Capítulo 4
K eir se encontraba en las caballerizas cepillando a Black tras haber preparado su equipaje.
El caballo relinchaba de felicidad, haciéndole reír.
Por el rabillo del ojo vio a Mai, la mujer que amaba, alejarse por el camino.
Soltó el cepillo en el suelo y salió a correr tras ella, alcanzándola justo antes de llegar a su casa.
―Buenas tardes, señor ―saludó ella sonrojándose―. Veo que lleva usted mucha prisa.
―En realidad solo venía a verte. Y ya te he dicho infinidad de veces que no me llames señor.
―Es el hijo de mi laird, debo mostrarle respeto.
―Serás mi futura esposa, así que el respeto está de más.
La joven sonrió y sus mejillas pasaron de un tono rosado a otro más oscuro.
Keir le ofreció el brazo y caminaron en dirección a la panadería que pertenecía a la familia de Mai.
Keir había descubierto que estar en compañía de aquella preciosa mujer le traía mucha paz y, con el tiempo terminó perdidamente enamorado de ella, un amor que sabía correspondido.
Habían compartido algunos besos furtivos a escondidas, pero Keir lo que realmente quería era convertirla en su esposa, en la madre de sus hijos.
Cuando habló con Murray sobre el tema, su padre no puso ninguna objeción al matrimonio.
Duncan le había prometido el castillo de Asainte , al oeste de las tierras de los Sutherland, para que pudiera formar una familia con ella.
Pero antes debía terminar su trabajo al servicio del rey.
Keir confiaba que antes de que finalizara el siguiente verano Jaime habría logrado la paz entre todos los clanes y él podría volver a su vida de antes.
Solo esperaba que Mai estuviera dispuesta a esperarle un poco más.
―¿Por qué te sonrojas? ―preguntó― No he dicho más que la verdad.
Se desvió del camino hasta un lugar apartado. Acarició la mejilla de Mai con el dorso de la mano y unió sus labios a los de la joven en un beso fugaz.
―Cuando termine mi trabajo con el rey te pediré que te cases conmigo ―susurró.
―¿Y cuándo será eso?
―Con suerte antes de que termine el próximo año. ¿Me esperarás?
―Te esperaré ―asintió Mai.
―Mañana debo volver a Edimburgo.
―¿Otra vez? Pero acabas de regresar...
―Esta vez voy con mi padre, al parecer el rey tiene algo importante que decirme. ¿Me echarás de menos?
―Sabes de sobra que sí.
―No más que yo a ti ―susurró, volviendo a besarla―. Vamos, te llevaré a casa. Se hace tarde y tu padre se preguntará dónde te has metido.
―Le diré que el hijo rebelde de mi laird me ha secuestrado ―bromeó.
―El hijo rebelde es Tavish, y si descubro que hace algo semejante le cortaré los bajos del plaid en menos que canta un gallo.
Volvió a besarla, esta vez con mayor intensidad. La mujer enredó los brazos en su cuello y se puso de puntillas para sentirle más cerca, pero el relincho de un caballo los separó de golpe. Keir sonrió.
―Me provocas demasiado, muchacha ―la reprendió―. Cualquier día tu padre nos atrapa y terminaré pagando las consecuencias.
―Mi padre estará encantado de verme casada con uno de los hijos del laird.
―Eso espero, porque no pienso renunciar a ti aunque se oponga. Huiremos a Gretna Green y nos casaremos en secreto.
―¿Estás loco? ―rio ella― Tu padre te apalearía si hicieras algo semejante.
―Tienes razón, pero te aseguro que la paliza merecería la pena.
Pegó sus labios a los de ella bruscamente y la tomó de la mano para salir de su escondite.
Caminaron así hasta la puerta de la panadería, donde se despidió de ella prometiéndole que traería regalos de Edimburgo.
Regresó a su casa para la hora de la cena.
El ambiente estaba enrarecido, cuando habitualmente sus hermanos estaban bromeando ahora se encontraban cabizbajos mareando la comida en el plato.
Se acercó a Nessa y la besó en la frente, como siempre que llegaba a casa.
―¿A qué vienen esas caras largas? ―preguntó― ¿Vais a echarme mucho de menos esta vez?
―Es lo mismo que yo he dicho ―protestó Nessa, que estaba colocando la bandeja del asado sobre la mesa―. ¿Acaso la comida no es de vuestro agrado?
―Nos encanta la comida ―respondió Duncan removiendo con el tenedor el puré de su plato―. Solo estoy un poco cansado después de la carrera.
―A mí me duele todo el cuerpo ―protestó Rowan, también sin levantar la cabeza del plato―. Gracias a Keir voy a amanecer acatarrado mañana.
―Exagerado... ―rio el aludido dando buena cuenta de su comida― Tan solo has estado un rato en el agua.
―¿De dónde vienes? ―preguntó Murray― Has llegado tarde.
―Lo siento, estuve paseando con Mai y se me fue el santo al cielo.
―Realmente te gusta mucho esa muchacha, ¿no es así? ―dijo Moira alzando las cejas.
―Será tu futura cuñada ―asintió Keir con un guiño―. Si tengo suerte, estaré casado con ella antes de que haya terminado el próximo año.
No le pasó desapercibida la mirada que se lanzaron Duncan y Murray, ni tampoco el suspiro exagerado de Tavish, que estaba mucho más sombrío de lo habitual. Ocurría algo grave, estaba seguro, y nadie se animaba a contárselo. Soltó el tenedor junto al plato y se incorporó.
―Vamos, decidme de una vez qué es lo que está pasando ―ordenó.
―No está pasando nada ―protestó Duncan.
―Mientes fatal, hermano. Parece como si hubiera muerto alguien desde que llegó la carta del rey. Desembucha.
―Te he dicho que...
―Quiere casarme con una mujer de la corte ―se apresuró a decir Keir―. ¿Es eso?
―Keir...
―No me importa, le diré que ya estoy comprometido con Mai. Si lo que quiere es una unión con los Sutherland puede casarse Tavish con la mujer que Jaime haya elegido para mí.
―¿A mí por qué me metes? ―protestó el aludido― No quiero casarme, muchas gracias.
―¿No dices siempre que quieres llevarte una mujer todas las noches a la cama? Esta es tu oportunidad.
―Una mujer diferente cada noche, hermano, no la misma una y otra vez.
Murray apretó los dientes y no dijo nada.
Era mejor que Keir pensara que Jaime le había buscado una esposa, no quería reabrir viejas heridas antes de tiempo.
Aún podía recordar con total claridad a aquel niño de diez años que se retorcía para que sus hombres le soltasen.
Estaba malherido, muerto de hambre y de frío, pero aun así luchó con todas sus fuerzas por zafarse de su agarre.
Fue lo que vio en sus ojos lo que le rompió el corazón.
Desesperación, soledad... y miedo. Un miedo aterrador que le hizo estremecer.
Él, uno de los lairds más importantes de las Tierras Altas, rompió a llorar como un niño cuando acarició su cabeza y Keir se estremeció, como si fuera la primera vez que alguien le ofrecía una muestra de cariño.
Se juró entonces que le protegería igual que al resto de sus hijos...
y lo había cumplido hasta entonces. Solo esperaba poder seguir cumpliéndolo después de aquella maldita carta.
––––––––
A la mañana siguiente , Keir y Murray partieron hacia Edimburgo acompañados de una veintena de hombres.
Durante todo el camino Keir estuvo haciendo bromas con sus hombres y riendo, como si no le preocupara en absoluto lo que el rey tenía que decir.
Era mejor así. Murray intentó con todas sus fuerzas ser el de siempre para que su hijo no se percatara de la preocupación que sentía, pero Keir le conocía demasiado bien como para mentirle.
―Venga, padre... ¿Vas a contarme de una buena vez qué es lo que te pasa? ―protestó Keir poniendo a Black al lado de su caballo― Estás muy raro desde ayer, no creas que no me he dado cuenta.
―Sabes que te quiero como a un hijo, ¿verdad? Sabes que en Dornoch siempre tendrás tu hogar y que los Sutherland siempre seremos tu familia.
―Por supuesto que lo sé. ¿A qué viene eso ahora?
―Solo quiero que lo recuerdes siempre, hijo. Nada más.
―Hay algo que no me has contado, padre. ¿No es así?
―Es solo que anoche tuve un mal sueño, Keir. No me hagas caso.
―Sois los únicos a los que considero mi familia ―susurró Keir―. Tú eres y siempre serás el único al que considero mi padre.
―Bien.
―Soñaste con aquel día, ¿verdad?
Keir se refería al día en que le llevó de regreso a Wick para devolverlo a su padre.
Él aún era un niño y las palabras de George se clavaron como dagas en su corazón, haciéndole romper en llanto.
Murray le declaró la guerra a George por lo que había hecho y sitió el castillo Sinclair con la intención de matar a su padre.
Pero el ejército de Jaime intervino y le obligó a regresar a sus tierras.
―Recordé cada maldito segundo de aquel día ―dijo Murray cerrando los ojos con un suspiro―. Si el ejército de Jaime no hubiera intervenido yo mismo le habría cortado el cuello a ese desgraciado por lo que te dijo.
―No tiene importancia.
―Por supuesto que la tiene, ningún hijo debería escuchar aquellas horribles palabras de boca de su padre. Eres tan hijo del Sinclair como lo es William, y sin embargo...
―Mi madre era una sirvienta, no la esposa del laird.
―Eres la viva imagen de ese desgraciado, es imposible que no fuera capaz de ver la similitud, pero te trató como basura.
―Olvídalo, padre, ya está muerto. Le mató el MacLeod, pero no me hubiera importado hacerlo yo mismo.
―Tienes razón, Keir. Ya no puede hacerte ningún daño.
―No, no puede hacérmelo. Ahora soy uno de los mejores guerreros de las Highlands y no descansaré hasta ver a todos y cada uno de los Sinclair muertos.
―No digas eso. Hay personas inocentes en ese clan que no tienen la culpa de lo que ellos te hicieron.
―Nadie intercedió por mí, padre. Nadie se preocupó de curar mis heridas o de darme algo de comer.
―George tenía a su clan aterrorizado, Keir. Nadie en su sano juicio se habría atrevido a desobedecer sus órdenes. Los Sinclair son tan inocentes como tú en esto.
―Quizás tengas razón, pero... yo solo era un niño. Solo era un niño que no había pedido nacer.
―Lo sé, pero debes perdonar a esa pobre gente. No te hará ningún bien guardar rencor en tu corazón, y te aseguro que ellos ya han sufrido bastante bajo el yugo de George. El Sinclair ya está muerto, puedes encontrar al fin la paz.
―Aún queda William... y me encargaré personalmente de que siga los pasos de su maldito padre.
Murray no dijo nada. No tenía valor de confesarle a su hijo la muerte de su hermano, porque sabría lo que eso implicaba...
y seguramente obligara a sus hombres a dar la vuelta.
Desobedecería la orden del rey sin titubear, y eso le costaría la cabeza.
No... era mejor que descubriera la muerte de William Sinclair de boca de su majestad.
Viajaron durante siete largos días y llegaron al castillo de Edimburgo al atardecer. Fueron llevados a sus habitaciones, donde tenían preparado un baño. Cenaron juntos en la habitación de Murray y se fueron a la cama temprano, hablarían con el rey a la mañana siguiente.