Capítulo 8
K eir encontró a su hermana sentada en los jardines de palacio custodiada por dos guardias del rey. Movía los pies en el aire con la mirada perdida en las baldosas del suelo, como si estuviera mortalmente aburrida, pero él sabía que lo que sentía era incertidumbre.
En primer lugar, no había conocido más familia que a George y William Sinclair, dos hombres agresivos de los que había tenido que aprender a esconderse.
Por otro lado, Keir sabía bien que lo que dijo en el salón del trono había sido obra de su rey.
Dudaba mucho que una mujer que hubiera crecido en el castillo Sinclair se opusiera a vivir en otro lugar, pero su monarca debía haberla convencido de decir aquellas palabras.
Keir suspiró. No tenía ni idea de cómo acercarse a ella, en la casa Sutherland solo había tenido que lidiar con varones y cuando Moira llegó a sus vidas la joven lo hizo de manera devastadora.
Colocándose bien la banda de su plaid, caminó lentamente hasta detenerse junto a ella, que levantó la mirada.
―¿Puedo sentarme? ―preguntó.
Nara asintió y se desplazó sobre el banco para dejarle un poco más de espacio. Permanecieron un rato sin hablarse, perdidos en un cómodo silencio. Keir estaba atento a las reacciones de su hermana, que comenzó a mover el pie con mayor rapidez, seguramente porque su nerviosismo aumentaba.
―Siento no haber estado a tu lado durante todos estos años, Nara ―se disculpó Keir.
―No tienes que disculparte ―respondió ella con una triste sonrisa―. Yo tampoco sabía que existías.
―¿Nunca habías escuchado hablar de mí? ―preguntó alzando una ceja y haciéndola sonreír, que era lo que pretendía.
―No sabía que eras mi hermano ―corrigió Nara―. Para mí solo eras el enemigo de mi clan, hijo del laird Sutherland. Ni siquiera sabía que eras su hijo adoptivo.
―Sé que George jamás se referiría a mí como hijo. Lo dejó muy claro cuando Murray me llevó de vuelta hace dieciocho años.
―Yo ni siquiera había nacido aún.
―¿Cuántos años tienes?
―Diecisiete.
Maldijo para sus adentros. Su hermana era apenas una niña, pero la vida la había obligado a crecer demasiado rápido.
―Lo que dije en el salón del trono es cierto, Nara ―continuó―. Si hubiera sabido de tu existencia te juro que habría removido cielo y tierra para sacarte de aquel infierno.
―No podías saberlo. Nadie fuera del pueblo sabía que yo era la hija del laird Sinclair. Todos pensaban que era una joven que ayudaba a las tareas del castillo.
―¿Se casó al menos con tu madre?
―Lo hizo, sí, pero te aseguro que ella preferiría no haberlo hecho.
―¿La obligó a hacerlo?
―Su padre lo hizo. Era amigo de mi padre.
―¿Eran Sinclair?
―No, era la hija del laird Gunn.
―No la recuerdo ―reconoció Keir―. Tal vez la vi alguna vez cuando vivía con ellos, pero no la recuerdo.
―Mi padre la conoció en una de sus visitas a Durness, y él y mi abuelo acordaron el matrimonio. Tal vez esa fue la vez que te llevó a ti con ellos, por eso no la recuerdas.
―Al menos ella pudo estar a tu lado para protegerte.
―Murió cuando yo tenía cinco años, no pudo hacerlo. Nuestro padre...
―No le llames así ―la interrumpió, tomándole la mano con fuerza―. Él no se merece que le llames así.
―El laird Sinclair la mató en una de sus muchas palizas ―susurró ella, agachando la mirada para que su hermano no pudiera ver el dolor en sus ojos.
―También mató así a mi madre.
―¿Cuántos años tenías?
―Murió el día de mi nacimiento. Le dio una paliza por ponerse de parto mientras él jugaba a las cartas con sus amigos. Se desangró al darme a luz.
―Lo siento mucho.
―¿Ellos te... te pegaban a ti?
―Supongo que igual que a ti. Y también me ofrecían a sus amigos como entretenimiento.
Keir sintió náuseas ante lo que aquella confesión significaba. Apretó los dientes y maldijo en silencio intentando controlar todo el dolor que aquellas palabras le causaron.
―Dime sus nombres ―dijo con los dientes y los puños apretados―. Dime sus nombres y te juro por Dios que se arrepentirán de haberlo siquiera pensado.
―No es necesario que manches tus manos de sangre, nunca lo consiguieron. La gente del pueblo me ayudó.
―¿Cómo podrían haberte ayudado en aquella situación? Estabas sola en el castillo, maldita sea.
―Norris, uno de los salineros, construyó para mí una pequeña puerta secreta en la alacena de la cocina que daba al exterior. Tenía que arrodillarme para salir por ella, pero era suficiente para escapar. George y William nunca entraban allí, así que nunca la descubrieron.
―Te buscarían por el pueblo. ¿Cómo...
―Corría hacia su casa y me ocultaba en su sótano, que usaba como almacén de alimentos. Cubrían la trampilla del suelo con una alfombra y jamás me descubrieron. Ellos pensaban que escapaba por la ventana y huía al bosque.
―Y supongo que cuando volvías a casa te daban tu merecido.
―Siempre era preferible una paliza a que me tomaran por la fuerza.
Keir estiró la mano para acariciar su cabeza, pero Nara se apartó rápidamente, seguramente fruto de años de maltratos. Cerró la mano en un puño y la apartó.
―Sé que es muy pronto para que confíes en mí, pero te doy mi palabra de que jamás te trataré como ellos lo hicieron ―susurró―. Jamás levantaría la mano contra una mujer.
―Lo sé ―le sorprendió diciendo―. He oído muchas historias sobre el Deamhan Dubh de camino aquí. Todas hablan de que eres un guerrero despiadado en la contienda que cualquier hombre con dos dedos de frente debe temer, pero jamás has matado a mujeres o niños.
―Y jamás lo haré.
―Habrá veces en las que actuaré por instinto, como ahora, y quiero que sepas que no lo hago porque piense que eres como ellos. Es solo que... no estoy acostumbrada a que me traten con cariño.
―¿Y qué me dices de la gente de tu aldea?
―Es distinto.
―En sus venas no corre la sangre de George, ¿no es eso?
―Algo así ―reconoció Nara mirando al suelo.
Apretó los dientes, pero no dijo nada. La entendía, maldición. Se había sentido exactamente igual cuando llegó a Dornoch.
Pero eso no hacía que doliera menos.
―¿Y cómo has sobrevivido desde la muerte de William? Hace meses que falleció, y por lo que me ha contado el rey muchos hombres intentaron hacerse con el clan.
―En general mi clan está formado por personas de bien, pero también están los guerreros que siguen a pies juntillas las creencias de George y, por supuesto, sus aliados.
―Supongo que fueron ellos los que quisieron...
―Lo intentaron infinidad de veces, en realidad. Los soldados querían el título y los aliados aumentar su territorio. Yo era la forma más fácil de conseguirlo para ambos.
―¿Nadie te ayudó?
―Todo el pueblo me ayudó, especialmente Ailis y Brody, los hijos del herrero. Ailis permanecía conmigo las veinticuatro horas del día y Brody se encargaba de escoltarnos cuando estábamos fuera de casa.
―Deduzco que Brody es un buen guerrero.
―Oh, no... no lo es ―rio ella―. Quiere ser herrero, como su padre, pero tuvo que aprender a utilizar la espada cuando su hermana decidió que debían protegerme.
―Parece ser una mujer con carácter ―sonrió Keir.
―Es una mujer increíblemente fuerte y decidida. Si no hubiera sido por ella no sé qué habría sido de mí.
―¿Seguías viviendo en el castillo?
―No. Cuando George murió decidí irme a vivir con Teasagh, la esposa de Norris. Él murió hace unos años y ella me ofreció un techo donde vivir y una comida caliente siempre que podíamos permitírnoslo, cosa que no tenía en el castillo.
―¿William te lo permitió?
―No le pedí permiso. Simplemente recogí mis pocas pertenencias un día que él había ido a divertirse con sus amigos y me marché.
―Pero no te obligó a volver...
―Dudo mucho que se diera cuenta de mi marcha. Desde que su padre murió se pasaba el día divirtiéndose con sus amigos. Siempre terminaba perdiendo el sentido debido al alcohol.
―Cuando lleguemos a Wick me encargaré personalmente de recompensar como corresponde a todo aquel que te ayudó.
―¿Cuándo partiremos?
―Mañana, pero no nos dirigiremos aún a Wick. Viajaremos primero a las tierras de los Sutherland, tengo que prepararme antes de partir.
―Deberías llevar contigo un ejército. Sé que eres un guerrero ejemplar, pero Gregor y sus hombres son expertos en usar artimañas y no dudarán en usarlas para matarte.
―Al parecer mi hermano Glenn se está ocupando de ello. Todos imaginaban de qué se trataba la petición del rey cuando supieron que William había muerto.
―¿No te lo dijeron?
―Sabían que si me lo decían no acudiría a ver al rey. Me quieren demasiado como para ver rodar mi cabeza ―bromeó.
―Me alegra saber que encontraste en los Sutherland una buena familia. Al menos no estuviste solo.
Keir tomó las manos de su hermana y las apretó con cariño.
―Serán también tu familia a partir de ahora ―aseguró―. No volverás a estar sola.
―¿Crees de veras que aceptarán a una Sinclair?
―Eres la hermana de mi hijo, por tanto, ahora también eres mi hija.
Murray se acercó por el camino con signos evidentes de haber contenido las lágrimas. Keir sabía perfectamente que su padre había estado escuchando toda la conversación. El hombre se sentó junto a Nara y tomó sus manos entre las callosas manos del guerrero.
―De veras siento todo lo que has tenido que sufrir, pequeña ―se disculpó―. De haberlo sabido te juro que nada en el mundo me habría impedido sacarte de allí.
―Se lo agradezco.
―¿Nos permitirás ser tu familia a partir de ahora? ―preguntó Murray sonriendo― Mi esposa siempre ha querido tener una hija, pero al final solo tuvimos guerreros cabezotas.
―¿Quién es el cabezota? ―protestó Keir intentando contener las lágrimas.
―Todos vosotros, sinvergüenzas. Me dais demasiados dolores de cabeza.
Nara rio, aligerando el corazón de ambos guerreros. Keir acarició el cabello de su hermana con una sonrisa, y esta vez ella no se apartó.
―Glenn estará encantado de saber que al fin tiene una hermana ―rio Murray.
―Madre me contó que lloró cuando nacieron los demás porque no quería más hermanos ―asintió Keir.
―Yo estaré encantada de tener hermanos ―sonrió Nara.
Pasaron todo el día juntos. Keir le preguntó sobre sus amigos Sinclair, y Nara quiso saber anécdotas de sus hermanos Sutherland. Tras la cena, escoltó a su hermana a su habitación y se reunió con Murray en la suya.
―¿Te encuentras bien? ―preguntó su padre nada más verle llegar.
―¿Podría estarlo después de todo lo que me ha contado?
―Ahora todo eso ya terminó, hijo. Déjalo estar.
―¿Cómo voy a hacer eso? Me siento tan culpable que...
―No debes sentirte culpable, Keir. Tú no sabías de su existencia.
―Aun así, padre... Aun así...
―Nada de lo que esa muchacha ha pasado ha sido culpa tuya ―insistió Murray, sujetándole por los hombros―. Los únicos responsables son esos despreciables que por desgracia ambos habéis tenido la mala suerte de tener como familia. ¿Queda claro?
―Te juro que averiguaré el nombre de cada uno de los desgraciados a los que se la ofrecieron y los mataré ―prometió―. A todos y cada uno de ellos.
―Con ello solo conseguirías comenzar nuevas rencillas entre clanes y el rey te castigaría.
―¡Es mi hermana, maldición! ¿Cómo pretendes que me quede de brazos cruzados?
―No he dicho eso. Solo digo que matarlos no es la solución.
―¿Y qué pretendes que haga entonces?
―Ya pensaremos en ello cuando llegue el momento. Ahora lo que debes hacer es ocuparte de tu clan.
―No sabía que los Sinclair estaban pasando por tantas dificultades. Les he odiado durante tanto tiempo y ahora me siento culpable por haberlo hecho.
―Me alegro de que al fin hayas visto la verdad, hijo. Espero que todo esto te ayude a sacar el resentimiento que llevas tantos años cargando en tu corazón.
―Si no hubiera sido por Nara habría llegado allí para aniquilarlos a todos.
―No debes bajar la guardia, hijo. Por lo que te ha contado Nara parece que tienes muchos enemigos, dentro y fuera de tus murallas. Todos aquellos que quisieron hacerse con el poder intentarán deshacerse de ti, no solo los soldados Sinclair.
―Tendré cuidado, te lo prometo.
―¿Cuánto tiempo os quedaréis en Dornoch?
―No lo sé. Un par de semanas, tal vez. ¿Por qué?
―No puedes demorarte demasiado en viajar a Wick. Puede que en tu ausencia alguno de los guerreros se proclame laird del clan, y si los aldeanos confían en él...
―Los soldados de John Maitland están ocupándose de todo en mi ausencia, pero tal vez debería dejar a Nara con madre. Estará a salvo en Dornoch y...
―Eso es precisamente lo que no debes hacer ―le interrumpió Murray―. Se sentirá abandonada si la dejas en casa. Piensa que acaba de conocerte, y si te marchas sin ella...
―Tienes razón, no puedo dejarla allí.
―Además, sería de gran ayuda tenerla a tu lado para ganarte a su gente, que confía plenamente en ella.
―Es verdad. Tienes razón, pero pensar en ponerla en peligro...
―Sé que todo esto está siendo demasiado para ti, pero debes ser fuerte.
―Soy el Deamhan Dubh ―bromeó―. No hay en Escocia hombre más fuerte que yo.