El Custodio de Finisterre (El Código del Camino de Santiago 9) CAPÍTULO 4 — Archivo Familiar en Finisterre
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CAPÍTULO 4 — Archivo Familiar en Finisterre

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Mientras esperaban la propia marea baja extrema todavía a varios días de distancia, Mónica invitó al equipo completo a conocer a su propia abuela, Carmiña Meixide, de noventa y cuatro años,

la última persona viva que había conocido personalmente a Ambrosio Llorente durante sus propias visitas a Finisterre décadas atrás.

---Mi abuela todavía recuerda con claridad considerable aquellos años, aunque a veces confunde algunos detalles más recientes ---advirtió Mónica, mientras los guiaba hacia la pequeña casa donde Carmiña vivía todavía de manera independiente, cerca del propio puerto pesquero---.

Pero cualquier cosa que recuerde sobre Ambrosio podría resultar valiosa para lo que están investigando.

Carmiña, recibiéndolos con la calidez propia de quien lleva toda una vida acostumbrada a la hospitalidad de los pequeños pueblos costeros, ofreció un recuerdo considerablemente vívido apenas Gabriel mencionó el nombre de su propio bisabuelo.

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---Don Ambrosio ---repitió, con una sonrisa que reflejaba un cariño genuino a pesar del tiempo transcurrido---.

Un hombre considerablemente triste, aunque siempre amable conmigo, cuando yo todavía era apenas una niña.

Venía cada verano, durante varios años seguidos, siempre solo, siempre con el mismo cuaderno bajo el brazo.

Gabriel, escuchando aquel recuerdo con una emoción considerable, formuló la pregunta que representaba, para él, la principal curiosidad inmediata sobre aquel encuentro generacional inesperado.

---¿Recuerda si alguna vez mencionó qué buscaba exactamente durante esas visitas?

Carmiña, considerando la pregunta con la misma calma pausada que reflejaba plenamente sus propios noventa y cuatro años de experiencia vital, ofreció un recuerdo considerablemente preciso.

---Una vez, cuando yo tenía apenas doce años, lo encontré llorando junto a las rocas, cerca del propio faro ---dijo---.

Le pregunté qué le pasaba, y me dijo algo que nunca olvidé del todo, aunque en su momento no lo entendí completamente: "Busco a alguien que ya nadie recuerda, niña, y tengo miedo de morir antes de encontrarlo".

BLOQUE 3

El silencio que siguió a aquel recuerdo tuvo, para Gabriel, un peso considerable: la confirmación directa, a través de un testimonio vivo, de la propia angustia genuina que había acompañado a su bisabuelo durante los últimos años de su vida,

buscando redimir una decisión tomada décadas atrás sin lograr jamás completar aquella búsqueda personal.

---¿Llegó a encontrarlo? ---preguntó Lucía, con la misma emoción considerable que compartía todo el equipo presente.

Carmiña negó lentamente, con una expresión que reflejaba una tristeza genuina todavía presente después de tantos años transcurridos.

---No que yo sepa ---respondió---. La última vez que vino, ya mayor, me dijo que probablemente moriría sin conseguirlo, pero que confiaba en que algún día, alguien de su propia familia terminaría lo que él mismo no pudo completar.

Nunca imaginé que ese día llegaría, ni que yo misma estaría todavía aquí para verlo con mis propios ojos.

Gabriel, sintiendo el peso completo de aquella confirmación, tomó con delicadeza la mano de Carmiña en un gesto de gratitud genuina.

---Gracias por recordarlo, y por guardar ese recuerdo durante tantos años ---dijo---. Vamos a terminar lo que él empezó, se lo prometo.