Capítulo 12
C uando Keir bajó a la mañana siguiente al salón, Nara ya se encontraba allí rodeada por sus hermanos.
Se apoyó contra el quicio de la puerta y sonrió.
Se entretenían poniendo comida en el plato de la joven, hablando sin parar.
Nara parecía algo abrumada... aunque feliz.
Conocía perfectamente esa sensación. A él le habían hecho sentir igual el día que Murray le llevó al castillo para quedarse.
―Vais a terminar provocándole dolor de estómago ―protestó, acercándose a la mesa.
―Está demasiado delgada ―bufó Duncan―. No aguantará el frío invierno si continúa así.
―Ha resistido diecisiete inviernos, Dun. Nuestra hermana es toda una guerrera.
―Esta tarde te llevaré conmigo a conocer la aldea ―dijo Glenn―. Le pediremos a Mysie que te haga algunos vestidos nuevos.
―No es necesario, de verdad... ―respondió Nara.
―Por supuesto que lo es, muchacha ―intervino Duncan―. La ropa que has traído contigo no se puede llamar así.
―Apuesto a que pica ―susurró Tavish arrugando su nariz.
―Un poco ―reconoció ella riendo.
―Aquí tenemos lana de buena calidad, Nara ―presumió Rowan.
―Eres nuestra nueva hermana, déjanos consentirte ―pidió Glenn.
Keir se sentó a desayunar. Estuvo bromeando con sus hermanos y se despidió de ellos para ir a ver a Mai. Debía hablar con ella sobre sus planes de futuro. Ahora que era el laird Sinclair no tendría que esperar para casarse con ella.
Bajó por el camino hasta la panadería. La observó a través del cristal de la ventana, ordenando las hogazas en la estantería. Dios... Qué hermosa era. Tanto como el cielo de las Highlands al atardecer. Entró en la tienda y ella le miró con asombro y alegría en sus ojos castaños.
―¡Has vuelto! ―exclamó.
―¿Pensaste que no lo haría? ―preguntó con una ceja arqueada.
―Pensé que no volverías tan pronto. Supuse que el rey te mandó llamar para asignarte una nueva misión.
―Esta vez no ha sido así. ¿Puedes escaparte un rato? Tenemos que hablar.
―Mi padre está a punto de llegar, espérame en el lugar de siempre.
―No tardes demasiado.
―No lo haré.
Keir se alejó hasta la pradera de brezo en la que solía reunirse con ella.
El aire limpio tenía un ligero aroma a tierra húmeda.
El sol naciente bañaba el paisaje en una luz dorada, haciendo brillar las gotas de rocío sobre las flores de brezo púrpura y rosadas.
El viento suave hacía que las flores se balancearan mientras un pájaro solitario cantaba a lo lejos.
La tranquilidad del lugar le arrancó una sonrisa y se dejó caer entre el brezo con los ojos cerrados.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que la sombra de Mai se cernió sobre su rostro.
―Siento haber tardado, mi padre quería que hiciera algunos recados antes de dejarme marchar ―se disculpó la joven.
―Ni siquiera me había dado cuenta del paso del tiempo. Siéntate.
Mai obedeció, y Keir aprovechó para acercar su boca a la de ella y besarla.
Saboreó sus labios llenos, rosados, mordisqueándolos un poco justo antes de hundir la lengua en su boca.
El sabor de Mai era adictivo, tanto que tuvo que apretar los puños para no tumbarla en el suelo e intensificar un poco el beso. Se apartó con suavidad.
―¿De qué querías hablarme? ―preguntó Mai colocándose un mechón de cabello tras la oreja.
―Sabes que no soy realmente hijo de Murray.
―Me lo contaste, sí.
―Mi verdadero padre era un Sinclair. George Sinclair para ser exactos.
―Espera, ¿qué? ¿El Sinclair es tu verdadero padre?
―Era. Murió hace unos años en una reyerta, y su hijo William lo hizo hace unos meses.
―Eso quiere decir...
―Eso quiere decir que soy el nuevo conde de Caithness, Mai. Soy el nuevo laird de los Sinclair.
―No... ―exclamó la joven alejándose de él― Los Sinclair siempre han sido nuestros enemigos...
―Yo soy el motivo por el que lo fueron ―reconoció Keir―. Murray se enemistó con George cuando me repudió.
―Eres un Sinclair...
―Soy un Sutherland ―la interrumpió―. Pero también soy un Sinclair.
―Entiendo...
―El rey me ha relegado de mis obligaciones con la corona, y debo viajar a Wick para gobernar a los Sinclair. Sé que dije que esperases un año, pero ahora que no tengo que trabajar para el rey podemos casarnos y...
―No ―le interrumpió Mai levantándose―. No voy a casarme contigo.
―¿Qué?
―No voy a mudarme al clan Sinclair, Keir. Ellos mataron a mi hermano.
―Fueron sus guerreros, no los aldeanos. Ellos han pasado un infierno por culpa de George y William y necesitan a alguien que los lleve a ser un clan próspero.
―No tienes que ser tú, Keir ―suplicó tomándole de las manos―. Dile al rey que rechazas el puesto y que busque a alguien más para hacerlo. Eres el Deamhan Dubh , no necesitas ser el laird de los Sinclair.
―Mai... hay algo más. Yo... tengo una hermana de diecisiete años. Ha estado en peligro desde la muerte de William y debo protegerla.
―¡Protégela aquí! Tráela a nuestro clan y...
―Ella no quiere dejar a su gente ―la interrumpió―, y voy a respetar su decisión.
―Yo... Lo siento, Keir. De verdad lo siento, pero no puedo seguirte hasta Wick. Yo... no soportaría vivir con el clan que mató a mi hermano.
―¿Es más importante eso que yo? ¿Importa más de dónde eran los asesinos de tu hermano que el amor que sientes por mí?
―Al parecer así es. De veras lo siento.
Keir se quedó allí sentado viendo cómo Mai se alejaba corriendo de allí.
Debería haber sentido el corazón romperse en mil pedazos, un dolor insoportable en el pecho, pero lo único que sintió fue...
decepción. Sus ojos siguieron el movimiento de Mai hasta que se desvaneció en la distancia, llevándose con ella sus esperanzas y sueños de un futuro juntos.
Se dejó caer en el brezo con los ojos cerrados y, contra todo pronóstico, rompió a reír a carcajadas.
Una risa amarga, cargada de una ironía que lo golpeaba más fuerte que cualquier rechazo.
Nara, quien había sido testigo de la escena junto a Tavish, parapetados ambos tras un árbol cercano, sintió su corazón quebrarse por Keir.
―Voy a hablar con él ―susurró―. ¿Puedes volver sin mí?
―Claro ―suspiró Tavish―. Me encargaré de contarle a la familia lo que ha pasado.
Nara se alejó lentamente por el camino hasta donde Keir se encontraba tumbado.
―¿Puedo sentarme? ―Keir abrió un ojo y la miró con curiosidad.
―¿Qué haces aquí? ―preguntó el guerrero.
―Tavish quería mostrarme la pradera y accidentalmente vimos lo que ha pasado. ¿Estás bien?
Keir se incorporó y cortó una rama de brezo para juguetear con ella.
―Mejor de lo que imaginaba ―reconoció―. Creí que su rechazo me rompería el corazón, pero todo lo que siento es decepción. ¿Debería sentirme culpable por ello?
―Nunca he estado enamorada, así que no puedo responderte a eso.
―Durante años he creído que Mai me amaba, que me seguiría allá donde fuera sin cuestionarme debido a ese amor, pero me abandona por ser el laird de los Sinclair.
―Odia a mi clan...
―Su hermano murió en Clynetradwell ―explicó Keir.
―Ese es un motivo de peso para no querer tener nada que ver con los Sinclair.
―¿Estoy siendo egoísta entonces?
―No eres egoísta. A pesar de todo lo que has sufrido en el clan, estás dispuesto a liderarlo y sacarle de la pobreza. Eres cualquier cosa excepto egoísta.
Permanecieron en silencio un rato, roto únicamente por el sonido del bosque.
―No quiero casarme ―susurró Nara de repente.
―Bien. No hay ninguna prisa porque lo hagas.
―No me refiero a no casarme ahora, Keir. No quiero casarme nunca.
―De acuerdo.
―¿No te enfadas?
―¿Por qué iba a enfadarme? ―Keir se giró para mirarla a los ojos con seriedad―. Entiendo que pienses así ahora mismo, Nara. Has pasado por demasiadas cosas como para no querer saber nada del matrimonio.
―Es cierto ―susurró ella.
Keir le acarició la mejilla con ternura.
―Jamás te obligaré a hacer nada que no quieras hacer, hermana. Ya has tenido bastante de eso.
―Gracias.
―Pero quiero que me prometas una cosa. Quiero que le des una oportunidad al amor, Nara.
Existen hombres buenos que tratan bien a sus mujeres, y te aseguro que son muchos más que los que las tratan como hicieron contigo.
Quiero que no te cierres del todo al matrimonio y que, si encuentras a alguien que te ame y a quien ames de vuelta, alguien digno de tu confianza y respeto, te plantees pasar por el altar.
―Te lo prometo ―asintió ella con una sonrisa.
―Volvamos al castillo ―ordenó levantándose―. Conociendo a Tavish, a estas alturas todos deben saber ya que he sido rechazado.
―Debería haberle detenido, lo siento.
―No lo sientas, de todas formas iban a saberlo tarde o temprano. Conociendo a nuestra madre, ahora estará preparando un banquete para animarme. No se lo cuentes, pero adoro su guiso de cordero.
Se acercaban al castillo por el camino cuando vieron acercarse una partida de vigilancia encabezada por Ryan, que detuvo el caballo cuando vio a Keir.
―¿Qué ocurre? ―preguntó este.
―Los vigías han divisado a dos jinetes que galopan a toda velocidad hacia aquí ―explicó Ryan―. Vamos a ver de quién se trata.
―Dame tu caballo ―ordenó―. Me encargaré yo mismo.
El soldado obedeció y se subió a la grupa de uno de sus compañeros. Keir subió al animal y le tendió la mano a Nara para ayudarla a subir frente a él.
―Puedo volver al castillo desde aquí ―dijo ella.
―Vamos, sube. No voy a dejarte marchar sola.
Nara obedeció y Keir espoleó los flancos del caballo para adentrarse entre los árboles. Se toparon con los jinetes diez minutos más tarde.
―¡Alto! ―exclamó Keir― ¡Identificaos!
Uno de ellos dejó caer la capucha de la capa que llevaba puesta y sacó de su Sporran un pergamino.
―¿Brody? ―susurró Nara de repente― ¿Eres tú, Brody?
―¿Nara? ―exclamó una voz de mujer desde el otro caballo― ¡Gracias a Dios!
Keir vio con sorpresa cómo una mujer menuda de cabellos del color del trigo se deshacía de su capa y saltaba del caballo.
Corrió hasta el suyo, del que su hermana intentaba bajarse serpenteando como una lagartija y, cuando ambas mujeres lograron encontrarse, se fundieron en un fuerte abrazo.
Keir dio el alto a sus hombres deduciendo que se trataba de gente de Wick.
―Venimos a ver al Deamhan Dubh , señor ―explicó el joven, que se acercó sin bajarse del caballo para entregarle una carta con el sello real―. Es importante.
―Le tienes delante, muchacho ―respondió Ryan por él―. Has tenido suerte.
―Ellos son Ailis y Brody, hermano ―aclaró Nara―. Los amigos de los que te hablé.
―Deberíamos llevarlos al castillo, parecen haber hecho todo el camino hasta aquí sin descanso ―respondió Keir.
―Se lo agradezco mucho, señor ―dijo Brody―. Yo me encuentro bien, pero mi hermana debe estar agotada.
Keir sonrió al escuchar el bufido que escapó de los labios de la joven que se abrazaba con fuerza a su hermana. Nara montó esta vez con su amiga y se dirigieron de vuelta a Dornoch. Una vez dentro del castillo, Keir pidió a unos sirvientes que preparasen una habitación y un baño para ellos.
―Hablaremos cuando hayáis descansado un rato ―dijo.
―¡No podemos esperar, señor! ―exclamó la muchacha― La situación en Wick es sumamente grave.
―Te aseguro que la situación no va a empeorar en un par de horas, muchacha ―dijo Keir―. Nara, lleva a tu amiga a descansar.
―Claro que sí, hermano.
Keir se dirigió entonces al despacho de Duncan, que estaba enfrascado con unos papeles.
―Han llegado dos miembros de los Sinclair ―informó―. Son los amigos de Nara.
―¿Los amigos de Nara?
―Al parecer la situación en Wick es más grave de lo que pensaba. Les he mandado a asearse y descansar un poco, hablaremos antes de la comida.
Duncan asintió y se acercó a su hermano para palmearle la espalda.
―He oído que Mai te ha rechazado ―susurró―. ¿Estás bien?
―¿Crees de veras que eso es lo importante ahora? Dos jóvenes se han aventurado a venir desde Wick sin escolta alguna, Dun. Creo que mis problemas amorosos pueden esperar.
―Por supuesto, pero si necesitas hablar ya sabes dónde encontrarme.
―¿Tengo que recordarte que tuve que decirte cómo conquistar a tu mujer? ―se burló― Estoy bien, hermano. No te preocupes por mí.
―Siempre me preocuparé por ti, idiota. Siempre.