El demonio Sutherland Capítulo 7
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Capítulo 7

A l día siguiente, por la tarde, Ailis se dirigía a casa de Teasagh para llevarle su ración del pescado que habían logrado pescar aquella mañana.

Desde que los soldados Maitland habían destrozado la empalizada que los hombres de George habían colocado hacía ya tantos años para impedir el paso a la ensenada, todos los días las mujeres del clan se dedicaban a pescar y a recoger cangrejos, pulpos y cualquier molusco que pudieran atrapar.

Los hombres se encargaban de la caza, y los niños, acompañados siempre por uno de los soldados Maitland, habían sido designados a recoger bayas y frutos.

El invierno se acercaba demasiado rápido y apenas tenían comida que llevarse a la boca, debían encontrar la manera de aguantar lo mejor posible hasta la primavera.

Teasagh la miró con una sonrisa cuando la vio entrar. Estaba salando un buen pedazo de carne, y en la olla que tenía sobre el fuego parecía estar cocinándose mermelada de arándanos.

―Llegas justo a tiempo para echarme una mano ―dijo la anciana besándola en la mejilla―. Ayúdame a poner la carne en la despensa.

Ailis levantó la trampilla y bajó con cuidado la escalera.

Teasagh le pasó desde arriba el recipiente con la carne y la joven la colocó en una de las estanterías que llenaban las paredes de la fresca habitación, en la que ya podían verse algunas jarras de cerámica que guardaban algunas de las muchas conservas ya preparadas.

―Te he traído pescado ―dijo cuando salió de la despensa―. ¿Necesitas ayuda para limpiarlo?

―Tu madre te necesitará, Ailis, yo puedo apañármelas sola. ¿Ha habido noticias de Nara?

―Aún no, pero espero que pronto las tengamos.

―Ha pasado ya un mes desde que se marchó, estoy preocupada.

―Yo también. Espero que esté bien y que haya logrado encontrarse con su hermano.

Ailis se percató de una herida muy fea que la anciana tenía en la mano derecha. La tomó para inspeccionarla más de cerca y descubrió que se estaba empezando a infectar.

―¡Teasagh, tu mano! ―exclamó― ¿Cómo te has hecho esto?

―Ah, eso... Me clavé un hueso de jabalí cuando lo estaba preparando para secar. No es nada, se curará en unos días.

―Ha empezado a infectarse ―protestó la joven levantándose―. Vamos, te llevaré a ver a Roderick.

―No voy a molestar a Roderick por una herida insignificante, jovencita.

―Ya lo creo que sí. ¿Qué diría Nara si regresara y descubriera que no te cuido bien? Dejaría de ser mi amiga y yo no podría perdonártelo jamás.

―Qué exageradas sois las jóvenes de hoy en día ―protestó la anciana, aunque se levantó para obedecerla.

La casa del médico no estaba demasiado lejos de allí. Neris, su esposa, estaba terminando de colgar algunas frutas para secarlas cuando llegaron, y se acercó a ellas con una sonrisa, limpiándose las manos en el delantal.

―¿Qué os trae por aquí? ―preguntó.

―Teasagh se ha hecho daño ―explicó Ailis―. Parece que la herida está empezando a infectarse.

―Roderick no está en este momento, pero creo que yo misma podré encargarme de esto. Pasad.

Entraron en la casa del doctor y se sentaron en la mesa. Neris les sirvió un vaso de agua fresca y entró en su habitación para tomar la caja donde Roderick guardaba todos sus remedios. Puso agua a calentar al fuego y se sentó frente a Teasagh para inspeccionar bien la herida.

―Veamos esa herida... ―Suspiró―. Se está infectando, tienes razón.

―¿Lo ves? ―susurró Ailis a Teasagh, que la miró con fastidio.

―Primero vamos a lavarla con agua caliente y jabón, y después te pondré un poco de pomada para la infección. Mañana irá Roderick a ver cómo está la herida.

―Estupendo, tengo un montón de pescado que limpiar y no voy a poder hacerlo.

―Ya te he dicho que puedo hacerlo yo ―insistió Ailis.

―¿Y quién ayudará a tu madre?

―Mi madre es joven y entenderá que te ayude. Deja de pensar que eres un estorbo, Teasagh, o te juro que me enfadaré mucho.

Un revuelo en el exterior las sobresaltó. Neris se asomó por la ventana para ver qué ocurría y atrancó los postigos rápidamente. Se dirigía a atrancar también la puerta cuando Clennan, uno de los guerreros Maitland, irrumpió en la casa llevando a Balgair malherido colgando del hombro.

―¡Rápido, ayudadme! ―ordenó.

Ailis y Neris se apresuraron a ayudar al guerrero a tumbar a Balgair sobre la mesa.

―¿Qué ha pasado? ―preguntó Neris.

―Los soldados Sinclair se han sublevado ―explicó el guerrero―. Han liberado a Gregor de los calabozos y nos han tendido una trampa.

―¿Hay más heridos? ―quiso saber Ailis.

―Cinco hombres más, pero Balgair es el que peor se encuentra.

El soldado se dirigió hacia la puerta y se volvió hacia ellas en el último momento.

―Debo volver ―informó―. Atrancad la puerta cuando salga y no la abráis hasta que regrese. Debo ocuparme de Gregor y sus secuaces.

―Tenga cuidado, por favor ―pidió Ailis.

Clennan asintió y salió corriendo. Ailis se apresuró a atrancar la puerta y regresó a la mesa para ayudar a Neris en lo que pudiera. La mujer ya había cortado la camisa del guerrero y estaba inspeccionando la profunda herida que lucía en el costado.

―Dios santo, hay demasiada sangre ―susurró Teasagh.

―Parece que no ha tocado ningún órgano, ha tenido mucha suerte ―dijo Neris con alivio―. En mi habitación hay una cómoda en la que guardamos los trapos limpios para las heridas. Trae bastantes, Ailis, debemos detener la hemorragia hasta que Roderick regrese.

―¿No puedes curarlo tú misma? ―preguntó Teasagh angustiada.

―Es una herida grave, necesita cauterizarse. Vamos, Ailis, date prisa.

Ailis corrió hasta el cuarto de Neris y abrió los cajones de la cómoda hasta dar con las vendas limpias.

Tomó algunas más pequeñas y otras más grandes, no sabía cuáles iban a necesitar.

Se tropezó con un tablón del suelo en su prisa por regresar junto al guerrero, pero tuvo la suerte de poder recuperar el equilibrio sin tirar las vendas al suelo.

Neris tomó varios trapos y los presionó contra la herida de Balgair.

―Por suerte está inconsciente ―susurró―. Pon tus manos sobre la herida y aprieta con fuerza. Debes hacer presión para detener el sangrado mientras yo voy a buscar a Roderick.

―¡Pero el soldado dijo que no podemos salir! ―chilló Ailis aterrada.

―No hay tiempo que perder, si no cauterizamos pronto esa herida puede morir desangrado. ¿Serás capaz de hacerlo, Ailis?

Ailis tragó saliva y obedeció. Sintió la calidez de la sangre fluir entre sus dedos, un torrente imparable que empapaba sus palmas y se deslizaba por sus muñecas. La sangre tenía una textura viscosa y pegajosa, el pulso rítmico del guerrero herido latía débilmente bajo sus dedos.

―Más te vale no morir en mis manos, Balgair Maitland ―le amenazó a pesar de que estaba inconsciente―. No puedes morirte después de haberme salvado, ¿me oyes?

―No tengo... ninguna intención... de morir todavía ―jadeó el guerrero abriendo los ojos.

―Bien... Bien.

Ailis inspiró con fuerza, intentando tragarse las lágrimas debidas al alivio que sintió al escucharle.

―No llores por mí... muchacha ―logró decir Balgair.

―¿Quién está llorando? ―protestó Ailis― ¿Te duele mucho?

―Siento como si tuviera una roca aplastándome el costado.

―Debo detener la hemorragia. Estás sangrando mucho, mis manos están empapadas.

―Toma más trapos de la cesta y sigue presionando ―ordenó el guerrero en un susurro―. Repítelo cuantas veces sea necesario.

―De acuerdo.

Ailis obedeció y comprobó con alivio que la segunda tanda de vendas se ensangrentaban de manera más lenta.

―Está deteniéndose ―exclamó sonriendo.

―Bien. ―Balgair cerró los ojos y sonrió―. Voy a perder la consciencia en cualquier momento, muchacha, así que sigue presionando.

―Neris ha ido a buscar a Roderick, estará aquí en cualquier momento, así que aguanta.

Como si los hubiera convocado, Neris y Roderick entraron corriendo en la cabaña, llenando de tal alivio a Ailis que se habría arrodillado de no ser porque la vida del guerrero estaba en sus manos, literalmente.

―¿Cómo está? ―preguntó Roderick.

―Ha recuperado la consciencia hace un momento, pero acaba de desmayarse de nuevo ―informó Teasagh, a quien Ailis había olvidado por completo.

―Eso es bueno, no querrá estar despierto cuando cauterice la herida.

Neris se acercó a Ailis y quitó con suavidad sus manos de la herida.

―Ya me ocupo yo, cariño ―dijo con suavidad―. Ve a lavarte, lo has hecho muy bien.

Ailis se apartó de la mesa, pero no se fue a ninguna parte. Se quedó de pie en un rincón viendo al médico moverse por la habitación. Roderick calentó un puñal en el fuego de la chimenea hasta que el acero se puso al rojo vivo y se acercó a la mesa nuevamente.

―Será desagradable, Ailis ―dijo Teasagh―. Deberías...

―No voy a moverme de aquí hasta asegurarme de que está bien ―la interrumpió―. Él me salvó de Gregor, es lo mínimo que puedo hacer.

―Siéntate entonces, no quiero que termines golpeándote contra el suelo si te desmayas.

Ailis obedeció sintiendo su corazón latir con fuerza en su pecho.

El olor acre de la carne quemada llenó el aire y el guerrero soltó un grito desgarrador que resonó en las paredes de la estancia.

Ailis apretó los puños, sus uñas clavándose en las palmas, mientras luchaba por mantener la compostura.

La escena se grabó a fuego en su mente, una imagen de dolor y desesperación que nunca olvidaría.

―Neris, tráeme caléndula, sábila, lavanda y equinácea ―ordenó Roderick―. Voy a preparar un ungüento para evitar la infección.

Ailis observó al médico mezclar los ingredientes en el mortero y verter la pasta viscosa en un tarro. Usó el sobrante que quedó en el mortero para untarlo por la herida de Balgair y lo vendó con un trozo limpio de tela de lino.

―Es todo lo que puedo hacer por él, ahora todo depende de Dios ―suspiró.

La puerta se abrió y entró Brody seguido de cinco guerreros más heridos. Ailis corrió a abrazar a su hermano, que se dejó caer en un banco con un suspiro.

―¿Dónde demonios estabas? ―le regañó― ¿Sabes lo preocupada que me tenías?

―Tu hermano estaba a salvo, muchacha ―dijo el guerrero que había llevado allí a Balgair―. ¿Cómo está?

―He cauterizado la herida, pero necesita descansar en una cama ―informó Roderick― ¿Habéis capturado a Gregor?

―Han huido hacia las montañas ―protestó―. Mis compañeros están heridos y no podremos defender al clan si deciden atacar. Necesitamos que el Deamhan Dubh llegue cuanto antes.

―¿Y qué podemos hacer? ―preguntó Ailis.

―Alguien debería viajar a Edimburgo para informar al rey. Pero dado el estado de mis compañeros...

―Yo iré ―se ofreció Brody levantándose―. Yo iré a Edimburgo.

―No puedes ir tú solo, Brody ―exclamó Roderick―. Aún eres un muchacho y...

―¿Crees que la situación en la que estamos nos permite pensar en tonterías? ―le interrumpió el joven― Necesitamos ayuda urgente, ¿no lo ves?

―Yo iré contigo ―se ofreció Ailis.

―Ni lo sueñes ―negó su hermano―. No voy a llevarte conmigo.

―¡Acabas de decir que necesitamos ayuda urgente!

―Venid conmigo ―interrumpió Clennan, poniéndose de pie.

Clennan y los dos jóvenes se dirigieron al castillo, al despacho que en su momento ocuparon George y William.

―Creo que tengo una idea mejor que ir a avisar a nuestro rey ―dijo Clennan―. Dornoch está a tres días de aquí, y apuesto a que los Sutherland ya saben que Keir es vuestro nuevo laird. Es más, conociéndole apostaría a que él mismo se encuentra allí.

Tomó de la caja fuerte un papel enrollado y se lo entregó a Brody, que lo aceptó con solemnidad.

―Este es el sello real, entregádselo a los Sutherland cuando os encontréis con ellos en sus tierras. Contadle al Deamhan Dubh la situación, necesitamos que llegue de inmediato con su ejército.

―¿Y si aún no ha llegado? ―preguntó Ailis.

―Contádselo entonces a Duncan Sutherland, enviará a sus hombres para proteger las tierras de su hermano.

―De acuerdo ―asintió Brody.

―Tened mucho cuidado, no sabemos dónde se han metido Gregor y los suyos. Podrían intentar atacaros en el camino.

Los jóvenes asintieron y regresaron a su hogar. Debían prepararse para el viaje, no era demasiado largo pero sí peligroso. Ailis pidió al cielo que todo saliera bien y que pronto pudiera encontrarse con su amiga Nara. Porque también encontraría a su laird.