Capítulo 2
A ilis MacIan Sinclair corrió por el camino hasta la casa de Teasagh, donde se estaba quedando su mejor amiga, Nara.
Llegó a ella casi sin aliento y tuvo que detenerse en el dintel de la puerta, doblada sobre sí misma para calmar el ardor que sentía en los pulmones.
Maldición... No estaba acostumbrada a correr tanto.
Sentía el sabor metálico de la sangre en la lengua y se pasó el dedo por los dientes para asegurarse de que no había terminado sangrando cuando se dio de bruces contra aquel árbol.
―¡Nara! ¿Dónde estás? ―preguntó entrando por fin a la cabaña.
Teasagh asomó la cabeza desde la habitación y le sonrió como siempre que se encontraban.
Era una mujer de edad avanzada, aunque aún conservaba la vitalidad de una joven de veinte años.
Había sido una madre para todos ellos y Ailis la amaba como si lo fuera.
Se acercó a ella dando saltitos y la besó en la mejilla mientras la mujer doblaba cuidadosamente la ropa que había recogido del cordel.
El olor a limpio llegó hasta su nariz y sonrió.
―¿Dónde está Nara? ―volvió a preguntar― Tengo que hablar con ella urgentemente.
―Ha ido con Broderick al bosque. Iban a revisar las trampas de los conejos.
―No. No, no, no, no... ¡Maldita sea!
Ailis salió a correr hacia el norte, al bosque de Flynn.
Se acercaba un numeroso grupo de guerreros por el oeste y, por su atuendo, parecían ser hombres del rey.
Necesitaba encontrar a Nara antes de que alguno de los guerreros Sinclair lo descubriera y lograra atraparla para ocultarla como habían hecho antes su padre y su hermano.
Su clan necesitaba un cambio, y lo necesitaba a la voz de ya.
Los Sinclair vivían en la miseria. Primero George Sinclair, y más tarde su hijo William, eran los responsables de aquella nefasta situación.
Se habían enemistado con todos los clanes colindantes, de modo que les era imposible comercializar con ellos.
A eso había que añadirle que ambos habían terminado siendo unos líderes crueles y egoístas que solo pensaban en su bienestar.
Vaciaban las despensas de su clan para llenar la suya propia sin pensar en las consecuencias.
Derrochaban comida y vino con sus amigos en vez de alimentar a su pueblo.
Arrasaban con la madera recolectada para el invierno y la malgastaban teniendo todas las chimeneas del castillo encendidas día y noche, mientras los habitantes de la aldea perecían de frío.
Era una situación lamentable que Nara decidió terminar de una vez por todas cuando William murió.
El problema era que los soldados de su hermano pensaron que podrían hacerse con el control del condado de Caithness si lograban quedarse con Nara.
Era por ello que la situación se había vuelto insostenible en los últimos meses.
Encontró a su hermano y a su amiga a pocos metros de allí, en una de las zonas donde solían atrapar más animales. Nara estaba recolectando algunas bayas mientras su hermano se ocupaba de los conejos.
―¡Al fin os encuentro! ―jadeó cuando logró recuperar el aliento.
―¡Mira, Ailis! Podremos comer carne al menos durante una semana ―exclamó Brody mostrando con orgullo el cinto en el que llevaba atados al menos cuatro conejos, un urogallo y tres perdices.
―Debemos irnos ―dijo ella sin prestarle atención―. Inmediatamente.
―¿Qué ocurre? ―preguntó Nara.
―Vienen guerreros, y por su atuendo pueden ser los hombres del rey.
―¿Los hombres del rey? ―preguntó Brody rascándose la cabeza sin entender nada― ¿Por qué iban los hombres del rey...?
―Yo le escribí a Jaime ―le interrumpió Nara.
―¿Por qué demonios lo hiciste? ―protestó Brody― Te casará con el primero que...
―Cualquiera es mejor que la situación en la que estamos, Brody. ¿No te das cuenta?
Se hizo un silencio sepulcral roto únicamente por el sonido del bosque.
Ailis vio a su hermano apretar los puños con fuerza y sintió pena por él.
Sabía que había estado enamorado de Nara toda la vida, y ahora debía perderla por culpa de la situación en la que se encontraban.
No era justo... ¡No era justo! Abrió la boca para decir algo, pero no supo qué decir.
―Nuestra gente se muere de hambre incluso ahora que William ha muerto ―continuó diciendo Nara―. Soy la hija del jefe del clan, mi deber es preocuparme por su bienestar aunque mi padre no lo haya hecho jamás.
―¿Y si te casa con un hombre igual que tu padre? ―espetó Brody.
―Debo correr ese riesgo.
―¡No soporto ver cómo te conviertes en una mártir por los Sinclair, maldita sea!
―¿Y qué quieres que haga, dime? ―intervino Ailis― ¿Que deje morir a nuestra gente y se exponga a que los guerreros hagan lo que quieran con ella?
―Yo la protegeré.
―Sé realista, Brody. Eres tú solo contra todo un ejército. ¿Hasta cuándo podrás defenderla?
Brody apretó la mandíbula y apartó la mirada, porque sabía que su hermana tenía razón.
Por muy fuerte que fuera, por muy bien que supiera manejar la espada, no era rival para el ejército de los Sinclair, liderado por Gregor.
El comandante de William se había proclamado nuevo laird, confiando en consolidar su posición forzando a Nara a casarse con él.
Brody había tenido que intervenir al menos diez veces desde la muerte de William hacía ya seis meses.
Y la última vez estuvo a punto de perder la vida.
Morris, uno de los aliados de Gregor, le apuñaló en el costado cuando intentaba arrancarle a Nara de las manos.
Por suerte, a pesar de la herida pudo salvarla, y Roderick, el médico de la aldea, logró detener la hemorragia y coser la herida.
Por mucho que le doliera admitirlo, Nara tenía razón: el rey era la única esperanza que le quedaba a los Sinclair.
Con un suspiro cansado, terminó de rellenar las trampas y se puso de pie.
―Venga, vámonos ―ordenó―. Deberíamos estar en la aldea antes de que lleguen los soldados del rey.
Nara apoyó su mano en el antebrazo del joven herrero y lo apretó con cariño.
―Sé que estás preocupado por mí, pero esto es lo que debo hacer por nuestra gente ―susurró.
―Lo sé, maldita sea. Lo sé, y sin embargo...
Brody echó a andar hacia Wick seguido de cerca por las dos mujeres.
Nara le enseñó a su amiga con una sonrisa la cantidad de frutos silvestres que había logrado recolectar, con los que podrían preparar bastantes tarros de mermelada para pasar el invierno.
Estaban a punto de llegar a casa de Teasagh cuando se encontraron de frente con Gregor y su séquito de esbirros.
Brody se llevó inmediatamente la mano a la espada que colgaba de su cintura, haciendo reír al guerrero.
―¿De veras crees que puedes hacer algo con esa antigualla? ―se mofó Gregor, su voz cargada de desprecio.
―Puede que no demasiado, pero al menos te haré bastante daño con ella si vienes a incomodar a Nara ―replicó Brody, con una determinación que no dejaba lugar a dudas.
―Me asombra lo enamorado que estás de ella ―aplaudió sin entusiasmo―. Lástima que ella esté destinada a convertirse en mi esposa.
―¡Sigue soñando, miserable! ―escupió Ailis― Jamás dejaremos que te salgas con la tuya.
Gregor se acercó a ella y la cogió de la trenza. Ailis torció el gesto, pero no le dio la satisfacción de gritar o pedir clemencia.
―Eres una mujer deslenguada y salvaje ―dijo Gregor con los dientes apretados―. Estoy seguro de que alguno de mis hombres se divertiría mucho intentando domarte.
―Tal vez cuando el Infierno se hiele, sinvergüenza ―respondió ella.
Sorprendió a su captor girando sobre sí misma para estar de cara a él y le propinó un rodillazo en sus partes más nobles.
Gregor la soltó de inmediato y se curvó sujetándose las vergüenzas, aullando de dolor.
Brody tomó a Nara de la mano, que a su vez la cogió a ella, y salieron a correr en dirección a las afueras de la aldea.
Se detuvieron en seco a pocos metros de allí, cuando casi son aplastados por los cascos de los caballos del ejército del rey.
―¡Alto, chico! ―dijo uno de ellos, el que parecía ser el cabecilla, a su caballo.
―Lo siento mucho, señor ―se disculpó Brody―, no era nuestra intención espantar a su caballo.
El escocés saltó de su montura, se sacudió el plaid de los Maitland y se acercó hasta ellos. Era un gigante en comparación con Brody, que a pesar de tener veintidós años apenas le llegaba a la barbilla.
―Estoy buscando a la hija del Sinclair ―dijo mirándolos alternativamente―. ¿La conocéis?
―La tiene usted delante, señor ―respondió Nara, dando un paso al frente―. Soy Nara Sinclair, es un placer conocerle.
El enorme escocés sonrió, y Nara sintió que podía confiar plenamente en él.
―Mi nombre es John Maitland, muchacha, y he venido para llevarte con el rey.
―Gracias a Dios, la situación empezaba a ser insostenible ―susurró Ailis.
―Háblame de esa situación, muchacha ―pidió el guerrero.
―Los Sinclair se mueren de hambre ―reconoció Nara sin rodeos―. Primero mi familia, y ahora sus guerreros, se han encargado de mermar las reservas que sus gentes recolectan para el invierno una y otra vez.
―Eso no es de lo que informaste al rey en tu carta.
―Lo sé, pero el problema es más grave de lo que pueden llegar a imaginar y quería que lo vieran por sí mismos.
―Señaló los animales que Brody llevaba anclados en el cinto―.
Eso es lo que serviremos esta noche para la cena.
Es lo único que podemos permitirnos comer, y eso si tenemos suerte de cazarlos en el bosque.
Todo lo demás está en manos del ejército, señor.
―Tenéis el mar ahí mismo, ¿por qué no pescáis algunos peces para alimentaros?
―Gregor, el comandante de William, tiene la ensenada vigilada, señor ―respondió Brody―. Nadie excepto sus hombres puede ir a pescar.
―Malgastan nuestra leña, matan a nuestros animales y se comen nuestras cosechas ―continuó diciendo Ailis―. Si osamos quedarnos algunas verduras y ellos lo descubren somos castigados con diez latigazos. Si lo que descubren es un animal, el castigo se triplica.
―Esa situación terminará muy pronto, mujer. En cuanto el Deamhan Dubh se haga cargo de este lugar ―informó el Maitland con orgullo.
―¿El Deamhan Dubh ? ―preguntó Brody sorprendido.
―¿Ese es el hombre con el que su majestad va a casarme? ―inquirió Nara.
La absoluta sorpresa del guerrero pudo verse claramente en su rostro. La miró como si le hubieran crecido tres cabezas, alas y una larga cola de dragón.
―¿Acaso no sabes que él es tu hermano? ―exclamó.
Ailis alargó la mano para sujetarse a un árbol cercano. ¿Había oído bien? El hombre más temido de las Highlands, el enemigo mortal de los Sinclair, ¿era uno de ellos? No... imposible. Miró a su amiga, que había perdido todo rastro de color.
―Debe usted estar en un error, señor ―dijo Nara con voz temblorosa―. Yo no tengo más hermanos.
―Ya lo creo que sí, pequeña. Keir Sutherland es un Sinclair de pura cepa, hijo de George y, por tanto, nuevo laird de estas tierras.
Ailis vio a Brody dar un paso adelante para estabilizar a su amiga, a quien sus piernas habían dejado de sostener.
Debía estar realmente sorprendida... Demonios, incluso ella había estado a punto de perder el equilibrio ante aquella noticia.
Porque, por una parte, Nara no se vería obligada a casarse con tan solo diecisiete años, pero por otra temía que el Deamhan Dubh fuera tan despiadado con su gente como lo era en el campo de batalla.
De todas formas, cualquier cosa era preferible a seguir viviendo en la miseria bajo las órdenes de Gregor y sus secuaces.
Se giró hacia Nara, que aún miraba sorprendida al Maitland.
―¿De verdad tengo un hermano? ―susurró la joven sin prestarle atención.
―Y mucho mejor que el que has conocido, te lo aseguro. Te llevaré conmigo a la corte para que le conozcas y podréis regresar juntos para poner orden en este condado.
El gigante montó en su caballo y le tendió la mano a Nara, que la tomó sin dudar.
La colocó delante de su montura y, una vez sus hombres acomodaron a Ailis y a Brody en sus propios caballos, se encaminaron hacia Wick.
Ailis estaba deseando ver la cara que se le quedaba a ese desgraciado de Gregor cuando descubriera que el lugar que tanto anhelaba ya tenía un dueño...
Un dueño al que él y sus secuaces harían bien en temer.