El demonio Sutherland Capítulo 3
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Capítulo 3

A ilis sonrió con satisfacción cuando Gregor vio entrar en el castillo a los hombres del rey.

Se las daba de valiente ante los débiles aldeanos de Wick, pero delante de los poderosos guerreros Maitland parecía un cervatillo asustado.

Se levantó del sillón del laird de un salto y se arrodilló ante John Maitland, que sacó de su sporran un documento y se lo entregó.

Ailis le observó atentamente mientras lo hacía, y con cada palabra su rostro se iba volviendo más y más ceniciento.

―¿El Deamhan Dubh es un Sinclair? ―exclamó― Imposible.

―¿Insinúas que miente nuestro rey? ―preguntó el Maitland con una calma mortífera.

―No, por supuesto que no, señor. Pero debe haber un error, si fuera hijo de George yo lo sabría.

―George Sinclair repudió a su hijo hace dieciocho años. ¿Por qué ibas tú a saberlo, muchacho? Serías un niño por aquel entonces.

―Aun así...

―¿Tienes algún problema con que Keir Sinclair ocupe el lugar que le corresponde por derecho de nacimiento? ―le interrumpió el consejero del rey.

―Ninguno en absoluto, señor.

―Bien. Ahora envía a alguien a prepararme una habitación y una comida caliente. Me muero de hambre y quiero darme un baño.

―Por supuesto, señor.

Gregor salió rápidamente por la puerta y el Maitland se volvió hacia Brody.

―Lleva esos animales a la gente del clan, muchacho ―ordenó―. Apuesto a que Gregor tiene comida de sobra para alimentarnos a todos.

―Por supuesto, señor ―respondió el joven haciendo una inclinación de cabeza.

―¿Dónde estás durmiendo? ―preguntó a Nara.

―En la casa de una aldeana. Allí puedo esconderme si las cosas se ponen feas.

―Regresa al castillo hasta que nos marchemos. Nadie se atreverá a ponerte un solo dedo encima mientras estemos nosotros aquí.

―¿Podría quedarse mi amiga conmigo, señor? ―preguntó― Me sentiría mucho más segura así.

―Por supuesto que puede quedarse. Nos marcharemos en dos días, después de ver los destrozos que se han hecho en este clan.

Ailis tomó a Nara del brazo y subieron a las habitaciones del piso superior. Se encontraron de frente con Gregor, que tomó a Ailis del brazo con brusquedad y la zarandeó.

―Todo esto es cosa tuya, ¿verdad? ―espetó con los dientes apretados― Has sido tú quien ha mandado llamar a los hombres del rey.

―¿Crees que tengo algún tipo de poder para hacer tal cosa, estúpido? ―respondió ella zafándose de su agarre― El rey no es idiota, habrá descubierto la muerte de William y ha tomado cartas en el asunto.

―Si descubro que todo esto es por tu culpa, te...

―¿Qué harás, dime? ―le interrumpió― ¿Vas a azotarme? Inténtalo y te juro que te arrancaré los ojos y te los haré tragar.

―Eres una fierecilla salvaje, te aseguro que voy a disfrutar mucho domándote.

―Tal vez cuando se incendie el Cielo y se queme el Infierno, Gregor. Soy demasiada mujer para alguien como tú.

Gregor dio un paso hacia ella, pero Nara se interpuso entre ellos dos.

―El emisario del rey está en el piso de abajo ―le recordó―. ¿Quieres que le mande llamar?

―No te metas, Nara ―advirtió el guerrero―. Esto no tiene nada que ver contigo.

―Yo misma le escribí al rey, Gregor. Nadie tuvo que hacerlo por mí.

―¿Tú? Te voy a...

―¿Hay algún problema?

La voz del Maitland inundó de alivio a Ailis. A pesar de mostrarse peleona estaba muy asustada, no sabía lo que Gregor sería capaz de hacer después de haber perdido la oportunidad de hacerse con el liderazgo del clan.

―Mataré a tu hermano, te haré mía y me quedaré con todo ―amenazó en un susurro.

―¿Tú, matar al Deamhan Dubh ? ―rio Ailis― Sigue soñando.

El guerrero de la corte llegó hasta ellos y Gregor se alejó por el pasillo. El suspiro de Nara resonó por las frías paredes del castillo, y John le palmeó los hombros para darle ánimos.

―Tal vez sería mejor que te quedaras en la casa donde has estado viviendo hasta ahora, pequeña ―aconsejó―. Después de esto no estoy seguro de que ese estúpido sepa comportarse en mi presencia.

―¿Cree que intentará matarle, señor? ―preguntó Ailis.

―Lo dudo. Mis hombres están acampados fuera del castillo, lo aniquilarían en menos que canta un gallo.

Ailis se despidió de Nara en la puerta de la casa de Teasagh.

La mujer le sonrió cuando la vio llegar, y la joven la besó en la mejilla.

Había sido una auténtica madre para ella desde que la suya murió, cuando tenía cinco años.

La había protegido tanto como había podido durante todo ese tiempo y le había dado el amor y el cariño que no le había dado su verdadera familia.

Estaba muy agradecida por todo lo que la anciana había hecho por ella.

―¿Dónde has estado? ―preguntó Teasagh― No te he visto en todo el día.

―He ido con Brody a recoger bayas y mirar las trampas ―explicó tomando una mora del cuenco que había sobre la mesa―. Hemos conseguido al menos siete animales esta vez, podremos comer carne durante unos días.

―Brody me ha traído un conejo que servirá para hacer un buen guiso ―sonrió la mujer―. Vamos, ayúdame a despellejarlo.

Nara se sentó en el taburete que había junto al de Teasagh y tomó el conejo para comenzar su tarea.

―Han venido los hombres del rey, Teasagh ―confesó, haciendo que la mujer diera un salto en el sitio.

―¿Los hombres del rey? ¿Cómo es posible?

―Yo le escribí.

―¿Tú? ¿El rey te ha hecho caso a ti?

―¿Tanto te extraña? ―rio.

―Eres tan solo una chiquilla, pensé...

―Le informé de la situación en la que nos encontramos y envió a su consejero con un ejército. Al parecer tengo un hermano... y él se hará cargo del puesto de laird en cuanto su majestad se lo diga.

―Así que Keir al fin volverá a su hogar...

―¿Le conoces, Teasagh?

―La última vez que le vi era apenas un niño. Pobre muchacho, sufrió tanto que no sé cómo es capaz de seguir viviendo.

―¿Qué le pasó?

―Tu padre le vendió al clan Gunn como esclavo. Logró escapar y llegó hasta las tierras de los Sutherland, aunque medio muerto. El laird Sutherland le trajo de vuelta cuando lo encontró en sus tierras y tu padre renegó de él.

―Pero es su hijo...

―A él no le importó. El Sutherland sitió el castillo durante meses, hasta que el rey intervino. Se llevó al niño a su clan y lo trató como a su propio hijo. Es por eso que ahora se le conoce como Keir Sutherland.

―El Deamhan Dubh ―susurró Nara.

―El demonio negro, en efecto.

―El mejor guerrero de las Highlands ha resultado ser mi hermano ―suspiró Nara.

―Siempre me pesará en el corazón no haberle protegido. En aquel entonces yo era demasiado joven y le tenía demasiado miedo a George como para intervenir. Por eso, cuando tú naciste, me prometí que enmendaría mi error protegiéndote a ti.

―¿Cómo es él?

―Solo sé lo que cuentan los bardos, Nara. Dicen que es un guerrero despiadado en el campo de batalla, pero es justo con la gente inocente. Dicen que es muy alto y apuesto, capaz de partir una roca en dos con sus manos desnudas y un excelente jinete.

―¿Crees que se alegrará de tener una hermana, aunque sea una Sinclair?

―Tesoro... ―Teasagh sonrió y acarició la mejilla de Nara con cariño―. Cualquiera se sentiría feliz de tenerte como hermana. Eres una jovencita increíble y dulce, estoy segura de que se alegrará mucho de descubrirte.

Nara sonrió y se dispuso a desollar el conejo.

Tiempo después, uno de los soldados del Maitland llegó a la cabaña para pedirle que fuera a cenar al castillo.

Nara se puso el mejor vestido del que disponía, aunque no era en absoluto adecuado para cenar con el emisario real.

Se recogió el cabello en un moño hecho con trenzas y se pellizcó las mejillas para darles un poco de color, quería estar lo más presentable posible.

No se sorprendió al ver a Ailis y a Brody acercarse por el camino, y se colgó del brazo de su amiga para continuar hasta el castillo.

La mesa del comedor estaba llena a reventar de comida. Nara sintió su boca hacerse agua ante tremendo festín, ya que no habían podido comer carne en semanas. Ocultó la risa en su mano cuando escuchó a Ailis tragar, seguramente su amiga había pensado lo mismo que ella.

―Maldito sinvergüenza ―espetó Ailis en un susurro―. Y mientras tanto nuestro clan se muere de hambre.

―Pronto acabará todo, Ailis. Nuestro nuevo laird lo arreglará ―la animó ella.

―Eso si no resulta ser un desgraciado como William ―protestó Brody.

―Teasagh dice que no es como él ―informó Nara―. Es un hombre justo, y seguro que soluciona todos los problemas del clan.

El Maitland las vio en ese momento y las instó a acercarse a la gran mesa situada sobre la tarima.

Ailis sonrió con satisfacción al comprobar que Gregor había sido relegado a las mesas de los guerreros, que era el lugar que le correspondía.

Nara se sentó a la derecha del emisario del rey y Ailis a su lado.

Brody fue sentado a su izquierda, junto a uno de los soldados Maitland, seguramente el hombre de confianza de John.

―Come, muchacha ―ordenó el guerrero―. Estás en los huesos.

―No recuerdo la última vez que pude comer venado, señor ―reconoció Nara.

John cortó un buen pedazo de carne asada y la puso en el plato de Nara. Cortó un pedazo más para Ailis, y sirvió en ambos platos verduras y puré de patatas.

―Ese tal Gregor es una buena pieza ―comentó―. Parece que está furioso por nuestra presencia y no deja de armar jaleo.

―Pensaba obligar a Nara a casarse con él para hacerse con el poder del clan ―respondió Ailis―. Es normal que esté furioso.

―Así que lo que le contaste al rey finalmente sí es cierto...

―Lo es, señor ―respondió Nara―. Y no es el único que lo ha intentado, también los jefes de los pequeños clanes colindantes lo han hecho.

―Ahora estás bajo la protección real, muchacha. Nadie se atreverá a hacerte daño.

―¿El rey tiene pensado casarme, señor? ―preguntó Nara.

―Ahora Keir es responsable de ti, y es él quien deberá decidir qué hacer con tu futuro. Por ahora solo tienes que preocuparte de preparar tu equipaje y reencontrarte con él.

―Mañana mismo lo tendré listo. No tengo demasiadas cosas.

El guerrero cortó un pedazo de carne y se lo metió en la boca. Saboreó la comida y cerró los ojos con un suspiro.

―Antes de la cena he estado inspeccionando la despensa del castillo ―informó―. Está repleta de comida, pero dudo mucho que sea suficiente para pasar el invierno.

―Estoy segura de que Gregor se deshará de ella antes de entregársela a nuestro nuevo laird, señor ―dijo Brody.

―No te preocupes por eso, muchacho. Dejaré a diez de mis hombres aquí hasta que llegue Keir. No se atreverán a desperdiciar nada.

―Brody y yo nos encargaremos de continuar recolectando alimentos para el invierno ―dijo Ailis a Nara―. Con la protección de los Maitland, Gregor y su séquito no podrán robárnoslo.

―Intentaré cazar un venado, o tal vez dos ―asintió Brody―. Con suerte podremos hacerle un banquete de bienvenida a nuestro nuevo laird.

John Maitland y sus hombres se marcharon hacia Edimburgo bien entrada la mañana, llevándose con ellos a Nara. Ailis observó a su amiga hasta que se perdió de vista en el horizonte y se limpió una lágrima solitaria de su mejilla.

―Volverá pronto, muchacha ―la animó uno de los soldados Maitland.

Sí... Nara volvería pronto acompañada de su poderoso hermano mayor... y la situación de los Sinclair cambiaría de una vez por todas. Solo rezaba porque ese cambio fuera a mejor...