El demonio Sutherland Capítulo 6
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Capítulo 6

T ras la marcha de Nara , la aldea se convirtió en un hervidero de actividad.

Los guerreros Maitland que se quedaron a controlar a Gregor y sus hombres se encargaron de conseguir alimentos para que los aldeanos pudieran pasar el invierno.

Dividieron los cereales almacenados en el castillo en pequeñas porciones y las entregaron en las casas, proporcionalmente a los miembros que vivían en ellas.

También se encargaron de recoger las frutas y verduras de los huertos para que las mujeres Sinclair hicieran conservas, de cazar suficientes animales y de pescar suficiente pescado para que hubiera comida para todos.

Ailis estaba tan ocupada que no tuvo tiempo de reparar en Gregor en toda la semana.

Las pocas jóvenes que quedaban en la aldea se encargaban de ayudar a los ancianos a preparar la comida para el invierno, y terminaban casi al anochecer.

Aquel día se estaba encargando de recoger las plantas aromáticas del huerto de Neris, esposa del médico y partera del clan, cuando el guerrero la tomó por sorpresa de la muñeca y la arrastró hasta un cobertizo abandonado, donde la arrinconó contra la pared.

―Al fin te tengo, bruja ―espetó, tan cerca de su rostro que algunas gotas de saliva salpicaron el rostro de Ailis―. Ahora te voy a enseñar a no meterle ideas raras en la cabeza a quien no debes.

―Nara es lo suficientemente inteligente para pensar por sí misma, estúpido ―respondió, aunque realmente estaba muerta de miedo―. Nadie ha tenido que decirle lo que tiene que hacer.

Gregor retorció su brazo hasta hacerle daño y sonrió con desprecio. A ella le temblaban las rodillas, pero levantó el mentón para no mostrarle miedo.

―Suéltame ahora mismo ―ordenó.

―¿Vas a acusarme con los hombres del rey? ―se mofó él.

―Apuesto a que no serás tan valiente cuando esté aquí el Deamhan Dubh.

―Le tienes mucha fe al Deamhan Dubh, Ailis. ¿De veras crees que será distinto de ellos? La misma sangre corre por sus venas, no tengo ninguna duda de que todo volverá a ser como antes en cuanto se alce como laird de estas tierras.

―Cualquiera es mejor que tú, Gregor Sinclair. El mismísimo Demonio en persona sería mejor laird que tú.

Gregor apretó los dientes y rodeó su cuello con las manos para ahogarla, pero Allaidh, el perro lobo que habían traído los Maitland con ellos, saltó sobre él y le mordió el antebrazo, apartándolo abruptamente de ella.

―Muchacha, ¿estás bien? ―preguntó Balgair Maitland desde la puerta.

―¡Quítame a esta bestia de encima! ―grito Gregor intentando apartar al enorme animal.

―La única bestia que hay aquí eres tú, Gregor ―escupió Ailis, que aún temblaba, pasándose la mano por el cuello dolorido―. Ha intentado agredirme, señor. Estaba a punto de ahogarme.

El guerrero hizo una señal a través de la puerta y dos guerreros Maitland entraron para apresar a Gregor.

―Llevadle a las mazmorras y encerradle allí hasta que llegue el Deamhan Dubh ―ordenó―. Que sea él quien decida su suerte.

Ailis observó cómo se lo llevaban abrazándose a sí misma para que nadie pudiera notar el temblor de su cuerpo, pero fue inútil.

Balgair la tomó de los hombros y la sacó de aquel lugar para acompañarla hasta su hogar.

No dijo nada, pero no había necesidad de hacerlo.

Ailis se sentía tan agradecida por su repentina aparición que estuvo a punto de abrazarlo.

―No te preocupes, muchacha, nos ocuparemos de los alborotadores para que no vuelvan a incomodarte ―dijo el guerrero.

―Se lo agradezco mucho, señor.

―Te echa la culpa de lo que ha pasado, ¿no es así?

―Cree que soy quien le dijo a Nara que le escribiera a su majestad.

―Si lo fuiste, debo reconocer que fuiste muy inteligente.

―No supe que lo había hecho hasta que descubrí vuestra llegada ―sonrió Ailis―. A pesar de tener tan solo diecisiete años, Nara es una muchacha muy lista.

―Si se parece un poco a su hermano, debe serlo.

―¿Conoce usted a nuestro nuevo laird?

―En efecto, hemos coincidido bastantes veces en la corte.

―¿Podría hablarme de él?

―¿Qué quieres saber?

―A decir verdad, tengo miedo de que sea como William. Creo que ese es el miedo de toda la gente de Wick. Hemos pasado mucho bajo el mandato de su familia y...

―William y Keir son como el agua y el aceite, muchacha ―la interrumpió―. Aunque es un guerrero excepcional y despiadado, es un hombre de honor. Los Sutherland le han inculcado buenos valores, no tienes nada que temer.

―Me alivia escuchar eso. No creo que pudiéramos aguantar un nuevo invierno en las condiciones en las que ahora se encuentra el clan.

―No voy a mentirte, las cosas están muy mal ahora mismo y va a ser un invierno muy duro a pesar de todo el esfuerzo que estamos haciendo. Apenas hay alimentos para todos y la caza y la pesca están siendo escasas. Keir no podrá solucionar los problemas de un día para otro.

―Con que al menos intente solucionarlos me doy por satisfecha. Creo que lo que nuestra gente necesita es dejar de tener miedo y confiar en nuestro laird.

Llegaron a la casa de Ailis, la herrería, y Balgair se despidió de ella con una inclinación de cabeza. Ailis se dirigió directamente a la forja, donde su padre, Hasson, fabricaba una azada.

―¿Dónde está tu hermano? ―preguntó su padre sin dejar su trabajo.

―Seguramente esté con los Maitland en el bosque. Iba a llevarlos a otra zona para ver si podían cazar algún jabalí.

―Este muchacho va a acabar conmigo ―protestó― ¿Y para cuándo su trabajo en la forja?

―Quiere ser herrero, pero ahora está obnubilado por los grandes guerreros Maitland ―rio ella tomando un pequeño cuchillo de la estantería―. ¿Qué es esto?

El herrero dejó su trabajo y se limpió las manos en el delantal. Tomó el puñal de las manos de su hija y lo observó con una sonrisa. Era una pieza excelente, con la empuñadura de cuero adornada con un cairngorm ​ [1] engastado en la punta.

―Es para ti ―respondió entregándoselo―. Sé que has estado teniendo problemas con Gregor y sus secuaces y quiero que puedas defenderte de ellos.

―Es precioso ―susurró ella―. Me encanta.

―Elegí esta piedra porque se parece al color de tus ojos ―sonrió el herrero―. También he hecho uno para Nara, se lo daré cuando regrese.

―Le encantará.

―Ailis... ―La tomó de la muñeca, la llevó hasta una mesa con dos sillas donde la hizo sentarse y se sentó a su lado―. ¿Por qué no me has dicho que estabais teniendo problemas con los soldados?

―No quería preocuparte.

―Soy tu padre. Si yo no me preocupo por ti, ¿quién lo hará?

―Brody nos ha estado ayudando. Mi hermano nos ha protegido.

―Brody apenas es un muchacho que aún no sabe cómo defenderse a sí mismo. Habéis tenido mucha suerte, Ailis.

―Lo sé ―susurró ella recordando el encuentro de esa tarde con Gregor―. Pero no debes preocuparte más por ellos, los Maitland han apresado a Gregor hasta que llegue nuestro laird.

―¿Le han apresado? ¿Por qué?

―No lo sé ―mintió―. Los he visto llevarlo a las mazmorras del castillo hace un momento.

―¿Por eso te ha acompañado Balgair Maitland hasta aquí? ―preguntó su padre con una ceja arqueada.

―Le encontré en el camino y aproveché para preguntarle por nuestro nuevo laird.

―Entiendo.

―¿Tú le conociste?

―Sabía de su existencia, aunque yo era tan solo un muchacho cuando su padre se lo vendió a los Gunn.

―¿Piensas que será un buen laird para nuestro clan?

―No lo sé ―suspiró Hasson―. Dicen que es un hombre de honor, pero no le culparía por sentir rencor hacia los Sinclair debido a lo que le pasó siendo niño.

―Pero nosotros no tuvimos la culpa de lo que pasó.

―Tampoco le ayudamos.

―Acabas de decir que eras solo un muchacho ―protestó ella.

―Me refiero a los mayores, Ailis. Nadie movió un solo dedo por él, ni siquiera Norris y Teasagh lo intentaron después del castigo que recibió ella por cambiarle el pañal.

―¿Qué ocurrió?

―George le dio cien latigazos por hacerlo.

―Por eso son las cicatrices de su espalda...

―¿Las has visto? ―se sorprendió Hasson.

―Por accidente.

―Piensa que ella era adulta cuando todo aquello pasó, pero Keir solo era un niño y sufrió castigos similares durante sus diez primeros años de vida. Era el hijo del laird, pero siempre vestía andrajos y dependía de la valentía de la gente del pueblo para comer.

―¿Y qué pasó con su madre?

―Murió en el parto, y la mujer que George designó para su crianza estaba más ocupada metiéndose en la cama de su laird que cuidándole.

Se levantó de la mesa y volvió a su trabajo en el horno.

―Por suerte Murray Sutherland le encontró cuando huyó de los Gunn ―continuó―. Siempre se ha referido a él como su hijo y lo ha tratado como a todos los demás.

―Fue una suerte, desde luego ―asintió Ailis.

―Nadie se hubiera imaginado que aquel niño escuálido pudiera convertirse algún día en el terror de las Highlands, pero así ha sido. Espero que su rencor haya menguado con los años, o me temo que nos espera un futuro verdaderamente incierto.

Ailis dejó a su padre con su trabajo y entró en la casa para ayudar a su madre con las conservas. El aire olía a compota de manzana, su favorita, y sonrió de oreja a oreja cuando vio sobre la mesa un cuenco repleto de ellas.

―Los guerreros han encontrado algunos manzanos en el bosque ―explicó su madre sonriendo también.

―¿De veras? He peinado el bosque con Brody y jamás los he visto.

―Han traído manzanas suficientes para toda la aldea. ¿Quieres ayudarme a preparar la compota para el invierno?

Ailis se sentó con su madre y comenzó a partir las manzanas con ella. le encantaba pasar tiempo con Dallis, era su momento favorito del día.

―¿Quién era el hombre que te ha acompañado antes a casa, hija? ―preguntó su madre.

―¿Tú también? ―suspiró― Es uno de los guerreros Maitland, el que está a cargo de todo hasta la llegada de nuestro laird.

―¿Y qué quería?

―Caminábamos mientras yo le hacía preguntas sobre Keir Sutherland, no quería nada.

―Es un hombre muy apuesto.

―Aún no quiero casarme.

―Tienes edad para hacerlo, Ailis. Sé que aún amas a John, pero...

El rostro de Ailis se ensombreció ante la mención de su prometido.

John era el hombre más cariñoso, dulce y divertido del clan, y Ailis le había amado desde que era una niña.

Iban a casarse la primavera anterior, pero George se atrevió a declararle la guerra a los Sutherland y murió en el campo de batalla.

También lo hizo John. William le había contado que había sido el mismísimo Deamhan Dubh quien había matado a su prometido.

Ailis no podía reprochárselo ni guardarle rencor, Clynetradwell fue una batalla sangrienta y ambos bandos perdieron a muchos de los suyos.

Pero había perdido al amor de su vida, y aún le dolía recordarlo.

―Lo siento, hija. No pretendía...

―Aún no estoy lista para dejarle marchar ―reconoció―. Sé que tengo que hacerlo, pero aún no puedo.

―Tienes veintiún años, Ailis...

―Sé qué edad tengo, madre. ¿No crees que ahora mismo hay muchas cosas en las que pensar como para hacerlo en mi matrimonio?

―Para mí no hay nada más importante que tu felicidad.

―Se acerca el invierno y nuestro clan apenas tiene comida. Tampoco tenemos ropa de abrigo, deberíamos preocuparnos por conseguir lana y tejer algunas mantas.

―Muy bien, no te insistiré más ―dijo su madre con un suspiro―. De todas formas pronto llegarán nuestro nuevo laird y sus guerreros, tal vez alguno de ellos logre hacerte olvidar a John.

Aquella noche, en la oscuridad de su habitación, la mente de Ailis volvió a pensar en el Deamhan Dubh .

Keir Sutherland, un hombre que había sufrido tanto y sin embargo se había convertido en un gran guerrero, tanto que el rey confiaba plenamente en él.

¿Podría confiar también ella? Con ese pensamiento en mente, se quedó profundamente dormida.