CAPÍTULO CINCUENTA Y OCHO
Después de nuestra conversación en el jardín, volvimos a entrar en la casa. Archer subió a ver cómo iba la limpieza y yo entré en la habitación de Po Po.
—Abby, ¿todo bien? —preguntó enseguida.
Estaba sentada en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero, viendo la tele. El volumen estaba bajo porque Xiaolian se había quedado dormida a su lado.
—Todo está bien —dije en voz baja mientras me sentaba en el borde de la cama.
Se inclinó hacia delante y me apartó la bolsa de hielo de la cara. Chasqueó la lengua negando con la cabeza, aunque vi algo de compasión en sus ojos.
Por un momento, no dije nada. No sabía por dónde empezar. Ni siquiera estaba segura de si sabía lo del cadáver de arriba, pero supuse que Xiaolian se lo había contado.
—Tenemos gente recogiendo a Ryan y Lucy —conseguí decir al fin—. Están a salvo. Llegarán a casa enseguida. Los que están aquí se están encargando del problema de arriba.
—¿Xiaolian dice que hombre te atacó? ¿Él muerto?
—Sí, a las dos cosas. Creo que iba a por ella. ¿Qué te contó?
—Me lo contó todo.
—No sé qué decir. Siento que haya pasado esto. Todo volverá a la normalidad antes de que Ryan y Lucy vuelvan. No tienen por qué enterarse de nada de lo que ha pasado aquí.
Po Po asintió. Había que reconocérselo. La mujer tenía nervios de acero y siempre veía más allá de lo inmediato.
No había nada más que decir. Sabía que no le gustaba mi trabajo, pero también entendía que era a lo que me dedicaba.
Era peligroso. Me echaría la culpa pasara lo que pasara.
Lo entendía perfectamente. Le dije que volvería a verlas más tarde y me fui.
No conocía a ninguna de las personas que Archer había traído a mi casa, pero cada una sabía lo que tenía que hacer y no perdió tiempo en ponerse manos a la obra.
El ambiente era sombrío, como un velatorio sin llanto. Nadie hablaba si no era necesario, al menos hasta que revisaron toda la casa en busca de más micrófonos y dieron el «todo despejado».
Archer y yo estábamos hablando cuando se nos acercó un hombre musculoso con vaqueros azules y camiseta negra.
Tenía el gesto torcido y las mejillas picadas de viruela.
Llevaba unos auriculares grandes colgados del cuello y un detector portátil de contravigilancia para localizar micrófonos ocultos y cámaras inalámbricas.
—He encontrado tres más —dijo—. Uno en su dormitorio, otro en su despacho y el último en el cuarto de estar.
Levantó una bolsita de plástico con los tres micrófonos dentro.
—¿Cámaras? —preguntó Archer.
El tipo negó con la cabeza.
—Todo limpio.
Me acerqué al ventanal de la sala delantera y vi cómo una grúa se llevaba el coche de Albert.
En su lugar, una furgoneta sin distintivos dio marcha atrás.
Se abrieron las puertas traseras y salió un hombre que las mantuvo abiertas.
Un momento después, tres hombres bajaron mis escaleras cargando una bolsa negra para cadáveres.
Metieron el cuerpo en la parte de atrás de la furgoneta, subieron y se fueron. Todo duró cuarenta segundos como mucho.
Archer se puso a mi lado.
—¿Qué pasará ahora? —le pregunté.
—Los de Forense terminarán su trabajo. Limpiaremos y nos iremos.
—Me refería a los Shi y a Xiaolian.
—La investigación seguirá adelante. Xiaolian se vendrá conmigo.
Se volvió hacia mí.
—Aún necesito que me cuentes tus conversaciones.
Asentí.
Señaló una furgoneta blanca de servicios al otro lado de la calle. El rótulo del lateral decía: «Reformas y Pladur O'Flanagan».
—Son mis hombres. Muy buenos. Se quedarán aquí hasta mañana vigilando la casa.
Archer me dio un pequeño chip electrónico.
—Llévalo encima o tenlo cerca.
Cogí el micrófono. Acababa de cambiar un espía chino por la CIA.
Miré a Archer; seguía con la vista fija en la ventana.
Me había salvado la vida, pero aún me costaba que me cayera bien.
Era tan arrogante y distante. Quizá estaba siendo demasiado susceptible y tenía que superarlo...
tragarme el orgullo y aceptar que no siempre tendría el control de mis investigaciones.
Probablemente esa era la verdadera razón de mi resentimiento hacia él. No tenía que rendirme cuentas.
—Nunca te he dado las gracias —dije.
—¿Eh?
—Nunca te he dado las gracias por... lo de arriba. Así que gracias.
—De nada.