El demonio Sutherland Prólogo
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El demonio Sutherland

El demonio Sutherland

Por Brianne Miller

© inepub.com

Prólogo

J aime VI, rey de Escocia , se paseaba por el salón del trono como un gato enjaulado.

Las noticias que habían llegado aquella misma mañana a la corte no auguraban nada bueno.

El laird Sinclair había muerto en una incursión y su clan se había sumido en el caos más absoluto.

Maldición, sus planes podrían desmoronarse en cualquier momento.

―¿Me mandó llamar, majestad?

Jaime se giró hacia John Maitland, su más fiel consejero, y se dejó caer en el trono con gesto cansado.

―¿Por qué nadie me informó de que George Sinclair tenía también una hija? ―exclamó.

―¿Cómo dice, majestad?

Jaime sacudió la carta que tenía en la mano desde que se la entregara un Sinclair a primera hora de la mañana.

―He recibido una carta esta mañana de Nara Sinclair, escrita de su puño y letra ―explicó―. Alega que es la hija de George Sinclair y ruega que la ayude porque los hombres de su clan se han vuelto locos y pretenden quedársela para hacerse así con el condado de Caithness.

La cara de estupefacción de John le hizo soltar un suspiro.

―Veo que tú tampoco sabías nada... ―se lamentó el rey.

―¿Cómo es posible que nadie supiera de la existencia de la joven? ―preguntó Maitland―. ¿El Deamhan Dubh ...?

―Si Keir lo hubiera sabido, a estas alturas toda la región de Caithness habría ardido hasta los cimientos ―le interrumpió el monarca―. Dios santo, no quiero ni pensar en lo que esa pobre muchacha ha debido sufrir a manos de...

―¿Cómo es posible que una mujer permanezca oculta durante diecisiete años, majestad? ―insistió John―. ¿Y si la joven está mintiendo?

Jaime se levantó del trono y comenzó a pasearse de nuevo por la sala, su rostro reflejando la tormenta interna que le causaban esas noticias.

―Viaja hasta Wick con un ejército y trae a esa mujer ante mí. Si resulta que miente, la castigaré como merece.

―¿Y si dice la verdad?

―Si dice la verdad, se la entregaré a Keir para que haga lo que considere oportuno con ella.

―¿Y las tierras de los Sinclair?

―Le corresponden por nacimiento.

―No va a querer.

―Me encargaré de que lo acepte. Date prisa, si esa mujer es Nara Sinclair, corre un grave peligro.

―Saldré de inmediato, majestad.

―Por Dios, John... Que nadie sepa quién es esa muchacha hasta que no esté bajo mi techo. Especialmente los Sutherland.

―Entendido, majestad.

John Maitland salió de la sala del trono y Jaime se pasó las manos por el rostro con gesto cansado.

Había decidido unificar los clanes escoceses hacía mucho tiempo, pero la tarea estaba resultando imposible de lograr.

Necesitaba que los escoceses estuvieran unidos por si tenían que declararle la guerra a Inglaterra tras la muerte de su tía para reclamar el trono que le correspondía por derecho, pero existían demasiadas rencillas entre los clanes y los hombres de las Tierras Altas eran extremadamente orgullosos y testarudos.

Al paso que iba... No, lo conseguiría. Los recuerdos de su infancia en las Highlands le venían a la mente: las tierras ásperas, los clanes feroces, los castillos que se erguían como guardianes milenarios.

Su visión de una Escocia unida era más que una estrategia política: era una misión personal.

Sus pensamientos se desviaron entonces a su mejor hombre, Keir Sutherland.

Ahora que su padre y su hermano biológicos habían muerto, era su derecho ser nombrado jefe del clan Sinclair, pero Jaime sabía perfectamente que jamás aceptaría el puesto.

Después de todo lo que había pasado por culpa de George Sinclair, Keir jamás pisaría las tierras de Caithness a no ser que fuera para luchar contra ellos.

Sin embargo, el rey tenía un as bajo la manga.

Si algo caracterizaba a su mejor guerrero era el amor que sentía por sus hermanos.

Al menos por sus hermanos Sutherland. Tal vez cuando descubriera que tenía una hermana, decidiría volver a ocupar el lugar que le pertenecía.

El destino le había puesto la solución para terminar con las rencillas entre los Sutherland y los Sinclair en bandeja de plata. Solo necesitaba que Nara Sinclair llegara a Edimburgo sana y salva.