Capítulo 13
K eir se paseaba nervioso por el despacho de su hermano a la espera de que el joven Sinclair bajara para hablar con él. ¿Qué circunstancias podían obligar a un muchacho a viajar con su hermana sin protección alguna? ¿Tan grave era la situación en Wick?
―Deja de pasearte ―protestó Duncan―, me estás mareando.
―¿Qué crees que ha pasado?
―Dijiste que John Maitland había dejado allí a sus hombres, no creo que sea nada grave.
―Se ha arriesgado a traer a su hermana hasta aquí, Dun.
―Tal vez la muchacha insistió en acompañarlo. Wick no está tan lejos.
―Aun así...
―Tienes una corazonada, ¿no es así?
―Creo que voy a tener que desempolvar mi armadura ―asintió.
―No adelantemos acontecimientos, hermano. Esperemos a ver qué nos cuenta el muchacho.
Duncan le sirvió un whisky e insistió en que se sentara. Los minutos se le hicieron interminables hasta que los jóvenes Sinclair entraron en el despacho precedidos por Glenn... y Nara. En cuanto estuvo frente a Keir, el joven se arrodilló y se llevó la mano al corazón, inclinando su cabeza.
―Yo, Broderick Sinclair, hijo de Hasson Sinclair, juro solemnemente mi lealtad y servicio al nuevo laird, Keir Sinclair ―recitó―.
Prometo forjar las mejores armas y herramientas para nuestro clan, mantener el fuego de la fragua siempre encendido y trabajar con dedicación y honor.
Que los antiguos dioses y nuestros ancestros sean testigos de mi juramento.
Desde este día en adelante, mi martillo, mi habilidad y mi corazón pertenecen al laird y al clan.
―Que así sea ―terminaron todos los presentes.
Keir se sintió incómodo ante el juramento de lealtad del muchacho y se acarició la nuca, evitando mirarle. Duncan tuvo que darse cuenta de su azoramiento, porque se echó a reír y le palmeó la espalda.
―¿Te avergüenza que el muchacho te jure lealtad? ―bromeó.
―Cállate ―espetó Keir volviéndose hacia Brody―. Levántate, muchacho, y cuéntanos qué te ha hecho venir hasta aquí sin protección.
―Los guerreros Sinclair se han sublevado, laird. Han liberado a su cabecilla del calabozo y han escapado a las montañas.
―¿Gregor estaba encarcelado? ―exclamó Nara― ¿Por qué?
―Intentó hacerme daño ―susurró Ailis―. Por suerte Balgair Maitland lo descubrió y me salvó.
―¿Cómo es posible que los soldados hayan huido si el clan estaba bajo la supervisión de los Maitland? ―preguntó Duncan.
―El emisario del rey solo dejó allí una docena de hombres, laird Sutherland ―explicó Brody―. Los soldados Sinclair son expertos en atacar por la espalda y los han derrotado.
―La gran mayoría de los Maitland resultaron heridos ―continuó Ailis―. Balgair de mayor gravedad.
―¿Sigue vivo? ―preguntó Keir.
―Lo estaba cuando partimos hacia aquí, aunque a duras penas ―asintió la muchacha.
―Debo marcharme de inmediato, hermano ―informó Keir a Duncan.
―Los soldados están preparados ―asintió Glenn―. Sé que ayer dijiste que solo llevarías a tus hombres, pero no sabes qué situación encontrarás a tu llegada. Creo que será mejor que me hagas caso por una vez y te los lleves a todos.
―He dicho que...
―No seas cabezota, Keir ―le regañó Duncan―. Cincuenta hombres no son suficientes en la situación en la que se encuentra tu clan.
―Necesitas un pequeño ejército, y todos los hombres que te acompañarán se han ofrecido a hacerlo voluntariamente ―continuó Glenn.
―¿Cuántos?
―Da igual...
―He dicho cuántos, Glenn...
―Cincuenta más.
―Llevaré a veinte de ellos.
―Eres un maldito cabezota ―protestó Glenn cruzándose de brazos.
―Iremos contigo, entonces ―intervino Duncan, encogiéndose de hombros―. Cincuenta hombres aparte de los tuyos o tus hermanos, elige.
―Maldición, Dun...
Duncan se puso de pie, se acercó a Keir y le sujetó por los hombros.
―Somos una familia, Keir ―dijo―. Si alguien intenta hacerte daño a ti se lo está haciendo a los Sutherland. Sé que estás acostumbrado a librar tú solo las batallas, pero esta vez no es la guerra del rey, sino la tuya.
―Si de mí dependiera, el ejército Sutherland iría al completo tras de ti, pero sé que jamás lo permitirías ―continuó Glenn.
―Muy bien, maldita sea ―accedió al fin―. Cincuenta hombres más, pero Tavish...
―Ya sabes cómo es nuestro hermano, te seguirá aunque tú no se lo permitas ―le interrumpió Duncan―. Déjale ir contigo, Keir. Te será de gran ayuda.
Keir asintió y se volvió hacia las dos mujeres presentes, que observaban la discusión sentadas en un sofá.
―Vosotras deberíais quedaros aquí ―sugirió―. Al menos hasta que la situación en Wick esté controlada.
―Regresaré con usted, laird ―respondió Ailis―. Mi familia debe estar preocupada y puedo ser de gran ayuda.
―Ese tal Gregor quiere hacerte daño, muchacha. Estarías más segura con los Sutherland.
―Agradezco su preocupación, pero puedo cuidarme sola.
―Yo también iré contigo, hermano ―añadió Nara.
―Nara...
―El clan no confiará en ti si no me ven llegar contigo ―le interrumpió ella―. Es mejor que vayamos juntos.
―Estarás en peligro.
―Eres el Deamhan Dubh , ¿a qué tengo que temerle?
―Eres una cabezota ―protestó él.
―El lobo criticando al zorro [5] ―exclamó Duncan, poniendo los ojos en blanco―. Deberías dejar de perder el tiempo discutiendo e ir a prepararte para el viaje. Si salís a primera hora de la mañana podréis estar en Wick dentro de tres días.
Duncan salió de la habitación con la intención de encontrarse con Tavish, pero él y Rowan estaban dando vueltas frente a la puerta del despacho y terminó tropezándose con ellos.
―¿Qué ha pasado? ―preguntó Tavish.
―Ve a preparar tus cosas, nos vamos mañana al alba.
―¿Tan grave es la situación, hermano? ―El rostro de Rowan mostraba una gran preocupación.
―Los guerreros Sinclair se han sublevado y han huido a las montañas ―explicó Keir―. Han herido a los soldados Maitland y la gente del clan está en peligro.
―Maldita sea...
―Iré a preparar mis cosas ―susurró Tavish dirigiéndose hacia el final del pasillo.
Los dos hermanos le observaron subir las escaleras, y Rowan se volvió hacia Keir suspirando.
―¿Llevarás a Nara contigo? ―preguntó.
―No quiere quedarse ―protestó―. Debería obligarla a hacerlo, pero el motivo por el que quiere acompañarnos ahora es tan lógico que no puedo decirle que no.
―Ella te ayudará a ganarte la confianza de tu gente.
―Sí. Odio ponerla en peligro, pero no tengo más remedio que hacerlo.
―Ella no estará en peligro, hermano. Os tiene a Tavish y a ti para protegerla.
―Debo irme. Tengo que preparar mis cosas.
―Anda, ve ―respondió palmeándole la espalda.
Keir entró a su habitación y comenzó a meter sus pertenencias en los baúles.
Le pediría a Duncan que se los enviara más tarde, por supuesto.
No tenían tiempo que perder y arrastrar un carro con los baúles les retrasaría al menos dos días.
Murray golpeó la puerta abierta con los nudillos y se sentó a los pies de la cama, mirando a su hijo.
―Me ha dicho Duncan que te marchas mañana ―dijo.
―Parece que los planes que teníamos en un principio tendrán que cancelarse. ―Suspiró y se dejó caer junto a su padre―. Odio reconocerlo, pero estoy asustado.
―Serías un imprudente si no lo estuvieras. No sabes cómo está la situación allí, hijo. Cualquiera en tu pellejo se sentiría igual.
―¿Crees que es buena idea que me lleve a Nara conmigo? Sé que dijimos que no podía dejarla atrás, pero...
―¿Te ves capaz de protegerla?
―Por supuesto que me veo capaz.
―Entonces llévala contigo. Los Sinclair confían en ella, hijo. Será una gran ayuda para ti.
―Ni siquiera sé de cuántos soldados estamos hablando, padre. Voy a ciegas y...
―Debes tranquilizarte, hijo. Has luchado batallas mucho más grandes que esta, podrás hacerlo.
―Tienes razón ―suspiró―. He pensado en dejar a Nara en las afueras con Tavish hasta asegurarme de que la situación en la aldea está bajo control. Es la única forma que se me ocurre de mantenerlos a ambos a salvo.
―Tavish no estará nada contento con eso.
―¿Crees que no lo sé? Pero si le encargo la seguridad de nuestra hermana hará lo que le digo aunque proteste. No pienso ponerle en peligro innecesariamente.
Tomó un viejo plaid de los Sinclair que había guardado durante demasiado tiempo al fondo de su armario. Estaba descolorido y viejo, pero lo conservaba como una forma de recordarse a sí mismo el daño que George Sinclair le había causado. Se sentó junto a su padre con el trozo de tela en la mano.
―El joven Sinclair me ha jurado lealtad en cuanto ha entrado al despacho ―confesó sonriendo―. Me ha hecho sentir extraño.
―Recuerdo cuando yo estuve en tu lugar. Era demasiado joven aún y me sentí avergonzado porque los ancianos se arrodillaran ante mí. ―Rio―. Acostúmbrate, hijo. Te espera una buena ronda de juramentos cuando llegues a tu nuevo hogar.
―Este siempre será mi verdadero hogar, padre. ―Carraspeó para tragarse el nudo que se le había formado en la garganta―. Puede que mi sangre sea la de un Sinclair, pero mi alma siempre será la de un Sutherland.
―Tú siempre serás un Sutherland, Keir. No importa que seas el laird de los Sinclair, el Deamhan Dubh o el rey de Escocia. Siempre serás mi hijo, no lo olvides nunca.
Padre e hijo se fundieron en un cálido abrazo. Keir apretó los dientes, sentía unas tremendas ganas de llorar y no podía hacerlo delante de su padre.
―He hablado con tu hermano ―continuó Murray―. Enviaremos provisiones muy pronto, tu clan necesitará abastecerse para pasar el invierno. Los jóvenes dicen que han estado recolectando alimentos mientras los Maitland han mantenido el orden, pero no será suficiente para todos.
―También necesitaremos semillas para comenzar con los cultivos ―asintió Keir―. Algunos Sinclair tienen pequeños huertos, pero quiero buscar un lugar donde poder cultivar cereales.
―La aldea está situada junto a una ensenada. Podríais comercializar con la pesca.
―Hay demasiado que hacer en tan poco tiempo...
―Céntrate en los problemas uno por uno, hijo. El problema del alimento lo solucionaremos juntos. Ahora debes preocuparte por los soldados rebeldes. Tienes un clan, hijo, pero tus soldados no son suficientes para formar un ejército.
―Glenn insiste en que lleve conmigo a cincuenta de sus hombres. Serían cien en total, sin contar a los Sinclair que quieran unirse a ellos. Podré manejarlo, padre.
―Prométeme que nos pedirás ayuda si te encuentras en dificultades, Keir.
―Padre...
―Estoy hablando en serio, Keir. Esto no es una lucha del rey en la que cuentas con el apoyo de todo su ejército. En esta lucha estás solo, y con los únicos que puedes contar somos nosotros. Prométemelo.
―Está bien, te lo prometo.
―Cuando termines de guardar tus cosas ve a consolar a tu madre ―dijo levantándose―. Está destrozada por vuestra marcha.
―Descuida.
―Y recuerda siempre una cosa, Keir... Puedes llevar a partir de ahora el plaid de los Sinclair ―susurró señalando el trozo de tela que Keir mantenía entre sus manos―, pero el azul y el verde siempre serán tus colores.