El demonio Sutherland Capítulo 1
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Capítulo 1

K eir Sutherland miró sobre su hombro con una sonrisa de satisfacción en los labios.

Su hermano Glenn iba pisándole los talones, pero Tavish, Duncan y Rowan se habían quedado muy atrás.

Tiró de las riendas de Black para girar hacia el lago, pero Glenn fue más hábil y lo adelantó en cuestión de segundos.

―Maldición ―susurró.

Pegó el tronco al animal y espoleó su montura. Black relinchó y aceleró el paso, poniéndose a la altura del caballo de Glenn.

―Ni creas que vas a salirte con la tuya ―rio Glenn.

―Soy el Deamhan Dubh , siempre me salgo con la mía.

―Si los que te llaman así vieran cómo te doblegas ante nuestra madre y nuestra querida cuñada, se reirían de ti en tus narices en vez de tenerte tanto miedo.

―Suerte que no lo hagan, ¿verdad?

Keir agitó las riendas y Black adelantó a Bèist. Saltó el último seto antes de su destino...

y el caballo se detuvo en seco, haciendo que Keir saliera disparado hacia las frías aguas del lago.

Escuchó las risas de sus hermanos y se apartó el pelo de la cara para comprobar, con fastidio, que alguno de ellos había dejado una montaña de suculentas manzanas colocada estratégicamente a pocos metros de la meta, y Black estaba dándose un buen festín sin pensar en las consecuencias.

―¿Quién ha sido? ―protestó mirándolos con el ceño fruncido y los brazos cruzados.

―¿De veras creías que iba a dejarte ganar, hermano? ―rio Duncan― Serás el Deamhan Dubh , pero yo soy el laird de este clan y tengo que ser el mejor en todo.

―Lo que eres es un sinvergüenza ―espetó Keir―. Voy a contarle a Moira que no has jugado limpio para que te castigue sin sexo al menos una semana.

Keir rio cuando el rostro de su hermano se tornó blanco como la leche. Rowan palmeó la espalda de Duncan intentando animarlo y desmontó para ayudar a Keir a salir del agua. Cuando tomó la mano ofrecida, sonrió malévolo y tiró de Rowan hasta hacerlo caer de bruces a su lado, rompiendo en carcajadas.

―Maldición, Keir ―protestó Rowan―. Está helada.

―Vamos, salid de ahí ―dijo Duncan―. Estáis empapados y vais a terminar por coger un catarro.

Ambos hombres se levantaron y montaron en dirección al castillo de Dornoch, su hogar.

El imponente castillo se alzaba sobre una colina, dominando la vista del paisaje circundante con sus torres de piedra y sus muros robustos.

El sonido de la herrería y el bullicio del mercado cercano se mezclaban con el canto de los pájaros y el murmullo del viento, creando una sinfonía que siempre los hacía sentir en casa.

Keir se consideraba un verdadero Sutherland aunque por sus venas no corriera la misma sangre que por las de sus hermanos.

Murray le había adoptado cuando tenía diez años, y desde entonces él y su esposa Nessa le habían tratado como a uno más de sus hijos.

Le habían demostrado lo que era el amor y el cariño, le habían dado un lugar al que llamar hogar y unos hermanos que darían la vida por él sin pensarlo ni un segundo, al igual que Keir haría por ellos.

Duncan era el mayor, y se había convertido en laird del clan hacía tan solo dos años, cuando Murray decidió que era el momento de retirarse para disfrutar de su esposa en la vejez.

Le seguían Glenn, su comandante, y por último estaban Rowan y Tavish, que tenía su misma edad y era al que más unido estaba.

Había tenido una adolescencia muy feliz a pesar de los terroríficos comienzos, y sentía que jamás podría agradecerles como merecían todo lo que habían hecho por él.

Keir no era huérfano, por supuesto. Su verdadero padre era George Sinclair, el hombre más despiadado sobre la faz de la tierra.

No era su hijo legítimo. Su madre había sido una de las sirvientas del castillo a la que su padre violó y golpeó hasta dejarla inconsciente sobre la mesa de madera de la cocina.

Ni siquiera sabía cuál era su nombre. Nadie jamás se había tomado la molestia de hablarle de ella.

Murió durante el parto debido a otra de las muchas palizas de su padre, y George tuvo que hacerse cargo de él.

Desde aquel día Keir había vivido un auténtico infierno: despreciado por su padre, ninguneado por William, su hermano mayor.

Había perdido la cuenta de las veces que había pagado las consecuencias de los actos de su hermano, que había sido golpeado hasta la inconsciencia por su padre o por William.

Por eso Keir se había vuelto silencioso como una sombra, había aprendido a moverse sin hacer ruido para evitar los enfrentamientos con ambos.

Cuando cumplió los siete años, George le envió con el laird Gunn para ser entrenado en la lucha.

Sin embargo, en vez de enseñarle a ser un buen soldado, Gunn le convirtió en esclavo.

Harto de las incesantes palizas, del frío y el hambre, Keir decidió escapar.

Con tan solo diez años huyó en medio de la noche, sin saber orientarse, y terminó en las tierras de los Sutherland, al sur de las de los Gunn.

Por la mañana fue encontrado inconsciente por uno de los hombres del clan y llevado ante su laird.

Le alimentaron y le cuidaron hasta que sus heridas se hubieron curado.

Después de aquello le llevaron de regreso a Wick, a su hogar, pensando que su padre le recibiría con los brazos abiertos.

Sin embargo, George Sinclair no se dignó siquiera a mirar a su hijo a la cara.

―Yo solo tengo un hijo ―espetó.

―¿Cómo puedes decir eso? ―exclamó Murray― ¿Acaso no ves que Keir es tu vivo retrato?

―Ese es el hijo de una ramera, no tiene nada que ver conmigo.

Ese fue el día en que los Sutherland y los Sinclair comenzaron la guerra entre ellos, que duraba ya dieciocho largos años.

Su padre biológico había muerto el año anterior en la masacre ocurrida en Clynetradwell y ahora su hermano William poseía el control del clan.

Era idéntico a su padre, para desgracia de su gente.

Un laird cruel que mantenía a su clan en la pobreza, un villano para el que todo se arreglaba con una buena paliza.

Con el paso de los años, Keir se había convertido en el guerrero más temido de las Tierras Altas.

El Deamhan Dubh , el demonio negro, le llamaban.

Cuando aparecía en el campo de batalla muchos guerreros huían despavoridos para no probar el filo de su espada.

Había luchado siempre por su clan, aunque durante los últimos años había tenido que hacerlo también en nombre del rey.

Hacía apenas un mes que había regresado de una de sus misiones y esperaba poder pasar tiempo con su gente antes de volver a Edimburgo.

Especialmente con Mai. Ella era la hija del panadero del pueblo.

De una belleza innegable, Keir había quedado prendado de la joven cuando tenía veinte años.

Ella apenas tenía quince, pero Keir se prometió que esperaría a que tuviera edad suficiente para pedirle matrimonio.

Los cinco hermanos llegaron al castillo y dejaron a los caballos a buen recaudo en los establos.

Keir disfrutaba cepillando a Black , pero aquel día debería dejarle la tarea a uno de los mozos de cuadra.

Tenía que deshacerse de su ropa empapada antes de que se le terminaran por congelar sus partes nobles.

Cuando Nessa, su madre, los vio en aquel estado, se acercó apresuradamente a ellos y les propinó un buen mamporro a cada uno.

―¡Au! ―protestó Rowan frotándose el brazo― ¿Se puede saber por qué nos pegas? Keir y yo solo somos víctimas de nuestros hermanos.

―A mí no me metáis ―dijo Tavish―. Yo no tengo nada que ver en esto.

―¿Y de quién si no fue la idea de las manzanas? ―protestó Duncan.

―¡Fuiste tú quien me pediste que te diera una idea para retrasarlo! ―se defendió Tavish.

―Deberías dar ejemplo, Duncan Sutherland ―le regañó su madre―. Menudo laird estás tú hecho...

―Solo me divertía con mis hermanos, madre ―se disculpó rascándose la nuca.

―Una cosa es divertirse y otra muy diferente andar haciendo travesuras. ¿Eres un hombre hecho y derecho o un niño de seis años?

―Lo siento ―se disculpó el laird agachando la mirada―. No se volverá a repetir.

―Subid a cambiaros e id a ver a vuestro padre. Ha llegado una carta del rey.

―No hace ni un mes que regresé de mi última misión ―protestó Keir―. No quiero volver a la corte aún.

―No tienes elección, Deamhan Dubh ―se burló Tavish echándole el brazo sobre los hombros.

―Cuando encuentre al que me puso ese mote te juro que le arrancaré los testículos y se los haré tragar.

―¿Incluso si fue uno de nosotros? ―rio Glenn.

―Especialmente si habéis sido vosotros.

Nessa sonrió mientras veía a sus cinco hijos subir las escaleras bromeando entre ellos, pero no podía evitar sentir preocupación por la carta del rey.

El rostro de Murray tras haberla leído no presagiaba nada bueno.

Se dirigió a las cocinas para terminar de preparar la cena.

Su nuera, Moira, esposa de Duncan, amasaba la harina para el pan a pesar de que su barriga se interponía en su tarea.

Estaba embarazada ya de seis meses, y parecía que iba a tener trillizos.

Cuando vio a su suegra acercarse le sonrió y se apartó de la masa para que ella la relevase.

Se sentó en un banco junto a la mesa, suspirando.

―Te dije que te quedaras tranquila en el salón, pero nunca me haces caso ―protestó Nessa con cariño.

―Sabes que soy incapaz de estar sin hacer nada.

―Y ahora estás agotada.

―No ha sido para tanto. ¿Los hombres han llegado? Te he escuchado reprenderles.

―Keir y Rowan vienen completamente empapados. ¡Con este frío! Espero que ninguno de ellos termine acatarrado.

―Son hombres fuertes, podrán con un simple catarro.

―No temo por ellos, sino por mí. ¿Acaso no has comprobado ya en tus propias carnes lo terrible que es un hombre enfermo?

―Dios, sí... La última vez que Duncan tuvo fiebre parecía que le estaban matando ―rio Moira―. Fue todo un espectáculo.

―Imagínate que enfermen dos.

Moira fingió sentir un escalofrío, haciendo reír a Nessa.