CAPÍTULO CUARENTA Y TRES
Kang entró en el vestíbulo de la Escuela de Artes Creativas, un hervidero de estudiantes que charlaban en grupos, se repantigaban en mullidos pufs o corrían hacia su siguiente clase.
Pinturas, ilustraciones, fotografías y piezas publicitarias de los estudiantes adornaban las paredes.
En una de ellas, una gran pantalla de vídeo reproducía un cortometraje.
Kang cruzó la alfombra de colores brillantes con lunares hacia un mostrador de recepción hecho de viejos barriles de whisky.
Detrás del mostrador había una joven con una cresta morada y más piercings faciales de los que a Kang le apetecía contar.
—Hola —dijo con voz alegre—. ¿En qué puedo ayudarte?
Le guiñó un ojo a Kang. El negro dominaba su ropa, pelo, uñas y maquillaje, con la única excepción de un pintalabios rojo rubí. Masticaba chicle y hacía un chasquido cada cuatro mascadas.
—Soy el agente Kang —dijo, mostrando su identificación—. Necesito hablar con quien esté a cargo de este lugar, el decano quizás.
—Esa sería Sammy. Un momento.
Mientras la joven hacía una llamada, pasaron tres estudiantes cargando una cabeza de dragón enorme y muy detallada. Una lengua de serpiente asomaba entre los afilados dientes.
—Disculpe, señor agente. Sammy puede recibirlo ahora.
Se puso de pie y se alisó la falda ajustada.
—Sígame, por favor.
La chica condujo a Kang por un largo pasillo flanqueado por aulas y más obras de arte en las paredes.
Giraron a la izquierda y luego a la derecha antes de pasar junto a una carpa de circo en miniatura con paredes de cristal.
Dentro había una mesa de conferencias y sillas.
Se detuvieron frente a una puerta de acero cepillado.
La chica llamó dos veces, pero no esperó respuesta antes de abrirla.
—Sammy, este es el señor agente Kang —dijo la chica.
—Gracias, Rebecca. Cierra la puerta al salir —dijo Sammy—. Por favor, tome asiento, agente Kang.
Kang rebuscó torpemente su identificación, pero Sammy desestimó el gesto con un ademán y se puso de pie para tenderle la mano por encima del escritorio.
—No se moleste. Me creo que es del FBI.
Le guiñó un ojo.
—No recibimos muchas visitas vestidas de traje.
—Ah, vale —murmuró Kang. Se estrecharon las manos.
—Esperaba a un hombre, ¿verdad? —dijo Sammy—. Mi nombre real es Samantha Hill, pero todo el mundo me llama Sammy. Tome asiento, por favor.
Se sentó detrás del escritorio con las piernas cruzadas.
Llevaba leggings negros, una blusa negra y una chaqueta gris.
Un colgante de oro le pendía entre los pechos.
Su cabello rubio decolorado, liso y cortado en media melena, le llegaba justo a la altura de la esbelta mandíbula.
El único maquillaje que Kang advirtió fue un pintalabios marrón cálido sobre sus labios carnosos.
—Gracias por tomarse el tiempo de hablar conmigo, señora Hill.
—Por favor, llámeme Sammy. Hill es el apellido de mi ex, y lo detesto, pero soy demasiado perezosa para hacer el papeleo necesario y recuperar mi apellido de soltera. En fin, ¿en qué puedo ayudarle?
—Tengo algunas preguntas para usted y también para algunos de sus estudiantes —dijo Kang.
—Oh, qué decepción. Pensé que estaba aquí solo para verme a mí.
Se dejó caer en el asiento y soltó un suspiro haciendo pucheros.
—Bueno, sí necesito su ayuda —añadió él.
Ella se irguió en el asiento y juntó las manos.
—Estoy encantada de ayudar con su investigación. Por eso está aquí, ¿verdad?
—Sí. Anoche Johnny Ellis dio una charla aquí.
—Un bombón, debo admitir.
—Tenemos razones para creer que lo secuestraron anoche y lo retuvieron hasta esta madrugada, cuando lo liberaron.
—Dios mío. ¿Quién demonios querría hacerle daño a un hombre tan guapo?
—Eh, eso es lo que estamos intentando averiguar. Sabemos que el señor Ellis se marchó de aquí poco después de su charla y fue a Playtime a tomar unas copas con algunos de sus estudiantes.
Sammy abrió los ojos de par en par.
—¿En serio? Ese hijo de puta me dijo que tenía que irse corriendo a casa, que tenía una reunión temprano al día siguiente.
—Sabe que está casado, ¿verdad?
Ella se encogió de hombros.
—Algo había oído.
—¿Sabe si vino con alguien o si había invitado a alguien al evento?
—Que yo sepa, no, pero supongo que podría haberlo hecho.
—¿Y el aparcamiento? Dijo que había venido en coche y que había aparcado aquí.
—Tenemos pocas plazas de aparcamiento detrás del edificio, pero le dimos un pase.
—¿Podría comprobar si su coche sigue aparcado allí?
Sammy hizo una llamada rápida.
—Uno de los estudiantes irá a comprobarlo. ¿Hay alguna otra pregunta que pueda responderle?
—Eso es todo por el momento. Me gustaría hablar con estos estudiantes en particular.
Le mostró la lista.
—Si no hay inconveniente.
Sonó el teléfono y Sammy contestó.
—Ya veo. Gracias, cariño.
Colgó el auricular.
—Su coche sigue aparcado allí atrás. Así que supongo que nunca volvió… lo que significa que si salió del bar solo y nunca llegó hasta su coche, lo secuestraron en algún punto entre el bar y aquí, a menos que se desviara a otro bar o se encontrara con alguna mujer por el camino o qué sé yo.
—¿Tienen cámaras en el aparcamiento de atrás?
—No. Supongo que alguien podría haber estado esperándolo allí. Por la noche no hay iluminación.
Sammy miró el bloc de notas que Kang había sacado, con los tres nombres anotados.
—Puede que tarde un rato en localizarlos en sus clases. ¿Puede esperar?
—No hay problema. ¿Por qué no me enseña el aparcamiento mientras tanto? Me gustaría echarle un vistazo a su vehículo.
Kang salió del edificio detrás de Sammy y entrecerró los ojos bajo el sol abrasador. Sammy no había exagerado. En el aparcamiento de grava apenas cabían ocho vehículos.
—Ese es su coche —dijo, señalando un sedán BMW negro.
Kang la agarró del brazo.
—Hasta que llegue el equipo forense, necesito que nadie se acerque al coche. ¿Puedes encargarte de eso?
—Claro —Sammy sacó el móvil e hizo una llamada.
Kang se acercó al coche despacio, examinando la grava con atención. Rodeó el vehículo buscando señales de forcejeo, pero la grava no ayudaba: apenas conservaba las huellas de pisadas.
Las ventanillas estaban tintadas. Kang buscó huellas sospechosas, como la marca de una mano completa, pero no vio ninguna. Sacó unos guantes de látex del bolsillo de la chaqueta, se los puso y comprobó si el coche estaba cerrado. Lo estaba.
—¿Algo sospechoso? —preguntó Sammy desde donde esperaba.
Kang la ignoró y se asomó al interior a través del parabrisas. Estaba limpio. En la consola central había un termo, y en el asiento trasero vio un bolso de bandolera. Se incorporó y volvió junto a Sammy.
—¿Y bien? —preguntó ella.
—Prefiero reservarme mis conclusiones hasta que analicen el vehículo.
Cuando volvieron a la oficina de Sammy, encontraron a tres estudiantes esperando: dos chicos y una chica. Los tres aparentaban poco más de veinte años.
—Agente Kang, le presento a Evan Guzman, Nick Hunter y Lydia Murphy.
—Entonces, ¿eres, o sea, un agente del FBI de verdad? —preguntó Guzman.
—Así es.
—Guau, qué pasada.
—¿Por qué no seguís charlando bajo la carpa del circo? —sugirió Sammy señalando la mesa de conferencias—. Tengo que hacer unas llamadas.
Guzman guio al grupo hacia la mesa, sin disimular su entusiasmo por conocer a Kang.
—¿Tenemos algún problema? —preguntó Lydia mientras sacaba una silla y se sentaba.
—En absoluto, pero espero que podáis ayudarme.
Kang les explicó brevemente lo que le había sucedido a Ellis sin entrar en demasiados detalles sobre la investigación.
—Dios mío —Lydia se llevó la mano a la boca.
—Joder, tío, qué putada —dijo Hunter—. El señor Ellis es un tío genial. ¿Por qué iba alguien a hacerle eso?
—Sí, tío —añadió Guzman—. Todo iba bien, ¿sabes? Lo pasamos genial con él en el bar.
—¿Mencionó adónde se dirigía? —preguntó Kang.
—Dijo que se iba a casa porque al día siguiente madrugaba —respondió Guzman—. Nos invitó a una última ronda y se marchó.
—Me siento fatal —dijo Lydia—. Pensé en ofrecerme a acompañarlo al coche, pero no lo hice.
—¿Por qué? ¿Parecía borracho o incapaz de encontrarlo?
—No, pero ya sabes... era el invitado de honor, y encima pagó todas las copas. Deberíamos haberlo acompañado al coche. Si lo hubiéramos hecho, no lo habrían secuestrado.
—Joder. Ahora yo también me siento culpable —dijo Hunter.
—Y yo —dijo Guzman.
Los tres estudiantes se quedaron mirando la mesa en silencio.
—Eh, no podíais saberlo —dijo Kang—. Esto no es culpa vuestra. Quitaos esa idea de la cabeza. Ahora bien, tengo entendido que os quedasteis hasta que cerró el bar. A las dos de la madrugada, ¿no?
Los tres asintieron.
—Y después de eso, ¿adónde fuisteis?
—Yo me fui a casa —dijo Lydia—. Pillé un taxi en la puerta.
—Nick y yo vivimos juntos —dijo Guzman—. Pero fuimos andando a una tienda de dónuts que hay calle arriba para picar algo, y luego cogimos un taxi desde allí.
—Entiendo —dijo Kang. Estaba claro que de los tres estudiantes no iba a sacar nada. Les dio una tarjeta de visita a cada uno—. Si recordáis algo más, llamadme.