El demonio Sutherland Capítulo 9
26%

Capítulo 9

K eir se despertó a la mañana siguiente cuando la puerta en la que tenía apoyada la espalda desapareció de repente. Perdió el aire con el golpe contra el suelo, y abrió los ojos para ver a su hermana mirándole desde arriba con asombro.

―¿Keir? ―preguntó Nara― ¿Qué haces ahí?

―Dormir.

―¿Y por qué duermes en el suelo? Estoy segura de que el rey te ha asignado una cómoda habitación con una enorme cama.

―Porque aquí puedo escucharte si gritas.

―¿Y por qué iba a gritar?

―El rey me dijo que tienes pesadillas, muchacha. Solo quería asegurarme de que duermes tranquila.

―Oh... Entiendo.

―¿Tienes hambre? ―preguntó, poniéndose de pie― Vayamos a desayunar, debemos partir lo antes posible.

―Estoy famélica ―sonrió ella.

Keir le ofreció el brazo con un movimiento teatral, y Nara lo enlazó con el suyo intentando aguantar la risa. Bajaron al salón, donde Murray ya se encontraba dando buena cuenta de su desayuno.

―Buenos días ―los saludó.

―Has madrugado ―dijo Keir sirviéndose comida en el plato.

―Quería dejarlo todo preparado para nuestra marcha. He conseguido un carro para Nara. No es la mejor opción, pero viajarás mucho más cómoda que a caballo.

―No es necesario que hagáis concesiones por mí ―respondió ella―. No quisiera que os retraséis por mi culpa.

―No son concesiones, muchacha, sino sentido común ―añadió Murray quitándole importancia―. Podremos llevar nuestras cosas más fácilmente en una carreta, y te aseguro que son mucho más baratas que los caballos.

Keir sonrió dentro de su taza de café ante la gran mentira que acababa de decir Murray.

Siempre viajarían mucho más deprisa a caballo, pero la mejor opción en aquella ocasión era llevar un carro.

Dudaba mucho que Nara supiera montar, y si lo hacía no estaba acostumbrada a cabalgar largas distancias.

Su padre tenía razón, era mejor así. Terminó su desayuno y se puso de pie.

―Voy a despedirme del rey ―avisó―. Prepara tu equipaje, Nara, lo bajaré al carro cuando vuelva.

―De acuerdo ―respondió la joven.

Se giró justo antes de cruzar las puertas dobles del comedor y sonrió al ver a Murray poniendo más comida en el plato de Nara.

“Come, muchacha, estás en los huesos”, serían seguramente las palabras que le estaba diciendo.

Esas fueron las primeras palabras que le dedicó a él cuando despertó el día que lo encontraron.

Keir estaba tan asustado que, en vez de atacar la comida servida en su plato, permaneció mirándola como si fuera un dragón de tres cabezas que le estuviera mirando.

Murray se sentó a su lado, tomó una pieza de carne del plato y le dijo aquellas simples palabras, logrando que el niño asustado alargara su mano también hacia la comida.

Cuando Keir llegó a la puerta del despacho del rey, el guardia le permitió pasar directamente, pues el monarca esperaba su visita. Le encontró sentado en su sillón mientras leía algunos documentos con su consejero, John Maitland.

―Excelencia... ―saludó con una reverencia― Maitland...

―Buenos días, Sinclair ―respondió el consejero con una sonrisa.

―¿Has hablado con tu hermana? ―preguntó Jaime.

―Ayer estuvimos todo el día juntos ―asintió Keir―. Sé que siente mucha incertidumbre y que aún no confía en mí, pero con el tiempo terminará por hacerlo.

―Esa pobre muchacha ha debido sufrir lo indecible ―susurró John―. Cuando llegué a Wick corrió hasta la entrada del pueblo para encontrarme antes que los guerreros que la acosaban y asegurarse de tener mi protección.

―Me encargaré de ellos personalmente ―protestó Keir.

―Deduzco por tu visita que ya te marchas ―añadió Jaime.

―Así es, majestad. Quiero partir inmediatamente para llegar a mi hogar lo antes posible.

―Me alegra que ya lo consideres tu hogar ―se jactó el rey.

―Me refiero a Dornoch, majestad.

John volvió la cara para que su rey no le viera disimular una sonrisa. Keir Sutherland era un hueso duro de roer, de eso no cabía duda.

―Sé que ahora mismo estás furioso conmigo por obligarte a hacerte cargo de los Sinclair, pero te aseguro que con el tiempo me lo agradecerás ―añadió el monarca.

―Me ha tendido una trampa y lo sabe muy bien, majestad ―bufó Keir, cruzándose de brazos y haciéndole reír―. ¿Por qué no me contó en su carta que tenía una hermana?

―Keir, viejo amigo... si te lo hubiera dicho te la habrías llevado a Dornoch y no habrías hecho lo que quiero ―reconoció Jaime.

―Como suponía.

―Tu sacrificio será muy beneficioso para todos.

―Para usted, querrá decir.

Jaime se acercó a su guerrero de confianza y le palmeó la espalda, sin molestarse por los comentarios. Le conocía lo suficientemente bien como para saber que eran protestas vacías y que terminaría por cumplir con su obligación.

―El hecho de convertirte en conde de Caithness será muy beneficioso para Escocia ―insistió―. La paz entre los Sinclair y los Sutherland se consolidará y estaremos un paso más cerca de conseguir la unificación de los clanes.

―Además ―añadió John Maitland―, los Sinclair han vivido en la pobreza durante los últimos cincuenta años. Es un clan débil, pero bajo tu mando se convertirá en uno de los más importantes del país.

―Ambos tenéis demasiada fe en mí ―protestó Keir.

―Si no tuviera fe en ti no habría luchado a tu lado durante todo este tiempo ―rio John.

―Esta es la carta de concesión, guárdala bien ―continuó el rey, entregándole una carta con el sello real―. Enviaría a algunos de mis hombres contigo, pero sé que solo permitirás que te proteja tu gente.

―Me conoce bien, majestad ―respondió Keir con una sonrisa.

―En cuanto a tu hermana... Busca un buen hombre que sea de tu entera confianza y arréglale un buen matrimonio.

―¿Es una orden o una sugerencia, majestad? ―preguntó Keir arqueando una ceja.

―¿Cuál es la diferencia?

―Si es una orden cumpliré con lo que me pide, pero si es una sugerencia dejaré que mi hermana decida cuándo y con quién quiere casarse.

―Ya tiene diecisiete años ―protestó Jaime.

―Y aún no ha empezado a vivir.

―Muy bien, de acuerdo. Haz lo que consideres oportuno con ella. No seré yo quien te diga lo que tienes que hacer con tu familia.

―Se lo agradezco, majestad.

―Vamos, márchate. Tienes un largo camino por delante.

―Cuídate bien las espaldas, amigo mío ―dijo John, dándole un fuerte abrazo―. Ahora no me tendrás a mí para hacerlo y hay muchas hienas escondidas en tus tierras.

―No te necesito, Maitland. Te recuerdo que aún tengo a mis guerreros.

El rey comenzó a reír a carcajadas y Keir se despidió de los dos hombres con la mano.

Regresó a la habitación de su hermana y golpeó suavemente la puerta con los nudillos.

La joven abrió rápidamente, apartándose para permitirle pasar.

Keir solo pudo ver un baúl pequeño junto a los pies de la cama y un hatillo hecho con un trozo de plaid de los Sinclair sobre él.

―¿Eso es todo lo que has traído? ―preguntó.

―Eso es todo lo que poseo.

―¿Son todas tus cosas? ¿Por qué...?

―Cuando los hombres del rey llegaron a Wick di por sentado que Jaime me buscaría un esposo y que jamás volvería. Me alegro de que en vez de ello me haya entregado un hermano mayor.

―Cinco ―corrigió Murray entrando a la habitación―. Te ha entregado cinco.

―Toma el hatillo, padre, yo me encargo del baúl ―pidió Keir.

―Es pesado ―advirtió Nara.

―Soy el Deamhan Dubh , podré con ello ―bromeó Keir guiñándole el ojo.

Keir puso el baúl en el carro y ayudó a Nara a subir al pescante. Murray se encargó de engancharlo a su caballo y subió a su lado, colocando un plaid de los Sutherland sobre los hombros de la joven.

―Espero que no te importen los colores, Nara, pero el invierno está sobre nosotros y empieza a hacer frío ―dijo.

―Son los colores de mi familia, te aseguro que los luciré con orgullo ―respondió ella con una radiante sonrisa.

Keir sonreía cuando montó sobre Black. Parecía que Murray empezaba a ganarse a su hermana, y eso lo tranquilizaba mucho. En cuanto llegaran a Dornoch sus hermanos se encargarían de hacerla sentir en casa igual que hicieron con él, y Moira sería una gran ayuda.

Espoleó al caballo y comenzaron a marchar hacia el norte, hacia su hogar. El tiempo amenazaba lluvia, pero Murray se había asegurado de conseguir un carro cubierto, de modo que si comenzaba a llover Nara pudiera refugiarse en el interior. No se detuvieron hasta el anochecer.

Llegaron a las tierras de los Gordon cuando el cielo se tiñó de tonos anaranjados. En cuanto los soldados de Alistair Gordon los vieron acercarse comenzaron a saltar de los árboles para rodearlos. Su comandante, Malcolm, llegó por el camino, deteniendo su caballo frente a Black.

―La última vez que te vi te advertí que no quería volver a verte el pelo ―dijo―. Parece que quieres probar el sabor de mi espada.

―Primero lograré que tu culo blanquecino se llene de barro, rata inmunda ―respondió Keir, que sonreía.

―No te preocupes, muchacha ―bufó Murray desde el carro al ver la cara de terror de Nara―. Solo son un par de amigos fanfarrones midiendo sus fuerzas. Estaremos aquí un buen rato.

Keir saltó del caballo a la vez que Malcolm y se fundió con él en un abrazo, ambos riendo.

―¿De dónde has salido? ―preguntó Malcolm― Te hacía descansando en Dornoch.

―El rey me mandó llamar, venimos a solicitar la hospitalidad de Alistair.

―Estará encantado de teneros aquí. ―Se acercó a su oído para hablar en susurros―. ¿Es tu esposa?

―Mi hermana. ―Keir rio ante la cara de estupefacción de su amigo―. Esa misma cara se me quedó a mí cuando el rey me lo contó.

―¿El Sinclair tuvo una hija? ―insistió Malcolm.

Keir se acercó al carruaje e hizo bajar a Nara, depositándola con cuidado en el suelo.

―Ella es Nara Sinclair, mi hermana ―la presentó.

―Sinclair Sutherland, muchacho ―protestó Murray desde el pescante.

―Veo que Murray ya la ha acogido bajo su ala ―rio Malcolm―. Es un placer conocerte, Nara. Vayamos dentro, la lluvia está apretando y estoy seguro de que estaréis cansados.

Keir posó la mano sobre los hombros de Nara y le sonrió para animarla a caminar.

―Me he llevado un buen susto ―reconoció la joven―. Creí que estabais a punto de pelear.

―Que no te quepa duda de que antes de que os marchéis haré a tu hermano morder el polvo ―bromeó Malcolm poniéndose a su altura―. Se ganó el apodo solo porque yo lo dejé ganar.

―Sigue soñando, Malcolm ―bufó Keir―. ¿Debo recordarte aquella vez que regresaste al castillo sin...

―Hay damas delante, mal hablado ―protestó Murray dándole a su hijo un buen tirón de orejas―. Esos no son los modales que yo te he enseñado.

Nara rio por primera vez desde que salió de Wick.

Se había sentido tan abrumada al descubrir que ahora tenía una familia...

Una familia que no tenía nada que ver con la que había tenido anteriormente.

Antes de conocerlo, temió que Keir fuera una copia de William, pero no podían ser más distintos.

Y en cuanto a Murray... Era evidente que a pesar de los años seguía siendo un gran guerrero, pero era capaz de dar amor a su familia, en la que la había incluido sin pensarlo.

En el poco tiempo que llevaban conociéndose, la habían hecho sentir más amada que en toda su vida.

Estaba deseando conocer al resto de la familia...

y saber lo que era tener un verdadero hogar.