El curador (Trilogía SG 2) (Thriller del FBI de Abby Kane 8) CAPÍTULO SESENTA Y TRES
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CAPÍTULO SESENTA Y TRES

Connie despertó en una habitación sin ventanas, sentada en una silla de plástico. Tenía las manos esposadas detrás de la espalda y la habían dejado en ropa interior.

Cuatro filas de fluorescentes en el techo daban a la habitación un aire estéril.

Las paredes eran bloques de hormigón pintados de color masilla, y el suelo estaba cubierto de baldosas manchadas.

No le habían atado las piernas. Podía levantarse, caminar si quería; no había cámaras de seguridad que la vigilaran.

Extraño.

Estiró las piernas, preguntándose qué pasaría a continuación. Tenía la garganta seca, y lo notaba cada vez que tragaba. Oyó pasos que se acercaban a la puerta antes de que esta se abriera.

Entró un hombre de aspecto juvenil, vestido de manera informal con vaqueros y una sudadera gris, con una botella de agua en la mano. Desenroscó el tapón y se la acercó a los labios. Connie bebió la mitad antes de apartar la boca.

No había dicho una palabra desde que había entrado. Se limitaba a mirarla a los ojos, como si la estuviera analizando.

—¿Quién eres? —preguntó Connie, rompiendo el punto muerto.

—Tu marido está muerto —respondió él.

La contundencia de la noticia le provocó un peso en el estómago, pero hizo todo lo posible por no mostrar ninguna reacción.

—Por supuesto, ambos sabemos que en realidad no es tu marido —continuó el hombre.

Connie mantuvo la boca cerrada.

—¿Por qué querías a la niña?

Connie le clavó una mirada dura, pero no dijo nada.

—¿Qué tiene esa niña para que os estéis esforzando tanto en arrebatárnosla? Primero los hermanos Chan, ahora tú y tu marido... debe de ser alguien muy especial para que arriesgues tu vida, tu libertad... y quizás a tus hijos.

—¿Dónde están? —escupió, incapaz de seguir callada ante la mención de sus hijos.

—Ah, sí, los niños. Los niños tan importantes. ¿Son realmente tuyos, o te los proporcionaron, igual que esa maravillosa vida de clase media alta que llevas aquí, en el hogar de los valientes y la tierra de los libres?

—Si les haces algo...

—¿Qué? ¿Qué vas a hacer?

Por mucho que quisiera seguir atacándolo verbalmente, se contuvo.

—¿Quién eres? No me pareces del FBI. Ellos van de traje y detienen a la gente en instalaciones como es debido. Esta habitación mugrienta es todo lo contrario.

—¿Quién. Soy. Yo? —el hombre se llevó la mano a la barbilla, imitando a un filósofo pensativo—. ¿Por qué a la gente siempre le preocupa tanto quiénes son los demás?

—Eres de la CIA, ¿verdad?

—Oh, qué intuitiva eres —dijo él—. Pero por mucho que me encanten nuestros juegos de adivinanzas, tengo asuntos urgentes que atender. Ahora responde a mi pregunta. ¿Por qué querías a la niña?

—Recibimos órdenes de extraerla. Nada más.

—¿Quién es? ¿De dónde viene?

—No lo sé. No tenemos acceso a ese tipo de información.

El hombre se rio mientras la señalaba con el dedo.

—Sabes que me cuesta creerlo.

—Es la verdad. No cuestionamos el porqué; simplemente hacemos lo que nos ordenan.

—Ya veo. ¿Tus superiores también te ordenaron que intentaras matar a una agente del FBI en el proceso? Eso desde luego dificulta mantener la tapadera. Oh, espera. Quizás vosotros dos sois de esos agentes kamikaze. Activados para un único propósito, y ya está.

Connie apartó la mirada, y él se movió hacia un lado para volver a mirarla a los ojos.

—¿Era esta tu primera misión? Espera. No respondas.

Déjame ver si me hago una idea de cómo fueron las cosas.

Tú y tu marido llegasteis a Estados Unidos siendo jóvenes, muy probablemente como estudiantes universitarios.

Os graduasteis, os casasteis y empezasteis una vida juntos.

Con el tiempo, os acomodasteis a vuestra vida ficticia aquí en el Área de la Bahía y olvidasteis vuestro verdadero propósito.

Entre las clases de judo de Colin y los eventos de las Brownies de Hailey, es difícil no hacerlo.

Demonios, creo que incluso yo habría caído en esa trampa. El problema es que eso te oxida.

Connie se negó a dar muestras de estar escuchando nada de lo que decía.

—Hmmm —el hombre caminó lentamente alrededor de Connie—.

Eso parece demasiado fácil. ¿Sabes qué creo?

Creo que te infiltraron en Estados Unidos no hace mucho, quizás hace once o doce años.

Esa es la edad de tu hijo mayor, ¿verdad?

Sí, esto encaja. No te envió aquí el Ministerio de Seguridad del Estado de China para hacer espionaje.

Ningún agente del MSS bien entrenado habría ejecutado jamás una operación como la vuestra.

Hmmm, interesante. Quizás te contrató una empresa privada.

Connie tosió.

—¿Agua? —recogió la botella del suelo—. ¿No?

De acuerdo. Pues me la bebo yo —vació el resto del agua y tiró la botella a un lado, que rebotó por el suelo—.

Por si te lo estás preguntando, aunque supongo que ya lo habrás deducido, la agente Kane está viva y bien.

La niña también. Tu marido fracasó estrepitosamente.

Yo fui quien le metió una bala en la cabeza.

Connie tragó saliva.

—Tranquila. No estoy aquí para hacerte lo mismo.

—Siento decepcionarte, pero no he tragado por miedo.

—Bien. No quiero que te preocupes por tu seguridad. Estás a salvo. Te lo prometo.

—Mis hijos... ¿dónde están?

—Te importan, ¿verdad? Por supuesto que sí. Son de tu propia sangre. Puedes fingir una relación con tu marido, pero no con tus hijos.

—¿Dónde están? —volvió a preguntar, alzando la voz.

—Los tres están aquí, en otra habitación, no muy lejos. Te estás preguntando qué les pasará, ¿verdad?

Connie no respondió.

—Las madres siempre se ablandan con los hijos. Y de todos modos, ¿qué van a saber ellos de todo esto? Son inocentes. Lo que busco, Connie, es un diálogo abierto contigo, un intercambio de información. Tú nos ayudas; nosotros te ayudamos.

—¿Qué les pasará?

—Eso depende de tu nivel de cooperación.

—¿Cómo sé que no me estás mintiendo?

El hombre asintió. —Es una pregunta justa.

Luego sacó un móvil del bolsillo de los vaqueros.

—¿Qué te parece una prueba de que tus hijos están vivos?

Giró el teléfono y Connie vio que había una videollamada en curso.

Sentado en una silla, respirando con dificultad y mirando alternativamente a la persona que sostenía el teléfono y a alguien fuera de plano, estaba su hijo Colin.

Todavía llevaba el judogi. El sudor le perlaba la frente y tenía las mejillas enrojecidas.

Un hombre vestido de negro y con pasamontañas apareció detrás de Colin. Cuando Colin se giró para mirarlo, Connie vio que su hijo tenía las manos atadas a la espalda.

El hombre colocó un paño sobre la cara de Colin y lo mantuvo en su sitio mientras inclinaba la silla hacia atrás. A Connie se le revolvió el estómago. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Le tembló el labio inferior. «No pueden estar hablando en serio».

Apareció otro hombre vestido de forma similar, con un bidón de plástico lleno de agua, de esos de los dispensadores de oficina. Estaba lleno hasta tres cuartas partes.

A esas alturas, Colin respiraba tan agitadamente que Connie podía ver cómo el paño subía y bajaba con cada inspiración y espiración.

Las lágrimas le corrían por las mejillas y empezó a tener arcadas. Pero por mucho que lo intentara, no podía apartar los ojos del vídeo.

El hombre levantó el bidón por encima de la cara de Colin y lo inclinó lentamente. El agua fue deslizándose hacia la boca del recipiente.

—Como te dije antes, no estoy aquí para hacerte daño a ti , Connie. Solo quiero hablar.

En cuanto el hombre pronunció esas últimas palabras, un torrente de agua salió del bidón y cayó sobre la cara de Colin.