Capítulo 1 #2
―Venga, démonos prisa en terminar el pan y así podrás irte a descansar ―dijo Nessa entregándole la masa a una de las cocineras.
Unas sirvientas entraron en la cocina soltando risitas.
Parecían estar avergonzadas, y Nessa elevó los ojos al cielo pensando que era por culpa de alguno de sus hijos.
No era por presumir, pero todos ellos eran verdaderamente apuestos.
Todos con el cabello negro como la noche y los ojos azules, excepto Keir, que tenía el pelo rubio y los ojos del color del musgo.
Altos, fuertes y con un gran sentido del humor, era raro el día que no tenía que espantar a alguna sirvienta que intentaba meterse en la cama de alguno de ellos.
―¿Habéis servido ya al emisario del rey? ―preguntó Moira sacándola de su ensimismamiento.
―Sí, señora ―respondió una de ellas―, lo hemos hecho.
―Entonces id a preparar la mesa para la cena, comeremos en cuanto mi esposo y sus hermanos hablen con su padre.
―Como ordene, señora.
Nessa vio con satisfacción cómo las jóvenes se apresuraban a seguir las órdenes de su nuera.
Moira era una Ross, Duncan la había conocido durante una de las visitas que hizo a su laird junto a su padre y se enamoró perdidamente de ella.
Tanto Murray como el padre de su nuera estuvieron de acuerdo en el enlace, que afianzaría la alianza entre ambos clanes, y los dos jóvenes se casaron poco después de conocerse.
Pero los Sutherland eran recelosos y las mujeres del clan no le pusieron las cosas nada fáciles.
Al principio el servicio la ignoraba y Nessa debía acudir en su ayuda continuamente, pero Moira se había ganado su lugar como señora del clan poco a poco y ahora todo el mundo la respetaba. Sonrió.
―¿Qué ocurre? ―preguntó Moira al ver sonreír a su suegra.
―Estoy muy orgullosa de ti, hija. Te has ganado a tu clan con respeto y simpatía.
―Todo te lo debo a ti, madre. Sin tu ayuda no creo que lo hubiera conseguido.
―Tonterías. Ha sido tu bondad y tu sabiduría lo que se los ha ganado. Yo no tengo nada que ver. Venga, vayamos a ver qué es eso tan importante que tiene que decir nuestro rey.
―No puedes más con la curiosidad, ¿verdad? ―rio su nuera.
―¿Puedes tú acaso?
―La verdad es que no. Espero que no vuelva a requerir los servicios de Keir. Acaba de volver a casa y necesita un descanso.
―Yo también lo espero. Desde que llegó a oídos del rey la reputación de mi hijo como guerrero no ha parado de requerir sus servicios. Mi corazón no podrá soportar mucho tiempo más esto.
―Keir es el mejor guerrero de las Highlands, siempre volverá a casa sano y salvo.
―Dios te oiga, hija... Dios te oiga.
––––––––
C uando Keir entró en el despacho de Murray después de haberse dado un baño, todos sus hermanos se encontraban ya allí. Todos, incluido su padre, mostraban preocupación en su rostro.
―No pongáis esa cara, ya imaginaba que era otra misión para mí ―dijo dejándose caer en un sillón―. ¿Dónde tengo que ir esta vez?
―A Edimburgo ―respondió Murray―. Y pide que yo te acompañe.
―¿Tú? ¿Para qué?
―No lo sé, hijo. No ha dicho nada más. Debemos estar en Edimburgo antes de que termine el mes.
―Deberíamos partir inmediatamente entonces ―dijo levantándose―. ¿Ha dicho algo más?
―No, solo eso.
―Prepararé mis cosas.
Todos observaron cómo Keir salía de la habitación. Murray suspiró llevándose los dedos al puente de la nariz.
―¿Por qué no le has dicho que William ha muerto? ―preguntó Duncan.
―No he tenido el valor ―respondió su padre.
―Eso le convierte en el nuevo laird Sinclair, ¿no es así? ―preguntó Tavish.
―Eso me temo.
―Keir no va a aceptar ―adivinó Glenn.
―¡Ya sé que no va a aceptar! ―exclamó Murray― ¿Quién en su sano juicio querría volver al lugar donde vivió un maldito infierno?
―Tienes razón, padre ―asintió Duncan―. Vivió un infierno... igual que toda esa pobre gente. Ellos necesitan un buen laird y estoy seguro de que Keir lo será.
―Eso ya lo sé, pero tu hermano está tan cegado por el dolor que no es capaz de ver a esa gente como lo que son: víctimas de las atrocidades de su padre igual que él.
―Hagamos que lo vea, entonces ―sugirió Tavish.
―¿Tienes alguna idea de cómo hacerlo? ―preguntó Rowan.
―Ya se me ocurrirá algo.
―Si el rey le ordena que lo haga, Keir lo hará ―dijo Duncan―. Maldecirá los cielos si tiene que hacerlo, pero obedecerá la orden de nuestro rey.
―Me prometí a mí mismo que no permitiría que volviera a sufrir, maldita sea ―maldijo Murray―. Si vuelve allí...
―Iré con él ―se ofreció Tavish―. Me quedaré con él en Wick. Al menos tendrá a alguien de confianza a su lado si lo hago.
―¿Estás seguro? ―preguntó Duncan― Odias a los Sinclair tanto como él.
―Tienes razón, pero Keir es mi hermano y daría mi vida por él sin pensarlo.
―Debéis llevar algunos hombres con vosotros ―sugirió el laird―. Una veintena, tal vez más.
―Keir no los llevará ―dijo Glenn―. Jamás pondría a nuestros hombres a merced de los Sinclair a sabiendas.
―¡Pero debe protegerse, maldita sea! ―protestó Rowan.
―Le pediré al rey que le obligue a llevarse a sus hombres ―dijo Murray―. Es la única forma en la que obedecerá.
―Me encargaré de seleccionarlos en vuestra ausencia ―asintió Glenn.
―Debería ir con él y mostrarle a esos perros Sinclair que mi hermano cuenta con el apoyo de nuestro clan ―protestó Duncan―. Debería llegar a esas malditas tierras demostrando que no está solo.
―No digas bobadas ―bufó Tavish―. Tu esposa está a punto de dar a luz, ¿recuerdas? Querrás estar presente en el nacimiento de tu hijo.
―No adelantemos acontecimientos ―les calmó su padre―. Hay muchos otros motivos por los que el rey puede llamar a vuestro hermano.
―Sabes tan bien como yo que este es el más probable ―protestó Duncan.
―Rezaré a Dios porque estés equivocado.