El curador (Trilogía SG 2) (Thriller del FBI de Abby Kane 8) CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES
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CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES

Aunque el día en casa de los Shi había empezado de maravilla, terminó con una nota amarga.

Me ofrecí a quedarme mientras Connie atendía a Albert, pero ella insistió en que lo tenía todo controlado.

Esperé, al menos, hasta que lo tuvo arriba y en la cama; no dejó de resistirse en ningún momento.

Una vez que estuvo acomodado, reuní a los niños y nos dirigimos al coche. Connie salió con nosotros.

—No quiero entrometerme, pero ¿te explicó qué pasó? —pregunté.

—No quiere admitirlo, pero creo que se desmayó. Ya le ha pasado antes, pero le quitó importancia. Dice que fue un mareo leve. Esta vez espero que se lo tome mucho más en serio y vaya al médico a hacerse un chequeo.

—Debería hacerse ver. Más vale prevenir que curar —dije.

Antes de que Connie lo encontrara, me había parecido extraño y un poco irresponsable que hubiera desaparecido, especialmente siendo el árbitro. Xiaolian no aparecía por ninguna parte, y debo admitir que, durante ese rato, empecé a culparlo.

Según Albert, había entrado en el cobertizo a buscar un insecticida: había visto un rastro de hormigas en un lateral de la casa. Parecía una explicación razonable para su ausencia.

—Me sorprende que ninguno de los niños se topara con él, ya que supuestamente estaban buscando monedas de oro por todos los rincones —dije.

—Bueno, mis tres saben que el cobertizo está prohibido, y además Albert siempre tiene la puerta con candado. Puede que entrara justo antes de que empezáramos a buscar a Xiaolian. —Se encogió de hombros.

No le di más vueltas y le agradecí a Connie el rato tan estupendo.

Eran las cuatro de la tarde cuando regresamos a casa. Po Po también acababa de llegar. La había traído una amiga suya, la más joven y la única de su grupo de amigas con carné de conducir en vigor.

Entró directa en casa y se fue derecha a la cocina, por supuesto. Le dije que quizá no hiciera falta cenar, que los niños seguían llenos de pizza. Me ignoró y dijo que había arroz de sobra que no quería que se echara a perder, así que haría jook. La dejé tranquila.

Los niños estaban agotados después del día, de todos modos, y los tres se durmieron temprano.

Había esperado hablar más con Xiaolian, pero no pudo ser.

Pensé que al día siguiente tendría muchas oportunidades, ya que Ryan tenía una especie de jornada de entrenamiento especial en el dojo, y Lucy tenía que asistir a un evento de las Brownies.

No se había apuntado oficialmente. El club permitía que las aspirantes probaran las Brownies durante un día, y eso era exactamente lo que Lucy había elegido hacer.

Estaba cansada y pensando en meterme en la cama. Pero decidí que era mejor devolverle la llamada a Kang. Me saltó el buzón de voz y dejé un mensaje. Después llamé a Reilly.

—Hola, jefe. Perdona por molestarte en sábado. Quería ponerte al día sobre Xiaolian.

Le conté a Reilly nuestras conversaciones y que tanto Kang como yo coincidíamos en que lo más probable era que la hubieran criado en una escuela deportiva china.

Nuestra mejor hipótesis sobre por qué compartía mi mismo ADN era que alguien me había admirado lo suficiente por ser la recluta más joven en graduarse de la Academia de Policía de Hong Kong como para querer crear una mini-yo.

—El razonamiento suena lógico —dijo—. Desde luego, empieza a explicar muchas cosas sobre ella y su pasado. Sigue siendo un misterio por qué la trajeron de contrabando a Estados Unidos y la dejaron a nuestra puerta.

—Estoy de acuerdo. Podría ser un pariente lejano que quería sacarla de esa escuela y alejarla de allí.

Por lo que tengo entendido, no son lugares agradables para crecer.

Intentaré insistir en este tema más tarde con ella.

Si resulta ser así, no estoy segura de cómo se lo tomarán nuestros homólogos de la CIA. Están convencidos de que es una espía.

—Soy consciente de eso, pero nuestro trabajo es proporcionarles la información. Lo que hagan con ella, y con la niña, es cosa suya.

—Menuda mierda. Solo tiene doce años. Olvídate de su entrenamiento y su inteligencia. He pasado tiempo con ella; sigue siendo una niña en el fondo. Es como si las dos caras de su personalidad —la chica de la escuela deportiva y la que juega con mis hijos— estuvieran enfrentadas.

—Lo entiendo, Abby, pero a menos que pienses adoptar a esta niña, hay que devolverla a las instalaciones en la fecha acordada. No nos pertenece. Es una ciudadana china que entró ilegalmente en este país. Tú y yo sabemos que la deportarán.

—Eso lo entiendo. Lo que me preocupa es que mi evaluación no les convenza y sigan tratándola como si fuera un experimento. No lo es. Estoy segura de que si visitáramos la escuela donde se crio, encontraríamos un montón de niños exactamente como ella.

—Probablemente tengas razón, Abby, pero nuestro trabajo es investigar delitos federales. En el mejor de los casos, podemos demostrar que entró ilegalmente en el país y nada más. Devuélvela, ponlos al corriente de lo que has averiguado y pasa página.

No supe qué responder. Haría lo que me había pedido y seguiría interrogando a Xiaolian. Y cuando llegara el lunes, la devolvería puntualmente a las instalaciones.

Una vez que Abby y sus hijos se fueron, Connie se apresuró a subir para hablar con Albert. Estaba de pie junto a la ventana del dormitorio. Había visto marcharse a Abby.

—Eso no salió bien. Tenemos suerte de que se creyera mi historia sobre tu desmayo. Estaba empezando a sospechar que podrías haber tenido algo que ver con la desaparición de Xiaolian.

Albert apartó la mano de la cortina, dejándola caer, y se volvió hacia su esposa.

—¿Te dijo eso?

—No tuvo que hacerlo. Pude verlo en sus ojos. Con cada segundo que pasaba, te culpaba más. Eras el árbitro, el que estaba a cargo de todo.

Albert se sentó en el borde de la cama.

—¿Qué te pasa? Estás muy raro. —Se sentó junto a él.

—Es la niña. —Albert bajó la mirada hacia la alfombra.

—¿Quién? ¿Xiaolian? ¿Qué pasa con ella?

—No es normal.

—¿Qué quieres decir?

No dijo nada.

Connie le dio un codazo en el brazo.

—Oye, espabila. ¿Qué quieres decir con que no es normal?

Albert levantó la vista hacia Connie.

—Me atacó.