulo 14

P artieron antes del amanecer. Viajaron sin descanso durante dos días, deteniéndose solo lo indispensable para comer y dormir.

Nara y Ailis no se habían quejado ni una sola vez, habían obedecido en todo momento y habían mantenido el ritmo para no atrasar a los soldados a pesar de que Ailis lucía dos enormes moretones en sus posaderas debido a que no estaba acostumbrada a hacerlo.

Cuando se detuvieron al anochecer del segundo día, no pudo reprimir el gemido que escapó de su garganta cuando sus pies tocaron el suelo.

Se le doblaron las rodillas, y habría terminado de bruces en el suelo si Keir Sutherland no la hubiera sostenido a tiempo.

―Cuidado, muchacha ―advirtió, rodeando la cintura de Ailis con uno de sus fuertes brazos―. ¿Te encuentras bien?

―Creo... creo que sí.

Ailis intentó dar un paso, pero el dolor de sus nalgas era tan fuerte que arrugó el gesto y se sostuvo al árbol más cercano para evitar hacer el ridículo delante de cien soldados Sutherland.

No, ahora todos ellos eran soldados Sinclair.

Se sorprendió cuando su ahora laird la tomó en sus brazos como si pesara menos que una pluma y se encaminó hacia una roca cercana.

―Nara, ven aquí ―ordenó.

Se sentó sobre la piedra y colocó a Ailis bocabajo sobre sus rodillas.

Ella pataleó intentando levantarse, pero con un bufido el laird la inmovilizó utilizando la fuerza de uno de sus brazos sobre la parte baja de su espalda.

Vio a su amiga correr hacia ellos y detenerse justo donde ella no podía verla. Maldición.

―Levanta la falda de tu amiga y dime el estado de sus heridas ―dijo Keir―. Yo mantendré la vista apartada.

Ailis enrojeció hasta la punta de los dedos de los pies. Escondió el rostro en sus manos y gimió cuando Nara comenzó a subir sus faldas hasta la cintura.

―¡Dios bendito! ―exclamó su amiga― ¡No hay un solo trozo de piel que no esté completamente amoratado!

Sintió la mirada de su laird sobre sus posaderas. La sintió y quiso que allí mismo la tragara la tierra, porque jamás en su vida había pasado tanta vergüenza.

―¿Por qué demonios no has dicho nada, muchacha? ―le preguntó su laird.

―No quería que nos retrasáramos ―explicó ella.

―No podrás sentarte en una semana, niña tonta. ¿Cómo has podido soportar tanto dolor sin quejarte?

―No duele tanto...

―Mentirosa.

Volvió a sentir la falda en su lugar, pero continuó inmóvil en aquella bochornosa postura.

Keir dio orden a uno de sus hombres de preparar rápidamente la tienda que habían hecho con algunos plaids la noche anterior para que ella y Nara pudieran descansar, y cuando el soldado le gritó que ya estaba lista, la llevó hasta ella y la ayudó a tumbarse bocabajo.

Le entregó un bote de ungüento a Nara para que lo untara por sus posaderas y cerró la entrada de la tienda para darle intimidad. Ahora que ya la había visto entera...

―Debe dolerte mucho ―susurró Nara.

―Ni te lo imaginas. Sentía que iba a morir en cualquier momento cuando el caballo pisaba terreno inestable.

―Eres una cabezota. Deberías habérmelo dicho, yo me habría ocupado de detener a mi hermano.

―Úntame eso en el trasero y deja de sermonearme, ya me siento bastante mal ahora mismo.

―Cuando termine te traeré un poco de guiso de liebre ―dijo Nara mientras ponía la pomada en la piel maltrecha―. Te ayudaré a comértelo si quieres, dudo que puedas hacerlo por ti misma en esta posición.

―Me sentaré para comer.

―Aullarás de dolor ―rio su amiga.

―Deja de burlarte de mí, ¿quieres hacer el favor?

―Lo siento, es que no puedo entender cómo has soportado viajar así.

―Me da miedo tu hermano ―reconoció.

Y era una verdad a medias. El día que habían llegado a Dornoch y había visto por primera vez a Keir Sutherland, sintió el mundo detenerse a su alrededor.

El nuevo laird de los Sinclair era tan apuesto que parecía un ángel caído del cielo.

Debía haber heredado la belleza de su madre, porque Gregor Sinclair era tan desagradable a la vista como una noche sin luna en las Highlands, donde ni siquiera los lobos se atrevían a aullar.

Aquellos ojos verdes como el musgo, aquella mirada intensa y penetrante, la dejaron sin respiración.

Y debería haber estado acostumbrada a aquellos ojos que eran tan idénticos a los de Nara, pero en los de su nuevo laird había algo más, algo que no sabía describir con exactitud, que le erizó la piel de todo el cuerpo.

Le temía, por supuesto. Todas las horribles historias que había escuchado sobre el Deamhan Dubh eran aterradoras, pero era consciente de que aquellos que las contaban no eran otros que los enemigos a los que había derrotado.

Sin embargo, tenerle frente a frente era aterrador.

Era tan alto que Ailis tenía que levantar la cabeza para poder mirarle a la cara.

Sus músculos eran enormes, tanto que sería capaz de partirle el cuello con una sola de sus manos si quisiera.

Nara parecía sentirse cómoda con él, Ailis había notado que se sentía mucho menos cohibida desde que había viajado a Edimburgo, y tenía la leve sospecha de que todo era debido a aquel enorme guerrero y sus escandalosos hermanos.

Ah... porque los Sutherland eran realmente escandalosos y cercanos.

Brody y ella estaban unidos, pero desde luego no hasta el punto en el que lo estaban los hermanos Sutherland.

Y no había distinciones porque Keir no fuera hijo de sangre del laird, nada de eso.

Todos los Sutherland le trataban con el mismo respeto con el que trataban a cualquiera de ellos.

Eso demostraba la clase de persona que era Keir Sutherland.

––––––––

A la mañana siguiente se despertó mucho antes del amanecer.

Todavía se sentía muy dolorida, pero aun así reptó hasta la entrada de la tienda y abrió un poco la tela para poder ver el exterior.

Frente a ella, Keir Sutherland acababa de convertirse en el Deamhan Dubh que todo el mundo temía.

La sorprendió comprobar que había cambiado su plaid verde y azul por los colores de los Sinclair.

Llevaba una cota de malla que le ceñía el torso como una segunda piel, y la claymore descansaba envainada en su espalda.

Estaba asegurando las cinchas de su caballo y, por un momento, Ailis comprendió lo que era el verdadero terror.

Sintió entonces el movimiento de Nara a su lado y cerró los ojos para hacerse la dormida.

Su amiga salió de la tienda y se acercó hasta su hermano, que la sintió antes de verla.

―Deberías estar durmiendo, Nara ―dijo el guerrero.

―¿Cómo has sabido que era yo? ―preguntó Ailis, poniéndose frente a él.

―Mis hombres no hacen ruido y tu amiga y su hermano me tienen demasiado miedo como para atreverse a hablar conmigo.

Ailis dio un respingo en la tienda ante aquellas palabras. ¿Se había dado cuenta del temor que sentía cuando le tenía cerca?

―¿Cuándo os marcharéis? ―preguntó Nara.

―En cuanto salga el sol ―respondió Keir―. Y antes de que me lo preguntes... no, no puedes venir conmigo. Esta vez no, Nara.

―No iba a pedirte eso, entiendo que esta vez deba mantenerme alejada.

―Me preocupa que los rebeldes estén merodeando por aquí ―dijo el laird mirando hacia el horizonte―. Espero que no estén acechando para atacaros cuando me marche.

Un escalofrío recorrió la espalda de Ailis al pensar en Gregor. No quería ni pensar en lo que haría con ella y con Nara si lograra atraparlas.

―Vas a dejar a más de una docena de hombres conmigo ―protestó Tavish Sutherland, bostezando desde su lugar junto al fuego―. Te recuerdo que soy tan buen guerrero como tú, aunque pareces olvidarlo demasiado a menudo.

―No lo olvido, maldición. Es solo que...

Tavish se levantó y se acercó a su hermano, palmeándole la espalda. Se sentó en la piedra en la que la noche anterior su laird había inspeccionado las posaderas de Ailis y suspiró.

―Deja de preocuparte por nosotros, estaremos bien ―dijo―. Céntrate en librar a esos aldeanos de los rebeldes si resultan estar en la aldea.

―Y tú procura mantener vuestro pellejo a salvo, de lo contrario te mataré cuando regrese.

―Ten cuidado... ―susurró Nara― Gregor y sus hombres no son conocidos precisamente por jugar limpio.

―Créeme, pequeña, no me llaman el demonio negro por dejarme engañar por soldados inexpertos. Quédate con tu amiga y no te preocupes por nada, volveré lo antes posible.

Nara asintió, él le revolvió el cabello con cariño y continuó asegurando las cinchas de su caballo.

Los soldados que iban a acompañarlo hacía rato que habían desayunado y se encargaban de sus propios animales.

Cuando hubieron terminado, subieron a sus monturas y se dirigieron al norte, hacia Wick.

Nara les observó hasta que se perdieron en el horizonte, suspiró y regresó a la tienda.

Descubrió a su amiga despierta, se puso en cuclillas junto a ella y le sonrió ladeando la cabeza.

―¿Cómo te encuentras? ―preguntó.

―Como si un enorme elefante me hubiera pisado las posaderas ―se quejó ella.

―Eso te pasa por ser una cabezota. Si hubieras dicho algo... Anda, déjame que te ponga un poco de ungüento y te sentirás mejor muy pronto.

―Primero necesito vaciar mi vejiga ―se quejó―. No he podido hacerlo desde anoche.

―Le diré a Brody que me ayude a cargarte.

―Asegúrate de que ningún Sutherland te escuche, ayer ya pasé demasiada vergüenza para toda una vida.

Nara rio y salió de la tienda para buscar a Brody, que estaba ayudando a uno de los soldados a alimentar a los caballos.

Vio a Nara hablarle al oído, le vio a él excusarse con el guerrero y corrieron juntos hasta la tienda, pero el imbécil de su hermano se desvió hacia Tavish Sutherland, seguramente para contarle lo que ocurría.

El guerrero asintió y se dirigió también hacia la tienda, donde se puso en cuclillas frente a ella.

―Me ha dicho tu hermano que necesitas un poco de ayuda ―dijo con el rostro serio―. No creo que sea buena idea alejarte del campamento, pero creo que puedo improvisarte un poco de intimidad en aquellos arbustos de allí.

Ailis miró hacia donde señalaba, cerca del lugar donde habían atado a todos los caballos. Los animales eran lo suficientemente altos como para concederle intimidad, y los arbustos la escondían de miradas indiscretas. Asintió.

―Bien, llevadla hacia aquellos arbustos para que pueda... ya sabéis. Llamadme inmediatamente si veis algún movimiento extraño.

Brody y Nara la ayudaron a llegar allí, y cuando hubo terminado intentó caminar por sí misma de vuelta.

Le dolía horrores, pero al menos se veía con fuerzas de cocinar algo para el almuerzo.

Vio unas zarzas a varios pasos y se entretuvo en recoger suficientes para todos.

Al menos podrían tener algo dulce que llevarse a la boca después del guiso de conejo.

Se dio la vuelta para regresar junto al fuego y se dio de bruces contra el pecho de Tavish, que la había estado observando con curiosidad.

―Lo siento ―se disculpó ella.

―¿Cómo es posible que te mantengas de pie? He estado en tu situación y tuve que guardar cama durante una semana.

―No me duele tanto. Al menos no lo suficiente para mantenerme tumbada en la tienda. Me aburriría demasiado ―confesó.

―Hasta que mi hermano regrese hay poco que podamos hacer. Deberías aprovechar para recuperarte.

―Puedo ocuparme de asar unos conejos. Estoy segura de que preferiréis eso a la carne seca y el queso.

―En eso tienes razón, pero te aseguro que soy perfectamente capaz de ocuparme de asar unos animales. Regresa a la tienda y descansa, te hará falta cuando debamos partir hacia Wick.

―¿Y cuándo será eso?

―Si tenemos suerte, mañana por la mañana.