CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO
Volví a llamar a Kang, pero me saltó el buzón de voz. Le dejé un mensaje diciéndole que estaba en casa y disponible para hablar. Me levanté, lista para bajar, cuando sonó mi móvil.
—Hola, compañero, ¿qué se cuece?
—Perdona que no contestara. Estaba en la cinta del gimnasio.
Volví a sentarme en la silla, cogí un bolígrafo y me puse a garabatear en un bloc de notas.
—No pasa nada. Ya estamos hablando.
—¿Qué tal el día en casa de los Shi?
—Empezó bien, pero luego hubo drama.
Le puse a Kang al corriente de lo que había pasado.
—¿Se desmayó? Quizá tenga la tensión baja —reflexionó Kang—. ¿Dijiste que lo encontró su mujer?
—Sí, se escabulló mientras yo atendía a Xiaolian. ¿Por qué lo preguntas?
—Oh, por nada. Solo preguntaba.
La voz de Kang se fue apagando.
—Bueno, ponme al día de lo que has averiguado.
Kang empezó hablándome de Ellis y de cómo había empezado a recordar cosas de aquella noche: sucesos, imágenes. Dibujé estrellas, una luna y una vaca mientras seguía contándome lo de Cerberus.
—¿Un perro de tres cabezas para representar una clínica de fertilidad? ¿A quién se le ocurriría semejante genialidad?
—No solo es el nombre, sino que además usan el perro en el logotipo. Y lo interesante es que la clínica está cerca del Monte Sutro.
—A nuestro técnico, Barnes, lo encontraron cerca de allí, ¿no?
—Así es. Creo que es motivo suficiente para hacerles una visita mañana.
—De acuerdo. Después puedes presentarme a Ellis. ¿Conseguiste enseñarle esas dos imágenes?
—Todavía no.
—Podemos hacerlo cuando vayamos a verlo.
—¿A qué hora tienes que devolver a Xiaolian al centro?
—Tiene que estar de vuelta antes del mediodía.
—Se supone que no debes perderla de vista, ¿no? ¿Te la vas a traer con nosotros?
—Buena pregunta.
Albert cerró la puerta del porche en silencio tras de sí. El primer dormitorio era el de Po Po, y la puerta estaba cerrada. Pegó la oreja con cuidado y escuchó un momento, pero no oyó nada.
«Seguro que está echando la siesta».
Siguió hasta la siguiente puerta cerrada, que debía de ser la del dormitorio de Xiaolian. Aguzó el oído, pero no oyó nada al otro lado.
«También está dormida. Debe de ser mi día de suerte».
Albert avanzó unos pasos más hasta llegar al pie de las escaleras. Desde allí oía a Abby hablando por teléfono, su voz amortiguada.
«Esto es pan comido».
Volvió al dormitorio de Xiaolian y agarró el pomo de latón.
Lo giró muy despacio. Poco a poco, el pomo fue girando hasta que no dio más de sí.
Empujó la puerta con suavidad, separándola del marco milímetro a milímetro.
Se asomó al interior. La habitación estaba a oscuras, pero distinguía la esquina de la cama.
Siguió abriendo la puerta. A medida que la luz del pasillo entraba en la habitación, iba viendo más. Poco a poco, la cama quedó al descubierto. Estaba vacía.
—Llevárnosla a la clínica no es buena idea —dije.
—De acuerdo.
—¿Sabes qué? La dejaré con Po Po mientras vamos a la clínica. Podemos recogerla después, llevarla al centro y luego ir a ver a Ellis. ¿Cuánto tiempo necesitamos en la clínica?
—No mucho.
—Exacto. Dudo que Archer se entere de que me salté su preciosa norma.
—Poco probable.
—Pues decidido.
—¿A qué hora paso a recogerte mañana?
«Debe de estar arriba viendo la tele. ¡Maldita sea!». Albert cerró la puerta del dormitorio.
Se dio cuenta de que las probabilidades de toparse con Abby acababan de multiplicarse, algo que había querido evitar.
Descubrirse no era una opción. Pensó en abortar la misión e intentarlo más tarde esa noche, cuando todos estuvieran dormidos.
Seguramente Xiaolian habría vuelto a su habitación, y salvo Po Po, todos estarían en el segundo piso.
Albert debería haberse dado cuenta de que eso era lo más sensato. Debería haberse dado la vuelta y haber salido de la casa tan sigilosamente como había entrado. Pero siguió adelante.
Subió las escaleras. No se detuvo en el segundo piso y solo aminoró el paso al acercarse al tercero.
Oía la televisión en el cuarto de estar, pero no veía el interior.
Se asomó por la esquina y, al final del pasillo, vio a Abby en su despacho.
Estaba sentada al escritorio, de espaldas a él.
Parecía que tomaba notas mientras hablaba por teléfono.
Solo entonces cayó en la cuenta de que ella podía ver la calle desde la ventana.
«¿Me habrá visto aparcar detrás de su coche?».
Bastaba con que mirara por la ventana para ver su coche detrás del de ella. Seguro que querría saber quién había aparcado en su propiedad.
Albert debería haberse marchado en ese momento.
Pero no lo hizo.
Albert tuvo la impresión de que Abby estaba terminando la llamada.
Sopesó sus opciones. Lo más obvio era ir a por la chica y confiar en que Abby siguiera al teléfono unos minutos más.
Xiaolian estaba a solo unos metros. El factor sorpresa jugaría a su favor.
Se abalanzaría sobre ella y la golpearía con fuerza con ambos puños.
Se lo merecía después de lo que le había hecho en el cobertizo.
No iba a dejarse engañar por su fachada de inocencia.
La otra opción sería inmovilizar primero a Abby.
Albert no necesitó pensárselo. Tenía claro lo que debía hacer. Entró en el pasillo, sacó el alambre y se dirigió hacia el despacho de Abby.
—Lo que me queda de día pienso dedicarlo a ver si consigo sacarle más información a Xiaolian —dije.
—Suena bien. Hablamos luego.
Una vez colgué, dejé de garabatear y alcé la vista hacia la ventana. En el reflejo, vi una figura que se acercaba por detrás.