Capítulo 10
E n cuanto las colinas del condado de Sutherland se comenzaron a ver en el horizonte, Keir dibujó en sus labios una enorme sonrisa.
Demonios, amaba su hogar. Aquellas tierras eran las más hermosas de Escocia para sus ojos, pues en ellas había encontrado la felicidad.
Los valles verdes, salpicados de flores silvestres, parecían extenderse infinitamente bajo el cielo azul, y el aroma a brezo y pino llenaba el aire, evocando recuerdos de su infancia.
Cada colina, cada arroyo cristalino y cada sendero serpenteante le contaban historias de aventuras pasadas y momentos de paz.
Para Keir, no había lugar en el mundo que pudiera compararse con la serena belleza y el calor reconfortante de su querido Dornoch. Allí se sentía en casa, aquellas tierras eran su hogar.
―No hay nada mejor que regresar al hogar, ¿eh, muchacho? ―rio Murray, que a pesar de ello tenía los ojos llenos de emoción.
―Diablos, voy a echar de menos todo esto.
Nara se sentía mal por su hermano. Él había encontrado la felicidad con los Sutherland y ahora tendría que dejarla atrás por ella.
―Lo siento mucho ―susurró.
Keir detuvo en seco su caballo cuando escuchó las palabras de su hermana. Se acercó a la carreta y le levantó el rostro, descubriendo que lo tenía surcado de lágrimas.
―¿Por qué lloras, beag [2] ? ―preguntó con suavidad.
―Si no hubiera sido por mí no te habrías visto obligado a dejar tu hogar ―respondió ella con un sollozo.
―Nada de esto es culpa tuya, Nara. Nosotros solo somos peones en manos de Jaime.
―Pero si yo no le hubiera escrito, tal vez...
―No ―la interrumpió―. Hiciste lo correcto al escribirle. Es más, desearía que lo hubieras hecho mucho antes, así podría haberte sacado de aquel infierno y no tendrías que haber sufrido tanto.
―Pero el rey...
―Habría encontrado la manera de obligarme a aceptar ser el laird de los Sinclair contigo o sin ti ―la interrumpió―. Y te aseguro que es mucho mejor hacerlo contigo.
―¿De verdad?
―De verdad. Vamos, deja de llorar, no me gusta verte así.
Nara asintió e hizo un esfuerzo por sonreírle a su hermano. Continuaron su marcha hasta el castillo Dornoch. Allí, en lo alto de la escalinata, les esperaban todos sus hermanos. Keir abrió los ojos con sorpresa al descubrir el fardo que Duncan portaba en los brazos.
―¡Por todos los santos! ―exclamó saltando del caballo― ¿Cuándo ha nacido mi sobrino?
―Sobrina ―le corrigió Glenn con una enorme sonrisa―. Me debes diez merks [3] .
―Nació el día después de vuestra marcha ―explicó Moira, que salía a su encuentro también―. Al parecer esta pequeña tenía muchas ganas de conocer a su familia.
―La primera mujer de la familia... ―ronroneó Duncan mirando a su hija con orgullo.
Tavish reparó en la mujer que permanecía sentada en el pescante de la carreta, junto a su padre.
Era realmente hermosa, de cabellos rizados rubios y ojos claros.
Debía ser la esposa de su hermano, ahora que iba a convertirse en laird de los Sinclair necesitaría una mujer a su lado.
Se acercó a Keir y le palmeó la espalda con una radiante sonrisa.
―Así que lo que el rey quería era buscarte una esposa... ―adivinó― Y muy hermosa, además.
Keir sonrió, se acercó a la carreta y ayudó a Nara a bajar de ella. Rodeó sus hombros con el brazo y la acompañó hasta donde se encontraban sus hermanos.
―Ella no es mi esposa, Tavish ―aclaró―. Es Nara, nuestra hermana.
―¿Hermana? ―exclamó Glenn― Por todos los santos, padre. ¿Cómo pudiste?
―Yo no...
―¿Su madre la dejó en la corte y el rey te la entregó? ―preguntó Duncan alzando una ceja.
―Que yo no...
―¡Murray Sutherland!
La voz tronadora de Nessa hizo encogerse al hombre, que tomó a Keir de la oreja y le arrastró con él hacia el interior del castillo.
―Más te vale explicarle a tu madre lo que acabas de decir, mamarracho, o te juro por Dios que te cortaré las pelotas para que no puedas tener hijos ―amenazó.
Nara se quedó sola con cuatro guerreros Sutherland que la miraban con la boca abierta y una mujer que la observaba con curiosidad.
La confusión y la sorpresa en sus rostros eran evidentes, lo que hizo que Nara se sintiera aún más fuera de lugar.
Se vio abrumada por la intensidad de sus miradas.
Comenzó a temblar inconscientemente y dio un paso atrás dispuesta a salir corriendo si tenía que hacerlo.
El miedo se mezclaba con la esperanza de pertenecer a una familia, creando una tormenta de emociones en su pecho.
Moira se dio cuenta en seguida de la incomodidad de la muchacha y se acercó a ella con una sonrisa, enlazando su brazo con el de Nara.
El gesto cálido y maternal de Moira era algo que la joven nunca había experimentado.
El simple contacto la inundó de una sensación de calma y seguridad que casi la hizo llorar.
Se aferró al brazo de Moira, permitiéndose por un momento soñar que tal vez, finalmente había encontrado una familia donde ser amada.
―Vayamos dentro, temo que mi esposo deje caer a nuestra hija en cualquier momento debido a la impresión ―pidió Moira.
―¿Nuestra hermana? ―dijo al fin Rowan― ¿Tenemos una hermana?
―Él es Rowan, y aquellos de allí son Glenn y Tavish ―explicó Moira―. El que sostiene a la bebé a duras penas es mi esposo, Duncan, y yo soy Moira.
―Es un placer conoceros a todos. Soy Nara Sinclair.
―Espera, ¿nuestro padre tuvo una aventura con una Sinclair? ―exclamó Tavish sorprendido.
―Deja de decir tonterías, Tavish ―le regañó Moira.
―¡Acaba de decir que es una maldita Sinclair, Moira! ―gritó Rowan, haciendo que Nara diera un respingo y se escondiera detrás de la mujer.
―¡Por Dios santo, Rowan! ―protestó Moira― ¿Acaso no ves que la muchacha está aterrorizada? ¡Deja de gritar!
―Lo siento, no pretendía...
―Mi verdadero padre era George Sinclair ―aclaró Nara con un hilo de voz.
―Eres la hermana de Keir, entonces ―dijo Duncan con voz suave, seguramente para no despertar a su hija―. Eso lo explica todo.
―¿Y has vivido todo este tiempo en Wick? ―preguntó Rowan― ¿Con ellos?
Nara desvió la mirada y asintió. Duncan sintió un sudor frío recorrer su espalda por lo que aquello significaba.
―Por todos los santos... ―susurró.
Se dio la vuelta y entró en el castillo seguido de sus tres sorprendidos hermanos. Moira palmeó la mano de Nara y la animó a entrar también, pero ella fue incapaz de mover los pies del suelo.
―¿Qué ocurre? ―preguntó Moira.
―Me odian por ser una Sinclair, ¿verdad?
―¡Claro que no! Deben estar muy sorprendidos al saber que eres la hermana de Keir, nadie sabía nada de ti.
―Yo tampoco sabía nada de mi hermano. Si no le hubiera escrito al rey tal vez nunca lo habría sabido.
―Nosotros no odiamos a los Sinclair, muchacha ―aclaró Duncan desde la puerta―. Mi hermano es un Sinclair y daría mi propia vida por él sin dudarlo. Ahora eres una de nosotros, no tienes nada que temer.
―¿Lo ves? ―insistió Moira― Estaban sorprendidos, nada más.
―Lamento que mi reacción te haya confundido ―continuó Duncan―. No puedo ni imaginar lo mucho que habrás pasado a manos de ese desgraciado y se me ha helado la sangre solo de pensarlo. Vayamos dentro, nuestra madre estará deseando conocerte.
Nara asintió y siguió a Duncan, que la llevó hasta la biblioteca, donde el resto de la familia estaba reunida.
―¡Una mujer, por Dios bendito! ―decía una mujer a la que no conocía mientras se paseaba de un lado a otro de la habitación― ¿Cómo es posible que haya conseguido escapar ilesa de allí?
―Cálmate, madre ―la tranquilizó Keir―. Lo importante es que ahora está aquí.
―¿Por qué nadie te habló de ella? Jaime debía saberlo, debería habértelo contado para que pudierais sacarla de allí.
―Nadie lo sabía, George se encargó de ocultarla muy bien ―dijo Murray dejándose caer en el sillón.
―Pobre criatura... Ha debido de sufrir tanto que...
La mujer apretó el puño contra la boca para impedir romper en llanto.
Sus ojos, llenos de una mezcla de rabia e impotencia, reflejaban el dolor que sentía por la noticia que acababa de recibir.
Ver esa reacción genuina y desgarradora conmovió profundamente a Nara.
Nunca había visto a alguien preocuparse tanto por ella, a excepción de los aldeanos de Wick, y eso la abrumaba.
Experimentó una oleada de emociones: gratitud, culpa, tristeza y una conexión que nunca antes había sentido.
Una lágrima rodó por su mejilla sin poder evitarlo.
La limpió rápidamente con la mano, no quería que la vieran así, vulnerable y quebrantada.
―Madre ―llamó Moira―, Nara está aquí.
La mujer se giró hacia Nara y la miró con sus ojos grises cargados de bondad.
Había una ternura en su mirada que Nara nunca había conocido, una promesa silenciosa de comprensión y apoyo.
Se acercó a ella y la envolvió en sus brazos, dándole palmaditas en la espalda mientras ella misma lloraba y le decía palabras de aliento.
Cada susurro, cada gesto, era un bálsamo para el corazón herido de Nara, que apenas podía creer que alguien pudiera preocuparse tanto por ella.
La mujer era menuda, a Nara apenas le llegaba a la barbilla, pero la llenó de tal calidez que sus ojos se anegaron también en lágrimas.
Se aferró a aquella mujer como si fuera un ancla en medio de la tormenta, sintiendo cómo su dureza se desmoronaba poco a poco ante aquella demostración de cariño.
Las lágrimas de Nara caían libremente ahora, mezclándose con las de la mujer.
―Ya está, tesoro... ―susurró Nessa― Ya estás en casa. Nadie volverá a hacerte daño, te lo prometo.
Permanecieron un rato así, y cuando Nessa se separó de Nara ambas tenían los ojos hinchados y la nariz roja. Acaricio la mejilla de la joven con una sonrisa, borrando el rastro de las lágrimas, y tiró de ella hasta la puerta de la biblioteca.
―Voy a preparar una habitación para nuestra hija, debe estar cansada del viaje y apuesto a que agradecerá un baño caliente ―aclaró.