Capítulo 10 #2
Keir se percató de que Nara le miraba con preocupación, así que sonrió y asintió imperceptiblemente para que la joven acompañara a Nessa. Se sintió bien al comprobar que su hermana confiaba lo suficiente en él como para hacerlo.
―Vamos, ponme al día ―pidió Duncan―. Casi me caigo redondo al enterarme de que tienes una hermana.
―Te aseguro que quedé tan impactado como tú ―respondió Keir―. Al principio creí que todo era una treta de Jaime para obligarme a liderar a los Sinclair, pero es innegable que Nara es mi hermana.
―Tiene tus mismos ojos ―asintió Tavish―. Y las facciones de su cara son muy similares a las tuyas. Al principio no me di cuenta, pero cuando nos dijo que era tu hermana me fijé mejor.
―¿Cómo la descubrió Jaime si el Sinclair la ocultó durante todo este tiempo? ―preguntó Glenn.
―Nara le escribió para pedirle ayuda tras la muerte de William ―explicó Keir―. Sus soldados y sus aliados quisieron hacerse con el poder del clan a través de ella.
―Malditos desgraciados... ―escupió Tavish.
―¿La trataron bien? ―preguntó Rowan― ¿Se ocuparon al menos de ella?
―¿Tú qué crees? ―protestó Keir― Si está viva es gracias a la gente del clan, a quienes me encargaré de recompensar en cuanto pueda. Por suerte tuvieron por ella la valentía que no tuvieron por mí.
―Keir... ―comenzó a decir Duncan.
―No te preocupes, Duncan. Ahora entiendo mejor las cosas. Los Sinclair tenían demasiado miedo como para ayudarme y no se lo puedo reprochar. Cualquiera en su situación habría hecho lo mismo.
―Se mueren de hambre ―explicó Murray―. George y William se encargaron de llenar sus arcas mientras su pueblo agonizaba.
―Se alimentan de lo que pueden conseguir en secreto del bosque, porque no les permiten pescar ni cazar ―continuó Keir.
―El comandante de William tiene vigilada la ensenada para que ningún Sinclair pueda ir allí ―asintió Murray―. Si tienen suerte de cazar algún conejo pueden disfrutar de un asado, pero si no, deben conformarse con algunas frutas silvestres y las pocas verduras que logran esconder de los guerreros.
―¿Y por qué no cazan presas más grandes? ―preguntó Glenn.
―Porque si lo hacen se las tienen que entregar al castillo. Incluso después de la muerte de William, porque su comandante parece haberse alzado como amo y señor de las tierras.
―Deberías llevar contigo algunos alimentos ―dijo Duncan―, sobre todo grano y algunos animales para comenzar a criar.
―Das por hecho que voy a encargarme de ellos...
―¿Acaso no es así? ―preguntó Duncan alzando una ceja.
―Maldición, sabes que sí. Pero hay tanto que hacer que...
―Nos ocuparemos de todo, no te preocupes ―le animó su hermano, palmeándole la espalda.
―¿Cuándo debemos estar en Wick? ―preguntó Tavish.
―¿Debemos? ―Keir arqueó una ceja―. Tú no irás a ninguna parte, hermano. Te quedarás aquí.
―Ya he hablado de ello con Duncan y me ha dado permiso para acompañarte ―insistió Tavish.
―Me da igual lo que diga Duncan, Tavish. Los aldeanos de Wick son inocentes, pero voy a enfrentarme a sus soldados. No voy a llevarte a la guarida de los lobos a sabiendas, maldición.
―¡Alguien tiene que guardarte la espalda!
―Me llevaré algunos soldados conmigo, y te aseguro que no porque quiera hacerlo.
―Jaime le obligó ―aclaró Murray.
―Keir, piensa en ello ―insistió Tavish―. Necesitas a alguien de confianza a tu lado y soy tan bueno con la espada como tú.
―Eres mi hermano, ¿cómo quieres que te ponga en peligro? No vendrás, es mi última palabra.
―Keir ―intervino Duncan―, esta vez debo darle la razón a Tavish. No puedes entrar ahí tú solo. Como bien has dicho, los guerreros de George quieren hacerse con el poder y no dudarán en apuñalarte por la espalda si tienen oportunidad.
―Mis hombres estarán conmigo.
―Te lo ordeno como tu laird ―amenazó Duncan.
―Te recuerdo que ahora yo también soy laird, hermano ―sonrió Keir―. Esa amenaza no te sirve ya de nada.
―Lleva a tu hermano contigo, Keir ―ordenó Murray―. No discutas más.
―Pero padre...
―Atrévete a contradecirle a él ―rio Duncan―. Estoy deseando ver qué argumento utilizas para hacerlo.
―Cállate ―bufó Keir.
―Tú has arriesgado el trasero por mí más veces de las que puedo contar, hermano ―interrumpió Tavish, acercándose a Keir para estrechar su brazo―. Deja que ahora sea yo quien lo arriesgue por ti.
―¡Está bien, maldición! Pero si te pasa algo te juro por Dios que te mataré.
―¿Cómo vas a matarme si ya estaré muerto?
―Deja de bromear, Tavish. Estoy hablando completamente en serio.
―No va a pasarme nada, Deamhan Dubh . Mi hermano es el hombre más temido de las Highlands y nadie se atreverá a hacerme daño.
―Más te vale tener razón.
―Venga, todos fuera ―ordenó Murray―. Duncan y Keir tendrán muchas cosas que discutir antes de su viaje.
Cuando se quedaron solos, Duncan sirvió dos copas de whisky y le entregó una a su hermano.
―¿Cómo estás? ―preguntó.
―Bien, aunque a duras penas. No paro de ver en mi cabeza las atrocidades que Nara me contó sobre su vida en Wick, Duncan. ¿Sabes que William se la ofrecía a sus amigos para que se divirtieran con ella?
Duncan sintió ganas de vomitar. Dejó el vaso con demasiada fuerza sobre la mesa y maldijo en silencio.
―Nunca lograron tocarla ―aclaró Keir al ver la expresión de su hermano―. Unos aldeanos le construyeron una vía de escape y un escondite para que pudiera escapar.
―Pero las consecuencias a su regreso serían terribles.
―Me dijo que prefería las palizas a ser tomada por la fuerza ―respondió Keir con la voz rota por la emoción.
―Dios santo...
―Es apenas una niña, Duncan. Tiene diecisiete años y ha tenido que vivir más atrocidades de las que puedo llegar a imaginar. Se aparta cuando voy a tocarla por miedo a que la golpee. Lo hace inconscientemente, pero a mí se me parte el alma cada vez que la veo hacerlo.
―Con el tiempo se acostumbrará a ti y verá que no eres como ellos.
―Empieza a confiar en mí, pero tengo un largo camino por delante. Te juro que si George estuviera vivo entraría en Wick sin vacilar y haría rodar su cabeza después de hacerle sufrir todo lo que ha sufrido ella.
―Ahora está con nosotros. Puede que no pase demasiado tiempo con los Sutherland antes de vuestra marcha, pero te aseguro que cuando regreséis a Wick nos habremos encargado de hacerle saber lo que es tener una familia de verdad.
―¿Igual que hicisteis conmigo? ―sonrió Keir.
―Exactamente igual.