Capítulo 5
K eir se paseaba de un lado a otro mientras su padre y él esperaban en la habitación contigua para entrevistarse con su rey.
Aunque había intentado mostrarse indiferente delante de su familia, en realidad se sentía nervioso.
Había ensayado en su mente más de cien veces durante el viaje su discurso para rechazar un matrimonio si eso era lo que tenía Jaime en mente, aunque esperaba que esa reunión tuviera como objetivo una nueva misión para él.
Sin embargo, ¿qué pintaba Murray en todo aquello? Maldición, la espera lo estaba matando.
―¿Puedes parar de una vez? ―protestó Murray― Me estás volviendo loco.
―Sabes que no soy bueno para esperar, padre. ¿Por qué no nos hace pasar ya?
―Tal vez esté ocupado con algún asunto más importante. Siéntate de una vez y espera a que sea nuestro turno.
Keir suspiró, pero obedeció a Murray y se sentó a su lado con los brazos cruzados y las piernas estiradas.
Quince minutos después, el consejero del rey abrió las puertas dobles del salón del trono y les hizo pasar.
Jaime estaba sentado sobre la tarima y lucía terriblemente preocupado.
Keir había combatido las suficientes veces a su lado como para saber que algo serio ocurría.
Maldijo para sus adentros, aquello no presagiaba nada bueno.
―Buenos días, majestad ―saludó Keir con una reverencia.
―Buenos días, Keir. Supongo que tu padre te habrá puesto al tanto de los nuevos acontecimientos.
―No he tenido el valor, majestad ―intervino Murray―. Mis disculpas.
―Te entiendo, Sutherland ―respondió el rey con un movimiento indiferente de su mano―. Yo tampoco lo habría tenido de haber estado en tu lugar.
―¿Cuáles son esas noticias, majestad? ―preguntó Keir sin comprender nada.
―Hace dos semanas William Sinclair murió en una contienda. Mis condolencias.
―Se lo agradezco, majestad, pero esa persona no significa nada para mí. Me gustaría saber quién le mató para poder agradecerle el favor, si le parece bien.
―Keir... ―advirtió su padre.
―No tienes ni idea de lo que la muerte de William significa, ¿Verdad? ―preguntó el rey― Ahora que tu padre y tu hermano han muerto, te corresponde a ti ser laird de los Sinclair.
―No ―espetó Keir, envarándose―. Jamás seré el laird de los Sinclair.
Jaime le hizo una señal a John, que desapareció por una puerta lateral para volver un momento después seguido de una hermosa joven.
Tenía el cabello rubio adornado con algunas trenzas.
Era menuda, a Keir le llegaría a la altura de los hombros, y tenía un cuerpo estilizado.
No, mirándola con atención estaba extremadamente delgada.
Cuando se situó junto a su rey, la joven levantó la mirada y Keir dio un respingo.
Tenía los ojos de los Sinclair, los mismos ojos que los suyos.
―¿Qué demonios significa esto? ―tronó.
―Te presento a tu hermana menor, Nara Sinclair ―dijo Jaime.
―Mi... ¿Mi hermana?
―Él es Keir Sinclair...
―¡Sutherland! ―corrigió Keir con un rugido, logrando que su majestad pusiera los ojos en blanco.
―Él es tu hermano mayor.
Se acercó lentamente a ella, como si temiese que se esfumara en cualquier momento. La joven le miraba con recelo, como un cervatillo a punto de huir de él. Se le encogió el corazón al pensar en las atrocidades que habría tenido que vivir a manos de su padre y su hermano.
Levantó una mano temblorosa para acariciar con suavidad su mejilla, y tuvo que tragarse el nudo que se le formó en la garganta cuando la joven se encogió ante su contacto, igual que había hecho él cuando Nessa le acarició por primera vez.
―No voy a hacerte daño ―susurró―. Jamás te haría daño, no soy como ellos.
―Muchos hombres han intentado tomar a tu hermana para hacerse con el control de los Sinclair, Keir ―informó Maitland.
―Los mataré a todos ellos ―respondió con los dientes apretados.
―Si no aceptas ser el laird Sinclair, si sigues empeñado en negar tu herencia, muchos otros lo intentarán.
―¿De veras piensas que yo lo permitiré?
―Mi gente está agonizando ―se atrevió a decir Nara―.
Mi hermano y mi padre antes que él los ha obligado a vivir en la pobreza, agotando los pocos recursos de los que disponen.
Han sido golpeados hasta la muerte, las mujeres violadas sin control, incluso los niños han tenido que realizar trabajos horribles si querían tener un trozo de pan que llevarse a la boca.
Keir apretó los dientes, pero no dijo nada.
―He escuchado tantas historias sobre usted que he perdido la cuenta ―continuó su hermana―. Pero si hay algo que he podido deducir de ellas es que es un hombre de honor. Sé que si gobierna a mi gente los hará prosperar, y al ser familia de los Sutherland las luchas entre ambos clanes terminarán.
―Olvídalo, no me haré cargo de ellos ―respondió Keir―. Vendrás conmigo a Dornoch y vivirás entre Sutherland. Te aseguro que serás infinitamente mucho más feliz entre los míos.
―Los Sinclair son los tuyos también, hijo ―intervino Murray―. No puedes darles la espalda por lo que te hizo tu padre.
―Si me sacas de mi hogar te odiaré por el resto de mi vida ―se atrevió a amenazar su hermana.
―¡Ellos no hicieron nada por mí!
―¡Estaban aterrados! ―exclamó ella― Teasagh, una de las ancianas del pueblo, me contó que cuando eras un bebé nuestro padre no permitía que nadie te cambiara el pañal.
Tenías la piel tan irritada que Teasagh temía que te salieran ampollas, y aprovechó que nuestro padre se había emborrachado hasta perder el sentido para cambiarte.
Recibió cien latigazos por haberse atrevido a desobedecerle, hermano.
Cien latigazos por cambiar un simple pañal. Aún luce las cicatrices que le produjo.
―Keir... Nunca te he dicho lo que tienes que hacer ―añadió Murray―. Siempre has sido un joven muy maduro para tu edad, obediente y responsable. Me llenaste de orgullo cuando dijiste que querías convertirte en guerrero y has llegado a ser el más temido de las Highlands.
―¿Qué tiene eso que...?
―Me decepcionarías mucho si ahora le dieras la espalda a personas inocentes cuyo único pecado ha sido tener miedo ―le interrumpió su padre.
Tras un momento de duda, Keir asintió.
―Lo haré, maldita sea ―susurró―. Pero si al finalizar el mes descubrís que el clan Sinclair no existe, yo...
―Correré el riesgo, Deamhan Dubh ―respondió el rey con una enorme sonrisa―. Ve a descansar, muchacha. Conociendo a tu hermano, deduzco que querrá partir al alba.
Nara asintió y se dirigió hacia la puerta por la que había entrado en el salón. Justo cuando su mano rozó el picaporte, Keir la llamó.
―Juré que jamás volvería a pisar el castillo Sinclair cuando nuestro padre me repudió delante de todos ―dijo―. Ni siquiera el demonio del Infierno me habría hecho volver.
Tragó saliva y en dos zancadas estuvo a la altura de su hermana. Le levantó el mentón y la miró con una dulzura que ni siquiera Murray había visto jamás en sus ojos verdes.
―Pero habría vuelto por ti sin dudarlo, Nara Sinclair ―continuó con voz ronca―. Si hubiera sabido antes que existías, te habría sacado de allí.
El labio de Nara tembló y sus ojos se llenaron de lágrimas. Keir la abrazó con suavidad y sintió la humedad en su camisa. La besó en la mejilla antes de soltarla.
―Tendremos mucho tiempo para hablar, pero creo que es suficiente por ahora ―dijo con voz temblorosa―. Sube a descansar, iré a buscarte para el almuerzo.
―De acuerdo.
La observó marcharse y cuando la puerta se hubo cerrado a sus espaldas se volvió furioso hacia su rey.
―¿Lo sabía? ―espetó― ¿Sabía que tenía una hermana y no me lo dijo?
―No, no lo sabía ―suspiró el rey―. Me enteré de la existencia de tu hermana cuando recibí una carta escrita de su puño y letra.
Al principio pensé que estaba mintiendo, por eso quise esperar a tenerla delante para escribirte.
En cuanto la vi pude comprobar que todo lo que me dijo en aquella carta era cierto.
―Es tu viva imagen, Keir ―dijo Murray con asombro.
―Es cierto ―asintió Jaime―, y tiene los ojos de los Sinclair, igual que tú. Supongo que querrás viajar a Wick de inmediato...
―Primero debo volver a Dornoch ―interrumpió Keir―. Debo despedirme de mi familia.
―Por supuesto, por supuesto... Confío en que viajarás con algunos de los hombres de tu hermano.
―Glenn está ocupándose de ello, majestad ―dijo Murray.
―¿Tú lo sabías? ―espetó Keir.
―Cuando leí que tu hermano había muerto pensé que era lo más lógico, y tu hermano se ofreció voluntario.
―No voy a llevar a nadie conmigo, majestad. No pienso poner en peligro a ningún Sutherland en esto.
―Discútelo con Duncan cuando lleguemos a casa ―respondió Murray encogiéndose de hombros.
―No puedes ir sin protección a las tierras de los Sinclair ―protestó el rey―. Si no quieres llevar contigo a los hombres de tu hermano llevarás a los míos.
―Agradezco mucho el ofrecimiento, pero los Sutherland serán quienes se ocupen de la seguridad de mis hijos ―respondió Murray.
―Acabo de decir que no vendrán ―protestó Keir en un susurro.
Murray no le prestó la más mínima atención.
―Doy por hecho que esto significa que los Sutherland y los Sinclair no volverán a pelear... ―adivinó el rey.
―¿Intenta insultarme? ―protestó Keir― Los Sutherland son mi familia, si alguien se atreve a atacarlos probará el sabor de mi espada.
―Bien, eso es todo. Ahora que eres el laird Sinclair, séptimo conde de Caithness, tus días a mi servicio han terminado. Ve a ver a tu hermana, está muy asustada y creo que necesita comprobar que tú no eres como ellos.
Keir se despidió de su monarca y salió del salón seguido de cerca por Murray.
―Sé que estás enfadado, pero... ―comenzó a decir su padre.
―No lo estoy ―le interrumpió―. Comprendo por qué no pudisteis decírmelo.
―No sabía nada de la existencia de tu hermana. Si lo hubiera sabido te lo habría dicho inmediatamente.
―Al rey no le convenía que lo supieras ―bufó Keir―. Si te lo hubiera contado no habría tenido ese as bajo la manga para obligarme a ocuparme de los Sinclair.
―No quiero ni pensar en las barbaridades que han podido hacer con ella.
―Te juro que si alguno de los dos siguiera vivo lo mataría con mis propias manos. ¿Qué hicieron para que nadie supiera de su existencia?
―Seguramente la tratarían como a una esclava más en el castillo, por eso nadie reparó en su presencia.
―Ojalá estén ardiendo en las llamas del Infierno.
―Te aseguro que es el único lugar al que irán, hijo.
―Dios... Ni siquiera sé cómo acercarme a ella. Seguro que la han golpeado tantas veces que...
―Está asustada, esto es tan nuevo para ella como para ti.
―Ni siquiera la gente del clan le habló de mí ―dijo con amargura.
―El miedo es un arma muy poderosa, Keir, lo sabes bien.
―Y ahora soy un auténtico desconocido para ella.
―Deberás mostrarle que en el mundo no solo existe la crueldad, sino también la bondad y el amor.
―Si no tuviera que marcharme a Wick le pediría a mamá que me ayudara. Seguro que ella sabría qué hacer.
―No tienes que irte inmediatamente, Keir. Puedes pasar unos días en casa.
―Tengo la sensación de que no serán suficientes para ganarme su confianza.
―¿Recuerdas el día que llegaste a nuestro hogar?
―¿Cómo olvidarlo? Fue el mejor día de mi vida.
―Actúa con ella como lo hicimos nosotros contigo, hijo. Acércate con precaución, poco a poco, y todo irá bien.
―¿De veras lo crees?
―Fue bien contigo, ¿no es así?